Chapter 6: La mujer que conocía el secreto de mi hermano
Cuando regresé a la residencia, Vivienne ya se había marchado.
Su habitación estaba vacía, sus maletas habían desaparecido y sobre la cómoda había dejado el anillo de compromiso que yo le había regalado.
Pero no había dejado el anillo de Sofia.
La banda de platino con la estrella tallada había desaparecido con ella.
Marco confirmó que Vivienne había salido por la entrada principal acompañada por su asistente personal. Nadie la había obligado a marcharse ni había intentado detenerla.
Antes de salir, había firmado un documento que confirmaba la recepción de sus pertenencias.
Todo parecía perfectamente legal.
Demasiado perfecto.
—¿Sabemos adónde fue? —pregunté.
—Su automóvil se dirigió hacia el norte. Perdimos la señal cuando salió de la zona residencial.
—No quiero que la sigan de manera que puedan ponerla en riesgo. Si vuelve a aparecer información relevante, notifícala al abogado y a las autoridades.
Marco asintió.
Yo subí al despacho con la caja de madera.
La amenaza recibida durante el trayecto seguía apareciendo en mi pantalla.
«La próxima vez no será Sofia quien pague el precio».
No sabía quién había enviado el mensaje.
Pero el número era nuevo y no tenía ningún nombre asociado.
Solicité que se preservaran los datos disponibles y entregué una copia al equipo legal para que se incorporara a la investigación.
Después llamé al hotel de la nota.
No mencioné el apellido Blackwood.
Pregunté simplemente por la habitación 17.
La recepcionista respondió que no podía facilitar información de huéspedes por teléfono. Le expliqué que necesitaba dejar un mensaje urgente relacionado con una persona desaparecida y que las autoridades podrían contactarlos para verificar los datos.
Hubo un silencio.
—¿Usted es Damian? —preguntó finalmente.
Me incorporé en la silla.
—Sí.
La mujer respiró profundamente.
—Un hombre dejó instrucciones para que, si usted llamaba, le dijéramos que esperara una llamada nuestra.
—¿Cuándo dejó esas instrucciones?
—Hace dos semanas.
—¿Cómo se llamaba?
—No nos dio su nombre verdadero.
—¿Cómo era?
—Alto, cabello oscuro, una cicatriz cerca de la ceja.
Cerré los ojos.
Adrian.
—¿Sigue hospedado ahí?
—No, señor. Se marchó hace varios días.
—¿Dejó algo?
La mujer dudó.
—Un sobre. Pero no puedo entregárselo a cualquiera.
—Lo entiendo. Podemos coordinar una entrega segura con ayuda de las autoridades.
—Hay otra cosa —añadió—. Dijo que una mujer vendría a buscarlo. Nos pidió que no le diéramos nada a menos que ella dijera una frase específica.
—¿Qué frase?
La recepcionista bajó la voz.
—«Las estrellas también mienten».
Me quedé helado.
Era una frase que Sofia había escrito en el margen de una de las hojas de su carta.
Una frase que yo había interpretado como una metáfora.
Ahora parecía una contraseña.
—¿La mujer llegó?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ayer por la noche.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Cómo era?
—Rubia, elegante. Llevaba un abrigo oscuro y un anillo de platino.
Vivienne.
—¿Dijo la frase?
—Sí.
—¿Le entregaron el sobre?
—No.
Solté el aire lentamente.
—¿Por qué?
—Porque no la dijo correctamente.
—¿Qué dijo?
—«Las estrellas nunca mienten».
Me quedé en silencio.
Una sola palabra había marcado la diferencia.
—¿Todavía tienen el sobre?
—Sí, señor. Pero no podemos entregárselo sin verificar su identidad y seguir el procedimiento correspondiente.
—No quiero que lo entreguen a nadie hasta que las autoridades confirmen cómo proceder. Si alguien vuelve a presentarse, registren la visita y avísenles.
Colgué.
Por primera vez desde que comenzó todo aquello, sentí que teníamos una ventaja.
Vivienne sabía dónde buscar.
Pero no conocía la contraseña exacta.
Eso significaba que Sofia o Adrian habían previsto que alguien intentaría recuperar el sobre.
Y habían dejado una forma de distinguir a quien conocía realmente el secreto de quien solo intentaba robarlo.
Me levanté y fui a la habitación de invitados.
