Chapter 2: El hombre que jamás suplicaba comenzó a rezar por su hermana
Cuando Harrison Cole llegó al hospital, llevaba la camisa manchada con la sangre de su hermana.
No le importó que los empleados de recepción lo reconocieran. Tampoco le importó que un médico le pidiera que se sentara mientras preparaban el quirófano.
Solo podía pensar en una frase.
Por favor, salva a mi bebé.
Khloe se encontraba detrás de unas puertas dobles, rodeada de médicos que luchaban por estabilizarla. El equipo de obstetricia había determinado que necesitaban actuar rápidamente para evaluar el estado de la madre y de la niña.
Harrison caminaba de un extremo al otro del pasillo.
Había negociado con corporaciones que valían miles de millones de dólares. Había enfrentado a jueces, políticos y empresarios que creían estar por encima de la ley.
Pero nunca había sentido tanta impotencia como frente a aquellas puertas.
Una enfermera se acercó.
—Señor Cole, ¿hay alguien a quien debamos llamar?
—No.
La mujer lo miró con compasión.
—¿Está seguro?
Harrison respiró hondo.
—Yo me encargo de las llamadas. Por favor, asegúrese de que mi hermana reciba toda la atención que necesita.
La enfermera asintió y se alejó.
Él sacó su teléfono.
Tenía treinta y dos llamadas perdidas de clientes, dos mensajes de un juez y una notificación de una reunión que debía comenzar en veinte minutos.
Apagó el teléfono.
Por primera vez en años, el mundo exterior dejó de importarle por completo.
Recordó a Khloe cuando era niña, corriendo detrás de él por el jardín de la casa familiar. Ella tenía ocho años menos que él y lo seguía a todas partes.
Cuando sus padres murieron en un accidente automovilístico, Harrison tenía veintiséis años y Khloe apenas dieciocho.
Había regresado a casa después de una audiencia y la había encontrado sentada en el suelo de la cocina, abrazada a una taza de café frío.
—No sé cómo voy a vivir sin ellos —le había dicho ella.
Harrison se había arrodillado frente a su hermana.
—No tienes que saberlo hoy.
—¿Y mañana?
—Mañana tampoco. Yo voy a estar contigo.
Desde entonces, había cumplido esa promesa.
Pagó sus estudios. La acompañó cuando tuvo su primer corazón roto. Estuvo a su lado cuando abrió su pequeña empresa de diseño de interiores y celebró con ella cuando se casó con Richard Harrington.
Ese matrimonio había sido el único asunto de su vida en el que Harrison había permitido que el corazón decidiera antes que la cabeza.
Richard parecía un hombre trabajador, atento y enamorado.
Le abría la puerta a Khloe. Le llevaba flores sin motivo. Escuchaba sus planes para el futuro y le decía que quería construir una familia con ella.
Harrison incluso había brindado en la boda y le había estrechado la mano.
—Si algún día la haces llorar, más te vale tener una buena explicación.
Richard había sonreído.
—Nunca le haría daño.
Ahora, mientras esperaba noticias de la mujer que amaba como a una hija, Harrison sintió una vergüenza amarga.
No porque hubiera provocado la caída.
Sino porque había confiado en el hombre equivocado.
Su teléfono volvió a encenderse cuando lo conectó al cargador de una silla cercana.
El primer mensaje era de su asistente, Eleanor Brooks.
*Eleanor:* Conseguí contacto con el investigador. La policía ya está recopilando declaraciones. Hay testigos presenciales.
Harrison respondió:
*Harrison:* Preserva todo. Grabaciones, registros de acceso, fotografías y declaraciones originales. No quiero que nadie altere nada. Y asegúrate de que la investigación penal quede en manos de las autoridades competentes.
La respuesta llegó casi de inmediato.
*Eleanor:* Entendido. También encontré algo extraño.
Harrison sintió que el estómago se le contraía.
*Harrison:* ¿Qué cosa?
*Eleanor:* Vanessa Kensington presentó documentos en el tribunal esta mañana. No era una visita casual. Está relacionada con un procedimiento civil que involucra a la empresa de Richard.
