Chapter 6: El secreto que Leland había heredado de su padre
Sable soltó la mano del doctor como si acabara de tocar una brasa.
—¿Qué acaba de decir?
Mercer bajó la cabeza.
Leland permaneció inmóvil, con la llave de latón apretada en el puño.
—¿Quién me envió a esta hacienda? —preguntó Sable.
El médico miró a Leland.
—El padre de este hombre.
Durante unos segundos, el único sonido fue el viento entrando por la ventana rota.
Leland sintió que las palabras no tenían sentido.
Su padre, Thomas Hol, había muerto hacía doce años. Era un ranchero respetado, un hombre estricto que había levantado la hacienda con sus propias manos y que le había enseñado a distinguir entre el trabajo honrado y la ambición.
Leland había pasado media vida intentando estar a la altura de su apellido.
Y ahora un médico desaparecido afirmaba que Thomas Hol había participado en algo relacionado con la muerte del primer marido de su prometida.
—Mi padre murió mucho antes de que Sable llegara al territorio —dijo Leland—. No pudo enviar a nadie a ninguna parte.
Mercer lo miró con paciencia.
—No he dicho que la enviara a la hacienda. Dije que firmó un documento relacionado con la muerte de Samuel.
Sable se aferró al cuaderno.
—¿Qué documento?
—Una orden para transferir una parte de las tierras de la familia de Samuel a un fideicomiso comercial. La firma de su padre aparece en el registro porque Thomas Hol era uno de los garantes de la operación.
Leland negó con la cabeza.
—Mi padre nunca me habló de eso.
—Tal vez porque no quería que lo supieras.
—¿Por qué habría de hacerlo?
Mercer tardó en responder.
—Porque la transferencia nunca debió realizarse.
Leland sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Su padre había sido socio de varias familias del territorio. Había comprado ganado, prestado dinero y ayudado a establecer negocios en Redemption Gap. Era posible que su firma apareciera en documentos de los que nunca había oído hablar.
Pero eso no explicaba por qué el médico había relacionado aquella firma con la muerte de Samuel.
—Necesito que me diga exactamente qué ocurrió —exigió.
Mercer respiró con dificultad.
—Samuel había descubierto que su padre pretendía vender una parte de la propiedad familiar para pagar unas deudas. Sin embargo, existía un documento anterior que le daba derecho a recibir esas tierras cuando su padre muriera. Richard quería evitar que su hermano reclamara la herencia porque él ya había prometido la propiedad a un grupo de inversionistas.
—¿Y mi padre?
—Thomas Hol había garantizado parte del acuerdo. Cuando Samuel enfermó, Richard temió que se recuperara lo suficiente para acudir a un abogado y reclamar lo que le pertenecía.
Sable cerró los ojos.
—¿Por eso me acusaron de haberlo matado?
—Sí. Después de su muerte, la herencia quedó en disputa. Richard necesitaba que la gente creyera que Samuel había fallecido sin poder tomar decisiones y que cualquier documento firmado durante su enfermedad carecía de validez.
Leland sintió náuseas.
—¿Está diciendo que mi padre ayudó a encubrir un fraude?
Mercer bajó la mirada.
—Estoy diciendo que su firma aparece en los documentos. No puedo decirle si conocía todos los detalles.
—Pero la orden…
—La orden fue firmada después de que Samuel empeorara. Establecía que no debía ser trasladado a otra clínica sin autorización de la familia. Thomas Hol la respaldó como garante de la propiedad. Richard la utilizó para impedir que yo lo llevara a un lugar donde pudieran atenderlo mejor.
Sable sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Samuel habría sobrevivido?
El doctor cerró los párpados.
—No puedo asegurarlo. Estaba muy enfermo. Pero creo que merecía una oportunidad que le negaron.
Aquella respuesta fue más dolorosa que cualquier acusación.
Sable se apartó de la mesa y miró por la ventana rota.
Durante años había vivido con la idea de que no había hecho lo suficiente. Había recordado cada noche en que Samuel tosió, cada vaso de agua que le acercó, cada remedio que preparó mientras él perdía fuerzas.
Había pensado que quizá, si hubiera tenido más dinero, si hubiera conocido a otro médico, si hubiera insistido con más fuerza, su esposo seguiría vivo.
