Calm

Chapter 7: El vaquero descubrió que el hombre que destruyó a su familia llevaba su misma sangre

Daniel no abrió la puerta.

Permaneció inmóvil frente a la madera, con la carta de Samuel Whitmore apretada entre los dedos y la mirada fija en la cerradura. Durante doce años había vivido creyendo que su padre había muerto sin dejarle nada, que Thomas Turner lo había traicionado y que Silverton era un lugar al que jamás debía regresar.

Ahora descubría que todo aquello podía haber sido una mentira cuidadosamente construida.

Y el hombre que había amenazado a Grace y a su hija estaba esperando del otro lado.

—¡Daniel! —insistió el juez Hart—. Necesito hablar contigo. Es urgente.

La voz de Elias Coldwell llegó inmediatamente después.

—Deja de esconderte como un cobarde. Tenemos asuntos pendientes.

Daniel cerró los ojos.

Grace se acercó con Lily en brazos.

—¿Qué vas a hacer?

Él la miró.

—Lo que debí hacer hace doce años.

Tomó su revólver, comprobó que estuviera enfundado y abrió la puerta de golpe.

El juez Hart estaba delante de Coldwell. Tenía el rostro pálido y una pequeña herida en la frente. Detrás de ellos había dos hombres armados.

—¿Qué significa esto? —preguntó Daniel.

Coldwell sonrió.

—Significa que se acabó tu paseo por las montañas.

—¿Y el juez?

—El juez tuvo la inteligencia de comprender que no puede enfrentarse al condado.

Hart apretó la mandíbula.

—No tergiverses mis palabras, Elias.

El sheriff lo ignoró.

—Entrégame los documentos, Daniel. Te dejaré marcharte esta noche y olvidaré que regresaste a Silverton.

Daniel soltó una risa seca.

—¿También olvidarás que falsificaste la orden para llevarte a Lily?

—La niña está a salvo.

Grace apareció detrás de Daniel.

—¡Se la llevaron como si fuera un paquete! ¡Me hicieron creer que jamás volvería a verla!

Coldwell la observó con desprecio.

—Una madre sin recursos no debería hacer preguntas que no puede responder.

Grace sintió que el miedo se transformaba en una rabia fría.

—Y un sheriff que necesita secuestrar a una niña para proteger sus mentiras no debería llevar una estrella en el pecho.

Por primera vez, Coldwell perdió la sonrisa.

Daniel aprovechó ese instante para mirar al juez.

—¿Por qué vino con él?

Hart bajó la mirada.

—Porque encontré algo en los registros de Denver. Algo que cambia todo lo que sabemos sobre Samuel Whitmore.

Coldwell se interpuso.

—Ya basta. Entrégame el contrato.

Daniel no se movió.

—Primero quiero saber quién es mi padre.

El silencio fue inmediato.

El sheriff miró a Hart y después a Daniel.

Una sombra de inquietud cruzó su rostro.

—¿De qué estás hablando?

Daniel levantó la carta.

—Samuel Whitmore. ¿Era mi padre?

Coldwell soltó una carcajada.

—¿Eso te dijo Briggs? Ese viejo perdió la cabeza hace años.

—Entonces no tendrás problema en responder.

El sheriff apretó los dientes.

—Samuel tuvo muchos secretos. No todos merecen salir a la luz.

—¿Tuviste algo que ver con su muerte?

—¡Cuidado con lo que dices!

Daniel dio un paso hacia él.

—Durante doce años creí que había perdido a un amigo por mi propia estupidez. Ahora descubro que alguien falsificó cartas, manipuló documentos y se quedó con una fortuna que no le pertenecía. No me voy a marchar hasta saber quién lo hizo.

Coldwell levantó la barbilla.

—Tu padre era un hombre débil. Creyó que podía comprar la lealtad de todo el mundo con dinero y promesas. Cuando comprendió que estaba equivocado, ya era demasiado tarde.

