Chapter 5: La estación donde los muertos dejaban mensajes
Sable no durmió aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la fotografía de Samuel, la sombra del juez Thorne y aquella última frase escrita en el reverso de la nota.
El hombre que amaste no fue la única víctima.
¿A qué se refería?
¿Había muerto alguien más aquella noche? ¿O la persona que había dejado el mensaje intentaba asustarla para que abandonara la búsqueda?
Al amanecer, Sable bajó a la cocina y encontró a Leland esperándola junto a la mesa.
Había preparado café, pero la taza frente a él seguía llena.
—Encontré esto debajo de mi puerta —dijo ella, entregándole la nota.
Leland la leyó en silencio.
Su rostro se endureció.
—¿Por qué no me lo dijiste anoche?
—Porque no quería despertar a todo el mundo por un pedazo de papel.
—Pudo haber entrado alguien a tu habitación.
—Lo sé.
Leland se levantó y caminó hasta la ventana.
La hacienda estaba tranquila. Los primeros rayos del sol iluminaban los corrales, y a lo lejos se escuchaba el golpeteo de un martillo en el taller.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
—No vas a ir sola a la estación —dijo.
Sable tomó su taza.
—No pensaba hacerlo.
Él se volvió hacia ella.
—¿Confías en mí?
La pregunta la sorprendió.
Durante las últimas semanas, Leland había demostrado que podía ser generoso y cruel sin levantar la voz. Podía ofrecerle una taza de café y, al día siguiente, mirarla como si fuera una extraña.
Sable no sabía si confiar en él otra vez.
Pero sí sabía que necesitaba encontrar la verdad.
—Confío en que quieres descubrir qué pasó —respondió—. Eso tendrá que bastar por ahora.
Leland aceptó la respuesta sin discutir.
Antes de salir, dejó instrucciones al capataz para que nadie abandonara la hacienda sin avisar. Después ensilló dos caballos y guardó la fotografía, la carta y el recibo en una bolsa de cuero.
Sable llevó su abrigo y un pequeño paquete de vendas por si encontraban a alguien herido.
Cuando llegaron al río, el sol apenas comenzaba a iluminar el agua.
La vieja estación de diligencias estaba al otro lado de un camino estrecho, junto a un puente de madera que ya no se utilizaba. El edificio llevaba años abandonado y parte del techo se había hundido.
No había caballos atados.
No había humo en la chimenea.
No había señales de que alguien hubiera pasado la noche allí.
Leland desmontó primero.
—Quédate cerca de la puerta.
Sable lo siguió.
—Si alguien quiso que viniéramos, no creo que haya elegido este lugar para dejarnos una invitación amable.
Él no discutió.
Entraron juntos.
El aire olía a madera húmeda y polvo. Había una mesa rota, dos bancos y una estufa oxidada. En una pared todavía colgaba un horario de diligencias con fechas tan antiguas que la tinta casi había desaparecido.
Leland recorrió la habitación mientras Sable examinaba el suelo.
Cerca de la estufa encontró una taza con restos secos de café.
—Alguien estuvo aquí hace poco.
Leland se acercó.
—¿Cómo lo sabes?
—El polvo de la mesa está intacto, pero aquí hay marcas recientes. Alguien colocó la taza y después la movió.
Él examinó las huellas junto a la puerta.
—Dos personas, quizá tres.
Un ruido resonó en el piso superior.
Ambos se quedaron inmóviles.
—¿Elias? —llamó Leland.
Nadie respondió.
Subieron por una escalera estrecha. Cada peldaño crujía bajo sus botas.
En la habitación superior encontraron un colchón, una manta y una caja de madera abierta.
Dentro había varios documentos, un frasco vacío y un cuaderno de tapas negras.
Sable tomó el cuaderno.
La primera página llevaba un nombre escrito con letra firme.
*Elias Mercer, médico.*
Sable sintió que las rodillas le flaqueaban.
—Lo encontramos.
Leland se colocó a su lado.