Ahora descubría que alguien había utilizado el poder y el dinero para impedir que Samuel recibiera una oportunidad.
Y que el padre del hombre con quien estaba a punto de casarse había formado parte de aquel acuerdo.
—Necesito salir —murmuró.
Leland intentó acercarse.
—Sable…
—No.
Su voz no fue fuerte, pero lo detuvo.
—No me pidas que te consuele por algo que yo llevo años sufriendo.
Leland se quedó inmóvil.
Sable tomó aire y volvió a mirar al médico.
—¿Tiene pruebas de lo que dice?
Mercer asintió.
—El cuaderno contiene mis anotaciones. La caja de seguridad tiene el documento original, con las firmas de Richard, Thomas Hol y el abogado que organizó la transferencia.
—¿Por qué no lo entregó a las autoridades?
El anciano soltó una risa amarga.
—Lo intenté. Dos veces. La primera, el juez Thorne dijo que mis documentos eran falsificaciones. La segunda, recibí una visita de hombres que me aconsejaron abandonar el territorio si quería seguir respirando.
Leland apretó la mandíbula.
—¿Y se escondió durante todos estos años?
—Sí.
—Mientras Sable era acusada de asesinato.
Mercer bajó la cabeza.
—Sí.
Sable lo miró con tristeza.
—¿Por qué no me buscó?
El médico no intentó defenderse.
—Porque fui cobarde.
La palabra quedó suspendida en el aire.
—Me convencí de que no podía hacer nada. Me dije que Richard tenía demasiada influencia y que, si hablaba, solo conseguiría que otras personas sufrieran. Con el tiempo, empecé a creer que el silencio era la única forma de sobrevivir.
Sable se limpió una lágrima.
—El silencio también destruye vidas, doctor.
Mercer asintió.
—Lo sé.
Regresaron a la hacienda antes del anochecer.
Leland había insistido en que Mercer viajara con ellos, pues temía que Beatrice enviara a alguien para encontrarlo antes de que pudieran obtener los documentos.
El anciano aceptó, aunque pidió que lo dejaran en una habitación apartada de los corrales.
Sable pasó el camino entero sin hablar.
Leland tampoco intentó llenar el silencio.
Cuando llegaron, Tommy estaba sentado en la cama, comiendo un poco de caldo mientras Jed le contaba una historia absurda sobre un toro que había perseguido al capataz hasta el pozo.
Al ver a Sable, el niño sonrió.
—¡Señorita Sable! ¡Mire! Ya puedo doblar la rodilla.
Ella se acercó y examinó con cuidado la venda.
—Eso es una buena señal, pero no vas a empezar a correr todavía.
—¿Ni siquiera hasta el corral?
—Ni siquiera hasta la puerta.
Tommy hizo una mueca.
—Eso no es justo.
—La recuperación no siempre es justa, corazón. Pero si haces caso, pronto podrás volver a caminar.
El niño asintió.
Leland los observó desde el umbral.
Había algo insoportable en ver a Sable sonreírle a Tommy mientras él sabía que, en su lugar, habría podido perder la paciencia. Ella no tenía necesidad de ganarse el cariño del niño. Lo cuidaba porque era lo correcto.
Y él, que había prometido protegerla, había permitido que el rumor de un pasado doloroso pesara más que sus actos.
Cuando Sable salió de la habitación, Leland la esperaba en el pasillo.
—Necesitamos hablar.
Ella siguió caminando.
—No ahora.
—Por favor.
Sable se detuvo.
La palabra sonó extraña en boca de un hombre acostumbrado a que los demás obedecieran.
—Está bien —dijo—. Habla.
Leland respiró profundamente.
—No sabía nada de lo que hizo mi padre.
—Te creo.
Él levantó la mirada, sorprendido.
—¿De verdad?
—No tengo motivos para pensar que conocías esa historia. Pero eso no cambia lo que ocurrió.
—No. No lo cambia.
Leland apoyó una mano contra la pared.
—He pasado años creyendo que mi padre era un hombre justo. No perfecto, pero justo. Ahora no sé qué pensar.
Sable lo miró con una mezcla de tristeza y cansancio.
—Tal vez tu padre cometió errores. Tal vez hizo cosas que no puedes justificar. Pero tú no eres responsable de cada decisión que él tomó.
—Entonces, ¿por qué siento que estoy traicionándolo si intento descubrir la verdad?
