Chapter 4: Richard llegó al hospital con flores, pero Harrison descubrió lo que realmente quería
Richard Harrington apareció en el hospital a las ocho de la mañana, cargando un ramo de rosas blancas y una expresión de tristeza tan ensayada que Harrison supo, antes de escuchar una sola palabra, que aquella visita no tenía nada que ver con el amor.
—¿Dónde está mi esposa? —preguntó Richard al llegar al mostrador de enfermería.
La recepcionista revisó la información de su pantalla.
—La señora Harrington se encuentra bajo supervisión médica. Tendrá que consultar con el personal antes de visitarla.
—Soy su esposo.
Lo dijo con suficiente volumen para que varias personas voltearan a mirarlo.
Harrison observaba la escena desde una silla al otro extremo del pasillo. Llevaba varias horas sin dormir y tenía la camisa arrugada, pero sus ojos estaban completamente despiertos.
Richard finalmente lo vio.
Las rosas se movieron ligeramente entre sus dedos.
—Harry. Necesito hablar contigo.
Harrison se puso de pie.
—No tienes nada que hablar conmigo que no pueda esperar.
—Es mi esposa.
—Ayer también lo era.
Richard apretó la mandíbula.
—No empieces.
Harrison miró el ramo.
—¿Son para Khloe?
—Por supuesto.
—Entonces puedes dejarlas con la enfermera. Ella decidirá si quiere recibirlas.
Richard pareció ofendido.
—¿Ahora necesito tu permiso para ver a mi propia esposa?
—No. Necesitas respetar su voluntad y las indicaciones de sus médicos.
—¡Es mi familia!
La voz de Richard resonó en el pasillo.
Harrison dio un paso hacia él.
—Entonces explícame por qué te quedaste arriba mientras ella estaba tendida al pie de una escalera, sangrando y pidiendo ayuda.
Richard abrió la boca.
La cerró.
Después miró a su alrededor, consciente de que varias personas habían escuchado la pregunta.
—Estaba en shock.
—Qué conveniente.
—¡No sabes lo que pasó!
—Tienes razón. Por eso la policía está investigándolo.
Richard dejó el ramo sobre una silla con tanta fuerza que algunas rosas se desprendieron.
—Vanessa me dijo que Khloe la atacó.
Harrison no parpadeó.
—¿Viste a Khloe atacar a Vanessa?
—Vi que estaban discutiendo.
—No te pregunté eso.
Richard se pasó una mano por el rostro.
—Todo ocurrió muy rápido.
—Entonces permite que las grabaciones y los testigos aclaren lo ocurrido.
Por un instante, Richard pareció a punto de perder el control.
Después respiró profundamente y recuperó aquella expresión de hombre razonable que tantas veces había engañado a Khloe.
—Mira, Harry. Sé que estás enojado. Lo entiendo.
Pero Khloe y yo tenemos problemas matrimoniales desde hace meses. Ella ha estado muy sensible por el embarazo y últimamente discutimos por cualquier cosa.
Harrison lo miró con una frialdad absoluta.
—¿Estás intentando culpar a mi hermana por haber caído por unas escaleras?
—No dije eso.
—Lo estás insinuando.
Richard bajó la voz.
—Quiero arreglar las cosas con ella. Por nuestra hija.
—Tu hija está en cuidados neonatales después de un nacimiento prematuro. Tu esposa apenas puede mantenerse despierta. Si realmente quieres ayudar, deja de convertir su sufrimiento en una oportunidad para defenderte.
Richard miró hacia las puertas de la unidad neonatal.
Durante un segundo, su expresión se volvió extrañamente calculadora.
—¿Puedo ver a la niña?
—Eso debes consultarlo con el equipo médico. Y cualquier visita dependerá de sus indicaciones y de los procedimientos del hospital.
—Soy su padre.
—Entonces empieza actuando como uno.
Richard soltó una risa sin humor.
—Siempre fuiste así. Te crees superior a todo el mundo porque tienes dinero, contactos y un apellido que abre puertas.
—Mi apellido no abrió la puerta de ese juzgado para salvar a Khloe. Tú estabas allí y decidiste no moverte.
Richard se acercó hasta quedar frente a él.
—Ten cuidado, Harrison.
El abogado no retrocedió.
—¿Eso es una amenaza?
Richard se quedó callado.
—Porque, si lo es, te recomiendo que lo pienses muy bien antes de repetirla delante de testigos.
Richard se apartó.
Recogió las rosas de la silla, alisó el papel que las envolvía y caminó hacia el mostrador de enfermería.
—Dígale a Khloe que vine a verla —ordenó—. Dígale que quiero hablar con ella.
La recepcionista prometió transmitir el mensaje.
Richard se marchó sin mirar atrás.
Harrison esperó hasta que las puertas del ascensor se cerraron y luego llamó a Eleanor.
—¿Alguna novedad?
