Chapter 4: La llamada que confirmó que Sofia había muerto por descubrir la verdad
El hombre que había investigado la muerte de mi hermano dejó de contestar el teléfono antes de que pudiera preguntarle quién había matado a Sofia.
Marqué siete veces.
En la octava, alguien respondió, pero no escuché una voz. Solo una respiración agitada y el sonido de un motor.
—¿Quién está ahí? —exigí.
Un golpe seco.
Después, silencio.
Me quedé mirando el teléfono con una sensación que no experimentaba desde el día en que me comunicaron la muerte de Adrian.
Miedo.
No por mí.
Por Rosie, por Sofia y por todo lo que todavía no sabía.
Marco entró al despacho sin tocar.
—Señor, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—La línea del investigador dejó de transmitir señal hace cuatro minutos. Ya envié a alguien a su domicilio, pero no hemos recibido confirmación.
—¿Cómo se llama el hombre que mandaste?
—Samuel Ortega.
—Llámalo.
Marco lo intentó dos veces.
Nadie respondió.
Entonces comprendí que la advertencia del investigador no había sido una exageración.
Alguien sabía que estábamos buscando respuestas.
Y estaba dispuesto a impedir que las encontráramos.
—Quiero que revises cada cámara de la propiedad —ordené—. Especialmente las entradas del ala de servicio. También quiero saber si alguien ha intentado acceder a los archivos de Adrian desde que comenzamos esta investigación.
—¿Cree que alguien dentro de la casa está involucrado?
Miré hacia la puerta.
Pensé en Vivienne, en su expresión cuando mencioné la fotografía y en la facilidad con la que había admitido llevarse documentos de la casa de Sofia.
—Creo que sería un error descartar esa posibilidad.
Marco asintió.
Antes de salir, se detuvo.
—¿Y la señorita Carter?
—¿Rosie?
—La persona que legalmente puede hacerse cargo de ella llegará mañana por la mañana. Mientras tanto, el equipo de asistencia familiar confirmó que la niña puede permanecer aquí durante la noche, siempre que mantengamos las condiciones de seguridad y no exista ningún riesgo para ella.
—Que se quede en la habitación de invitados del primer piso. Quiero que una persona de confianza esté pendiente de ella, pero sin interrogarla ni asustarla.
Marco salió.
Yo permanecí frente al escritorio, rodeado de fotografías, documentos y nombres que comenzaban a conectarse de una manera inquietante.
Entonces escuché pasos en el pasillo.
Vivienne apareció en la puerta con una bata de seda color marfil. Parecía tranquila, incluso aburrida.
—¿Sigues trabajando?
—Sí.
—Son casi las dos de la mañana.
—Lo sé.
Se acercó al escritorio y vio la fotografía de Adrian.
Su mirada se detuvo en ella.
—¿Todavía no has superado su muerte?
Levanté la cabeza lentamente.
—¿Por qué dices eso?
—Porque llevas tres años aferrado a un hombre que te traicionó.
—Nunca te había contado que Adrian me traicionó.
Vivienne parpadeó.
Una sola vez.
—Me lo dijiste hace mucho tiempo.
—¿Cuándo?
—No recuerdo la fecha exacta, Damian. No voy a someterme a un interrogatorio cada vez que digo algo.
Se sentó frente a mí sin pedir permiso.
—Sé que estás dolido. También sé que Sofia era importante para ti, aunque nunca quisieras admitirlo. Pero tienes que entender que ella no era una santa.
—No he dicho que lo fuera.
—Entonces deja de tratarla como si hubiera sido asesinada por descubrir una conspiración.
No contesté.
Ella sonrió débilmente.
—Eso pensé.
Me incliné hacia delante.
—¿Cómo supiste que Sofia tenía información sobre Adrian?
Su sonrisa desapareció.
—Ya te lo dije. Ella me habló de unos documentos.
—¿Qué documentos?
—No lo sé.
—¿Cómo llegaste a su casa?
—En mi automóvil.
—¿Quién te abrió la puerta?
—Ella misma.
—¿Cuánto tiempo estuviste allí?
Vivienne apretó los dedos contra el brazo del sillón.
—Unos veinte minutos.
—La cámara de un vecino muestra que entraste a las cuatro y doce de la tarde y saliste a las cinco y siete.
—Quizá la cámara estaba adelantada.
—¿Y la caja de madera que llevabas?
—Me pidió que me llevara algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Papeles.
—¿Qué papeles?
Vivienne se levantó de golpe.
—¡No lo sé! ¡No me puse a revisar cada hoja que me entregó!
La miré sin moverme.
—Hace un momento dijiste que fuiste a recuperar documentos. Ahora dices que ella te los entregó. Necesito que decidas cuál de las dos versiones es cierta.
—¡No voy a tolerar esto!
—Entonces deja de cambiar tu historia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero algo en su rostro me impidió sentir compasión.
No porque estuviera seguro de que fingía.
Sino porque ya no podía distinguir sus lágrimas de sus estrategias.
—Damian —susurró—, te amo.
La frase me resultó extraña.
Durante meses había deseado escucharla sin sentir que debía comprobar si era sincera.
Ahora, en cambio, parecía una moneda que ella intentaba colocar sobre la mesa para comprar silencio.
—Si me amas, dime la verdad.
Vivienne bajó la mirada.
Por primera vez aquella noche, pareció considerar seriamente la posibilidad de hacerlo.
—Adrian vino a verme tres meses antes de que muriera —confesó.
Me quedé inmóvil.
—¿Dónde?
—En mi departamento.
—¿Qué quería?
