Calm

Chapter 4: La fotografía que convirtió a Dominic Vale en el principal sospechoso

Dominic Vale había enfrentado amenazas, traiciones y enemigos que juraban verlo caer, pero jamás imaginó que alguien utilizaría su propia firma para desaparecer a un niño y convertirlo en cómplice de un crimen que nunca había cometido.

La fotografía seguía iluminando la pantalla del teléfono de Clare.

Un niño de cabello oscuro, con las mejillas redondas y una pulsera blanca en la muñeca, miraba hacia la cámara desde una cama de hospital.

Debajo, la amenaza era clara.

Si Dominic descubría quién era Mateo, el niño desaparecería para siempre.

Clare apretó el teléfono contra su pecho.

—Está vivo —susurró—. Mi hermano está vivo.

Sus rodillas comenzaron a temblar.

Dominic alcanzó a sujetarla antes de que cayera.

—Siéntate, Clare.

—No. Tengo que ir por él.

—No vas a salir corriendo hacia un lugar que ni siquiera conocemos.

—¡Es mi hermano!

—Y precisamente por eso no voy a permitir que te pongas en peligro sin saber quién lo tiene.

Clare intentó soltarse.

—Usted no entiende. Mi mamá murió creyendo que algún día encontraría a Mateo. Yo le prometí que no dejaría de buscarlo.

Dominic la sostuvo por los hombros.

—No te estoy pidiendo que dejes de buscarlo. Te estoy diciendo que vamos a encontrarlo vivos, sin regalarle al enemigo la oportunidad de lastimarlos.

La palabra enemigo hizo que Arthur Voss soltara una risa amarga.

—Qué discurso tan conmovedor. Casi parece que sabes lo que estás haciendo.

Vincent se colocó inmediatamente entre Arthur y Dominic.

—Da un paso más y te saco de aquí.

—¿Vas a amenazarme dentro de una propiedad que ayudé a construir?

—No necesito amenazarte. Solo necesito que obedezcas.

Arthur miró a Dominic.

—Deberías tener cuidado con tus empleados. La lealtad es una cosa curiosa. Todos la prometen hasta que aparece una cantidad de dinero suficiente.

Dominic guardó el teléfono de Clare en una bolsa protectora.

—Qué interesante que hables de lealtad justo ahora.

Después se volvió hacia Vincent.

—Quiero que asegures el archivo subterráneo. Nadie toca estos documentos hasta que llegue un investigador independiente.

—Entendido.

—Y Arthur no sale de la propiedad.

El anciano soltó una carcajada.

—¿Me estás arrestando?

—No. Estoy evitando que desaparezcan las pruebas mientras decidimos qué hacer contigo.

Arthur se acomodó el saco.

—No puedes retenerme legalmente.

—Entonces no me des motivos para llamar a las autoridades antes de que mi abogado llegue.

Por primera vez, Arthur no respondió de inmediato.

Dominic conocía aquella clase de silencio. Era el de un hombre que calculaba las consecuencias de cada salida posible.

—Haz lo que quieras —dijo Arthur finalmente—. Pero recuerda una cosa: no todos los secretos que encuentres te van a gustar.

Dominic se acercó a él.

—El secreto que más me preocupa es el que llevas once semanas escondiéndome.

Arthur apartó la mirada.

Vincent lo condujo hasta una oficina de seguridad en el otro extremo del sótano. No lo esposaron, pero dos guardias permanecieron junto a la puerta.

Cuando Arthur desapareció, Dominic volvió a mirar la autorización que supuestamente llevaba su firma.

El documento parecía auténtico.

La fecha correspondía a la noche del accidente. La firma tenía el mismo trazo inclinado que Dominic utilizaba desde hacía años. Incluso aparecía una pequeña línea al final de su apellido, un hábito que había adquirido cuando estudiaba administración.

Pero él no había firmado aquella hoja.

Estaba inconsciente durante varias horas después del choque. Los médicos le habían administrado sedantes y lo habían trasladado a cirugía.