Daniel sintió que la sangre le hervía.

—Así que sí era mi padre.

El sheriff no contestó.

No necesitaba hacerlo.

Grace miró a Daniel y comprendió que aquella revelación le dolía más de lo que él estaba dispuesto a admitir.

—¿Por qué nunca te lo dijo? —preguntó ella en voz baja.

Daniel negó lentamente.

—No lo sé.

El juez Hart se aclaró la garganta.

—Samuel dejó una declaración escrita antes de morir. Reconoció a Daniel como su hijo y ordenó que recibiera una parte de sus bienes. Pero el documento desapareció de los archivos del condado.

Coldwell giró hacia él.

—¡Cállate!

—No —respondió Hart—. He guardado silencio demasiado tiempo.

El juez sacó un papel de su abrigo.

—Encontré una copia autenticada en los registros de Denver. La declaración lleva la firma de Samuel y dos testigos. Uno de ellos era Thomas Turner.

Daniel tomó el documento.

Sus manos temblaban.

Allí estaba su nombre.

Daniel Mercer Whitmore.

Y debajo, una frase escrita por su padre:

Si algún día mi hijo regresa, quiero que sepa que nunca dejé de buscar una forma de reconocerlo sin ponerlo en peligro.

Daniel se quedó mirando aquellas palabras.

De pronto, los recuerdos de su infancia adquirieron un significado distinto: las visitas de Samuel a la granja donde había crecido, los regalos que nunca venían acompañados de explicaciones, las veces que su madre le prohibía preguntar por el hombre del caballo negro.

Su madre siempre le había dicho que su padre había muerto lejos.

Nunca le contó que había sido uno de los hombres más ricos de Colorado.

—¿Por qué no me buscó? —preguntó Daniel.

El juez respondió con tristeza.

—Porque Coldwell amenazó con revelar el origen de tu nacimiento y arruinar a tu madre. Samuel creyó que mantenerte lejos era la única manera de protegerte. Cuando finalmente decidió reconocerte, ya habían comenzado las amenazas contra él.

Daniel apretó el documento.

—¿Y Thomas?

—Thomas descubrió la verdad. Quería ayudarte a recuperar lo que te correspondía.

Coldwell dio un paso adelante.

—¡Esto es una pérdida de tiempo!

Daniel lo miró.

—¿Cuánto te pagaron?

El sheriff se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—¿Cuánto recibiste por falsificar los registros? ¿Cuánto te dieron para que destruyeras a Samuel y a Thomas?

Coldwell sacó lentamente su pistola.

—Se acabó la conversación.

Pero antes de que pudiera levantarla, el juez Hart se colocó entre ambos.

—Si disparas, tendrás que explicarle al tribunal por qué asesinaste a un hombre desarmado.

Coldwell soltó una risa amarga.

—¿Tribunal? ¿Todavía crees que existe justicia en este territorio?

—Sí —respondió el anciano—. Porque acabo de enviar una declaración jurada a Denver. Y porque, si algo me sucede, hay copias de todos los documentos en manos de personas que no puedes controlar.

El sheriff palideció.

Daniel miró a Hart.

—¿Dónde están esas copias?

—A salvo.

Coldwell volvió a mirar a sus hombres.

Uno de ellos evitó sus ojos.

El otro bajó ligeramente el arma.

La autoridad del sheriff comenzaba a desmoronarse frente a sus propios subordinados.

—¡Son unos idiotas! —gritó—. ¡No entienden con quién están tratando!

Grace dio un paso adelante.

—Sí lo entendemos. Estamos tratando con un hombre que cree que puede decidir quién merece una familia, quién merece una casa y quién tiene derecho a la verdad.

Coldwell la señaló.

—Tú deberías preocuparte por mantener a tu hija lejos de este desastre.

Grace abrazó a Lily.

—Mi hija no es tuya. Nunca lo será.

Daniel levantó la mano.