Sable tardó en responder.
—Porque amabas a tu padre. Y cuando alguien a quien amamos hace algo terrible, a veces preferimos creer que el mundo está equivocado antes que aceptar que esa persona también podía equivocarse.
Leland bajó la cabeza.
La respuesta era demasiado parecida a la que él había utilizado para juzgarla.
Había creído que, si Sable era una mujer buena, entonces su pasado debía ser limpio. Cuando encontró una acusación contra ella, prefirió dudar de todo lo que había visto antes que aceptar que quizá la historia era más complicada.
—No quiero volver a hacerte eso —dijo.
Sable lo miró largamente.
—Entonces no lo hagas.
Él quiso tomarle la mano, pero se contuvo.
—¿Hay alguna posibilidad de que vuelvas a confiar en mí?
Sable miró hacia la ventana. Afuera, Willow caminaba despacio junto a la cerca, recuperando fuerzas.
—No lo sé, Leland.
La sinceridad de la respuesta le dolió, pero no intentó cambiarla.
—Voy a encontrar esos documentos —prometió—. Aunque tenga que viajar hasta San Luis y enfrentar a cada persona que participó en ese acuerdo.
—Hazlo porque quieres que se conozca la verdad. No para comprar mi perdón.
Leland asintió.
—Lo haré por la verdad.
Aquella noche, mientras Leland revisaba los documentos de su padre, recibió una visita inesperada.
El capataz entró al despacho con el sombrero entre las manos.
—Patrón, hay alguien en la puerta.
—¿Quién?
—El señor Charles Bell. Dice que necesita hablar con usted de inmediato.
Leland guardó los papeles en el cajón.
—Dile que pase.
Bell entró con su habitual traje oscuro y una sonrisa demasiado tranquila para la hora que era.
—Lamento molestarlo tan tarde, Leland.
—¿Qué quieres?
El administrador dejó un sobre sobre el escritorio.
—El juez Thorne desea que le entregue esto personalmente.
Leland no tocó el sobre.
—¿Por qué?
—Se trata de un asunto familiar.
—Entonces el juez puede venir a explicármelo él mismo.
Bell perdió parte de su sonrisa.
—Creo que no entiende la gravedad de la situación. Su padre dejó compromisos pendientes. Algunos documentos necesitan ser revisados antes de que ciertas personas empiecen a hacer acusaciones que podrían perjudicar el nombre de los Hol.
Leland sintió un escalofrío.
—¿Qué documentos?
Bell abrió el sobre y sacó una hoja.
Era una copia de un contrato antiguo, con la firma de Thomas Hol al pie.
Pero lo que hizo que Leland se pusiera de pie fue el nombre escrito en el margen.
Samuel.
—¿De dónde sacaste esto?
—El juez conserva archivos de muchos asuntos del territorio.
Leland tomó el papel.
El contrato mencionaba una propiedad y una transferencia condicionada a la muerte del propietario. También contenía una cláusula que establecía que, si el beneficiario moría antes de completar el proceso, las tierras regresarían a un fideicomiso administrado por un representante designado.
El representante era Harlan Thorne.
Leland levantó la vista.
—¿Por qué me traes esto?
Bell se inclinó ligeramente.
—Porque el juez cree que sería mejor para todos que usted dejara de investigar la muerte de Samuel. Si los documentos se hacen públicos, el apellido Hol podría quedar asociado a un fraude.
—¿Me estás amenazando?
—Le estoy ofreciendo una oportunidad para evitar un escándalo.
Leland rompió el contrato por la mitad.
Bell palideció.
—¡Eso es propiedad del juez!
—Entonces dile que venga a buscar los pedazos.
El administrador retrocedió hacia la puerta.
—No sabe lo que está haciendo.
—Por primera vez en mucho tiempo, sí lo sé.
Bell salió sin despedirse.
Leland se quedó mirando los pedazos del contrato.
Había pensado que la verdad sería dolorosa.
No había imaginado que también pondría en peligro todo lo que su padre había construido.
A la mañana siguiente, Sable encontró a Mercer sentado junto a la ventana de su habitación.
El médico tenía el cuaderno abierto sobre las rodillas y parecía haber envejecido diez años durante la noche.
—¿Cómo se siente? —preguntó ella.