El cuaderno contenía notas clínicas, fechas y nombres de pacientes. Varias páginas describían la enfermedad de Samuel y las visitas del doctor durante sus últimos meses de vida.
Sable pasó las hojas con cuidado.
Allí estaba todo.
Las dificultades respiratorias de Samuel. La fiebre persistente. La negativa de su familia a pagar un traslado. Los tratamientos que había recibido y las recomendaciones del médico.
En la última anotación, fechada dos días antes de su muerte, Mercer había escrito:
El paciente empeora. La esposa ha seguido las indicaciones y ha buscado ayuda en repetidas ocasiones. La familia insiste en impedir el traslado. Me preocupa que la demora tenga consecuencias irreversibles.
Sable se llevó una mano a la boca.
Durante años, había escuchado que no había hecho suficiente.
Que debía haber buscado otro médico.
Que había permitido que Samuel muriera.
Y ahora tenía delante un registro escrito por el hombre que lo había atendido.
No demostraba por sí solo todo lo ocurrido aquella noche, pero sí contradecía las acusaciones de que ella había rechazado la atención médica.
Leland le puso una mano en el hombro.
—Sable…
Ella cerró los ojos.
—Me llamaron asesina.
La voz le salió quebrada.
—Me dijeron que había matado al hombre que amaba para quedarme con sus tierras. No tenía tierras. No tenía dinero. Apenas tenía para comprar comida.
Leland bajó la cabeza.
—Lo siento.
Sable se apartó un poco.
—No quiero que sientas lástima por mí.
—No es lástima.
—Entonces ayúdame a encontrar a Mercer.
Leland asintió.
En ese momento, un golpe resonó abajo.
Después, una voz masculina.
—¡Sé que están aquí!
Leland cerró el cuaderno y se acercó a la escalera.
—¿Quién eres?
—Alguien que puede explicar lo que pasó.
Sable se quedó inmóvil.
Reconoció aquella voz.
No porque la hubiera escuchado muchas veces, sino porque había pasado años recordándola.
Era una voz grave, ligeramente ronca, con una forma peculiar de pronunciar las erres.
La voz del doctor Elias Mercer.
Leland bajó primero.
Sable lo siguió, apretando el cuaderno contra el pecho.
En la entrada había un hombre delgado, de barba gris y cabello blanco. Llevaba un abrigo oscuro demasiado grande para su cuerpo y sostenía un bastón.
Tenía el rostro marcado por el cansancio, pero sus ojos seguían siendo firmes.
Al ver a Sable, se quitó el sombrero.
—Señora Hol.
Sable se detuvo.
—Todavía no soy la señora Hol.
El médico bajó la cabeza.
—Tiene razón. Perdóneme.
Leland lo observó con cautela.
—¿Es usted Elias Mercer?
—Lo fui durante muchos años.
—¿Por qué nos hizo venir aquí?
Mercer miró hacia las ventanas.
—Porque hay gente que no quiere que hable. Y porque no puedo seguir escondiéndome mientras una mujer inocente carga con una culpa que no le pertenece.
Sable sintió que el corazón le golpeaba en el pecho.
—¿Qué ocurrió la noche en que murió Samuel?
Mercer respiró profundamente.
—Samuel estaba muy enfermo. Eso es cierto. Pero la causa de su muerte no fue la que su familia afirmó ante el pueblo.
Leland se acercó un paso.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que, la noche anterior, alguien entró en su habitación y cambió las instrucciones que yo había dejado junto a la cama. Cuando regresé, Samuel estaba peor. Y el hombre que estaba con él me ordenó que firmara una declaración afirmando que no había posibilidad de salvarlo.
Sable sintió que la habitación empezaba a girar.
—¿Quién era ese hombre?
Mercer apretó el bastón.
—Richard, el hermano de Samuel.
Leland frunció el ceño.
—¿Y el juez Thorne?
El médico cerró los ojos un instante.
