Calm

Chapter 3: El hombre que todos creían muerto

A la mañana siguiente, Leland hizo algo que no había hecho desde la llegada de Sable a su hacienda.

Envió a un hombre a buscar información sin contarle a nadie el motivo.

No se lo dijo al capataz.

No se lo dijo a Jed.

Y mucho menos se lo dijo a Beatrice Thorne.

Guardó la carta dentro del bolsillo de su chaleco y cabalgó hasta Redemption Gap antes de que la mayoría de los comercios abrieran sus puertas.

El pueblo despertaba lentamente. Una mujer barría el frente de la panadería. El herrero encendía su fragua y dos vaqueros discutían junto a los bebederos sobre el precio del ganado.

Leland conocía cada rincón de aquellas calles polvorientas.

Por eso notó de inmediato cuando las conversaciones se interrumpieron a su paso.

La gente había leído las mismas cartas que Beatrice.

O, al menos, había escuchado versiones de su contenido.

Una pareja que salía de la tienda de telas lo saludó con una cortesía incómoda. El dueño de la barbería dejó de hablar con un cliente cuando Leland desmontó frente a la oficina del periódico local.

Nadie le preguntó por Sable.

Pero todos estaban pensando en ella.

Leland entró en la oficina.

Encontró a Samuel Pike, el editor del periódico, inclinado sobre una pila de papeles.

—Necesito que me digas si has escuchado algo sobre el doctor Elias Mercer.

Pike levantó la cabeza.

—¿Mercer? Hace años que nadie habla de él.

—¿Está muerto?

El editor dejó la pluma sobre el escritorio.

—Eso se decía.

—¿Quién lo dijo?

Pike se acomodó los lentes.

—Su esposa desapareció después de que él abandonó el pueblo. Luego llegó una noticia de que había muerto en un asentamiento al norte. Nunca vi un certificado ni hablé con alguien que hubiera estado presente.

Leland sacó la carta y la puso sobre el escritorio.

Pike la leyó con el ceño fruncido.

—¿Dónde consiguió esto?

—No importa.

—Importa si alguien está usando el nombre de un hombre desaparecido para acusar a otra persona.

Leland se quedó inmóvil.

Era la primera vez que alguien pronunciaba en voz alta la posibilidad de que la carta fuera parte de una mentira.

—¿Qué sabes de Samuel? —preguntó.

Pike se reclinó en su silla.

—No mucho. Llegó a este territorio con su esposa, una mujer joven que se llamaba Sable. Era carpintero. Trabajaba cuando podía y tenía problemas con el alcohol, aunque no sé si eso empezó antes o después de enfermarse.

Leland frunció el ceño.

Sable nunca le había contado que Samuel bebía.

Pero tampoco le había preguntado por sus defectos. Solo había querido saber si el hombre había sido amable con ella, y Sable había respondido que, durante sus últimos meses, había sido más paciente y cariñoso de lo que jamás había sido antes.

—¿Por qué se marchó ella? —preguntó.

Pike suspiró.

—Porque la familia de Samuel la culpó de su muerte. La acusaron de gastar dinero en remedios y de impedir que otros médicos lo atendieran. Pero recuerdo que una vecina dijo que Sable había vendido hasta sus pendientes para pagar las visitas del doctor.

Leland sintió que algo se le hundía en el pecho.

—¿Y qué pasó con la familia?

—El padre de Samuel murió poco después. El hermano se fue a California. La casa quedó abandonada.

Pike tomó la carta y examinó la firma.

—Esta letra no parece de alguien que haya conocido a Samuel. Es demasiado cuidada. Y hay algo más.

—¿Qué?

El editor acercó el papel a la ventana.

—Mire la marca de agua. Este papel no se vende aquí. Es de una imprenta de San Luis.

Leland tomó la carta.

—¿Y eso qué significa?

—Que alguien pudo haberla enviado desde allá. O que alguien de aquí se tomó muchas molestias para hacerle creer que venía de allá.

Leland guardó el papel.

Había llegado al pueblo buscando una prueba contra Sable.

Ahora tenía una pregunta mucho más incómoda.

¿Quién se había tomado tantas molestias para destruirla?

En la hacienda, Sable había pasado la mañana junto a Tommy.

El niño seguía débil, pero había despertado con hambre y había conseguido beber pequeños sorbos de agua sin dificultad. El doctor Whitcomb había revisado la herida y se mostró moderadamente optimista.

—Todavía no podemos bajar la guardia —advirtió—. La fiebre puede aparecer y habrá que limpiar y revisar la lesión con regularidad. Pero el muchacho ha superado la parte más delicada de la pérdida de sangre.

Jed lloró de alivio.

Sable le dio unas palmadas en el hombro.

—Ahora necesitas comer algo tú también.

—No tengo hambre.

—Pues tendrás que aprender a tenerla. Tu hermano va a necesitar que estés fuerte cuando pueda volver a caminar.

