Chapter 5: La niña desapareció antes de que su madre pudiera llegar a la tienda
Grace llegó a la tienda de Eleanor Murphy corriendo, con la notificación arrugada entre los dedos y el corazón golpeándole el pecho.
No dejó de correr hasta llegar a la puerta.
—¡Lily!
La tienda estaba llena de clientes. Una mujer sostenía una canasta de huevos, el panadero esperaba junto al mostrador y dos mineros discutían el precio de una bolsa de harina.
Pero no había ninguna niña junto a la estufa.
Eleanor salió del almacén al escuchar el grito.
Al ver la expresión de Grace, dejó caer el trapo que llevaba en la mano.
—¿Qué pasó?
—¿Dónde está Lily?
La tendera palideció.
—Estaba aquí hace unos minutos.
Grace sintió que el suelo se inclinaba.
—¿Dónde está mi hija?
Eleanor se apresuró a rodear el mostrador.
—Un hombre vino diciendo que tenía una orden del condado. Aseguró que debía llevarla con las Hermanas para completar unos trámites.
Grace se quedó sin aliento.
—¿Y usted la dejó ir?
—Me mostró un documento firmado. Pensé que... ¡Grace, lo siento tanto! Dijo que tú ya habías aceptado.
La viuda la tomó de los brazos.
—¿Cómo era ese hombre?
Eleanor comenzó a llorar.
—Llevaba un abrigo oscuro y un sombrero. No lo había visto antes. Dijo que el sheriff lo esperaba junto al carruaje.
Grace soltó a la tendera y salió a la calle.
—¡Lily!
La gente comenzó a reunirse frente a la tienda.
Un hombre señaló hacia el camino que conducía al norte.
—Vi un carruaje hace diez minutos. Iba rápido.
Daniel llegó corriendo detrás de Grace.
Al verla, supo que algo terrible había ocurrido.
—¿Dónde está Lily?
Grace intentó responder, pero no consiguió emitir un sonido.
Eleanor salió de la tienda y explicó lo sucedido entre sollozos.
Daniel cerró los ojos un instante.
Después miró a Grace.
—Vamos a encontrarla.
—¡Se la llevaron! —gritó ella—. ¡Se llevaron a mi niña mientras yo estaba intentando salvarla!
Daniel la sujetó por los hombros.
—Escúchame. No vamos a perder tiempo culpándonos. Necesitamos saber por dónde se fueron.
Grace respiraba con dificultad.
—No puedo perderla, Daniel. Es lo único que me queda de Thomas.
Él la abrazó.
Grace no recordaba la última vez que alguien la había sostenido sin pedirle que dejara de llorar.
Durante unos segundos, se permitió derrumbarse.
Después se apartó y se secó las lágrimas con la manga.
—Vamos.
Daniel se volvió hacia los hombres que se habían reunido frente a la tienda.
—¿Quién vio el carruaje?
Un minero levantó la mano.
—Yo. Era negro, con una rueda trasera reparada con una pieza de metal. El caballo de la izquierda tenía una mancha blanca en el cuello.
Daniel asintió.
—¿Hacia dónde iba?
—Al camino viejo de Denver. Pero con esta nieve, no llegará muy lejos antes de que oscurezca.
El vaquero corrió hacia los establos.
Grace lo siguió.
—Necesito un caballo.
—Tomarás el mío.
—¿Y tú?
—Conseguiré otro.
—No voy a dejar que te arriesgues solo.
Daniel la miró con una mezcla de preocupación y admiración.
—Grace, un caballo puede atravesar un terreno que un carruaje no puede. Si vamos a alcanzarlos, tendrás que confiar en mí.
Ella apretó la mandíbula.
—Confío en que harás todo lo posible. No te prometo nada más.
Daniel aceptó la respuesta.
Un muchacho del establo les entregó dos caballos ensillados. El juez Hart apareció poco después, acompañado por Eleanor, quien llevaba una bolsa de pan y una manta.
—No pueden salir sin ayuda —dijo el anciano—. Coldwell tiene hombres vigilando las rutas principales.
Daniel montó.
—Entonces iremos por el bosque.
El juez se acercó a Grace.
—Escúchame. Si encuentran a la niña, no intenten regresar por la calle principal. El sheriff puede detenerlos y presentar la orden falsificada como si fuera legítima.
