Chapter 4: La fotografía que podía destruir a los Thorne
Leland volvió a mirar la fotografía y comprendió que, si aquella imagen era auténtica, la familia Thorne llevaba años ocultando algo mucho más grave que un simple rumor sobre Sable.
—¿Quién dejó esto detrás de mis herramientas? —preguntó, mirando a Jed.
El muchacho negó con la cabeza.
—No lo sé, patrón. Fui a buscar una llave porque la puerta del cobertizo se atoró. La caja estaba movida y el sobre quedó debajo.
Leland examinó el papel, buscando alguna marca que revelara quién lo había llevado hasta allí. No encontró sello, firma ni dirección.
Solo aquella frase sobre la familia Thorne.
Sable seguía mirando la fotografía. Tenía los labios entreabiertos y los dedos tan tensos que la imagen comenzó a doblarse.
—¿Estás segura de que es Mercer? —preguntó Leland.
—Sí.
—¿Y de que no sabes quién tomó la foto?
—Estoy segura de ambas cosas.
Sable levantó la mirada.
—Pero sé quién estaba en esa habitación aquella noche.
Leland guardó silencio.
—Samuel estaba muy enfermo —continuó ella—. El doctor Mercer había ido a revisarlo por última vez antes de marcharse del pueblo. Yo estaba junto a la cama. El padre de Samuel había salido a buscar a su hijo mayor.
—¿Qué hijo?
—Richard. El hermano de Samuel.
Leland conocía aquel apellido. La familia de Samuel había tenido una pequeña propiedad al este del territorio, pero después de la muerte del patriarca, Richard se había marchado y las tierras terminaron vendiéndose.
—¿Richard estaba allí cuando Samuel murió?
Sable asintió lentamente.
—Regresó esa misma noche. No quiso dejarme entrar en la habitación cuando Samuel empezó a empeorar. Me dijo que yo ya había hecho suficiente daño.
—¿Y el doctor?
—No lo volví a ver después de aquella noche. A la mañana siguiente, Samuel había muerto. Richard me acusó delante de todos y dijo que el doctor había confirmado que mi esposo no podía salvarse.
—Pero la carta dice que Mercer dejó notas médicas.
—Eso me dijo a mí. Nunca vi esas notas.
Leland volvió a mirar la fotografía.
La sombra del hombre junto a la puerta ocultaba parte de su rostro, pero la forma de la mandíbula y la cicatriz que atravesaba una ceja eran inconfundibles.
No era Richard.
Era alguien a quien Leland conocía.
Alguien que había cenado en su casa, estrechado su mano y sonreído mientras hablaba de la importancia de la honradez.
—¿Qué pasa? —preguntó Sable.
Leland giró la fotografía para observarla desde otro ángulo.
—Creo que conozco al hombre que está detrás de ustedes.
Sable se acercó.
—¿Quién es?
Él no contestó de inmediato.
La cicatriz podía pertenecer a un hombre que se le parecía. La imagen era antigua, la luz era mala y no quería cometer el mismo error que había cometido al juzgar a Sable por una carta.
Sin embargo, cuanto más observaba el rostro, más seguro estaba.
—El juez Harlan Thorne.
Sable retrocedió un paso.
—¿El padre de Beatrice?
—Sí.
Durante varios segundos, ninguno habló.
El juez Harlan Thorne había sido uno de los hombres más respetados de Redemption Gap. Había presidido juicios, resuelto disputas por tierras y ayudado a redactar acuerdos entre rancheros. Aunque se había retirado de sus funciones públicas, seguía teniendo influencia sobre comerciantes, propietarios y autoridades locales.
Si aparecía en una fotografía tomada la noche anterior a la muerte de Samuel, había que averiguar por qué.
—¿Estás seguro? —preguntó Sable.
—No. Pero conozco esa cicatriz. Se la hizo cuando un caballo lo derribó durante una carrera, hace unos quince años.
—¿Qué hacía allí?
Leland miró hacia el camino que conducía al pueblo.
—Eso es lo que pienso averiguar.
Aquella tarde, Leland dejó a su capataz a cargo de la hacienda y preparó dos caballos.
Sable apareció en el patio con su abrigo gastado y el cabello recogido en una trenza.
—Voy contigo.
Leland se volvió hacia ella.
