Chapter 1: La sangre en el granero
El niño tenía apenas diez años, la pierna abierta por una astilla de madera y los labios tan pálidos que Sable comprendió que, si perdía un solo minuto discutiendo con Leland Hol, podría perderlo para siempre.
—¡Jed, agua hirviendo! ¡Ahora mismo! —ordenó, mientras presionaba la herida con ambas manos.
El muchacho, que hasta entonces había sido un simple peón de la hacienda, salió corriendo como si el diablo lo persiguiera.
Los demás hombres permanecieron inmóviles.
Uno de ellos se persignó.
Otro retrocedió al ver la sangre.
Y Leland, parado en la entrada del granero, miraba a Sable con una expresión que ella no había visto jamás en su rostro.
Miedo.
No miedo a ella.
Miedo a que el pequeño Tommy, el hermano menor de Jed, muriera frente a sus ojos.
—¿Qué le pasó? —preguntó Leland, arrodillándose junto al niño.
—La plataforma del pajar cedió. Una tabla rota le atravesó el pantalón y le abrió la pierna. Necesito que alguien sostenga una lámpara y que nadie lo mueva.
—¡Yo puedo hacerlo! —respondió Leland de inmediato.
Tomó el farol de un clavo y se colocó a su lado.
Sable apenas lo miró.
—Entonces sosténgalo firme.
Aquel tono habría ofendido al ranchero unas semanas atrás. En Redemption Gap, pocos hombres se atrevían a darle órdenes a Leland Hol. Era dueño de cientos de acres, de ganado suficiente para llenar los corrales del condado y de una casa que parecía demasiado grande para un hombre que vivía como si el mundo entero le debiera una disculpa.
Pero aquella mañana, Leland obedeció.
Porque Sable no estaba intentando demostrar que era más inteligente que nadie.
Estaba intentando salvar a un niño.
—Tommy, mírame —dijo ella, inclinándose sobre el pequeño—. ¿Me escuchas, corazón?
El niño abrió los ojos apenas.
—Me duele…
—Lo sé. No voy a mentirte. Te va a doler un poquito más, pero necesito que seas valiente.
—¿Voy a morir?
La pregunta atravesó el granero como una bala.
Jed regresó con un cubo de agua caliente y escuchó las últimas palabras de su hermano. Se quedó paralizado, con el recipiente entre las manos.
Sable levantó la mirada hacia él.
—No le digas eso a tu hermano con los ojos. Si tú crees que va a morir, él también lo creerá.
Jed tragó saliva y se acercó.
—Tommy, eres el muchacho más terco de todo Texas. No vas a dejarme solo con el trabajo, ¿verdad?
El niño intentó sonreír.
—No…
—Eso pensé.
Sable pidió unas tijeras, un cuchillo limpio, varias tiras de tela y agua hervida. Después, con una calma que contrastaba con el pánico de todos los presentes, examinó la herida.
La astilla se había clavado profundamente en la parte carnosa del muslo. Había mucha sangre, pero el niño seguía consciente y respondía a las preguntas.
No era momento de celebrar.
Era momento de trabajar.
—Leland, necesito que alguien ensille el caballo más rápido de la propiedad.
—¿Para qué?
—Para traer al médico.
—El doctor Whitcomb vive a casi un día de camino.
—Entonces tendrá que hacer el viaje más rápido de su vida.
Leland se volvió hacia uno de sus hombres.
—¡Hazlo!
—Pero, patrón, si la muchacha se equivoca…
Leland se levantó lentamente.
—Si vuelves a interrumpirla mientras atiende al niño, tendrás tiempo de sobra para explicarle tus opiniones a mi capataz cuando regreses a buscar tu paga.
El hombre cerró la boca.
Sable volvió a concentrarse en Tommy.
—Ahora, muchachito, voy a limpiar la herida. Necesito que respires despacio.
Tommy apretó los dientes cuando el agua tocó la piel lastimada.
Su grito hizo que Jed girara la cara.
Sable no apartó las manos.
—Eso es. Respira. Otra vez.
Trabajó con cuidado, retirando la suciedad visible y examinando los bordes de la herida. No intentó arrancar a la fuerza el fragmento más profundo. Sabía que podía haber daño en los tejidos y que un médico tendría que revisar si quedaban restos de madera.
Lo que sí podía hacer era controlar la hemorragia, proteger la lesión y mantener al niño lo más estable posible hasta que llegara ayuda.
Cuando terminó de limpiar la zona, colocó un paño limpio sobre la herida y ejerció presión constante.
—Necesito más tela. Limpia, no importa si es de una sábana vieja.
Una de las cocineras apareció con un montón de lino.
—Aquí tiene, señorita.
Sable alzó los ojos.
La mujer nunca la había llamado así.
Durante las últimas semanas, la cocinera había evitado hablarle más de lo indispensable. En la casa se comentaba que Sable había hechizado a la yegua Willow con hierbas extrañas. Otros aseguraban que su primer marido había muerto porque ella le había dado brebajes.
Ahora, aquella misma mujer estaba de rodillas, ofreciéndole las sábanas más limpias que tenía.
Sable aceptó la tela sin decir nada.
No había tiempo para resentimientos.
