Chapter 8: La mujer que cambió dos destinos para salvar una vida
Rebecca Shaw estaba tan pálida que Dominic temió que se desplomara antes de terminar de hablar.
Tenía una pequeña herida en la frente y el abrigo rasgado en un hombro. Vincent ordenó que le trajeran agua y llamó a un médico, pero ella rechazó sentarse hasta que Dominic cerró la puerta de la habitación 317.
—¿Dónde está Patricia Wynn? —preguntó él.
Rebecca negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Tu automóvil fue encontrado abandonado. Tu teléfono estaba en manos de alguien que nos envió mensajes. ¿Qué ocurrió?
Ella miró a Clare.
—Arthur descubrió que había encontrado los registros originales. Me obligó a llevarlo hasta el archivo de la fundación. Cuando intenté escapar, me quitó el teléfono y me encerró en una habitación.
—¿Cómo saliste?
—Patricia me ayudó.
Dominic se acercó.
—¿Dónde está ella?
Rebecca bajó la mirada.
—Se quedó atrás para distraer a los hombres de Arthur.
Clare apretó los puños.
—¿Está en peligro?
—Sí.
—Entonces tenemos que ir por ella.
Vincent intervino.
—Ya envié un equipo a revisar las instalaciones. No vamos a entrar sin saber cuántas personas hay dentro.
Dominic asintió.
—Rebecca, necesito que nos digas qué sabes sobre Mateo y sobre mi nacimiento.
La mujer respiró profundamente.
—Su padre, Richard Vale, descubrió hace más de treinta años que Arthur estaba utilizando la fundación para ocultar movimientos financieros y alterar expedientes de menores. Al principio pensó que se trataba de un problema administrativo. Después encontró documentos que demostraban que algunos niños habían sido trasladados bajo identidades falsas.
—¿Por qué? —preguntó Clare.
—Para evitar que determinadas personas pudieran localizarlos. Algunos eran hijos de familias que habían perdido la custodia. Otros estaban relacionados con disputas legales y herencias. La fundación se convirtió en una red de protección, pero Arthur terminó utilizándola para sus propios fines.
Dominic frunció el ceño.
—¿Mi padre sabía que Arthur estaba manipulando los registros?
—Sí. Durante años intentó controlar el sistema sin denunciarlo públicamente. Creía que, si exponía todo de golpe, los niños que estaban bajo custodia quedarían desprotegidos.
—Eso no justifica lo que hicieron con Mateo.
—No —admitió Rebecca—. No lo justifica.
Clare se acercó a ella.
—¿Mi mamá participó en eso?
Rebecca la miró con tristeza.
—Elena Rowan trabajaba con su padre. Fue una de las primeras personas que descubrió que Arthur había comenzado a modificar expedientes por su cuenta. Cuando se dio cuenta de que él podía utilizar a Mateo para presionar a la familia Vale, pidió ayuda a Richard.
—¿Qué quería de mi mamá? —preguntó Dominic.
—Que ayudara a mantener al niño a salvo hasta que pudieran demostrar lo que Arthur estaba haciendo.
Clare se sentó lentamente.
Durante años había imaginado a su madre como una mujer que luchaba sola contra una amenaza que no podía comprender. Ahora descubría que Elena había estado en medio de una conspiración mucho más compleja.
—¿Y qué tiene que ver Dominic con Mateo? —preguntó.
Rebecca cerró los ojos.
—Los dos nacieron durante el mismo periodo de una disputa familiar que involucraba a Richard Vale. Su padre quería protegerlos a ambos.
Dominic sintió que la paciencia se le agotaba.
—Deja de hablar en acertijos. ¿Quién soy yo?
Rebecca lo miró directamente.
—Usted es el hijo de Richard Vale. Eso no está en duda. Pero la pulsera que encontraron no corresponde a un segundo nacimiento suyo. Fue creada utilizando un número de expediente vinculado a su registro original.
Dominic frunció el ceño.
—¿Entonces la fecha es falsa?
—La fecha corresponde a la noche en que Mateo fue trasladado. Alguien creó una identidad paralela usando datos de su archivo médico. La pulsera no demuestra que usted y Mateo sean hermanos biológicos.
Clare sintió que el pecho se le aflojaba, aunque la explicación no resolvía el misterio.
—¿Entonces por qué hicieron eso?
Rebecca abrió su bolso y sacó una copia de un documento.
—Porque alguien quería que Dominic creyera que su padre había escondido a otro hijo. Si usted empezaba a buscar una conexión familiar, dejaría de concentrarse en los documentos que demuestran el fraude de Arthur.
Dominic tomó el papel.