—Deja tu arma en el suelo, Elias.

El sheriff lo observó con odio.

Durante varios segundos pareció dispuesto a disparar.

Finalmente, bajó el revólver, pero no lo soltó.

—Esto no ha terminado.

—Lo sé —respondió Daniel—. Por eso no pienso dejarte marchar con los documentos.

Coldwell retrocedió hacia la puerta.

—Nos veremos en Silverton.

Se marchó con sus hombres, pero no antes de lanzar una última mirada a Grace.

El juez Hart esperó hasta que desaparecieron entre los árboles.

Entonces se dejó caer en una silla.

—Tenemos que ir a Denver. Si Coldwell consigue llegar primero a la oficina del condado, destruirá cualquier registro que todavía pueda comprometerlo.

Daniel guardó la declaración de su padre.

—¿Cuánto tardaremos?

—Un día y medio, si el camino no se cierra.

Grace miró a Lily, que dormía de nuevo en sus brazos.

—No tenemos tanto tiempo. Price dijo que debíamos entregar el libro antes de medianoche.

El juez negó con la cabeza.

—Esa era una amenaza para asustarlos. Pero hay algo más importante. La empresa que controla el rancho Whitmore tiene una audiencia programada para dentro de dos días. Si logra registrar la propiedad a su nombre, recuperar las tierras será mucho más difícil.

Daniel se puso de pie.

—Entonces salimos ahora.

Grace lo detuvo antes de que alcanzara la puerta.

—Daniel.

Él se volvió.

Ella lo miró con una ternura que hasta entonces había intentado esconder.

—No tienes que demostrarle nada a tu padre. Ni siquiera tienes que reclamar su dinero si no quieres.

Daniel guardó silencio.

—No quiero sus riquezas —respondió al fin—. Quiero saber por qué dejaron morir a Thomas creyendo que nadie iba a defenderlo.

Grace sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.

—Entonces averigüémoslo.

Prepararon los caballos y emprendieron el camino antes del amanecer.

Lily viajó con Grace, envuelta en dos mantas. El juez Hart los acompañó en una carreta pequeña, mientras Daniel cabalgaba delante, atento a cualquier señal de peligro.

A media mañana, el cielo se despejó.

Por primera vez en días, las montañas parecían menos amenazantes.

Grace observó a Daniel mientras avanzaban.

Había algo diferente en él. No caminaba como un hombre que buscaba escapar de su pasado, sino como alguien dispuesto a enfrentarlo, aunque tuviera que descubrir que todas las personas en las que había confiado le habían mentido.

Al llegar a un puente de madera, encontraron una bolsa de correo abandonada junto al camino.

El juez ordenó detenerse.

Dentro había varios sobres mojados y un telegrama dirigido a Elias Coldwell.

Hart lo leyó en voz alta.

«EL COMPRADOR EXIGE CONFIRMACIÓN DE QUE LOS DOCUMENTOS ORIGINALES HAN SIDO DESTRUIDOS. SI MERCER HA DESCUBIERTO SU PARENTESCO, EJECUTE EL PLAN ALTERNATIVO INMEDIATAMENTE».

No había firma.

Solo una inicial.

V.

Daniel tomó el papel.

—¿Quién es V?

El juez se quedó mirando el telegrama.

—Conozco esa inicial.

Grace sintió que el miedo regresaba.

—¿Quién?

El anciano tardó en responder.

—Victor Hargrove. El hombre que financió la compra del rancho Whitmore.

Daniel apretó el telegrama hasta arrugarlo.

—¿Dónde está?

Hart lo miró con gravedad.

—En Denver. Y, según los registros, es uno de los principales donantes del tribunal territorial.

Grace comprendió entonces que no bastaba con derrotar a Coldwell.

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El sheriff era solo la cara visible de una conspiración que había sobrevivido durante doce años.

Y el hombre que la dirigía acababa de enterarse de que Daniel Mercer seguía vivo.

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