—¿Y qué hago si no encontramos el carruaje?
Hart le sostuvo la mirada.
—No pienses en eso todavía.
Grace montó con dificultad. Sus manos estaban tan frías que apenas podía sujetar las riendas.
Antes de partir, Eleanor le entregó una pequeña medalla de la Virgen de Guadalupe que llevaba guardada en un bolsillo.
—Era de mi madre —dijo—. Llévala contigo.
Grace apretó la medalla contra su pecho.
—Te la devolveré.
Eleanor negó con la cabeza.
—Solo tráeme a esa niña de vuelta.
Los caballos partieron hacia el norte.
El camino se estrechaba entre pinos y rocas. La nieve ocultaba las irregularidades del terreno y el viento dificultaba ver más allá de unos cuantos metros.
Daniel cabalgaba delante, buscando huellas.
Después de media hora, levantó una mano.
Grace detuvo su caballo.
En el barro congelado había marcas de ruedas.
Daniel desmontó y se agachó para examinarlas.
—Es el carruaje que buscamos.
Grace bajó también.
—¿Cuánto tiempo llevan de ventaja?
—Menos de una hora.
Ella cerró los ojos y rezó en silencio.
Daniel montó otra vez.
—Si mantienen el ritmo, los alcanzaremos antes del anochecer.
Siguieron las huellas hasta llegar a un cruce.
El camino principal conducía a Denver. El otro se internaba entre las montañas y pasaba cerca del antiguo rancho Whitmore.
Daniel examinó el suelo.
—Se desviaron hacia el rancho.
Grace lo miró, desconcertada.
—¿Por qué llevarían a Lily allí?
Daniel no respondió inmediatamente.
La sospecha se dibujó en su rostro.
—Porque Price sabe que tenemos el libro de cuentas. Y puede que crea que la niña es la única manera de obligarnos a entregárselo.
Grace sintió que una furia nueva reemplazaba al miedo.
—Si ese hombre toca a mi hija...
—La recuperaremos —dijo Daniel—. Pero tenemos que actuar con cuidado.
Cabalgaban de nuevo cuando escucharon un disparo a lo lejos.
Grace se estremeció.
Daniel desvió su caballo hacia un grupo de árboles y levantó el brazo para indicarle que se agachara.
A través de las ramas vieron el carruaje detenido junto a un puente de madera.
Dos hombres estaban junto a los caballos.
Otro vigilaba la parte trasera.
Daniel contó tres armas.
—Nos están esperando —susurró.
Grace miró el carruaje.
—¿Y Lily?
No hubo respuesta.
El vaquero desmontó y se acercó a un árbol para observar mejor. Después regresó junto a Grace.
—Hay una entrada por detrás del establo. Si consigo distraerlos, podrás acercarte al carruaje.
Ella negó con la cabeza.
—No voy a dejar que te enfrentes a tres hombres tú solo.
—No lo haré. Necesito que uno de ellos mire hacia otro lado.
Grace apretó las riendas.
—Dime qué tengo que hacer.
Daniel le explicó su plan en voz baja. No era complicado, pero exigía que ella mantuviera la calma.
Grace respiró profundamente.
Por primera vez desde que se habían llevado a Lily, sintió que el miedo dejaba espacio a una determinación feroz.
Daniel montó y cabalgó hacia el puente por el camino visible.
—¡Oigan! —gritó—. ¡Necesito ayuda!
Los hombres levantaron las armas.
—¡Alto ahí!
Daniel frenó su caballo a varios metros.
—Mi animal está herido. Necesito un poco de agua.
Uno de los hombres soltó una carcajada.
—¡Lárgate!
—Pagaré por la ayuda.
El segundo hombre se acercó unos pasos, atraído por la bolsa que Daniel llevaba colgada de la silla.
Mientras discutían, Grace se deslizó entre los árboles.
Llegó al establo y encontró una puerta lateral entreabierta. El interior olía a heno húmedo y cuero viejo.
Escuchó una voz infantil.
—Quiero a mi mamá.
Grace sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—Lily —susurró.
La niña estaba sentada en el suelo de un pequeño cuarto, con las manos libres pero la puerta cerrada por fuera.
Al ver a su madre, se levantó de golpe.
—¡Mamá!
