Chapter 5: La caja de madera escondía algo más peligroso que una fortuna
A las siete de la mañana, recibí una llamada que convirtió la sospecha en una amenaza real: alguien había entrado al departamento de Sofia durante la noche.
La puerta no estaba forzada.
Las ventanas seguían cerradas.
Y, según el administrador, no faltaba ningún electrodoméstico ni objeto de valor.
Solo habían desaparecido los dibujos de Rosie, una carpeta de documentos y una pequeña caja de madera.
La misma caja que Vivienne había sacado de aquella casa.
La diferencia era que, según el registro de accesos, nadie había vuelto a entrar al departamento desde que ella se llevó las pertenencias.
Alguien tenía una copia de la llave.
O alguien había mentido.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Marco.
Yo observaba el jardín desde la ventana del despacho.
—Primero, asegurarnos de que Rosie esté protegida. Después, quiero que el abogado de la familia contacte a las autoridades y preserve todas las pruebas. No vamos a improvisar una investigación ni a entrar en propiedades ajenas sin autorización.
—Entendido.
—Y quiero saber dónde está Vivienne.
Marco consultó su teléfono.
—En su habitación. No ha salido desde las cinco de la mañana.
—¿Ha hablado con alguien?
—Hizo una llamada desde su teléfono personal a las seis y doce. Duró cuarenta y tres segundos.
—¿A quién?
—El equipo todavía no ha identificado el número.
No me gustaba la idea de que mi propia casa se hubiera convertido en un lugar donde todos desconfiaban de todos.
Pero tampoco podía fingir que nada había ocurrido.
Me dirigí a la habitación de invitados.
Rosie estaba sentada en la cama mientras Elena, una mujer del equipo de asistencia familiar, le ayudaba a comer un poco de pan tostado con mermelada.
La niña había dormido mal.
Tenía el cabello revuelto y sostenía el conejo de peluche contra el pecho.
—Buenos días, Rosie.
Levantó la cabeza.
—¿Encontraste la caja?
Me senté a su lado.
—Todavía no, corazón.
Su boca tembló.
—Mi mami se va a enojar.
Sentí una punzada de dolor.
—Tu mamá no se va a enojar contigo. Tú no hiciste nada malo.
—Pero yo le dije a todos lo del anillo.
—Hiciste bien en decir la verdad.
Rosie bajó la mirada hacia sus manos.
—La señora bonita decía que yo mentía cuando preguntaba por mi mami.
No supe qué responder durante unos segundos.
Elena intervino con delicadeza.
—Rosie, ¿quieres que vayamos a dibujar un ratito?
La niña negó con la cabeza.
—Quiero contarle algo al señor Damian.
Esperé a que Elena nos dejara unos minutos a solas, manteniéndose cerca y siguiendo las indicaciones de protección.
—¿Qué quieres contarme?
Rosie acomodó su conejo sobre las rodillas.
—Mi mami tenía una llave debajo de una estrella.
Saqué del bolsillo la pequeña llave que había encontrado en su habitación.
—¿Era esta?
Sus ojos se abrieron.
—¡Sí!
La tomó entre los dedos, pero enseguida me la devolvió.
—Mi mami decía que no podía jugar con ella.
—¿Sabes qué abre?
Rosie negó con la cabeza.
—Una cajita, creo. Pero mi mami decía que no era para guardar dinero. Era para guardar la verdad.
Me quedé mirando la llave.
La verdad.
Sofia había utilizado aquella palabra en una nota dirigida a mí. No parecía una coincidencia.
—¿Tu mamá te dijo dónde estaba la cajita?
Rosie pensó durante unos segundos.
—En el lugar donde el señor del reloj guardaba sus cosas.
Mi hermano había tenido un estudio privado en la antigua casa de mi padre, una propiedad que ahora utilizábamos como archivo familiar. Después de su supuesta muerte, ordené cerrar aquella habitación porque no soportaba entrar en ella.
Nadie había tenido autorización para utilizarla desde entonces.
Al menos, eso creía.
Me levanté.
—Marco, prepara el automóvil. Vamos a la casa antigua.
Elena se ofreció a acompañarnos con Rosie, pero decidí que era mejor que la niña permaneciera en la residencia, bajo supervisión y lejos de cualquier posible confrontación. Le expliqué que regresaríamos pronto y le prometí que no dejaría que nadie se llevara sus pertenencias sin autorización.
Rosie me abrazó antes de que saliera.
—No dejes que la señora bonita se lleve mi conejo.
La abracé con cuidado.
—Nadie va a quitártelo.
Mientras caminábamos hacia el garaje, Marco recibió una llamada del abogado de la familia.
La conversación fue breve.
Cuando terminó, su expresión me preocupó.
—La señorita Ashford ha solicitado que se le devuelvan todos sus objetos personales y que se le permita abandonar la propiedad.
—Puede recoger sus cosas acompañada por seguridad. Nadie tiene derecho a retenerla contra su voluntad.
—También pidió que no se utilice su nombre en ninguna denuncia.
—Eso no depende de ella. Cualquier acusación debe estar respaldada por pruebas, y cualquier información relevante se entregará por los canales legales correspondientes.
Marco asintió.
Subimos al automóvil.
La antigua residencia de mi padre quedaba a cuarenta minutos, en una zona tranquila rodeada de árboles altos y caminos estrechos. La casa llevaba años cerrada, aunque un encargado la visitaba semanalmente para revisar las instalaciones.
Cuando llegamos, noté algo extraño.
