Chapter 3: El muerto que había dejado una advertencia
Durante tres años había creído que mi hermano estaba muerto.
Aquella noche, en la habitación de Sofia, encontré una fotografía que amenazaba con destruir todo lo que creía saber sobre su muerte.
Y una nota que sugería que la mujer con la que pensaba casarme había estado ocultándome la verdad desde el principio.
—Esto no puede ser real —murmuré.
Marco permaneció junto a la puerta, atento a cualquier ruido.
Volví a mirar la fotografía.
Adrian llevaba el mismo reloj de oro que le regalé cuando cumplió treinta años. Tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda, resultado de una caída que sufrió cuando éramos adolescentes.
No había ninguna duda.
Era él.
Sin embargo, el documento que certificaba su fallecimiento había sido revisado por abogados, médicos y autoridades. Yo mismo había reconocido sus pertenencias y aceptado las conclusiones de la investigación.
Nunca me permitieron ver el cuerpo durante mucho tiempo.
Me dijeron que el accidente había sido demasiado grave.
Mi padre, todavía vivo entonces, insistió en que no necesitaba recordar aquella imagen.
Y yo, destrozado por la pérdida, le hice caso.
Durante meses, apenas pude dormir.
Después enterré mi dolor bajo reuniones, contratos y viajes.
Aprendí a pronunciar el nombre de Adrian sin sentir que se me cerraba la garganta.
O eso creía.
—¿Dónde estaba tomada la fotografía? —pregunté.
Marco examinó el fondo.
—Parece un restaurante. Hay un letrero detrás, pero la imagen está dañada.
La acerqué a la lámpara.
En una esquina podía distinguirse una palabra: «Harbor».
Recordé un restaurante de ese nombre cerca de Port Washington. Adrian y yo solíamos ir allí cuando éramos jóvenes, antes de que nuestra relación se deteriorara por una discusión sobre la administración de la empresa familiar.
Pero la fotografía no parecía antigua.
Adrian llevaba el cabello corto y el rostro más delgado que en la última imagen que conservaba de él.
En el reverso, debajo de la frase que había escrito Sofia, había una fecha.
Doce de octubre.
Tres semanas antes de su muerte.
—Marco, necesito que investigues dónde se tomó esta fotografía y quién pudo haberla entregado a Sofia.
—Sí, señor.
—Y quiero una copia de todos los documentos relacionados con la muerte de mi hermano. Todos. Incluso los que mi padre pidió mantener fuera del expediente principal.
Marco asintió, pero no se movió.
—Hay algo más.
Lo miré.
—¿Qué?
—Encontré esto detrás del cajón.
Me entregó un pequeño papel doblado.
Tenía una dirección y una hora escrita a mano.
«Jueves, 8:30 p. m. No vengas sola. Trae la estrella».
La fecha correspondía al jueves anterior a la muerte de Sofia.
Alguien había organizado un encuentro.
Y el anillo de platino parecía haber sido la pieza central.
Guardé los documentos en una carpeta y volví a inspeccionar el dormitorio.
Había señales de que alguien había registrado la habitación con prisa. Los cajones estaban desordenados, algunos libros habían sido retirados de sus estantes y una caja de costura descansaba abierta sobre una silla.
Pero el suelo estaba limpio.
Demasiado limpio.
Me agaché junto a la cama y pasé la mano por debajo del borde del colchón.
Mis dedos tocaron algo duro.
Era una llave pequeña, envuelta en un pañuelo blanco.
El pañuelo tenía bordadas dos letras: S. C.
Sofia Carter.
Marco me ayudó a revisar el armario. Encontramos una maleta infantil, dos bolsas de ropa y una caja con dibujos de Rosie.
Ninguna caja de madera.
—La caja original debió desaparecer cuando alguien retiró las pertenencias —dije.
—Es posible que la señorita Ashford se la llevara.
—Entonces necesitamos descubrir qué contenía.
Me guardé la llave en el bolsillo.
Antes de abandonar la casa, volví a mirar el dibujo pegado al refrigerador.
Rosie, Sofia y yo.
Durante años había pensado que mi relación con aquella familia era sencilla: yo era el empleador, Sofia era una trabajadora de confianza y Rosie, la pequeña que a veces me saludaba cuando pasaba por la cocina.
