Calm

Chapter 2: El mensaje que hizo temblar a una madre

Clare Rowan había aprendido a reconocer el peligro mucho antes de comenzar a trabajar en la mansión Vale.

Lo había reconocido en los recibos que se acumulaban sobre su mesa cuando el dinero no alcanzaba. En las llamadas que llegaban a medianoche. En las promesas de hombres que juraban ayudarla y después desaparecían cuando más los necesitaba.

Pero jamás había sentido un miedo como el que experimentó al leer aquel mensaje.

Porque esta vez no la estaban amenazando a ella.

Estaban amenazando a Ellie.

—Deme el teléfono —dijo Dominic.

Clare lo apretó contra el pecho.

—No puedo.

—Clare.

—Por favor, señor. No sabe lo que está pasando.

Dominic observó sus ojos llenos de lágrimas.

—Entonces explícamelo.

Ella negó con la cabeza.

—No puedo hacerlo aquí.

Dominic miró hacia las puertas de cristal. Arthur seguía conversando con los miembros del consejo, aunque de vez en cuando dirigía una mirada hacia ellos.

El mensaje había llegado justo después de que Vincent descubriera el intento de borrar las grabaciones.

Eso no podía ser una coincidencia.

—Vincent —ordenó Dominic—, lleva a Clare y a Ellie a la biblioteca. Nadie entra sin mi autorización.

—¿Y usted?

—Voy a hablar con el hombre que cree que puede amenazar a una niña dentro de mi casa.

Clare lo agarró del brazo antes de que se alejara.

El gesto sorprendió a ambos.

—No lo haga —susurró ella—. Arthur no es el único que puede salir lastimado.

Dominic bajó la mirada hacia la mano de Clare.

Ella la retiró inmediatamente.

—Perdón.

—No te disculpes por intentar proteger a tu hija.

Aquellas palabras la hicieron llorar todavía más.

Dominic se apartó y llamó a Vincent con un gesto.

—A la biblioteca. Ahora.

El jefe de seguridad acompañó a Clare y a Ellie por el pasillo. Dos guardias los siguieron a una distancia prudente.

Ellie caminaba abrazada a su tablero de madera.

Antes de doblar la esquina, se volvió hacia Dominic.

—¿Ya no te duele?

Él miró su pierna.

—Un poco menos.

—Entonces no te olvides de arreglarla bien.

Dominic sintió una presión extraña en el pecho.

Hacía mucho tiempo que nadie le hablaba sin pedirle algo a cambio, sin intentar agradarle o sin medir las consecuencias de cada palabra.

—No me olvidaré —respondió.

La niña desapareció detrás de la esquina.

Dominic esperó dos segundos y luego entró en la sala de conferencias.

Las conversaciones cesaron.

Arthur levantó la vista.

—¿Podemos continuar?

—No.

Uno de los miembros del consejo, un hombre de cabello blanco llamado Richard Bell, dejó su pluma sobre la mesa.

—Dominic, entiendo que tu salud ha sido complicada últimamente, pero todos tenemos compromisos.

—Entonces te recomiendo que canceles los tuyos.

Bell se puso rígido.

Arthur intervino con una sonrisa conciliadora.

—No hace falta convertir esto en un conflicto. Dominic está cansado. La noticia de su recuperación debe haberlo alterado.

—Mi recuperación no es asunto tuyo.

—Por supuesto que sí. Hemos preparado una transición responsable para proteger las empresas en caso de que necesites más tiempo para rehabilitarte.

Dominic dejó su bastón junto a la mesa.

—Qué considerado.

Arthur sostuvo su mirada.

—Siempre he procurado proteger lo que construimos juntos.

—¿También proteges mis piernas?

Por primera vez, uno de los consejeros dejó escapar un murmullo.

Arthur no perdió la compostura.

—No entiendo la pregunta.

—Mi férula fue manipulada. La pieza de retención estaba invertida. Esa alteración me provocó dolor y limitó mi movilidad durante semanas.

—Eso es grave.

—Mucho.

—Entonces deberías llamar a la policía.

Dominic sonrió sin alegría.

—¿Por qué tienes tanta prisa?

Arthur se recargó en el respaldo.

—Porque si alguien saboteó tu equipo médico, debe responder por ello. No veo qué tiene de extraño.

Dominic lo observó en silencio.

Arthur había respondido demasiado bien. Sin sorpresa, sin preguntas y sin una sola muestra de preocupación por la persona que había sufrido el daño.

Como si hubiera ensayado aquella conversación.

—¿Sabes qué es lo más interesante? —preguntó Dominic.

—Ilústrame.

—No te he dicho que la férula fue saboteada. Solo dije que la pieza estaba invertida.

El rostro de Arthur permaneció sereno.

Pero su mano derecha se cerró lentamente sobre el brazo de la silla.

Dominic lo vio.

—La palabra sabotaje salió de tu boca —continuó—. Y fuiste tú quien sugirió llamar a la policía.

