Chapter 2: La carta que convirtió la esperanza en sospecha
Leland Hol leyó la carta dos veces.
La primera, con incredulidad.
La segunda, con una rabia tan silenciosa que Beatrice sonrió, convencida de que por fin había conseguido lo que llevaba semanas buscando.
Sable no podía leer las palabras desde donde estaba. Seguía junto a Tommy, vigilando su respiración y manteniendo la presión sobre la herida.
Pero conocía aquella expresión.
La había visto cuando Leland recibió noticias de un socio que le había robado ganado.
También cuando uno de sus trabajadores admitió haber vendido herramientas de la hacienda.
Era la mirada de un hombre que se sentía traicionado.
Y, por alguna razón, ahora estaba dirigida hacia ella.
—¿Qué dice? —preguntó Beatrice, fingiendo inocencia.
Leland dobló el papel.
—Dice suficiente.
—Entonces no puedes seguir permitiendo que esa mujer se quede aquí.
Sable sintió que la rabia le subía por el cuello.
—Si tiene algo que decir sobre mí, señor Hol, le agradecería que lo dijera delante de mí.
Leland levantó la vista.
Durante un segundo, ella esperó encontrar al hombre que había dejado pan de maíz y carne salada junto a su lugar de trabajo cuando creyó que no tenía suficiente para comer.
Al hombre que había ordenado construir una repisa para que pudiera secar sus plantas medicinales.
Al hombre que, después de verla salvar a Willow, había comenzado a dejarle una taza de café caliente antes del amanecer.
Pero aquel hombre parecía haberse escondido detrás de una pared.
—No es el momento, Sable.
Ella miró al niño.
—Tiene razón. No es el momento. Tommy necesita un médico.
Leland apretó la mandíbula.
—El médico viene en camino.
—Entonces será mejor que dejemos de hablar.
Beatrice soltó una risa discreta.
—Qué conveniente. Siempre encuentra una forma de evitar las preguntas.
Sable se incorporó lentamente.
Tenía las manos manchadas de sangre, el vestido arrugado y un mechón de cabello pegado a la frente por el sudor.
No parecía una mujer peligrosa.
Parecía una mujer agotada que había pasado la mañana intentando salvar una vida.
—Señora Thorne, si conoce algún secreto mío que ponga en peligro a Tommy, dígalo. Si no, salga del granero.
Beatrice abrió la boca, indignada.
—¡Leland!
Él no apartó la mirada de Sable.
—Continúa atendiendo al niño.
Aquellas cinco palabras debieron tranquilizarla.
En cambio, le dolieron.
Porque Leland no había dicho que confiaba en ella.
Solo había dicho que continuara trabajando.
Sable volvió a arrodillarse junto a Tommy.
El muchacho tenía los ojos entreabiertos. Su rostro estaba húmedo y respiraba con dificultad por el esfuerzo y el miedo.
—¿Ya viene el doctor? —susurró.
—Sí, mi niño. Ya viene.
—¿Mi hermano se va a quedar conmigo?
Jed se inclinó hasta que sus frentes casi se tocaron.
—No me voy a mover de aquí.
Tommy cerró los ojos un instante.
Sable le habló de nuevo, asegurándose de que respondiera. No quería que el miedo ni el cansancio le impidieran comunicar cómo se sentía.
Cuando el niño volvió a quejarse de dolor, ella pidió que alguien buscara más mantas y mantuviera despejada la entrada para el médico.
Leland salió a dar instrucciones.
Beatrice lo siguió.
—¿Vas a ignorar lo que acabas de leer?
—No lo estoy ignorando.
—Entonces sabes que esa mujer podría haberte mentido desde el principio.
Leland se detuvo junto a la cerca.
—¿Cómo conseguiste esa carta?
—Una conocida mía vive en San Luis. La recibió de alguien que conoció a la familia del primer marido de Sable.
—¿Y por qué la enviaste a buscarla precisamente ahora?
Beatrice parpadeó.
No esperaba aquella pregunta.
—Porque me preocupo por ti.
—No te pregunté eso.
La sonrisa de Beatrice desapareció.
—¿Acaso prefieres que me quede callada mientras esa mujer se instala en tu casa, se gana la confianza de tus trabajadores y convierte cada conversación en una oportunidad para hacerse la víctima?
Leland miró hacia el granero.
A través de la puerta abierta, podía ver a Sable inclinada sobre Tommy. No había levantado la voz ni una sola vez para pedir reconocimiento. Tampoco había intentado defenderse con lágrimas.
Eso lo confundía más que cualquier carta.
—Me dijiste que su primer marido murió de una enfermedad —murmuró.
—Eso fue lo que escuché.
—Ahora dices que hay dudas sobre su muerte.