—El investigador confirmó que las autoridades están revisando las grabaciones del juzgado. También están tomando declaraciones. El guardia mantiene su versión de los hechos.
—Bien.
—Hay algo más. Richard acaba de presentar una solicitud para acceder a ciertos documentos médicos y administrativos de Khloe, alegando que necesita gestionar asuntos familiares.
Harrison frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
—No tengo la lista completa. La solicitud parece incluir información sobre el nacimiento de la niña y la situación médica de Khloe. El hospital todavía no ha autorizado nada.
—No debe recibir información que no esté autorizado a consultar. Pero no vamos a interferir con sus derechos legales. Pide que cualquier solicitud se revise por los canales correspondientes y que se respete la privacidad de Khloe.
—Ya lo estoy haciendo.
Harrison miró la puerta de la habitación de su hermana.
—¿Hay alguna otra solicitud?
Eleanor vaciló.
—Sí. Richard también ha preguntado por los documentos relacionados con la propiedad de Khloe.
El abogado cerró los ojos.
—¿En el hospital?
—No. A través de una oficina legal vinculada a su empresa. Están buscando información sobre el estado de la escritura y las condiciones de una operación financiera.
Harrison sintió que las piezas comenzaban a encajar, pero todavía no tenía el cuadro completo.
—No saquemos conclusiones. Consigue los documentos públicos y que un abogado especializado revise la situación de la propiedad.
—Entendido.
Cuando terminó la llamada, una enfermera salió de la habitación de Khloe.
—Su hermana está despierta y pregunta por usted.
Harrison entró de inmediato.
Khloe tenía mejor color en el rostro, aunque seguía débil. Sobre la mesita había una botella de agua, una bandeja con comida que apenas había probado y una pequeña tarjeta que alguien había dejado junto a las flores que el personal había recibido.
—¿Richard vino? —preguntó ella.
Harrison se sentó a su lado.
—Sí.
Khloe miró la tarjeta.
—¿Dejó eso?
—Dejó flores. No sé si quieres que las conserven.
Ella negó con la cabeza.
—No quiero nada suyo.
Harrison tomó la tarjeta y la dejó boca abajo.
—Está bien.
Khloe respiró profundamente.
—¿Preguntó por la bebé?
—Sí.
—¿Y qué dijo?
—Que quería verla. El hospital decidirá qué visitas son posibles.
Khloe se quedó mirando sus manos.
—Durante meses imaginé cómo sería el día en que Richard cargara a nuestra hija por primera vez. Pensé que lloraría. Que me besaría la frente. Que me diría que yo había sido increíble.
Su voz se quebró.
—Ahora no sé si quiero que la toque.
Harrison no intentó convencerla de sentir algo diferente.
—No tienes que decidirlo todo hoy. Puedes hablar con el personal médico y, cuando estés preparada, recibir asesoría legal independiente sobre tus opciones.
Khloe levantó la mirada.
—¿Crees que me equivoqué al casarme con él?
Harrison tardó unos segundos en contestar.
—Creo que lo amaste sinceramente. Eso no fue un error.
Ella se secó una lágrima.
—¿Y si él siempre fue así y yo no quise verlo?
—No puedes responsabilizarte por decisiones que él tomó a tus espaldas.
Khloe guardó silencio.
Después señaló el teléfono que estaba sobre la mesita.
—Quiero que revises algo. No mis mensajes privados. Hay un correo que Richard me envió hace dos semanas sobre la casa. Me pidió que firmara unos papeles, pero yo le dije que quería revisarlos primero.
Harrison se inclinó.
—¿Todavía tienes el correo?
—Sí. Está en mi cuenta. Puedo abrirlo yo.
Khloe desbloqueó el teléfono y buscó el mensaje.
El asunto decía: «Documentos pendientes de la propiedad».
El correo era breve. Richard afirmaba que necesitaba actualizar ciertos registros financieros y le pedía a Khloe que revisara un archivo adjunto antes de firmar.
Ella había respondido que no entendía por qué necesitaba transferir participaciones relacionadas con la vivienda.
Richard contestó que se trataba de un procedimiento temporal y que su contador se encargaría de todo.
Pero Khloe no había firmado.
—Me dijo que yo estaba complicando las cosas —recordó ella—. Que, si confiaba en él, no necesitaba leer cada palabra.
Harrison sintió una punzada de rabia.
—Hiciste bien en pedir una explicación.
—Después empezó a decirme que yo no entendía nada de negocios. Que él sabía lo que convenía a nuestra familia.
Harrison leyó el correo completo, sin abrir enlaces ni adjuntos desconocidos.
—¿Le enviaste alguna identificación o algún documento firmado?
—No. Solo le contesté por correo.
—Bien. No borres nada. Guarda los mensajes originales y deja que tu abogado los revise.
Khloe lo miró con preocupación.