Arthur se levantó.

—No voy a quedarme aquí mientras intentas convertir una complicación médica en una acusación absurda.

—Siéntate.

—No me des órdenes como si fuera uno de tus empleados.

Dominic dio un paso hacia él.

—Entonces deja de comportarte como un hombre que necesita escapar de una pregunta.

Arthur lo miró con desprecio.

—El consejo no puede seguir dependiendo de tus cambios de humor.

—Y tú no puedes seguir dependiendo de que yo no mire debajo de las piedras que pones en mi camino.

Nadie intervino.

Dominic sacó su teléfono y mostró la notificación sobre la eliminación de los archivos.

—¿Reconoces esta autorización?

Arthur examinó la pantalla.

—Mis credenciales se utilizan para muchas operaciones administrativas.

—¿Autorizaste que borraran las grabaciones del pasillo de rehabilitación?

—No recuerdo haberlo hecho.

—Qué conveniente.

—Revisa los registros antes de acusarme.

—Eso estoy haciendo.

Arthur cerró su carpeta.

—Cuando termines, espero una disculpa.

—Cuando termine, veremos quién tiene que disculparse.

Dominic se dirigió a la puerta.

Antes de salir, se volvió una última vez.

—Nadie abandona la propiedad esta noche sin que Vincent lo sepa.

—No puedes retenernos aquí.

—No estoy reteniendo a nadie. Las puertas están abiertas para quien quiera salir acompañado por seguridad. Pero cualquier persona que intente destruir pruebas responderá por ello.

Richard Bell se aclaró la garganta.

—¿Deberíamos cancelar la votación?

—La votación está cancelada.

Dominic salió sin esperar una respuesta.

En el pasillo, Vincent lo aguardaba.

—Los archivos originales están protegidos. También recuperamos el registro de la orden de eliminación.

—¿Quién la emitió?

—La cuenta pertenece a Arthur. Pero hay algo más.

Vincent le entregó una tableta.

En la pantalla aparecía el historial de accesos al área de rehabilitación.

Durante las últimas cuatro semanas, varias personas habían entrado en horarios en los que no tenían sesiones programadas.

Una de ellas era Angela Pierce, la fisioterapeuta que había atendido a Dominic aquella mañana.

Otra era un técnico llamado Leonard Price.

La tercera entrada estaba registrada a nombre de Clare Rowan.

Dominic levantó la mirada.

—¿Qué hacía ella allí?

—Eso es lo que no sabemos.

—¿Cuándo ocurrió?

—La noche del accidente. Hace once semanas.

Dominic sintió que el pasillo parecía estrecharse a su alrededor.

Clare había trabajado para la familia durante poco más de un año. Limpiaba habitaciones, preparaba las áreas de huéspedes y ayudaba con la lavandería cuando faltaba personal.

Era discreta, puntual y casi invisible para quienes vivían en la mansión.

Nunca había tenido motivos para entrar en el área médica aquella noche.

—¿Quién registró su entrada?

Vincent deslizó el dedo por la pantalla.

—La cámara del corredor no muestra a nadie. Solo aparece el registro electrónico de la puerta.

—¿Y la salida?

—No existe.

Dominic guardó silencio.

—Eso no significa que nunca saliera —añadió Vincent—. La puerta secundaria no utiliza el mismo sistema.

—Lo sé.

—Puedo interrogarla.

—No.

Vincent lo miró con sorpresa.

—Jefe, su nombre está en el registro de la noche del accidente. Y ahora recibe una amenaza relacionada con lo ocurrido hace once semanas.

—Precisamente por eso no vas a interrogarla como si fuera una sospechosa.

Dominic devolvió la tableta.

—Primero quiero saber quién le envió ese mensaje.

—Ya estamos rastreando el origen. Se utilizó una conexión interna de la propiedad, pero el dispositivo no aparece en el inventario.

—¿Alguien puede manipular el sistema desde la casa?

—Sí. Si tiene los permisos adecuados.

Dominic miró hacia la biblioteca.

—Entonces nadie en esta casa está fuera de la investigación.

Al entrar, encontró a Clare sentada en un sillón junto a la chimenea. Ellie jugaba en la alfombra, colocando pequeños bloques de madera alrededor de su tablero.

La niña levantó la cabeza.

—¿Ya encontraste al señor malo?

Clare cerró los ojos.

—Ellie...

Dominic se agachó junto a la pequeña.

—Todavía no sé quién es.

—¿Y si se esconde?

—Lo encontraremos.

Ellie pareció considerar la respuesta.

—Los que se esconden hacen mucho ruido cuando tienen miedo.

Dominic soltó una pequeña risa.

—¿Quién te enseñó eso?

—Nadie. Lo vi en mi caricatura.

—Entonces tu caricatura sabe bastante.

Clare no sonrió.

Tenía el teléfono sobre las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Dominic se sentó frente a ella.