La puerta principal estaba cerrada, pero había marcas recientes en el barro junto al garaje.
No eran nuestras.
Marco llamó al encargado.
Nadie respondió.
—Quédate aquí —le dije.
—Señor, no voy a dejarlo entrar solo.
Tenía razón.
Esperamos a que llegara el personal autorizado y verificamos que no hubiera nadie dentro. Después entramos juntos.
El olor a madera vieja y polvo me golpeó de inmediato.
La casa seguía prácticamente igual que el día en que mi padre murió. Las cortinas estaban cerradas, los muebles cubiertos con telas y los retratos familiares colgaban en las paredes.
Caminé hacia el estudio de Adrian.
La puerta tenía una cerradura antigua.
Probé la llave pequeña.
No encajó.
—Tal vez Rosie se equivocó —dijo Marco.
Negué con la cabeza.
—No. La niña recuerda que su mamá escondió una llave. Eso no significa que supiera exactamente qué abría.
Revisé el escritorio, los estantes y los cajones.
Nada.
Entonces recordé una costumbre de mi hermano.
Adrian siempre escondía sus objetos importantes en lugares que parecían demasiado obvios para que alguien los buscara.
Cuando éramos niños, guardaba sus monedas debajo de una pata de la cama y sus cartas dentro de los libros que más odiaba leer.
Me arrodillé frente a una biblioteca y retiré los volúmenes uno por uno.
Detrás de una enciclopedia encontré una pequeña estrella tallada en la madera.
Era irregular.
Igual que la del anillo.
Introduje la llave en una cerradura casi invisible debajo del símbolo.
Giró.
Un compartimento se abrió lentamente.
Dentro había una caja de madera oscura.
No era grande, pero tenía una cerradura de metal y una estrella tallada en la tapa.
La levanté con ambas manos.
Pesaba más de lo que esperaba.
Marco examinó el mecanismo.
—¿Quiere que la abramos aquí?
Asentí.
La llave encajó perfectamente.
Al abrirla, encontramos una memoria USB, varios sobres, una libreta de cuentas y una fotografía de Adrian sentado en un automóvil.
Pero lo que me hizo detenerme fue una hoja doblada con mi nombre escrito en el encabezado.
Reconocí la letra de mi hermano.
«Damian: si estás leyendo esto, significa que Sofia no pudo entregarte los documentos en persona».
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Continué leyendo.
«No confíes en las versiones oficiales de mi muerte. Hay personas dentro de nuestra familia que necesitan que yo siga muerto. Si vuelvo a aparecer, intentarán utilizarte para llegar a mí».
Debajo había otra frase.
«El dinero no era el verdadero problema. El problema era la identidad de la persona que autorizó la transferencia».
Abrí la libreta.
Había registros de movimientos financieros, fechas, nombres y cantidades. Algunas operaciones estaban vinculadas a empresas que mi padre había utilizado para administrar inversiones familiares.
Otras aparecían bajo una sociedad que no reconocí.
Al final de la página había una firma.
Vivienne Ashford.
Y debajo, la fecha de la transferencia de dos millones cuatrocientos mil dólares.
No era mi firma.
Tampoco la de mi hermano.
Era la de mi prometida.
Marco se acercó.
—Señor, esto podría demostrar que ella participó en las operaciones.
—Podría demostrar que alguien utilizó su nombre. Necesitamos autenticarlo todo.
Guardé los documentos en una carpeta de evidencia y fotografié el contenido antes de mover cualquier otra cosa.
Entonces vi un sobre más pequeño, escondido bajo la libreta.
En su interior había una fotografía reciente de Sofia junto a Adrian.
Los dos estaban sentados en una cafetería.
Adrian parecía mayor, más delgado, pero definitivamente vivo.
En el reverso había una fecha: tres días antes de que Sofia muriera.
Y una frase escrita con tinta azul:
«Si no regreso, entrega la estrella a Damian. Él debe saber que su hermano nunca fue el verdadero objetivo».
Me quedé inmóvil.
Si Adrian no había sido el verdadero objetivo, ¿quién lo había sido?
Volví a revisar la caja.
En el fondo había un papel doblado con una dirección, un número de teléfono y una instrucción:
«Pregunta por la habitación 17. No menciones el apellido Blackwood».
Marco leyó la nota por encima de mi hombro.
—¿Qué lugar es ese?
Reconocí la dirección.
Era un pequeño hotel a las afueras de la ciudad, cerca de la carretera que conducía a Connecticut.
Mi hermano había comprado una propiedad en aquella zona años atrás, pero la vendió antes de morir.
O antes de que nos dijeran que había muerto.
—Vamos a verificar la dirección y a informar a las autoridades —dije—. Si hay alguien allí que pueda ayudarnos, no quiero ponerlo en peligro llegando sin preparación.
Guardamos la caja y salimos de la casa.
Mientras regresábamos a la residencia, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Mostraba a Vivienne entrando en un automóvil negro frente a mi propiedad.
La imagen había sido tomada hacía menos de diez minutos.
Debajo había un mensaje:
«Deja de buscar a tu hermano. La próxima vez no será Sofia quien pague el precio».
Miré por la ventana.
El camino estaba vacío.
Pero por primera vez comprendí que la persona detrás de aquella historia no solo quería ocultar el pasado.
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Quería controlar lo que yo hiciera en el presente.
Y si estaba dispuesto a amenazarme usando a Rosie, no iba a detenerse hasta conseguirlo.
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