—No tienes que hacerlo.
—Si vamos a buscar al hombre que puede demostrar mi inocencia, no voy a quedarme sentada esperando noticias.
—Podría ser peligroso.
Sable soltó una risa amarga.
—¿Peligroso? He pasado semanas viendo cómo la gente me mira como si hubiera envenenado a mi propio esposo. No me queda mucho que perder, Leland.
Él recibió aquellas palabras como una bofetada.
—No debí haber dudado de ti.
—No. No debiste.
Sable montó sin esperar ayuda.
Leland la observó durante un instante y después subió a su propio caballo.
Cabalgaron hacia la parte antigua del pueblo, donde vivían las familias que habían llegado al territorio antes de que se construyera la estación del ferrocarril.
El doctor Whitcomb les había dado una pista. Recordaba que Mercer había mantenido correspondencia con una mujer llamada Abigail Rusk, quien administraba una pequeña casa de huéspedes al norte de Redemption Gap.
Cuando llegaron, encontraron una construcción de madera con las ventanas cerradas y un letrero torcido sobre la puerta.
Leland golpeó tres veces.
Nadie respondió.
Sable rodeó la casa y encontró una puerta lateral entreabierta.
—Hay alguien adentro —susurró.
Leland bajó la mano hacia el revólver que llevaba en el cinturón, sin sacarlo.
—Quédate detrás de mí.
—No voy a quedarme detrás de nadie.
Él estuvo a punto de discutir, pero un ruido procedente del interior los interrumpió.
Entraron con cuidado.
La habitación olía a polvo, humedad y café viejo. Había una silla volcada junto a la chimenea y varios papeles esparcidos por el suelo.
En el fondo, una mujer mayor intentaba guardar documentos en una caja.
Al verlos, se quedó inmóvil.
—¿Quiénes son ustedes?
—Leland Hol —respondió él—. Buscamos al doctor Elias Mercer.
La mujer apretó la caja contra el pecho.
—No sé nada de ese hombre.
Sable dio un paso adelante.
—Señora, mi nombre es Sable. Yo cuidé a Samuel, mi primer esposo. Mercer lo atendió antes de morir.
La mujer la miró fijamente.
Algo cambió en sus ojos.
—¿Tú eres Sable?
—Sí.
La anciana dejó la caja sobre una mesa.
—Entonces llegas muchos años tarde.
Sable sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Qué significa eso?
La mujer se sentó lentamente.
—Mi nombre es Abigail Rusk. Elias Mercer fue mi hermano.
Leland intercambió una mirada con Sable.
—Nos dijeron que había muerto.
—Eso quería que creyera la gente que lo buscaba.
Abigail sacó un sobre de la caja y lo puso sobre la mesa.
—Elias descubrió algo mientras atendía a Samuel. Algo que involucraba dinero, propiedades y una persona que no estaba dispuesta a permitir que la verdad saliera a la luz.
—¿Quién? —preguntó Leland.
Abigail negó con la cabeza.
—No voy a decirlo hasta saber que ustedes no trabajan para esa persona.
Leland se irguió.
—Soy el dueño de la hacienda Hol. Si quisiera obligarla a hablar, no habría venido a pedirle ayuda.
—Los hombres ricos no siempre necesitan levantar la voz para obligar a alguien.
La respuesta lo dejó callado.
Sable se acercó a la mujer.
—Yo no quiero venganza. Quiero limpiar mi nombre. He perdido demasiado por una muerte que no pude impedir.
Abigail la contempló durante un largo rato.
Finalmente, abrió el sobre.
Dentro había una página escrita a mano y un pequeño recibo de pago.
—Elias descubrió que Samuel había firmado un documento que le permitía heredar parte de las tierras de su padre. Pero, antes de que pudiera reclamar esa propiedad, enfermó.
—¿Está diciendo que alguien quería quedarse con las tierras? —preguntó Leland.
—Estoy diciendo que, después de la muerte de Samuel, alguien pagó una suma considerable para que el documento desapareciera.
Leland examinó el recibo.
La cantidad era elevada. La firma del receptor estaba parcialmente borrada, pero el sello pertenecía a una oficina de abogados de San Luis.
—¿Y qué tiene que ver la familia Thorne?
Abigail palideció.