—¿Crees que quiere quitarme la casa?
Harrison no quiso mentirle.
—Todavía no lo sabemos. Pero hay suficientes irregularidades potenciales para que un profesional revise la documentación.
Ella bajó la cabeza.
—Esa casa era de mis padres antes de que la comprara. Mi mamá siempre decía que, aunque una mujer se enamorara, debía conservar algo que fuera suyo.
Harrison recordó a su madre diciendo exactamente lo mismo mientras doblaba ropa junto a la ventana.
—Era una mujer inteligente.
Khloe sonrió débilmente.
—Y tú siempre decías que exageraba.
—Era joven y estúpido.
—Sigues siendo un poco de ambas cosas.
Harrison soltó una risa.
Por unos segundos, volvieron a ser los hermanos de siempre.
Entonces el teléfono de Khloe vibró.
Era un mensaje de Richard.
*Richard:* Necesitamos hablar de los documentos de la casa. No hagas nada sin consultarme. Todo lo que está pasando puede perjudicar a nuestra hija.
Khloe leyó el mensaje varias veces.
—¿Ves? —susurró—. Ni siquiera pregunta cómo estoy.
Harrison no respondió por ella.
—¿Quieres contestarle?
Khloe negó con la cabeza.
—No. Guarda el mensaje, por favor.
Él le explicó cómo conservarlo y cómo evitar responder impulsivamente mientras recibía asesoría.
Cuando terminó, Khloe se quedó mirando el techo.
—Harry, hay algo que no te he contado.
Harrison volvió toda su atención hacia ella.
—Te escucho.
—La última vez que Richard y yo discutimos sobre la casa, me dijo que, si algo le pasaba a él, yo no debía buscar a nadie de su empresa.
—¿Por qué dijo eso?
—No lo sé. Le pregunté qué significaba y me contestó que eran asuntos de adultos y que yo debía preocuparme por la bebé.
Khloe frunció el ceño, intentando recordar.
—También mencionó a un hombre llamado Daniel. Dijo que Daniel había cometido un error y que él no iba a pagar por los problemas de otras personas.
Harrison anotó el nombre.
—¿Daniel qué?
—No lo sé. Creo que trabajaba con él.
Antes de que pudieran continuar, Eleanor llamó de nuevo.
—Harry, la policía acaba de recibir una declaración adicional de un testigo. Y hay algo que deberías saber.
—Dime.
—Según el investigador, el guardia escuchó a Vanessa decirle a Khloe que dejara de hacer preguntas sobre el dinero antes de que comenzara la discusión.
Harrison miró a su hermana.
Khloe se quedó completamente inmóvil.
—Yo no estaba preguntando por dinero —susurró ella—. Le pregunté por qué Richard quería que firmara aquellos documentos.
Harrison sintió que la rabia dejaba de ser una emoción desordenada y se convertía en una determinación fría.
La caída podía estar relacionada con un asunto financiero.
Pero todavía necesitaban pruebas.
—Eleanor, transmite esa información al equipo investigador y asegúrate de que se preserve la declaración original. No contactes a Vanessa ni a Richard.
—Entendido.
Harrison terminó la llamada.
Khloe le apretó la mano.
—¿Qué va a pasar ahora?
Él la miró con una ternura que contrastaba con la dureza de su voz.
—Ahora vas a concentrarte en recuperarte y en conocer a tu hija. Los demás tendrán que responder por sus propias decisiones.
Sin embargo, ninguno de los dos sabía que, mientras hablaban, Richard acababa de llegar a una oficina privada en el centro de Filadelfia.
Allí lo esperaba Vanessa.
Sobre la mesa había una carpeta azul, dos teléfonos y un documento que necesitaba una firma urgente.
—¿La viste? —preguntó Vanessa.
Richard dejó las llaves junto a la carpeta.
—Sí.
—¿Y?
—Harrison no me dejó acercarme demasiado.
Vanessa apretó los labios.
—Te dije que debíamos resolver esto antes de que naciera la niña.
—¡No me lo recuerdes!
Ella se quedó callada, sorprendida por su tono.
Richard abrió la carpeta azul.
En la primera página aparecía el nombre de Khloe.
En la segunda, el de una sociedad mercantil.
Y en la tercera había una fecha que ninguno de los dos quería que un investigador examinara con demasiada atención.
Vanessa señaló el documento.
—¿Todavía puede detenerlo?
Richard tomó la hoja y la dobló por la mitad.
—Si Khloe no firma, tendremos un problema.
—¿Y si no firma nunca?
Richard levantó la mirada.
—Entonces tendremos que demostrar que ella ya había aceptado la operación.
Vanessa se quedó helada.
—¿Cómo?
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Richard no contestó.
Porque la respuesta que tenía en mente era precisamente la razón por la que, por primera vez, Vanessa comenzó a temer al hombre por el que había destruido su propia vida.
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