Harrison miró el mensaje durante varios segundos.
*Harrison:* Envíame únicamente documentos obtenidos legalmente. Nada de acceder a cuentas privadas ni a información protegida.
*Eleanor:* Ya lo estoy haciendo. Te aviso cuando tenga algo verificable.
Antes de que pudiera responder, las puertas del quirófano se abrieron.
Un médico salió, todavía con el gorro quirúrgico puesto.
Harrison se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
—¿Mi hermana?
—Está viva —dijo el médico.
Harrison cerró los ojos.
Durante un segundo, el aire volvió a entrar en sus pulmones.
—¿Y mi sobrina?
El médico no respondió inmediatamente.
Ese silencio fue peor que cualquier sentencia.
—La caída provocó complicaciones graves. Estamos haciendo todo lo posible por estabilizar a su hermana y evaluar a la bebé. Necesitamos mantener la vigilancia estrecha.
Harrison se acercó un paso.
—Dígame qué necesita.
—Ahora mismo, necesitamos tiempo. Y usted necesita estar preparado para que la situación cambie rápidamente.
Harrison asintió.
No discutió.
No exigió garantías imposibles.
Solo preguntó si podía verla cuando fuera seguro.
El médico prometió avisarle.
Cuando se quedó solo, Harrison apoyó ambas manos sobre la pared.
Nunca había sido un hombre religioso. Su madre lo llevaba a misa los domingos, pero él había preferido los libros de leyes y las largas horas de estudio.
Sin embargo, en aquel pasillo frío, recordó la pequeña medalla de la Virgen de Guadalupe que su madre había colocado en la cuna que habían comprado para la bebé.
Khloe se la había mostrado semanas antes.
—Quiero que mi hija crezca sabiendo que siempre habrá alguien cuidándola —le había dicho.
Harrison bajó la cabeza.
—Por favor —susurró—. No me quites a mi hermana. No me quites a la niña. Si hay algo que pueda hacer, lo haré.
Una hora después, una enfermera lo condujo a una habitación donde Khloe descansaba bajo vigilancia.
Estaba pálida, conectada a varios monitores, con los labios resecos y los ojos cerrados.
Harrison se acercó a la cama y le tomó la mano.
—Hola, pequeña.
Los párpados de Khloe se movieron.
—Harry…
—Estoy aquí.
Ella intentó incorporarse, pero él la detuvo con suavidad.
—No te muevas. Los médicos están cuidándote.
Khloe miró alrededor, confundida.
—¿Dónde está mi bebé?
Harrison tuvo que reunir toda su fuerza para responder.
—Los médicos están haciendo todo lo posible. Todavía necesitan vigilarla muy de cerca.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las sienes de Khloe.
—Yo intenté protegerla.
—Lo sé.
—Le dije a Vanessa que se apartara. Le dije que no podía hacerme eso.
Harrison sintió que la rabia regresaba, pero mantuvo la voz serena.
—Cuéntame lo que recuerdes. Solo si te sientes capaz.
Khloe cerró los ojos.
—Richard me pidió que fuera al juzgado. Dijo que necesitaba mi firma para resolver unos documentos de la empresa. Cuando llegué, Vanessa estaba esperándolo.
—¿Richard te pidió que fueras sola?
—Sí.
Khloe respiró con dificultad y continuó.
—Vanessa me dijo que dejara de fingir que mi matrimonio todavía existía. Dijo que Richard estaba cansado de mí y que, cuando naciera la bebé, él se encargaría de quitarme todo.
Harrison permaneció inmóvil.
—¿Todo qué?
—La casa. El dinero. La custodia. Dijo que yo no tenía idea de lo que Richard había preparado.
Una lágrima recorrió la mejilla de Khloe.
—Le pregunté si Richard estaba de acuerdo con aquello. Ella se rio y me dijo que él había elegido estar con ella desde hacía mucho tiempo.
Harrison sintió que algo dentro de él se endurecía.
—¿Y después?