—Dinero.
—¿Cuánto?
—No lo recuerdo.
—¿Qué te ofreció a cambio?
Vivienne respiró profundamente.
—Información sobre tu padre.
Sentí que algo se cerraba en mi pecho.
Mi padre había muerto cinco años atrás. Durante toda mi vida había sido un hombre reservado, exigente y obsesionado con proteger el apellido Blackwood.
Después de su muerte, encontré documentos que demostraban que había tomado decisiones financieras sin consultarme. Algunas habían sido cuestionables, pero nunca encontré pruebas de delitos.
—¿Qué información? —pregunté.
—Adrian decía que tu padre había utilizado una empresa extranjera para mover dinero de la familia.
—¿Qué empresa?
—No lo sé.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
Vivienne se abrazó a sí misma.
—Porque Adrian quería destruirte. Decía que, si conseguía los documentos adecuados, podía quitarte el control de la compañía.
—¿Y tú qué hiciste?
—Le dije que se marchara.
—¿Eso fue todo?
Tardó demasiado en responder.
—Sí.
Me levanté.
—Quiero que entregues tu teléfono a Marco para que nuestro equipo legal pueda preservar los mensajes relacionados con Sofia y Adrian. No te estoy pidiendo que renuncies a tus derechos ni que confieses algo que no hiciste. Solo quiero evitar que desaparezcan pruebas.
Vivienne retrocedió.
—¿Me estás vigilando?
—Estoy investigando hechos que podrían estar relacionados con dos muertes.
—No voy a entregarte mi teléfono.
—Entonces nuestro abogado tendrá que determinar qué puede solicitar legalmente y cómo preservar la información pertinente.
Me miró como si acabara de convertirse en un desconocido.
—Nunca pensé que llegarías a tratarme así.
—Yo tampoco pensé que encontraría a mi prometida usando una joya que pertenecía a una mujer enterrada hace diecinueve días.
Vivienne salió del despacho.
No intenté detenerla.
Un minuto después, escuché una puerta cerrarse en el piso superior.
Entonces el teléfono vibró.
Era un mensaje de Marco.
«Señor, encontramos una segunda entrada en las grabaciones. Alguien estuvo en el despacho familiar hace veinte minutos».
Abrí el archivo adjunto.
La imagen mostraba una figura encapuchada que entraba por un pasillo lateral, desactivaba una alarma y se dirigía directamente al antiguo despacho de mi padre.
La persona llevaba guantes.
No pude identificar su rostro.
Pero cuando llegó al escritorio, no buscó dinero ni objetos de valor.
Abrió el cajón inferior y sacó una carpeta.
Una carpeta que yo había revisado apenas una hora antes.
El intruso sabía exactamente qué buscar.
—¿Se llevaron algo más? —pregunté cuando Marco entró.
—Todavía estamos verificando.
—¿La figura salió de la propiedad?
—No aparece en las cámaras exteriores.
—¿Qué significa eso?
Marco dudó.
—Que pudo salir por una puerta sin cobertura, o que todavía se encuentra dentro de la casa.
Por primera vez desde que había comprado aquella residencia, sentí que sus enormes pasillos eran una trampa.
—Despierta al equipo de seguridad. Revisa los cuartos de servicio, el garaje y las salidas secundarias. Sin alarmar a Rosie.
Marco se marchó.
Yo volví a examinar el escritorio de mi padre.
El cajón inferior estaba abierto. Dentro había un espacio vacío donde antes guardaba una carpeta azul.
No recordaba haberla visto durante mi primera revisión.
Pero sí recordaba que Sofia había mencionado una caja de madera.
Una caja que Vivienne se había llevado.
Quizá ambos objetos contenían partes de la misma historia.
Entonces descubrí un pequeño fragmento de papel debajo de la alfombra.
Lo recogí.
Era una esquina arrancada de una fotografía. En ella se distinguía parte de un rostro masculino y una fecha escrita a mano: 14 de octubre.
Tres días antes de la muerte de Sofia.
Detrás de mí, una voz infantil me hizo girar.
—Señor Damian.
Rosie estaba en la puerta, con su conejo entre los brazos y los ojos hinchados de sueño.
—¿Qué haces despierta, pequeña?
Se acercó lentamente.
—Escuché a la señora bonita hablar por teléfono.
Me agaché.
—¿Cuándo?
—Ahorita. Cuando fui al baño.
Sentí que el pulso se me aceleraba.
—¿Qué dijo?
Rosie frunció el ceño.
—Dijo que ya no había problema. Que el señor del reloj no iba a regresar.
La miré fijamente.
—¿Qué señor del reloj?
La niña señaló la fotografía que yo sostenía.
—Ese señor. El que tenía el reloj de mi tío.
Me quedé helado.
Rosie nunca había conocido a Adrian, al menos no según lo que yo sabía.
Y, sin embargo, acababa de referirse a él como su tío.
—Rosie —pregunté con cuidado—, ¿alguna vez viste a ese señor en casa de tu mamá?
La niña asintió.
—Sí. Mi mami decía que era el hermano del señor Damian.
La fotografía tembló ligeramente entre mis dedos.
Adrian había estado vivo después de la fecha en la que todos creíamos que había muerto.
Y Sofia lo sabía.
Pero antes de que pudiera hacer otra pregunta, Rosie me agarró la mano.
—Mi mami también dijo que, si la señora bonita regresaba, yo no debía abrirle la puerta.
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La niña me miró con una seriedad que no correspondía a sus tres años.
—Porque ella sabía dónde estaba escondido el hombre del reloj.
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