Pero Sofia me había dejado una advertencia con mi nombre.
Eso significaba que confiaba en mí lo suficiente para pedirme ayuda.
O que no tenía a nadie más a quien acudir.
Y yo no había estado allí cuando más lo necesitaba.
El viaje de regreso fue silencioso.
Al llegar a la residencia, encontré a Vivienne esperándome en el salón principal. Se había cambiado el vestido por un conjunto negro y llevaba el cabello recogido.
La transformación habría parecido elegante en cualquier otra circunstancia.
Aquella noche parecía una preparación para una batalla.
—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó.
No le enseñé los documentos.
—Encontré una carta de Sofia.
Su expresión permaneció inmóvil.
—Qué triste.
—También encontré una fotografía de Adrian.
La máscara se quebró.
Solo un poco.
Pero fue suficiente.
—¿Qué tiene que ver Adrian con esto?
—Eso quiero que me expliques tú.
Vivienne miró hacia la escalera.
—No voy a hablar contigo mientras estés así.
—¿Así cómo?
—Obsesionado. Desconfiando de todo el mundo. Actuando como si cada persona que te rodea estuviera intentando robarte algo.
Me acerqué despacio.
—Mi hermano está muerto desde hace tres años. Sofia murió hace diecinueve días. Tu anillo apareció en sus pertenencias. Hay una transferencia bancaria falsificada y una fotografía de Adrian tomada semanas antes de que supuestamente muriera.
Hice una pausa.
—¿De verdad crees que voy a olvidarme de todo eso porque me digas que estoy obsesionado?
Vivienne apretó los labios.
—Adrian tenía muchos enemigos.
—¿Lo viste después de su muerte?
—No.
—¿Lo viste antes?
—Hace años.
—¿Y a Sofia?
Su silencio duró demasiado.
—Sí —respondió finalmente.
—¿Por qué?
Vivienne se sentó en el borde del sofá y cruzó las piernas.
—Porque Sofia tenía información sobre una operación financiera. Adrian le había confiado ciertos documentos y ella intentó utilizarlos para conseguir dinero.
—¿Qué operación?
—No lo sé exactamente.
—¿Y por qué fuiste a su casa dos días antes de su muerte?
—Para recuperar esos documentos.
—¿Y el anillo?
Vivienne me miró directamente.
—Sofia me lo entregó.
—Rosie dice que su mamá estaba llorando porque había desaparecido la caja.
—Rosie estaba confundida.
—La fotografía muestra que llevabas una caja de madera.
Vivienne palideció.
Por primera vez, no encontró una respuesta inmediata.
—¿Qué hiciste con ella? —pregunté.
Se levantó.
—No voy a seguir respondiendo preguntas como si estuviera en un juicio.
—Entonces no respondas. Pero no vuelvas a tocar ninguna pertenencia de Sofia. Y no te acerques a Rosie sin autorización.
Sus ojos se llenaron de una indignación fría.
—¿Me estás prohibiendo ver a una niña que apenas conozco?
—Te estoy diciendo que no quiero que te acerques a ella mientras no sepamos qué ocurrió.
—¿Y qué va a pasar con nosotros?
La pregunta me sorprendió por su tono.
No había tristeza.
Había cálculo.
Como si todavía estuviera intentando descubrir qué podía perder y qué podía salvar.
—Nuestra boda queda suspendida.
Vivienne se quedó inmóvil.
—No puedes hacerme esto.
—No estoy haciendo nada. Estoy dejando de fingir que todo está bien.
Se acercó hasta quedar a unos centímetros de mí.
—Damian, piensa con cuidado. Si empiezas a investigar la muerte de Adrian, descubrirás cosas que no vas a poder soportar.
—Eso espero.
—No sabes quién era realmente tu hermano.
—Entonces cuéntamelo.
Vivienne bajó la voz.
—Adrian no era la víctima que recuerdas.
La frase me golpeó más de lo que esperaba.
Mi hermano y yo habíamos tenido problemas, pero también compartíamos recuerdos que nadie más conocía. Habíamos construido fuertes con cobijas en la biblioteca de nuestra infancia, robado galletas de la cocina y prometido que nunca permitiríamos que el dinero nos convirtiera en enemigos.
Después crecimos.
Llegaron los negocios, las herencias y las decisiones que dividieron a nuestra familia.