—Como un hombre que ha pasado demasiado tiempo huyendo.
Sable se sentó frente a él.
—¿Qué más sabe sobre la muerte de Samuel?
Mercer cerró el cuaderno.
—Hay algo que no le he contado.
Sable sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué cosa?
El médico miró hacia la puerta antes de continuar.
—La noche en que Samuel murió, él me pidió que le entregara un mensaje a su esposa. Dijo que, si algo le ocurría, debía buscar a una mujer llamada Eleanor Vale.
—Nunca he oído ese nombre.
—Eleanor trabajaba en la oficina del abogado que preparó los documentos de la propiedad. Era la única persona que sabía que Richard había cambiado las condiciones de la herencia.
—¿Dónde está ahora?
Mercer tragó saliva.
—No lo sé. Pero antes de desaparecer, me envió una carta. Decía que tenía una copia de la declaración original de Samuel.
Sable se inclinó hacia delante.
—¿Una declaración sobre qué?
El médico abrió el cuaderno y sacó una hoja escondida entre dos páginas.
La tinta estaba descolorida, pero todavía se podía leer.
Si no consigo recuperar las tierras, quiero que mi esposa sepa que nunca tuve intención de dejarla desamparada. El documento que firmé le garantiza una parte de la propiedad, siempre que se presente antes de que la transferencia sea definitiva.
Sable se quedó sin aliento.
—¿Samuel me dejó una herencia?
Mercer asintió.
—Eso parece.
—Pero su familia me dijo que no tenía derecho a nada.
—Porque alguien necesitaba que usted lo creyera.
Sable se llevó una mano a la boca.
Durante años había trabajado hasta que le sangraron los dedos, había vendido sus pertenencias y había aceptado que la pobreza era el precio de empezar de nuevo.
Ahora descubría que Samuel había intentado protegerla incluso después de su muerte.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Porque el documento original desapareció. Sin él, cualquier reclamación sería difícil. Y porque Richard hizo creer a todos que usted había renunciado a sus derechos.
Sable miró la hoja una vez más.
—Entonces no solo me acusaron de haberlo matado.
Mercer negó lentamente con la cabeza.
—También le robaron lo que él quería dejarle.
La puerta se abrió de golpe.
Leland entró con el rostro desencajado y una hoja en la mano.
—Sable, tenemos un problema.
Ella se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Leland dejó el papel sobre la mesa.
Era una notificación oficial, firmada por un representante del condado.
Alguien había presentado una denuncia acusando a Sable de utilizar remedios peligrosos y de poner en riesgo la vida de Tommy.
El documento exigía que se presentara ante las autoridades para responder a las acusaciones.
Sable leyó la última línea.
La denuncia había sido presentada por Beatrice Thorne.
Leland apretó los puños.
—No voy a permitir que te hagan esto.
Sable dobló el papel cuidadosamente.
—No tienes que permitirlo. Solo tienes que ayudarme a demostrar la verdad.
Mercer se levantó con dificultad.
—Entonces debemos actuar rápido. Si Beatrice está dispuesta a utilizar al niño para destruirla, significa que sabe que estamos cerca de encontrar el documento original.
Leland miró la llave de latón sobre la mesa.
—Mañana iremos a San Luis.
Pero antes de que pudieran decidir cómo viajarían, un golpe resonó en la puerta principal.
El capataz apareció en el pasillo, pálido.
—Patrón… hay dos alguaciles afuera.
Leland salió primero.
Sable lo siguió con el corazón en la garganta.
Los hombres llevaban sus insignias y una orden sellada.
Uno de ellos se quitó el sombrero.
—Leland Hol, necesitamos hablar con la señorita Sable.
—¿Por qué?
El alguacil abrió el documento.
—Por una denuncia relacionada con el presunto envenenamiento de un menor y la muerte sospechosa de su primer esposo.
Sable sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Y entonces el alguacil añadió algo que hizo que Leland mirara a Mercer con absoluto horror.
—También debemos interrogar al doctor Elias Mercer. Según la declaración de la señora Thorne, él confesó haber ayudado a Sable a ocultar la verdadera causa de ambas muertes.
Mercer palideció.
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Alguien no solo había vuelto a escribir la historia.
Había puesto en marcha un plan para enterrarlos a todos antes de que pudieran encontrar la prueba que los salvaría.
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