Cuando la presión empezó a controlar el sangrado, pidió que mantuvieran al niño abrigado y que no le dieran comida ni bebida por el momento, pues quizá necesitaría atención quirúrgica.
Leland se quitó el saco y lo colocó sobre Tommy.
—¿Va a salir adelante? —preguntó en voz baja.
Sable tardó en contestar.
No iba a prometer lo que no podía garantizar.
—Todavía está con nosotros. Eso significa que tenemos una oportunidad.
Leland asintió, pero sus dedos apretaron tanto el borde del farol que los nudillos se le pusieron blancos.
Sable lo conocía lo suficiente para comprender que aquel hombre estaba acostumbrado a resolver los problemas con dinero, órdenes y trabajo duro. Sin embargo, no podía comprarle tiempo a la sangre ni obligar al destino a obedecer.
Por primera vez, estaba completamente indefenso.
—¿Dónde aprendiste a hacer esto? —preguntó él.
Sable acomodó la tela sin levantar la vista.
—Mi madre atendía a los enfermos de nuestro pueblo. Yo la ayudaba.
—¿Y tu primer marido?
La pregunta cayó en el peor momento posible.
Sable sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.
—Mi primer marido no tiene nada que ver con Tommy.
Leland bajó la mirada.
—Solo preguntaba.
—Y yo estoy ocupada.
Él no respondió.
Un rato después, Tommy empezó a temblar. Sable pidió más mantas y observó con atención su respiración y el color de su rostro. El niño estaba agotado y necesitaba atención médica urgente.
—Jed, háblale —indicó—. No dejes que se quede dormido sin responderte cuando le hables.
—Tommy, ¿te acuerdas de la trucha que atrapamos el mes pasado? —comenzó Jed, sentándose junto a él—. Esa que era tan grande que casi me arrastra al río.
—Era pequeña… —murmuró Tommy.
—¡Mentiroso! Pesaba más que tú.
El pequeño dejó escapar una risa débil.
Sable sintió que sus propios ojos ardían, pero no se permitió distraerse.
Afuera, el sol subía sobre los pastizales de la hacienda Hol.
Dentro del granero, el tiempo avanzaba con una lentitud insoportable.
Finalmente, un jinete apareció en el camino levantando una nube de polvo.
No era el médico.
Era Beatrice Thorne, la mujer más influyente de Redemption Gap después de la esposa del juez, montada en una yegua negra y acompañada por su sobrina Clara.
Beatrice desmontó frente al granero sin molestarse en preguntar por el niño.
—Leland, necesito hablar contigo.
Él ni siquiera se volvió.
—No es buen momento.
—Es importante.
—Hay un niño herido aquí.
Beatrice miró a Tommy, luego a Sable, y una sonrisa fría se dibujó en sus labios.
—Ya veo. Así que ahora tu prometida también juega a ser doctora.
Sable siguió presionando la herida.
Leland se levantó.
—No empieces, Beatrice.
—Solo intento protegerte. Todo el pueblo sabe que esa mujer tiene un pasado turbio. ¿De verdad vas a permitir que experimente con un niño?
Jed se puso de pie de golpe.
—¡Ella está ayudando a mi hermano!
Beatrice lo miró como si acabara de descubrir una mancha de barro en su vestido.
—Los muchachos no deberían hablar cuando los adultos están conversando.
Sable levantó la cabeza.
—Y los adultos deberían aprender a callarse cuando un niño está sufriendo.
El rostro de Beatrice se puso rojo.
—¿Cómo te atreves?
—Me atrevo porque Tommy está perdiendo sangre y usted está preocupada por su reputación.
Durante unos segundos, nadie respiró.
Leland contempló a Sable con una expresión extraña. Era la primera vez que la veía enfrentarse a Beatrice sin bajar los ojos ni intentar ganarse su aprobación.
La mujer que había llegado a su hacienda con un vestido gastado y una sola maleta parecía tener más dignidad que todas las personas que la habían juzgado juntas.
Beatrice se acercó a él y bajó la voz.
—Recibí otra carta esta mañana. Viene del este.
Leland se quedó inmóvil.
Sable lo vio.
Vio cómo la dureza regresaba a su rostro, cómo sus hombros se tensaban y cómo su mirada se apartaba de ella.
La misma transformación que había comenzado semanas atrás, cuando las mujeres Thorne le entregaron aquella primera carta.
—¿De quién? —preguntó él.
—De alguien que conoció muy bien a tu prometida.
Beatrice sacó un sobre amarillento de su bolso.
—Y creo que esta vez deberías leerlo antes de permitir que siga acercándose a tu familia.
Sable sintió un frío repentino en el estómago.
No por las palabras de Beatrice.
Sino porque Leland, el hombre que había permanecido a su lado mientras salvaba a Willow, extendió la mano para tomar el sobre.
En ese instante, Tommy gimió.
—Señorita Sable…
Ella se volvió de inmediato.
—Aquí estoy, corazón.
El niño le apretó los dedos.
—No deje que me lleven…
Sable se inclinó sobre él.
—Nadie va a llevarte a ninguna parte sin que yo lo sepa.
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Pero cuando levantó la mirada, Leland ya había abierto la carta.
Y al leer las primeras líneas, su rostro perdió todo el color.
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