Pero nunca dejé de quererlo.
—¿Qué estás insinuando? —pregunté.
Vivienne se apartó.
—Que algunas personas mueren porque se meten en asuntos que no comprenden.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy advirtiendo.
La miré sin parpadear.
—Vete a tu habitación.
Por un instante pensé que iba a abofetearme.
En cambio, sonrió.
Era una sonrisa pequeña, cuidadosamente construida.
—Está bien, Damian. Haz lo que quieras.
Subió las escaleras sin mirar atrás.
Esperé hasta escuchar el cierre de una puerta antes de llamar a Marco.
—Quiero vigilancia en todas las entradas. Nadie entra ni sale sin que lo sepamos. Y revisa las cámaras del pasillo del dormitorio de Sofia en mi residencia. Quiero saber quién estuvo cerca de sus pertenencias después de su muerte.
—Entendido.
—También necesito una lista de todas las cuentas bancarias vinculadas a Adrian antes del accidente.
—Eso podría tardar.
—Entonces empieza ahora.
Colgué y subí al despacho.
Saqué la llave pequeña del bolsillo y la coloqué sobre mi escritorio.
No sabía qué abría, pero estaba seguro de que Sofia no la había escondido por casualidad.
Entonces recordé algo.
Años atrás, mi padre había comprado una pequeña caja fuerte para guardar documentos familiares. Después de su muerte, la caja había desaparecido de su oficina privada. Todos creímos que la había trasladado uno de sus abogados.
La llave que tenía delante parecía demasiado pequeña para aquella caja fuerte.
Pero podía abrir un cajón o un compartimento oculto.
Busqué en los archivadores antiguos, revisé el escritorio y abrí una caja de documentos que no tocaba desde hacía años.
Allí encontré una carpeta con las iniciales de mi padre.
Dentro había fotografías familiares, copias de contratos y una lista de propiedades que Adrian había visitado durante los meses anteriores a su supuesta muerte.
Una dirección estaba marcada con tinta roja.
La misma dirección que aparecía en el papel encontrado en la habitación de Sofia.
Sentí un escalofrío.
La cita no había sido una reunión casual.
Sofia había intentado reunirse con alguien en un lugar que mi familia conocía desde hacía décadas.
Y la fecha coincidía con la última semana en la que alguien había visto a Adrian con vida.
Marco llamó a la puerta.
—Señor, encontramos algo en las cámaras.
Levanté la cabeza.
—¿Qué cosa?
—La noche del funeral de Sofia, una persona entró en el ala de servicio. Llevaba una llave maestra y estuvo varios minutos en el pasillo de su habitación.
—¿Quién era?
Marco dejó una imagen impresa sobre el escritorio.
La fotografía mostraba una figura de espaldas, con abrigo oscuro y el rostro parcialmente oculto.
Pero el reloj que llevaba en la muñeca era inconfundible.
Era el mismo reloj de oro que aparecía en la fotografía de Adrian.
Me puse de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¿Cuándo tomaron esta imagen?
—Hace diecinueve días. La noche en que usted pagó el funeral.
Volví a mirar la fotografía.
Si Adrian estaba muerto, alguien llevaba su reloj.
Si Adrian estaba vivo, alguien había pasado años engañándome.
Y si Sofia había descubierto la verdad, su muerte quizá no había sido una tragedia repentina.
Tal vez había sido la consecuencia de saber demasiado.
Tomé el teléfono y marqué el número de la persona que había dirigido la investigación sobre la muerte de mi hermano.
Contestó al cuarto tono.
—Damian —dijo con voz cansada—. No esperaba tu llamada.
—Necesito que me digas la verdad sobre Adrian.
Hubo un silencio.
Después escuché un suspiro.
—¿Qué encontraste?
Miré la fotografía, la llave y la advertencia de Sofia.
—Encontré pruebas de que alguien mintió sobre su muerte.
El hombre no respondió de inmediato.
Cuando finalmente habló, su voz había cambiado.
—Entonces escucha con atención. Si tu hermano sigue vivo, no eres el único que lo está buscando.
—¿Quién más lo busca?
Al otro lado de la línea, escuché un ruido seco.
Como si alguien hubiera cerrado una puerta.
Después, el hombre susurró:
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—La misma persona que mató a Sofia.
Y la llamada se cortó.
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