—El registro de seguridad indica que entraste al área de rehabilitación la noche de mi accidente.

Clare levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Tu nombre aparece en el sistema.

—Eso es imposible.

—¿Estuviste allí?

Ella abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Dominic esperó.

Finalmente, Clare miró a su hija.

—Sí.

Vincent se tensó junto a la puerta.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Dominic.

Clare se limpió las lágrimas.

—Buscando algo.

—¿Qué cosa?

—Una bolsa.

—¿Qué había dentro?

—No puedo decírselo.

Dominic apretó la mandíbula.

—Una pieza de mi equipo médico fue manipulada. Alguien intentó borrar las grabaciones. Y ahora recibes amenazas que mencionan la noche de mi accidente. No puedo protegerte si me ocultas información.

—No le estoy ocultando información para perjudicarlo.

—Entonces dime por qué.

Clare miró hacia la chimenea.

El fuego iluminaba una fotografía colocada sobre la repisa: Dominic de pie junto a un hombre mayor, ambos frente a una de las primeras construcciones de la empresa Vale.

Clare reconoció al hombre de inmediato.

Su respiración se volvió irregular.

—¿Qué sucede? —preguntó Dominic.

Ella señaló la fotografía.

—¿Quién es él?

Dominic siguió la dirección de su mirada.

—Mi padre.

Clare se llevó una mano a la boca.

—No puede ser.

—¿Lo conocías?

—No personalmente.

—Entonces, ¿por qué estás tan pálida?

Clare comenzó a llorar otra vez.

—Porque mi mamá trabajó para su familia.

Dominic no se movió.

Su padre había muerto muchos años atrás. Durante su vida había dirigido las primeras empresas de construcción de los Vale, pero también había dejado asuntos que Dominic nunca había conseguido esclarecer.

—¿Cómo se llamaba tu mamá? —preguntó.

Clare bajó la mirada.

—Elena Rowan.

El nombre golpeó a Dominic como una puerta cerrándose de golpe.

Recordaba haberlo visto en un expediente antiguo relacionado con una investigación interna. Su padre había ordenado cerrar aquel expediente pocos días antes de morir.

Dominic se levantó y caminó hacia el escritorio.

Abrió un cajón que casi nunca utilizaba. Entre documentos antiguos encontró una carpeta de color azul, con una etiqueta escrita a mano.

*Elena Rowan.*

La sostuvo durante varios segundos.

Después la abrió.

En la primera página había una fotografía de una mujer joven sosteniendo a un bebé envuelto en una manta blanca.

En la parte inferior, alguien había escrito una fecha.

La misma noche del accidente de Dominic.

Clare se puso de pie de golpe.

—No debería tener eso.

Dominic levantó los ojos.

—¿Qué significa esta fotografía?

—Señor Vale, por favor...

—¿Quién es el bebé?

Clare miró a Ellie.

La niña había dejado de jugar.

Sostenía su tablero de madera contra el pecho, observando a los adultos sin comprender por qué todos parecían a punto de romperse.

Clare se arrodilló frente a ella.

Le acomodó un mechón detrás de la oreja y le besó la frente.

Después se volvió hacia Dominic.

—Es mi hermano.

Dominic miró otra vez la fotografía.

—¿Tu hermano?

—Mi hermano menor. Nació once semanas antes del accidente.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Clare cerró los ojos.

—Todo.

Antes de que Dominic pudiera exigir una explicación, el teléfono de Vincent vibró.

Era un mensaje del equipo que revisaba las grabaciones recuperadas.

Vincent leyó la pantalla y perdió el color del rostro.

—Jefe, encontramos un archivo que no estaba en el registro principal.

—¿Qué muestra?

Vincent miró a Clare.

Después volvió a mirar a Dominic.

—La cámara del corredor médico captó a una persona entrando en su habitación la noche del accidente.

—¿Quién?

—Todavía no hemos identificado el rostro.

—Entonces, ¿qué descubriste?

Vincent tragó saliva.

—La persona llevaba a un bebé en brazos.

Clare soltó un grito ahogado.

Dominic sostuvo la carpeta con tanta fuerza que el borde se dobló entre sus dedos.

—Reproduce el archivo.

Vincent conectó la tableta al monitor de la biblioteca.

La imagen apareció granulada, oscura y temblorosa.

Una figura cruzó el corredor con un bulto envuelto en una manta.

Se detuvo frente a la puerta de Dominic.

Miró a ambos lados.

Después entró.

La grabación duraba apenas cuarenta segundos.

Cuando la figura salió, llevaba las manos vacías.

Y antes de desaparecer del encuadre, volvió la cabeza hacia la cámara.

El rostro seguía siendo difícil de distinguir.

Pero el reloj que llevaba en la muñeca era inconfundible.

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Dominic lo reconoció inmediatamente.

Era un reloj de edición limitada que él mismo había regalado a Arthur Voss quince años atrás.

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