Jed miró el plato que ella le ofrecía.

—¿Por qué hace todo esto por nosotros?

Sable se quedó pensando.

Porque sabía lo que era sentirse abandonada.

Porque recordaba las noches en que Samuel tosía hasta quedarse sin fuerzas y ella deseaba que alguien llegara con una respuesta.

Porque había pasado demasiado tiempo creyendo que, si trabajaba lo suficiente, si era amable, si nunca se quejaba, los demás terminarían por reconocer su corazón.

Y porque, a pesar de todo, todavía no había aprendido a cerrar la puerta cuando alguien necesitaba ayuda.

—Porque alguien tiene que hacerlo, mijo.

Jed bajó la cabeza y empezó a comer.

Cuando Sable salió de la habitación, encontró a la cocinera esperándola en el pasillo.

La mujer sostenía una taza de café.

—Se lo preparé hace un rato —dijo—. Pensé que quizá no había desayunado.

Sable observó la taza.

Era la primera vez en días que alguien le ofrecía algo sin pedirle nada a cambio.

—Gracias.

La cocinera se mordió el labio.

—Quiero decirle algo. Mi hermana estuvo enferma el invierno pasado. El doctor Whitcomb dijo que quizá no llegaría a la primavera. Usted le preparó una infusión para la tos cuando vino a visitarme y pudo dormir mejor esa noche.

Sable sonrió apenas.

—Me alegra que le haya servido.

—Yo nunca creí que usted fuera mala. Solo… tenía miedo de meterme en problemas.

Sable sostuvo la taza con ambas manos.

—A veces el miedo hace que la gente se quede callada cuando debería hablar.

La cocinera asintió y se alejó.

Sable bebió el café junto a una ventana.

Desde allí podía ver los corrales, el cobertizo donde Willow descansaba y el camino que llevaba al pueblo.

Pensó en Leland.

No quería odiarlo.

Eso habría sido más sencillo.

Lo que le dolía era recordar cómo había empezado a confiar en él, cómo había comenzado a imaginar que algún día podrían compartir el desayuno sin que el silencio fuera una forma de castigo.

Ahora ni siquiera sabía si seguía siendo su prometida o solo una mujer a la que toleraba porque había salvado a su yegua.

Oyó pasos en la escalera.

Era Beatrice.

La visitante entró en el pasillo sin llamar y observó la taza entre las manos de Sable.

—Vaya, parece que todavía te tratan como una invitada.

Sable no respondió.

Beatrice se acercó a la ventana.

—Leland salió temprano. Supongo que fue a investigar tu pasado.

—No sabía que tenía que darte un informe de sus movimientos.

—No tienes que hacerlo. Pero te conviene saber que la gente de este pueblo tiene buena memoria.

Sable dejó la taza sobre el alféizar.

—¿Qué quieres, Beatrice?

La mujer sonrió.

—Quiero que te marches antes de que las cosas se pongan feas.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces tendrás que explicar por qué tu primer marido murió mientras estaba bajo tu cuidado.

Sable sintió una punzada en el pecho.

—Ya expliqué lo que ocurrió.

—No a todo el mundo.

—No puedo obligar a nadie a escuchar.

Beatrice inclinó la cabeza.

—Eso es precisamente lo que te hace peligrosa. Te quedas callada, pones esa cara de mártir y dejas que los demás se sientan culpables por dudar de ti.

Sable dio un paso hacia ella.

—No necesito que nadie se sienta culpable. Necesito que dejen de inventar cosas sobre mí.

Por primera vez, Beatrice perdió su sonrisa.

—Escúchame bien. Leland es un hombre orgulloso. Puede soportar que una mujer lo contradiga, pero no que lo convierta en el hazmerreír del pueblo. Si cree que lo engañaste, jamás volverá a mirarte de la misma manera.

Sable sostuvo su mirada.

—Entonces será problema suyo.

Beatrice se quedó helada.

No estaba acostumbrada a que alguien le hablara así.

—Te arrepentirás de haberme desafiado.

—Quizá. Pero al menos será por algo que yo haya hecho.

Beatrice se marchó con pasos rápidos.

Sable permaneció junto a la ventana hasta que dejó de escuchar sus tacones.

No sabía que, al otro lado del patio, Jed había oído parte de la conversación.

Y el muchacho acababa de tomar una decisión.

Leland regresó a la hacienda poco antes del mediodía.

No encontró a Sable en la cocina ni junto a la habitación de Tommy. La vio en el jardín, recogiendo unas hojas de menta que habían sobrevivido al frío.

Se detuvo a unos pasos de ella.

—Hablé con Samuel Pike.

Sable siguió trabajando.

—¿Y qué te dijo?

—Que vendiste tus pendientes para pagar al médico.

Sus dedos se inmovilizaron sobre una rama.

Durante unos segundos, no dijo nada.

—¿Eso es lo que necesitabas saber?