Rosie estaba dibujando sobre una hoja grande. Había pintado una casa, un árbol y tres figuras tomadas de la mano.
Esta vez, sin embargo, había dibujado una cuarta persona.
Un hombre con un reloj dorado.
—¿Quién es él? —pregunté.
Rosie levantó la mirada.
—Mi tío.
Me senté junto a ella.
—¿Cómo sabes que es tu tío?
—Mi mami me lo dijo.
—¿Te explicó su nombre?
La niña negó con la cabeza.
—Solo decía que era el hermano del señor Damian. Venía cuando estaba oscuro.
Me quedé observando el dibujo.
—¿Te acuerdas de cuándo fue la última vez que lo viste?
Rosie pensó un momento.
—Mi mami estaba triste. El señor del reloj le dio una foto y le dijo que tenía que esconderla.
—¿Qué foto?
La niña señaló el bolsillo de su pijama.
—Mi mami me dio una igual.
Se llevó una mano al bolsillo y sacó un pequeño papel doblado.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Abrí el papel con cuidado.
Era una fotografía diminuta de Adrian, tomada en un lugar que no reconocí. Llevaba una gorra y una chaqueta sencilla. Parecía estar mirando hacia un automóvil estacionado frente a un edificio.
En el reverso había una fecha y dos palabras:
«Estoy vivo».
Me quedé mirando la imagen durante varios segundos.
No era una prueba definitiva de que Adrian siguiera con vida en el presente, pero confirmaba que alguien había querido que Sofia creyera que estaba vivo después de la fecha de su supuesta muerte.
Y Rosie había conservado la fotografía durante todo ese tiempo.
—¿Tu mamá te dijo que se la mostraras a alguien? —pregunté.
La niña asintió.
—Dijo que solo al señor Damian.
Sentí que la culpa volvía a apoderarse de mí.
Sofia había hecho todo lo posible para proteger a su hija y encontrar una manera de entregarme la verdad.
Yo había estado demasiado ocupado con mis negocios para preguntarme qué estaba ocurriendo en su vida.
—Gracias por confiar en mí, Rosie.
La niña me abrazó.
—¿Mi tío va a venir a verme?
No pude prometerle algo que no sabía si sería posible.
—Voy a intentar averiguar dónde está.
—Mi mami decía que él no era malo.
La abracé con cuidado.
—Entonces voy a descubrir qué pasó.
Cuando salí de la habitación, Marco me esperaba en el pasillo.
—Señor, las autoridades encontraron algo relacionado con la investigación de Sofia.
Lo seguí hasta el despacho.
Sobre el escritorio había una copia de un informe médico y una lista de llamadas telefónicas realizadas durante las últimas semanas de vida de Sofia.
El informe confirmaba que había acudido a una consulta médica dos días antes de morir.
La causa registrada en su certificado de defunción seguía siendo un accidente cerebrovascular.
Pero había una observación que no aparecía en el resumen que yo había recibido después de su muerte.
La paciente había manifestado mareos, náuseas y episodios de confusión.
También había mencionado que alguien le había cambiado los medicamentos.
El médico había recomendado una evaluación adicional.
No había constancia de que se hubiera realizado.
—¿Quién llevó a Sofia a esa consulta? —pregunté.
Marco revisó los documentos.
—Según el registro, una mujer que se identificó como amiga de la familia.
—¿Nombre?
—Vivienne Ashford.
Sentí una mezcla de rabia y desesperación.
—¿El médico habló con ella?
—No lo sabemos todavía. Las autoridades están solicitando el expediente completo.
No iba a acusar a Vivienne de haber causado la muerte de Sofia sin pruebas.
Pero tampoco podía ignorar que había estado presente en momentos decisivos: había visitado su casa, se había llevado la caja, llevaba su anillo y había acompañado a Sofia a una consulta médica poco antes de su muerte.
La coincidencia era demasiado grande.
—¿Hay algo más? —pregunté.
Marco me entregó la lista de llamadas.
Un número aparecía repetido varias veces durante los tres días anteriores a la muerte de Sofia.
La última llamada se había realizado a las ocho y cuarenta y siete de la noche, menos de doce horas antes de que la encontraran inconsciente.
El número estaba registrado a nombre de una empresa de servicios médicos.
Pero el domicilio comercial correspondía a una oficina vacía desde hacía dos años.
—Quiero que las autoridades investiguen ese número —dije—. No vamos a contactar a nadie por nuestra cuenta.
