Chapter 6: La última carta de Thomas reveló quién había ordenado su muerte
El rancho Whitmore se alzaba sobre una colina cubierta de nieve, con un establo de techo hundido y una casa principal que parecía demasiado grande para las pocas personas que la habitaban.
Grace observó las ventanas iluminadas desde el bosque.
Lily estaba dormida entre sus brazos, agotada después de la persecución. La niña tenía la medalla de la Virgen apretada en el puño y el rostro escondido contra el cuello de su madre.
Daniel desmontó y examinó el terreno.
—Hay dos entradas. La principal está vigilada. La otra conduce al antiguo cobertizo de herramientas.
—¿Y si Price sigue ahí?
—Lo más probable es que esté buscando algo.
Grace recordó la nota del puente.
—¿Qué puede haber encontrado?
Daniel sacó el mapa del juez Hart.
—El contrato original. Si está en la caja fuerte de Samuel, podría demostrar quién recibió el dinero y quién falsificó los registros.
Grace miró a su hija.
—No voy a dejarla sola otra vez.
—No tienes que hacerlo. Hay una cabaña abandonada detrás del establo. Podrás refugiarte ahí con Lily mientras yo busco el contrato.
Grace lo miró con firmeza.
—No.
Daniel suspiró.
—Grace...
—Escúchame. Ya me quitaron a mi esposo, mi casa está a punto de ser embargada y hoy intentaron llevarse a mi hija. No voy a pasar el resto de mi vida escondiéndome mientras otros deciden qué puedo conservar.
El vaquero la observó en silencio.
—Entonces entraremos juntos.
Grace asintió.
Dejaron los caballos detrás de unos árboles y avanzaron a pie. El viento había amainado, pero la nieve seguía cayendo, cubriendo sus huellas casi tan rápido como las dejaban.
Llegaron al cobertizo y encontraron la puerta abierta.
Dentro había herramientas oxidadas, una silla rota y varios sacos de alimento endurecidos por el frío.
Daniel dejó una manta sobre un montón de heno.
—Quédate aquí un momento. Voy a revisar si hay alguien.
Grace acomodó a Lily y le cubrió los pies.
—Regresa pronto.
Daniel se agachó frente a la niña.
—Cuando despiertes, tendrás un desayuno mucho mejor que mis tortillas.
Lily abrió un ojo.
—¿Con miel?
—Con toda la miel que puedas comer.
La pequeña volvió a cerrar los ojos.
Daniel salió y se perdió entre las sombras.
Grace esperó con la mano sobre el pecho de su hija.
Pasaron cinco minutos.
Después diez.
Cuando oyó un ruido en la puerta, se levantó de inmediato, lista para defender a Lily con lo primero que encontrara.
Pero no era Daniel.
Era un hombre anciano con una lámpara y un abrigo demasiado grande.
—No grites —susurró—. No quiero hacerles daño.
Grace se colocó delante de su hija.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Samuel Briggs. Trabajé para el señor Whitmore durante treinta años.
Grace reconoció el apellido.
—¿Conocía a mi esposo?
El hombre bajó la lámpara.
—Thomas era el único que se atrevía a decirle la verdad al patrón, incluso cuando sabía que podía perder el trabajo.
Grace sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho.
—¿Qué sabe de su muerte?
Briggs miró hacia la puerta.
—Más de lo que debería.
Antes de que pudiera continuar, Daniel apareció en el umbral.
Al ver al anciano, levantó una mano.
—Briggs. Pensé que te habías marchado de Colorado.
—Lo hice. Regresé hace dos meses.
Daniel cerró la puerta.
—¿Por qué?
El anciano dejó la lámpara sobre una caja.
—Porque alguien empezó a buscar la caja fuerte del patrón. Y porque hace tres semanas recibí una carta sin remitente que decía que Thomas había dejado pruebas de lo ocurrido.
Grace se acercó.
—¿Quién le envió esa carta?
—No lo sé. Pero reconocí la letra.
Daniel frunció el ceño.
—¿De quién?
Briggs sacó un papel doblado del bolsillo.
Lo extendió sobre la caja.
Grace reconoció inmediatamente la escritura.
Era la letra de Thomas.
—¿Dónde lo consiguió? —preguntó con voz temblorosa.
—Lo encontré bajo la puerta de mi habitación en el hotel de Durango. No estaba firmado, pero Thomas escribía las letras de una manera muy particular. La erre siempre le quedaba inclinada.
Daniel tomó el papel.
En él había una dirección, una fecha y un mensaje breve:
Si todavía recuerdas la promesa, busca debajo de la piedra donde Samuel rezaba cada mañana.
Briggs señaló la casa principal.
—Hay una capilla pequeña detrás de la cocina. El patrón mandó construirla después de la muerte de su esposa. Rezaba allí todos los días.
Daniel miró a Grace.