Antes de que pudiera responder, se escuchó el golpe de unos cascos afuera.
Uno.
Dos.
Después, el sonido de una puerta cerrándose con violencia.
Abigail se levantó de golpe.
—¡Tienen que irse!
Leland se volvió hacia la entrada.
—¿Quién llegó?
La anciana no respondió. Tomó la caja y corrió hacia una puerta trasera.
—¡Abigail! —exclamó Sable—. ¡No hemos terminado!
La mujer se detuvo en el umbral.
—Si de verdad quieren encontrar a Elias, vayan a la vieja estación de diligencias al norte del río. Pero no se lo digan a nadie.
—¿Cuándo? —preguntó Leland.
Abigail miró por encima del hombro.
—Mañana al amanecer.
Y desapareció por la puerta.
Leland y Sable salieron por el otro lado de la casa. A través de los árboles vieron a un jinete alejándose a toda velocidad.
Sable reconoció el sombrero.
Era el de Charles Bell, el administrador de las propiedades del juez Thorne.
El mismo hombre que había estado en la hacienda Hol dos días antes, preguntando por el estado de Willow.
Leland apretó las riendas.
—Ahora sí tenemos una razón para sospechar.
Sable lo miró con tristeza.
—No. Ahora tenemos una razón para tener cuidado.
Regresaron a la hacienda después del anochecer.
Tommy seguía estable, aunque el doctor había insistido en que necesitaba varios días de reposo. Jed se había quedado junto a su cama, decidido a no apartarse de él.
Sable entró a la cocina para preparar una infusión suave para la garganta del niño, mientras Leland guardaba los documentos en el cajón de su escritorio.
No habían encontrado a Mercer.
Pero habían descubierto que alguien había pagado para hacer desaparecer un documento importante después de la muerte de Samuel.
Y alguien más había intentado impedir que Abigail hablara.
Leland estaba examinando el recibo cuando oyó pasos en el pasillo.
Beatrice apareció en la puerta sin llamar.
—Me dijeron que estuviste en la casa de Abigail Rusk.
Leland levantó la cabeza.
—¿Quién te lo dijo?
—Eso no importa. ¿Qué buscabas allí?
—No sabía que necesitaba tu permiso para visitar a una mujer.
Beatrice cruzó los brazos.
—Esa mujer está loca. Mi padre intentó ayudarla hace años y ella lo acusó de cosas absurdas.
Leland sintió que el aire se volvía más pesado.
—¿Tu padre conocía a Abigail?
Beatrice se quedó inmóvil durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
—Todo el mundo conocía a Abigail —respondió—. No significa nada.
—¿Y al doctor Mercer?
—Leland, no sé por qué estás perdiendo el tiempo con esta historia.
Él guardó el recibo dentro del cajón.
—Porque alguien está intentando destruir a mi prometida.
Beatrice se acercó al escritorio.
—Quizá deberías preguntarte por qué necesita tanta gente defenderla.
Leland se puso de pie.
—¡Ya basta!
La mujer retrocedió, sorprendida.
Nunca lo había oído levantarle la voz.
—No vuelvas a entrar en mi casa sin anunciarte —dijo él—. Y no vuelvas a hablar de Sable como si tuvieras derecho a decidir quién es.
Beatrice apretó los labios.
—Vas a arrepentirte de esto.
—Tal vez. Pero será mi error, no el tuyo.
Ella salió dando un portazo.
Leland permaneció de pie, respirando con dificultad.
No sabía todavía quién había causado la muerte de Samuel, ni por qué Harlan Thorne aparecía en aquella fotografía.
Pero ya no podía fingir que las acusaciones contra Sable eran simples chismes de pueblo.
Alguien estaba dispuesto a proteger un secreto.
Y ese alguien sabía exactamente dónde vivía ella.
Esa noche, mientras Sable terminaba de acomodar las mantas de Tommy, encontró un papel doblado debajo de la puerta de su habitación.
No llevaba firma.
Solo contenía una frase escrita con tinta oscura:
Si mañana vas al río con Leland Hol, quizá descubras quién murió realmente en aquella habitación.
Sable leyó la nota dos veces.
Después la acercó a la lámpara.
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En el reverso había una segunda línea, casi ilegible.
Y quizá descubras que el hombre que amaste no fue la única víctima.
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