Era una hoja de control de expedientes con varias anotaciones. Una de ellas indicaba que el número de registro de Dominic había sido utilizado para generar una identidad temporal de protección.
Al final aparecía el nombre de una persona autorizada.
Arthur Voss.
—¿Por qué mi padre permitió que se utilizara mi expediente? —preguntó Dominic.
—Porque Arthur le aseguró que era la única forma de proteger a Mateo durante una investigación interna. Richard creyó que el registro temporal sería eliminado cuando el niño estuviera a salvo.
—¿Y nunca lo eliminaron?
—No. Arthur lo conservó y lo utilizó para crear documentos falsos cuando necesitó justificar el traslado.
Dominic dejó la hoja sobre la mesa.
Su padre había cometido errores graves. Había permitido que una red de expedientes secretos creciera dentro de una fundación creada para ayudar a niños vulnerables.
Pero la firma falsificada y el uso de su identidad pertenecían a Arthur.
—¿Dónde está Mateo ahora? —preguntó Clare.
Rebecca miró la manta sobre la cama.
—La última ubicación confirmada fue una casa de acogida privada en las afueras de Chicago. El nombre que utilizaron para registrarlo era diferente.
—¿Cuál?
Rebecca sacó otra hoja.
—Daniel Mercer.
Clare negó con la cabeza.
—Ese no es su nombre.
—Lo sé. Pero es el nombre que aparece en los documentos.
Dominic se acercó a la ventana.
—¿Quién dirige la casa de acogida?
Rebecca vaciló.
—Una mujer llamada Margaret Ellis. Trabajó para la fundación durante muchos años. Creo que sigue allí.
—Entonces iremos a verla.
Rebecca levantó una mano.
—No tan rápido. Si Arthur sabe que encontraste este lugar, puede haber enviado a alguien antes que nosotros.
Vincent recibió una llamada y escuchó atentamente.
Después se volvió hacia Dominic.
—El equipo encontró señales de que alguien estuvo en la casa de acogida durante la madrugada. La puerta principal estaba abierta y faltan varios archivos.
Clare se levantó.
—¿Se llevaron a Mateo?
—No lo sabemos todavía.
Dominic tomó el bastón.
—Nos vamos ahora.
Rebecca intentó detenerlo.
—Señor Vale, hay algo más que debe saber.
Él se volvió.
—¿Qué?
—La mujer que usted conoció como su madre no fue la única que ayudó a Richard a ocultar los registros. Elena Rowan también firmó una declaración para proteger a otro niño.
Clare palideció.
—¿A qué niño?
Rebecca sacó un último documento.
La declaración tenía más de treinta años. En ella, Elena prometía guardar silencio sobre la identidad de un recién nacido que había sido trasladado a otra familia por orden de Richard Vale.
El nombre del niño estaba cubierto por una mancha oscura.
Pero al final de la página aparecía una anotación que no dejaba lugar a dudas.
*«El menor deberá permanecer bajo la identidad Vale hasta que se determine quién intentó separarlo de su familia biológica».*
Dominic sintió que el estómago se le contraía.
—¿Qué significa esto?
Rebecca lo miró con una mezcla de temor y compasión.
—Significa que su padre no solo intentó proteger a Mateo. También estaba intentando descubrir quién había manipulado su propia historia familiar.
Clare se acercó.
—¿Usted cree que Dominic no es hijo de Richard?
Rebecca negó lentamente con la cabeza.
—No tengo pruebas de eso. Y no voy a inventarlas. Pero sé que Richard ordenó realizar una prueba de parentesco poco antes de morir.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Dónde está el resultado?
—Arthur lo retiró del archivo.
La habitación pareció quedarse sin aire.
Durante toda su vida, Dominic había creído que conocía sus orígenes. Su padre había sido distante, exigente y reservado, pero jamás había insinuado que existiera una duda sobre su nacimiento.
Ahora, una empleada de la fundación afirmaba que Richard había ordenado una prueba de parentesco y que Arthur había ocultado el resultado.
—¿Qué decía el análisis? —preguntó Dominic.
Rebecca bajó la mirada.
—No lo sé.
Clare apretó los labios.
—¿Y por qué no lo dijo antes?
—Porque Arthur me amenazó. Me dijo que, si revelaba algo sobre esos expedientes, haría que pareciera que yo había participado en el fraude. Tenía acceso a todas mis autorizaciones y podía destruir mi carrera.
Dominic respiró profundamente.
—¿Por qué decidiste hablar ahora?
Rebecca miró la fotografía de Mateo.