—Le pedí que me dejara pasar. Ella me empujó. Me agarré de la barandilla, pero volvió a hacerlo. Recuerdo que me dijo que yo nunca debí haberme quedado embarazada.
Khloe comenzó a temblar.
Harrison se inclinó inmediatamente.
—Ya no tienes que seguir. Descansa.
—Harry, por favor, no dejes que diga que fue un accidente.
Él le acarició el cabello.
—No voy a permitir que tu voz desaparezca. Pero tampoco voy a obligarte a revivirlo ahora.
Khloe apretó su mano.
—Richard estaba ahí.
Harrison no respondió.
—Me vio caer. Me escuchó pedir ayuda. Y se quedó parado.
La habitación pareció enfriarse.
—¿Lo viste claramente?
—Sí.
Khloe abrió los ojos y lo miró con una tristeza que le dolió más que cualquier insulto.
—Ni siquiera intentó ayudarme.
Harrison inclinó la frente hasta tocar los dedos de su hermana.
—Lo siento.
—Yo lo amaba, Harry.
—Lo sé.
—Pensé que iba a ser un buen padre.
Harrison se quedó a su lado hasta que los medicamentos comenzaron a hacer efecto y ella volvió a dormirse.
Al salir, encontró a Eleanor esperándolo con una carpeta delgada.
—No deberías estar trabajando ahora —le dijo ella.
—No estoy trabajando para un cliente.
Eleanor entendió.
Le entregó la carpeta.
—Estos son documentos públicos relacionados con la empresa de Richard. Hay una solicitud de modificación de ciertos activos y una disputa financiera que podría afectar a Khloe. No sabemos todavía si están relacionadas con la agresión.
Harrison abrió la carpeta.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Y finalmente la tercera.
Su rostro no cambió, pero Eleanor llevaba suficiente tiempo trabajando con él para notar cuándo algo lo había golpeado de verdad.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Harrison le mostró una hoja.
Era una solicitud de transferencia de participaciones de una empresa familiar. El nombre de Khloe aparecía en ella, junto con una firma que parecía ser la suya.
La fecha era de tres semanas antes.
—Khloe nunca firmaría esto sin leerlo —dijo Harrison.
—¿Estás seguro?
—Conozco su firma. Y conozco a mi hermana.
Examinó el documento sin tocar la parte donde aparecía la rúbrica.
—No vamos a acusar a nadie de falsificación sin pruebas. Consigue una copia certificada del expediente y avisa a un perito independiente. Si hay irregularidades, las entregaremos a las autoridades.
Eleanor asintió.
—Hay otra cosa. La solicitud fue presentada por una empresa vinculada a Richard. Vanessa aparece como contacto administrativo en otros registros públicos.
Harrison cerró la carpeta.
—Entonces averiguaremos por qué.
—Harry…
Él levantó la mirada.
Eleanor rara vez utilizaba su nombre de pila durante una conversación de trabajo.
—¿Qué?
—Conozco tu reputación. Sé que puedes destruir legalmente a cualquiera que se cruce contigo. Pero esta vez eres familia. No dejes que la rabia te haga cometer un error.
Harrison miró a través de la ventana del pasillo.
—No voy a fabricar pruebas. No voy a comprar testigos. No voy a presionar a nadie para que mienta.
Se volvió hacia ella.
—Voy a hacer algo mucho peor para las personas que creen estar por encima de la ley.
—¿Qué?
—Voy a dejar que la verdad hable.
En ese momento, un médico salió de la habitación de Khloe.
Harrison se acercó de inmediato.
—Necesito que venga conmigo, señor Cole.
El tono del hombre hizo que Eleanor dejara caer la carpeta contra su pecho.
—¿Qué sucedió? —preguntó Harrison.
—Su hermana está despierta y hemos conseguido estabilizarla por ahora. Pero necesitamos hablar sobre la bebé y sobre las próximas horas.
May you like
Harrison siguió al médico.
Y por primera vez desde que había llegado al hospital, comprendió que ninguna victoria en un tribunal podía prepararlo para la conversación que estaba a punto de escuchar.
Related Stories