—Puede ser la entrada que buscamos.
Grace se inclinó para comprobar que Lily siguiera dormida.
—Entonces vamos.
Briggs negó con la cabeza.
—No será tan fácil. Price llegó hace dos horas con dos hombres. Está buscando el contenido de la caja fuerte y no permitirá que nadie se acerque.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Dónde está Coldwell?
—En la oficina del rancho. Llegó poco después de Price.
Grace sintió que el miedo regresaba.
—¿Están trabajando juntos?
Briggs asintió.
—Llevan años haciéndolo.
El anciano les contó que, cuando Samuel Whitmore comenzó a investigar la desaparición del dinero, recibió varias amenazas. Poco después, enfermó de manera repentina. El médico habló de una infección pulmonar, pero Briggs siempre sospechó que alguien había alterado sus medicinas.
Thomas comenzó a hacer preguntas.
Dos semanas después, él también enfermó.
—Lo vi el día anterior a que muriera —dijo Briggs—. Estaba pálido y apenas podía caminar. Me pidió que vigilara a su esposa y a la niña si algo le ocurría.
Grace sintió que las rodillas le temblaban.
—¿Y usted qué hizo?
El anciano bajó la cabeza.
—Tuve miedo. Coldwell me dijo que, si hablaba, me acusaría de robar al patrón. Tenía hijos pequeños. Me fui de Silverton y pasé doce años intentando convencerme de que no había podido hacer nada.
Grace lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Todos tuvieron miedo. Y mientras ustedes huían, mi hija y yo nos quedamos solas.
Briggs aceptó sus palabras sin defenderse.
—Lo sé. Y no espero que me perdones. Solo quiero ayudarte a descubrir la verdad.
Daniel puso una mano sobre el hombro del anciano.
—Entonces empecemos.
Briggs conocía una puerta lateral que daba acceso a la capilla. Los condujo hasta un corredor estrecho, oculto detrás de unos estantes.
Al llegar, encontraron una pequeña habitación con paredes de piedra y un altar sencillo. Una vela consumida descansaba junto a una imagen de la Virgen.
En el suelo había una losa de mármol.
Briggs se arrodilló.
—Samuel rezaba aquí cada mañana.
Daniel se agachó junto a él y examinó los bordes de la piedra.
Encontró una pequeña muesca.
Introdujo la punta de su cuchillo y levantó la losa con esfuerzo.
Debajo había una caja de hierro.
Grace sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Daniel abrió la tapa.
Dentro encontraron un contrato, varias cartas y un pequeño frasco de vidrio vacío.
El contrato llevaba la firma auténtica de Samuel Whitmore y un sello oficial del condado. En una de sus cláusulas se establecía que la venta del rancho solo sería válida si el dinero llegaba íntegramente a una cuenta designada por su propietario.
La última página mostraba una firma diferente.
Elias Coldwell.
Junto a ella aparecía una anotación:
Recibido para entrega. No transferido al destinatario.
Daniel levantó la mirada.
—Esto demuestra que Coldwell recibió el dinero.
Grace examinó las cartas.
Una de ellas estaba dirigida a Thomas.
Otra tenía el nombre de Daniel escrito en el frente.
Y la tercera estaba marcada con una fecha: la noche anterior a la muerte de Samuel.
Briggs señaló el frasco vacío.
—El patrón guardaba sus medicinas en esta capilla. Nunca permitía que nadie las tocara.
Grace tomó el frasco con cuidado.
—¿Cree que alguien lo envenenó?
—Creo que es posible. Pero no podemos demostrarlo solo con esto.
Daniel abrió la carta dirigida a él.
La leyó en silencio.
Después su rostro perdió todo color.
—¿Qué dice? —preguntó Grace.
Daniel le entregó el papel.
La carta estaba escrita por Samuel Whitmore.
Daniel: si recibes esto, significa que Thomas descubrió lo que yo ya sospechaba. Coldwell no actuó solo. El hombre que compró el rancho conoce los nombres de todos los implicados, y uno de ellos tiene suficiente poder para destruirnos incluso si logramos demostrar el fraude.
Grace leyó la última línea.
No confíes en Nathaniel Price. Pero tampoco confíes en el hombre que lo envió.
Daniel dobló la carta.
—Tenemos que salir de aquí.
En ese instante, la puerta de la capilla se abrió.
Nathaniel Price estaba en el umbral.
Detrás de él aparecieron Coldwell y dos hombres armados.
El abogado sonrió al ver la caja abierta.
—Qué conmovedor. La viuda finalmente encuentra los tesoros de su esposo.
Daniel se interpuso delante de Grace.
—Apártate, Price.
—No tengo ninguna intención de hacerlo.
Coldwell señaló la caja.
—Entréguenme los documentos.
Grace apretó el contrato contra su pecho.
—No.