—Porque vi una imagen del niño en la pantalla de Arthur. Estaba llorando y preguntaba por su hermana. Comprendí que ya no podía seguir escondiéndome detrás de órdenes administrativas.
Clare cerró los ojos.
—¿Preguntaba por mí?
Rebecca asintió.
—Alguien le había dicho que tenía una hermana mayor.
Clare empezó a llorar en silencio.
Durante años había soñado con volver a abrazar a Mateo. Había imaginado cómo le explicaría que no lo había abandonado, que lo había buscado y que su madre jamás dejó de amarlo.
Ahora sabía que el niño también había crecido preguntándose por ella.
Dominic puso una mano sobre el hombro de Clare.
—Vamos a encontrarlo.
Salieron del centro médico acompañados por Vincent y varios guardias. El equipo de seguridad había localizado la casa de acogida y confirmado que la dirección seguía registrada a nombre de Margaret Ellis.
El lugar se encontraba en una zona residencial tranquila, rodeada de árboles y casas pequeñas.
Cuando llegaron, la puerta estaba abierta.
Dentro encontraron una sala ordenada, una mesa con platos infantiles y varios dibujos pegados en la pared.
No había niños.
Tampoco empleados.
En el piso, junto a una silla, Clare encontró un pequeño zapato azul.
Lo recogió con manos temblorosas.
—Es de Mateo.
Dominic miró alrededor.
En una pared había un calendario con una fecha marcada en rojo.
Ese mismo día.
Debajo, alguien había escrito:
*«Entrega autorizada. Tutor: A. Voss».*
Vincent examinó el documento.
—Arthur se llevó al niño.
Clare apretó el zapato contra su pecho.
—¿A dónde?
Un teléfono comenzó a sonar en la habitación contigua.
Dominic siguió el sonido hasta una mesa pequeña. El aparato estaba conectado a un altavoz y no tenía identificador de llamada.
Contestó.
La voz de Arthur Voss llenó la habitación.
—Siempre has sido demasiado curioso, Dominic.
Dominic apretó el teléfono.
—¿Dónde está Mateo?
Arthur soltó una risa breve.
—A salvo.
—No te creo.
—No necesitas creerme. Solo necesitas comprender que hay cosas que no puedes arreglar con dinero, empleados o amenazas.
—Utilizaste mi firma. Manipulaste mi férula. Amenazaste a Clare y a su hija.
—Y, sin embargo, sigues haciendo preguntas.
Dominic miró a Clare, que sostenía el pequeño zapato de su hermano.
—Se acabó, Arthur.
—Todavía no. Antes de que intentes destruirme, deberías preguntarte por qué tu padre necesitaba una prueba de parentesco.
Dominic apretó la mandíbula.
—¿Dónde está el resultado?
Arthur guardó silencio durante unos segundos.
Después respondió con una frialdad que hizo estremecer a todos.
—En el mismo lugar donde guardó la verdad sobre ti.
La llamada se cortó.
Dominic permaneció inmóvil.
Vincent comenzó a rastrear la comunicación, pero el teléfono se apagó automáticamente.
Clare se acercó.
—¿Qué quiso decir?
Dominic miró el zapato azul.
—Que mi padre sabía algo sobre mi nacimiento.
—¿Y si es una mentira?
—Entonces lo demostraré.
Clare lo observó con los ojos llenos de lágrimas.
—No deje que Arthur lo haga dudar de quién es.
Dominic levantó la mirada.
Por primera vez desde que había comenzado la investigación, alguien le estaba pidiendo que protegiera algo más que su imperio.
Su identidad.
Su historia.
Y la posibilidad de que la verdad fuera diferente a todo lo que había creído.
Vincent recibió un mensaje.
Lo leyó y palideció.
—Jefe, encontramos el automóvil que se utilizó para sacar a Mateo de la casa de acogida.
—¿Dónde?
—En un estacionamiento cerca del río.
—¿Y el niño?
Vincent levantó la cabeza.
—El automóvil está vacío.
Clare dejó caer el zapato.
En el interior del vehículo habían encontrado una manta, una botella de agua y un sobre dirigido a Dominic.
Él lo abrió.
Dentro había una fotografía de Arthur Voss junto a un hombre que se parecía extraordinariamente a Dominic.
La imagen parecía reciente.
En el reverso, una frase escrita a mano decía:
*«Si quieres saber quién eres, encuentra al hombre que aparece junto a mí. Él fue quien te entregó a Richard Vale».*
Dominic observó la fotografía.
El hombre tenía sus mismos ojos, la misma línea de la mandíbula y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
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Una cicatriz que Dominic también tenía desde niño.
Y que nunca había sabido explicar.