—Yo no digo nada. Solo te entrego lo que otras personas han escrito.
Leland volvió a mirar el sobre.
Había una frase subrayada con tinta oscura.
Pregunte qué ocurrió durante las últimas semanas de enfermedad de su esposo. Hay cosas que la familia nunca pudo explicar.
No había una acusación directa.
No había nombres de testigos.
No había pruebas.
Solo una insinuación diseñada para llenar de sospechas cualquier silencio.
Sin embargo, Leland llevaba años viviendo con una culpa que jamás había compartido con nadie.
Su primera esposa había muerto después de una larga enfermedad. Él no había podido salvarla. Desde entonces, desconfiaba de todo aquello que no podía comprender, especialmente cuando se trataba de la salud de alguien a quien amaba.
La carta había encontrado exactamente dónde herirlo.
—¿Qué sabes de su familia? —preguntó.
Beatrice se acercó.
—Lo suficiente para decirte que deberías tener cuidado.
—Eso no es una respuesta.
—Leland, por favor. No me obligues a explicarte algo que deberías entender por ti mismo. Una mujer llega sin dinero, sin referencias confiables y con un pasado que nadie conoce. Después, en cuestión de días, tu vieja yegua mejora gracias a sus remedios y tú empiezas a tratarla como si fuera la señora de esta casa.
Leland endureció la mirada.
—Willow está viva.
—¿Y si no hubiera sobrevivido? ¿Habrías culpado a la mujer que le dio esas hierbas?
Él no respondió.
Beatrice aprovechó el silencio.
—Solo quiero que pienses en lo que arriesgas.
Después se alejó hacia su caballo.
Leland se quedó junto a la cerca, mirando el polvo que levantaban los cascos.
Por primera vez, se preguntó si su gratitud hacia Sable había nublado su juicio.
Y se odió un poco por pensarlo.
El médico llegó cerca del mediodía.
El doctor Whitcomb desmontó tan deprisa que casi tropezó con las riendas. Era un hombre de cabello blanco, manos grandes y una expresión que se volvía más severa cuanto más urgente era la situación.
—¿Dónde está el muchacho?
Sable se apartó para dejarlo examinar a Tommy.
Le explicó lo ocurrido, la cantidad de sangre que había perdido y las medidas que había tomado para controlar la hemorragia.
Whitcomb escuchó sin interrumpir.
Después examinó la herida, comprobó la circulación del pie y preguntó si alguien había movido al niño después del accidente.
—No —respondió Sable—. Solo lo suficiente para acomodarlo y protegerlo del frío.
El médico asintió.
—Bien hecho.
Leland, que permanecía detrás de ellos, levantó la cabeza.
—¿Está fuera de peligro?
Whitcomb no respondió de inmediato.
—Ha perdido bastante sangre. Hay que llevarlo a la casa, mantenerlo estable y revisar con cuidado si quedó madera dentro de la herida. También habrá que vigilar cualquier señal de infección. No puedo prometerle que todo saldrá bien.
Jed empezó a llorar en silencio.
Sable le tomó el brazo.
—Tu hermano sigue aquí. Vamos a hacer todo lo posible.
El médico pidió ayuda para trasladar a Tommy. Entre cuatro hombres prepararon una puerta desmontada como camilla y lo llevaron a una habitación limpia de la casa principal.
Sable los acompañó.
Durante las siguientes horas, ayudó al doctor a organizar los materiales, limpiar las superficies y mantener a los curiosos fuera del cuarto.
Cuando el niño empezó a recuperar el color de sus labios, Jed se dejó caer en una silla y escondió el rostro entre las manos.
—Pensé que iba a morir —confesó.
Sable se sentó a su lado.
—Yo también tuve miedo.
Él la miró, sorprendido.
—Pero usted no parecía tenerlo.
—Tener miedo no significa que debas dejar de hacer lo que puedes hacer.
Jed bajó la cabeza.
—Mi mamá murió cuando Tommy era bebé. Mi papá se fue a trabajar a las minas y nunca volvió. El patrón nos dejó quedarnos aquí porque mi tío trabajaba para él.
Sable le acarició el hombro.
—Entonces cuida mucho de tu hermano. Pero no cargues tú solo con todo lo que le pase.
El muchacho asintió.
Al otro lado de la puerta, Leland había escuchado cada palabra.
Se quedó allí unos segundos, incapaz de entrar.
Sable había mostrado más ternura por dos niños sin familia que muchas personas por sus propios parientes.
Y, aun así, él había permitido que una carta anónima sembrara dudas en su corazón.
Al caer la tarde, Tommy dormía bajo la vigilancia del médico.