Alguien había aprovechado ese intervalo.

—Vincent, necesito saber quién tuvo acceso a mis documentos personales durante mi hospitalización.

—Lo investigaré.

—No. Empieza por la gente que podía obtener una muestra de mi firma. Asistentes, abogados, empleados de confianza. Quiero una lista completa.

Vincent asintió.

Clare permanecía junto a la mesa, mirando la fotografía de Mateo.

—¿Qué significa que el centro médico pertenezca a su fundación? —preguntó—. ¿Su familia administra hospitales?

—Mi padre creó una fundación para financiar tratamientos y centros de atención infantil. Yo heredé su supervisión cuando asumí el control de las empresas, pero Arthur siguió administrando varios proyectos.

—¿Y nunca revisó lo que hacían?

La pregunta fue directa.

Dominic podría haberse ofendido. Otro empleado habría recibido una mirada capaz de terminar su carrera.

Pero Clare no estaba intentando insultarlo.

Estaba intentando comprender cómo un niño podía desaparecer dentro de una institución financiada por la familia más poderosa de Chicago.

—Confié en las personas equivocadas —respondió.

—¿Y eso significa que mi hermano lleva años encerrado en un lugar que usted paga?

—Todavía no sabemos dónde está ni en qué condiciones.

—Pero sí sabemos que alguien utilizó su nombre.

Dominic bajó los ojos hacia el documento.

—Sí.

Clare se apartó de la mesa.

—Entonces usted también tiene que ayudarme a descubrir la verdad.

—Lo haré.

—No porque le dé lástima.

Dominic levantó la mirada.

—No te tengo lástima, Clare.

—Porque usted también necesita saber quién lo traicionó.

Él guardó silencio.

Después asintió.

—Por eso también.

Un ruido proveniente del corredor interrumpió la conversación.

Vincent regresó acompañado por una mujer de unos cincuenta años, vestida con un abrigo azul oscuro. Llevaba una carpeta bajo el brazo y el cabello recogido en un moño impecable.

—Señor Vale —dijo—, soy la doctora Rebecca Shaw, directora administrativa de la fundación.

Dominic frunció el ceño.

—No te llamé.

—Lo sé. Me avisaron que se había producido un incidente con documentos de la fundación y que necesitaba presentarme.

—¿Quién te avisó?

Rebecca miró a Vincent.

—Recibí una llamada de la oficina del señor Voss.

Dominic intercambió una mirada con su jefe de seguridad.

Arthur había tenido tiempo de alertar a alguien antes de que lo aislaran.

—¿Conoces el nombre de Mateo Rowan? —preguntó Dominic.

La mujer dejó de caminar.

Fue un movimiento mínimo, pero Clare lo notó.

—No estoy segura.

Dominic colocó la pulsera hospitalaria sobre la mesa.

Rebecca la miró y palideció.

—¿Dónde encontró eso?

—En un cajón del archivo subterráneo.

—Esa pulsera no debería estar aquí.

—Entonces sabes exactamente qué es.

Rebecca apretó la carpeta contra su cuerpo.

—Necesito revisar los registros antes de responder.

—Puedes revisarlos ahora.

—No tengo acceso a todos los archivos.

—Eres la directora administrativa.

—Hay expedientes que están bajo autorización especial.

Dominic dio un paso hacia ella.

—¿Autorización de quién?

Rebecca tragó saliva.

—Del presidente de la fundación.

—¿Arthur Voss?

La mujer no contestó.

Clare se acercó.

—¿Dónde está mi hermano?

Rebecca la miró con una mezcla de compasión y temor.

—Señora Rowan, yo no puedo...

—¡No me diga que no puede! Llevo años buscando a un niño que desapareció cuando apenas acababa de nacer. Mi mamá murió sin saber dónde estaba. Y ahora tengo una fotografía que demuestra que está vivo.

La directora bajó la mirada.

Dominic notó que sus manos temblaban.

—Rebecca —dijo con calma—, si alguien te ha obligado a ocultar información, este es el momento de decirlo.