—Harlan Thorne no llegó por casualidad. Había un acuerdo entre Richard y ciertas personas que querían impedir que Samuel reclamara una propiedad.
—¿Quiénes? —preguntó Sable.
Mercer abrió la boca.
Pero antes de que pudiera pronunciar un nombre, se oyó el estampido de un disparo afuera.
La ventana se hizo añicos.
Leland empujó a Sable al suelo y se cubrió detrás de la mesa.
Mercer cayó de rodillas, soltando el bastón.
—¡Doctor! —gritó Sable.
Se arrastró hasta él.
El anciano respiraba, pero tenía una expresión de terror que no había mostrado ni siquiera al contar la historia de Samuel.
—No… —susurró—. No debieron encontrarme.
Leland miró por la ventana rota.
A lo lejos, un jinete se alejaba hacia el norte.
No podía distinguir su rostro.
Pero sí reconoció el caballo.
Era un alazán propiedad de Charles Bell, el administrador del juez Thorne.
Leland volvió junto a Sable.
—Tenemos que sacarlo de aquí.
Mercer negó con la cabeza.
—No entienden. No quieren matarme solamente a mí.
Sable sostuvo su mano.
—¿A quién más?
El médico la miró con una tristeza profunda.
—A cualquiera que tenga la prueba de lo que hicieron.
Se llevó una mano al interior del abrigo y sacó una pequeña llave de latón.
—La prueba está en una caja de seguridad. En San Luis. Hay un documento firmado por Richard y otro hombre. Si lo encuentran, podrán demostrar que la muerte de Samuel fue utilizada para robar una herencia.
Leland tomó la llave.
—¿Quién es el otro hombre?
Mercer abrió la boca una vez más.
Pero entonces sus ojos se fijaron en algo detrás de Sable.
La puerta estaba abierta.
Y en el umbral había una mujer con un vestido azul oscuro y un sombrero adornado con plumas negras.
Beatrice Thorne.
Su rostro estaba pálido, pero no parecía sorprendida de encontrar a los tres en aquella habitación.
—Qué conmovedor —dijo—. La novia, el ranchero y el médico desaparecido.
Leland se puso de pie.
—¿Nos seguiste?
Beatrice miró la llave que él sostenía.
—No necesito seguirlos cuando alguien se encarga de informarme de cada uno de sus movimientos.
Sable sintió que la sangre se le helaba.
Beatrice sonrió con frialdad.
—Ahora, doctor, creo que es hora de que termine la historia que empezó hace tantos años.
Mercer intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron.
—Beatrice, no tienes por qué hacer esto.
La sonrisa de la mujer desapareció.
—¿No? Tú sabes perfectamente por qué.
Leland se interpuso entre ella y el médico.
—Sal de aquí.
Beatrice no se movió.
—No sabes con quién estás jugando, Leland.
—Y tú no sabes hasta dónde estoy dispuesto a llegar para proteger a mi familia.
Beatrice lo miró con desprecio.
—¿Familia? ¿De verdad vas a llamar familia a una mujer que ni siquiera conoces?
Sable se levantó lentamente.
—Puede insultarme todo lo que quiera, señora Thorne. Pero no va a borrar lo que está escrito en ese cuaderno.
Por primera vez, Beatrice pareció perder el control.
Sus ojos se clavaron en el libro que Sable sostenía.
—Dámelo.
—No.
—¡Dámelo!
Leland avanzó un paso.
—Te dije que salieras.
Beatrice retrocedió hasta el umbral.
Pero antes de marcharse, señaló a Sable.
—Disfruta tu pequeña victoria. Porque cuando sepas quién firmó realmente la orden que condenó a Samuel, vas a desear no haber nacido.
La mujer se volvió y salió.
Leland corrió a la ventana, pero ya no había nadie en el camino.
Sable miró al doctor.
—¿Quién firmó esa orden?
Mercer tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No fue Richard.
Sable sintió que el mundo se detenía.
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El médico apretó la mano de ella.
—Fue el hombre que te envió a esta hacienda.
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