—También me dijo que la familia de Samuel te culpó de su muerte.

—Eso ya lo sabías.

—No sabía que habías pagado sus tratamientos.

Sable dejó las hojas en una canasta.

—Nunca te pedí que me creyeras por lástima, Leland. No quiero que pienses que soy buena porque sufrí. Quiero que me juzgues por lo que hago, no por lo que una persona resentida escribe en una carta.

Él asintió despacio.

—Tienes razón.

Sable lo miró con sorpresa.

Era la primera vez que lo escuchaba admitirlo sin añadir una excusa.

Leland sacó la carta y se la entregó.

—El papel viene de San Luis. El editor cree que alguien pudo haber fabricado parte de la historia.

Sable leyó las pocas líneas visibles.

Al llegar al nombre del doctor Mercer, su rostro cambió.

Leland lo notó de inmediato.

—¿Lo conoces?

Sable se sentó en el borde de una banca.

—Sí.

—¿Qué sabes de él?

—Fue el último médico que atendió a Samuel antes de que empeorara. Era un hombre amable, pero discutía constantemente con la familia de mi esposo porque insistía en que Samuel necesitaba cuidados que ellos no querían pagar.

—¿Qué clase de cuidados?

Sable vaciló.

Había guardado aquel recuerdo durante años, no porque fuera culpable, sino porque hablar de él significaba revivir las semanas más dolorosas de su vida.

—Samuel tenía problemas para respirar. El doctor quería trasladarlo a una clínica donde pudieran examinarlo mejor. Su padre se negó. Dijo que no iba a gastar más dinero en un hombre que ya no podía trabajar.

Leland apretó los puños.

—¿Y Mercer se marchó?

—Unos días después. Antes de irse, me dijo que, si alguna vez alguien me acusaba de haber causado la muerte de Samuel, buscara sus notas médicas. Dijo que había documentado todo.

Leland sintió un escalofrío.

—¿Dónde están esas notas?

Sable cerró los ojos un instante.

—No lo sé. Después del funeral, la familia de Samuel revisó la casa. Se llevaron casi todos los documentos y me ordenaron marcharme.

—¿Nunca intentaste recuperarlos?

—Sí. Escribí dos cartas. Nunca recibí respuesta.

Leland miró hacia las colinas.

La historia empezaba a adquirir una forma distinta, pero todavía faltaban piezas.

—Pike dijo que Mercer podría estar vivo.

Sable levantó la cabeza.

—¿Vivo?

—No hay pruebas de que haya muerto.

Ella se puso de pie tan rápido que la canasta cayó al suelo.

Las hojas de menta se esparcieron sobre la tierra.

—Si está vivo, podría demostrar que no hice nada malo.

—Podría.

Sable lo miró.

—¿Todavía no me crees?

Leland tardó demasiado en contestar.

Y esa demora fue suficiente.

Sable recogió la canasta.

—No importa. Si encontramos al doctor, sabremos la verdad.

—Quiero ayudarte.

Ella soltó una risa triste.

—No necesito que me ayudes a parecer inocente, Leland. Necesito que estés dispuesto a aceptar la verdad, incluso si no es la que esperabas.

Él bajó la mirada.

—Lo estoy.

Sable quiso creerle.

Pero antes de que pudiera responder, Jed apareció corriendo desde el cobertizo.

Tenía el rostro desencajado y llevaba un sobre arrugado entre las manos.

—¡Señor Hol! ¡Señorita Sable! ¡Encontré esto detrás de la caja de herramientas!

Leland tomó el sobre.

No tenía sello postal.

Tampoco nombre de remitente.

Solo una frase escrita en tinta negra sobre el frente:

*PARA EL HOMBRE QUE CREE CONOCER A SABLE.*

Leland lo abrió con cuidado.

Dentro había una hoja doblada y una fotografía antigua.

En la imagen aparecía un hombre de cabello oscuro, con una barba corta y una expresión cansada. A su lado estaba Sable, mucho más joven, con un vestido sencillo y una mano apoyada sobre el brazo de un hombre tendido en una cama.

Samuel.

En el reverso de la fotografía había una fecha y una frase escrita con letra temblorosa:

La noche antes de morir, Samuel me dijo que Sable no era quien todos creían.

Leland levantó los ojos.

Sable había palidecido.

—¿Quién tomó esa fotografía? —preguntó él.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Entonces vio algo que la dejó sin aliento.

En el borde inferior de la imagen, casi oculto por una sombra, aparecía un segundo hombre parado junto a la puerta.

Sable acercó la fotografía a la luz.

Reconoció el rostro de inmediato.

Era el doctor Elias Mercer.

May you like

Y en la hoja que acompañaba la imagen, alguien había escrito una última frase:

Si quiere saber quién mató realmente a Samuel, deje de buscar en el pasado de su esposa y empiece por investigar a la familia Thorne.

Related Stories

Other posts