Ella respiró profundamente.

—El expediente de Mateo fue trasladado a una instalación privada hace once semanas. Recibimos instrucciones de no registrar el movimiento en el sistema general.

Clare se llevó una mano a la boca.

—¿Quién dio la orden?

Rebecca miró hacia la puerta.

—Arthur Voss.

—¿Dónde está esa instalación? —preguntó Dominic.

—No lo sé.

—No te creo.

—Es la verdad. Los documentos estaban bajo una clave administrativa a la que solo tenían acceso tres personas.

Dominic se inclinó sobre la mesa.

—Dime sus nombres.

Rebecca cerró los ojos.

—Arthur Voss. Yo. Y usted, señor Vale.

La habitación quedó en silencio.

Dominic miró la autorización falsificada.

—¿Por qué yo?

—Porque su firma era necesaria para validar los movimientos extraordinarios de la fundación.

—¿Quién verificó mi autorización?

—Nadie. El procedimiento permitía aceptar una orden firmada si procedía de su oficina.

—¿Quién presentó la orden?

Rebecca tardó en responder.

—Su asistente personal.

Dominic sintió que la sangre se le helaba.

Su asistente llevaba siete años trabajando para él. Conocía sus horarios, sus contraseñas de acceso y los documentos que utilizaba para autorizar operaciones.

Era uno de los pocos hombres a quienes había permitido entrar en su despacho incluso cuando no estaba presente.

—¿Dónde está ahora? —preguntó.

Vincent consultó su teléfono.

—No ha regresado a la propiedad desde esta mañana.

Dominic se volvió hacia Rebecca.

—Quiero una copia de todos los movimientos de Mateo. Cada traslado, cada autorización y cada pago.

—Puedo intentar conseguirlos.

—No vas a intentarlo. Vas a hacerlo.

La mujer asintió, visiblemente aterrada.

Cuando se marchó acompañada por Vincent, Clare permaneció inmóvil.

—¿Qué pasa si ya lo trasladaron otra vez? —preguntó—. ¿Qué pasa si llegamos demasiado tarde?

Dominic tomó la fotografía.

—Entonces seguiremos buscando.

—¿Y si no quiere volver conmigo? Ni siquiera me conoce.

La pregunta le rompió la voz.

Dominic pensó en todos los años durante los cuales había confundido el control con la seguridad. Había creído que, si construía suficientes muros y contrataba suficientes hombres, nadie podría tocar lo que le pertenecía.

Pero aquella mujer había perdido a su hermano a pesar de no poseer nada que pudiera protegerla.

—No tienes que pedirle a Mateo que recuerde quién eres —le dijo—. Solo tienes que darle la oportunidad de conocerte.

Clare lo miró con lágrimas en los ojos.

—¿Y si alguien intenta llevárselo otra vez?

Dominic dejó la fotografía sobre la mesa.

—Tendrá que pasar por mí.

En ese instante, la computadora del archivo emitió un sonido.

Una nueva notificación apareció en la pantalla.

Vincent regresó a toda prisa.

—Jefe, el sistema de la fundación acaba de registrar una consulta al expediente de Mateo.

—¿Desde dónde?

Vincent señaló la dirección electrónica.

Dominic se quedó helado.

La consulta no provenía de la oficina de Arthur.

Tampoco de la clínica.

Procedía de su despacho privado, en el segundo piso de la mansión.

Alguien había utilizado su computadora mientras él estaba en el sótano.

Y acababa de abrir un archivo titulado:

*«Protocolo de contingencia: eliminación definitiva de la identidad Mateo Rowan».*

Dominic levantó la cabeza.

—Vincent, nadie sale de esta casa.

Pero antes de que el jefe de seguridad pudiera responder, las luces del archivo se apagaron.

En la oscuridad, una puerta se cerró de golpe.

May you like

Y Clare escuchó una voz masculina susurrar desde el otro lado de la habitación:

—El niño nunca debió sobrevivir.

Related Stories

Other posts