La herida había quedado protegida y el sangrado estaba controlado. Whitcomb advirtió que las siguientes horas serían decisivas, pues todavía existía riesgo de infección y complicaciones.
Sable salió al porche para lavarse las manos.
El agua del recipiente se tiñó de rosa antes de quedar limpia.
Leland la esperaba junto a la baranda.
—Sable.
Ella siguió frotándose los dedos.
—¿Sí?
—Quiero hablar contigo sobre tu primer marido.
Sus manos se detuvieron.
Durante un instante, el canto de los grillos pareció llenar todo el espacio entre ambos.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Porque el niño está mejor o porque la señora Thorne te entregó una carta?
Leland bajó la mirada.
No intentó negarlo.
Sable dejó el paño sobre el recipiente.
—Mi primer marido se llamaba Samuel. Estuvo enfermo durante meses. Yo lo cuidé hasta el final. Eso es todo lo que necesitas saber si no estás dispuesto a escucharme de verdad.
—La carta dice que su familia tenía dudas sobre lo que ocurrió.
Sable soltó una risa sin alegría.
—Su familia tenía dudas sobre todo. Samuel no era un hombre rico, pero su padre esperaba que heredara una propiedad que nunca llegó a recibir. Cuando enfermó, me acusaron de querer su dinero.
—¿Recibiste alguna herencia?
—No. Pagué parte de las deudas que dejó y me fui porque no soportaba seguir viviendo en una casa donde cada cucharada de sopa que le daba a mi esposo se convertía en una acusación.
Leland se quedó callado.
—¿Qué enfermedad tenía? —preguntó al fin.
—Una enfermedad del pecho. Tosía durante la noche y apenas podía respirar. El médico de nuestro pueblo dijo que sus pulmones estaban dañados. Yo hice lo que pude.
—¿Le dabas hierbas?
Sable lo miró directamente.
—Sí. Algunas le aliviaban la garganta. Otras no le hacían nada. Nunca pretendí curarlo con magia, ni le di nada que yo supiera que pudiera hacerle daño.
—¿Y si alguien creyó que lo hiciste?
—Entonces esa persona debería haber tenido el valor de decírmelo a la cara.
Leland apretó el sobre que aún llevaba en el bolsillo.
—No quiero acusarte injustamente.
—Pero ya dudas de mí.
—No sé qué creer.
Aquella confesión fue peor que un grito.
Sable sintió que se le cerraba la garganta.
Había cruzado medio país con la esperanza de empezar de nuevo. No buscaba un hombre perfecto ni una vida de lujo. Quería un hogar donde su trabajo importara, donde sus manos no fueran motivo de vergüenza y donde pudiera hablar sin sentir que cada palabra sería utilizada contra ella.
Creyó que Leland empezaba a comprenderla.
Ahora volvía a estar sola.
—Entonces no me creas todavía —dijo con voz serena—. Pero tampoco me condenes por rumores.
—Sable…
—Cuando Willow estaba muriendo, me pediste que intentara salvarla. No me preguntaste de dónde venía ni quién había hablado mal de mí. Solo me diste una oportunidad.
Leland apartó la mirada.
—Y la salvaste.
—Hice lo que pude. Igual que hice con Samuel. Igual que estoy haciendo con Tommy.
Ella tomó el recipiente y entró a la casa.
Leland permaneció en el porche hasta que el sol desapareció detrás de las colinas.
Esa noche, no hubo café caliente para Sable.
Tampoco hubo conversación junto al fogón.
Sin embargo, cuando ella pasó frente a la habitación de Tommy, encontró a Leland sentado junto a la puerta, vigilando el sueño del niño.
Él levantó la cabeza.
—El doctor dice que podría recuperarse.
—Me alegra.
—Sable, no quería que esto terminara así.
Ella lo miró durante un largo instante.
—Entonces tendrás que decidir qué clase de hombre quieres ser cuando alguien te ofrece una mentira envuelta en papel.
No esperó respuesta.
Subió las escaleras y cerró la puerta de su habitación.
Abajo, Leland sacó la carta por tercera vez.
En el reverso encontró una anotación que no había visto antes, escrita con una letra distinta.
Si de verdad quiere conocer la verdad sobre Sable, pregunte por el doctor Elias Mercer. Él fue el último hombre que examinó a Samuel antes de su muerte.
Leland frunció el ceño.
Conocía aquel nombre.
Elias Mercer había vivido en Redemption Gap muchos años atrás, antes de marcharse repentinamente después de una disputa con la familia Thorne.
Y, según los rumores, había muerto hacía tres inviernos.
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Entonces, ¿quién había escrito aquella nota?
Y, más importante todavía, ¿por qué alguien quería que Leland creyera que un hombre muerto podía demostrar que su prometida era culpable?
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