El sheriff levantó la barbilla.
—Señora Turner, no convierta una situación difícil en una tragedia.
—Usted me amenazó. Falsificó documentos y permitió que se llevaran a mi hija. ¿Qué más quiere?
Coldwell sonrió con desprecio.
—Quiero lo que siempre me ha pertenecido.
Daniel dio un paso hacia él.
—Nunca fue tuyo.
—Eso lo decidirá el tribunal.
—¿Con los jueces que has comprado?
La sonrisa del sheriff desapareció.
Price levantó su arma.
—Basta de hablar.
Briggs se colocó junto a Daniel.
—No podrás salir de aquí con esos documentos. Hay copias.
Price se volvió hacia él.
—¿Qué has dicho?
El anciano sostuvo su mirada.
—Samuel sabía que algún día intentarían destruir las pruebas. Preparó copias y las entregó a alguien de confianza.
Coldwell agarró a Briggs del abrigo.
—¿A quién?
El anciano apretó los labios.
—No te lo diré.
El sheriff lo empujó contra la pared.
Grace gritó.
Daniel se abalanzó hacia Coldwell, pero uno de los hombres le cerró el paso. En cuestión de segundos, la capilla se convirtió en un caos de golpes, gritos y muebles volcados.
Grace aprovechó la confusión para esconder el contrato bajo su blusa.
Price la vio.
—¡El documento!
Se lanzó hacia ella.
Grace retrocedió y tomó el frasco vacío del altar. No quería herirlo, pero lo lanzó contra una lámpara de aceite colocada junto a la puerta.
El vidrio se rompió.
La lámpara cayó y la llama se extendió sobre un pequeño tapete.
Todos se apartaron instintivamente.
Daniel logró empujar a Coldwell y abrió una salida lateral.
—¡Grace, corre!
Ella tomó a Lily, que había despertado con los gritos y se encontraba en el corredor junto a la entrada de la capilla.
Briggs las condujo hacia la parte trasera de la casa.
El humo comenzaba a llenar el pasillo.
Daniel fue el último en salir.
Cuando llegaron al patio, encontraron los caballos todavía atados junto al cobertizo.
Grace montó con Lily delante de ella.
Daniel subió al otro caballo y tomó las riendas de Briggs.
Partieron hacia el bosque mientras detrás de ellos los hombres del sheriff gritaban órdenes.
No se detuvieron hasta llegar a una pequeña cabaña abandonada, a varios kilómetros del rancho.
Daniel cerró la puerta y encendió una lámpara.
Grace sacó el contrato y lo extendió sobre una mesa.
—Lo tenemos —susurró.
Daniel asintió.
Pero su expresión no era de alivio.
Estaba mirando la última hoja del documento.
—Grace, hay algo que no cuadra.
Ella se acercó.
—¿Qué?
Daniel señaló una firma que aparecía al final de una declaración jurada.
Era la firma de Thomas.
Debajo, una fecha indicaba que había firmado el documento tres días después de la muerte de Samuel Whitmore.
Grace sintió que el corazón se le detenía.
—Eso es imposible.
Daniel volvió a revisar la hoja.
—Alguien falsificó su firma.
—¿Y por qué harían eso?
Briggs, sentado junto a la estufa, levantó lentamente la cabeza.
—Porque no querían quedarse únicamente con el rancho.
El anciano sacó una última carta del bolsillo interior de su abrigo.
—Samuel descubrió que existía otro heredero. Alguien que podía reclamar la fortuna incluso si el fraude salía a la luz.
Grace miró a Lily, que dormía otra vez en sus brazos.
—¿Quién?
Briggs tragó saliva.
—El hijo que Samuel tuvo antes de casarse con la madre de su hija.
Daniel se puso rígido.
—¿Y dónde está ese hombre?
Briggs lo miró con una tristeza profunda.
—Frente a ti.
Grace retrocedió.
Daniel no dijo una palabra.
El anciano continuó:
—Samuel Whitmore era tu padre, Daniel. Y la persona que más se benefició de su muerte fue el hombre que te convenció de abandonar Silverton hace doce años.
Daniel se quedó inmóvil, mirando la carta como si las palabras hubieran borrado todo lo que creía saber de sí mismo.
Pero antes de que pudiera preguntar algo más, alguien golpeó la puerta de la cabaña.
Tres veces.
Después una voz conocida habló desde el otro lado.
—Daniel, soy el juez Hart. Abre. Traigo noticias de Denver.
Daniel se acercó lentamente a la puerta.
Y entonces escuchó la segunda voz.
La de Elias Coldwell.
—Abre, Mercer. El juez no viene solo.
Grace abrazó a Lily con fuerza.
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Porque acababa de comprender que la verdad sobre Thomas no era el final del secreto.
Era apenas el principio de una traición que había comenzado mucho antes de que ella naciera.
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