Grace la abrazó tan fuerte que Lily soltó un pequeño gemido.
—Perdóname, mi amor. Perdóname por no haber llegado antes.
—Me dijeron que ibas a dejarme con las monjas.
—Jamás, mi vida. Nunca voy a dejarte porque alguien me lo ordene.
Lily hundió el rostro en su cuello.
Grace le acarició la espalda hasta que la niña dejó de temblar.
Entonces escucharon un grito desde el puente.
—¡Mercer, baja del caballo!
Grace supo que el tiempo se había terminado.
Miró alrededor y encontró una ventana baja que daba al patio trasero. La abrió con cuidado y ayudó a Lily a salir.
La niña cayó sobre la nieve, pero no se lastimó.
Grace la levantó y corrió hacia los árboles.
Apenas habían avanzado unos metros cuando una voz los detuvo.
—¡Alto!
Nathaniel Price apareció junto a la esquina del establo, con una pistola en la mano.
Tenía el rostro desencajado.
—Deja a la niña en el suelo, Grace.
Ella retrocedió.
—No.
—No quiero hacerte daño.
—Entonces apártate.
Price soltó una risa nerviosa.
—No entiendes nada. Esa niña vale mucho más de lo que imaginas.
Grace abrazó a Lily con fuerza.
—Es mi hija. No es una propiedad que puedas comprar.
El abogado levantó el arma.
—Suéltala y te dejaré marchar.
Grace miró a los ojos de su hija.
—Cierra los ojos, mi amor.
Pero antes de que Price pudiera dar otro paso, un relincho estalló detrás de él.
Daniel había conseguido llegar al patio por el otro lado.
Se lanzó contra Price y ambos cayeron sobre la nieve.
La pistola salió despedida.
Grace corrió hacia un grupo de árboles con Lily en brazos.
Escuchó golpes, insultos y el crujido de ramas.
Después, un disparo.
Se detuvo de golpe.
—¡Daniel!
No obtuvo respuesta.
Lily comenzó a llorar.
Grace la apretó contra su pecho y siguió corriendo hasta llegar a una pequeña depresión del terreno, donde se escondió detrás de unas rocas.
Pasaron varios minutos.
Cada segundo parecía una eternidad.
Finalmente, Daniel apareció entre los árboles, cojeando ligeramente y con la camisa rasgada en un hombro.
Grace corrió hacia él.
—¡Estás herido!
—No es nada.
—¡Estás sangrando!
Daniel se miró el hombro.
—Solo un rasguño. Price escapó hacia el rancho, pero ya no tiene el arma.
Grace lo abrazó sin pensarlo.
Él se quedó inmóvil un instante y luego la rodeó con los brazos.
Lily levantó la cabeza.
—¿Ya podemos ir a casa?
Daniel le acarició el cabello.
—Sí, pequeña. Ahora sí.
Pero cuando regresaron al puente, encontraron algo que les heló la sangre.
El carruaje había desaparecido.
En la nieve quedaban huellas de ruedas que se dirigían hacia el rancho Whitmore.
Y junto a una de las tablas del puente había un pequeño trozo de papel.
Grace lo recogió.
Era una nota escrita con letra firme.
Si quieren que la niña conserve su libertad, entreguen el libro de cuentas antes de la medianoche.
Debajo aparecía una firma.
Elias Coldwell.
Grace sintió que el mundo se oscurecía a su alrededor.
Habían recuperado a Lily, pero el sheriff sabía que tenían las pruebas.
Y ahora estaba dispuesto a todo para recuperarlas.
Daniel leyó la nota una segunda vez.
Después levantó la mirada hacia el rancho, cuyas ventanas comenzaban a iluminarse en medio de la tormenta.
—No vamos a entregarle el libro.
Grace tomó la mano de su hija.
—Entonces tendremos que encontrar el contrato original antes de medianoche.
Daniel asintió.
Pero ninguno de los dos sabía que, dentro del rancho, Price ya había abierto una caja fuerte.
Y lo que encontró en su interior era mucho más peligroso que el libro de cuentas.
Era una carta escrita por Thomas Turner la misma noche en que enfermó.
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Una carta que comenzaba con una frase aterradora:
Si están leyendo esto, significa que no logré salvar a mi familia del hombre que mató a Samuel Whitmore.
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