Marco guardó los documentos.
Entonces sonó el teléfono fijo del despacho.
No reconocí el número.
Contesté.
—¿Sí?
Durante unos segundos no escuché nada.
Después, una voz masculina habló en un susurro.
—Damian.
Me quedé inmóvil.
La voz era más grave que la que recordaba, pero había algo familiar en su manera de pronunciar mi nombre.
Algo que me hizo sentir como un niño otra vez.
—¿Quién habla?
—No hagas preguntas todavía.
Cerré los ojos.
—Adrian.
Hubo un silencio largo.
Después escuché una respiración temblorosa.
—No debiste encontrar la caja.
Me levanté lentamente.
—¿Estás vivo?
—Por ahora.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Dónde estás? Voy a buscarte.
—No. Si vienes, pondrás a Rosie en peligro.
Miré hacia la puerta del despacho.
—¿Qué sabes de Sofia?
La voz se quebró.
—Intenté salvarla.
—¿De quién?
—De las personas que querían recuperar los documentos.
—¿Qué documentos, Adrian? ¿Qué está pasando?
—Escúchame. Vivienne no está trabajando sola.
Apreté el teléfono.
—¿Con quién está trabajando?
—Con alguien de nuestra familia.
Mi mente se llenó de nombres.
Mi padre.
Richard.
Los abogados que habían administrado la herencia.
Personas que llevaban años sentándose a mi mesa y llamándome hermano, sobrino o amigo.
—Dime quién es —exigí.
—No puedo. Todavía no.
—¡Sofia está muerta!
La frase salió de mi boca con una violencia que me sorprendió.
Al otro lado de la línea, Adrian guardó silencio.
—Lo sé —susurró finalmente—. Y nunca voy a perdonarme por no haber llegado a tiempo.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—Entonces ayúdame a descubrir la verdad.
—Ya lo estás haciendo.
—¿Por qué fingiste tu muerte?
—Porque alguien intentó matarme.
—¿Quién?
—La persona que firmó los documentos que te hicieron creer que yo había muerto.
Mi respiración se volvió irregular.
—¿Quién firmó esos documentos?
Adrian tardó varios segundos en responder.
Cuando lo hizo, su voz sonó tan baja que tuve que acercar el teléfono al oído.
—Nuestro padre no estaba muerto cuando firmaron mi certificado de defunción.
Me quedé paralizado.
Mi padre llevaba cinco años enterrado.
Había visto su ataúd, escuchado las palabras del sacerdote y acompañado a mi madre hasta la salida del cementerio.
No tenía sentido.
No podía tenerlo.
—¿Qué estás diciendo?
—Que nuestro padre sabía que yo seguía vivo.
Escuché un ruido al otro lado de la línea.
Una puerta.
Pasos.
Adrian respiró con dificultad.
—Damian, tienes que encontrar el sobre del hotel. Dentro está el nombre de la persona que nos traicionó.
—¿Y después?
—Después, tienes que decidir si estás preparado para descubrir lo que nuestro padre hizo para protegerte.
La llamada comenzó a cortarse.
—¡Adrian, espera!
Su última frase llegó entre interferencias.
—Y no confíes en Richard. Él fue quien me entregó a los hombres que intentaron matarme.
La línea se apagó.
Me quedé inmóvil, con el teléfono en la mano y el corazón golpeándome el pecho.
Richard.
Mi tío.
El hombre que había brindado por mi compromiso unas horas antes.
El hombre que había compartido mi mesa mientras yo buscaba respuestas.
El hombre que, según mi hermano, había participado en el intento de asesinarlo.
Y si Adrian decía la verdad, la conspiración no había comenzado con Vivienne.
Había comenzado dentro de mi propia familia.
Mientras intentaba asimilarlo, Marco abrió la puerta.
—Señor, acaba de llegar un mensaje del hotel.
Levanté la cabeza.
—¿Qué dice?
Marco me entregó el teléfono.
Era una fotografía del sobre que Adrian había dejado en la habitación 17.
El sobre estaba abierto.
En la imagen se veía una hoja con varios nombres escritos a mano.
Uno de ellos estaba rodeado con tinta roja.
Richard Blackwood.
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Debajo, alguien había escrito una frase que me hizo sentir que toda mi vida había sido una mentira.
«El hombre que enterraste no fue tu hermano».
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