Calm

Chapter 3: La bebé sobrevivió, pero el secreto de Richard podía destruir a tres familias

La primera noticia fue un milagro.

La segunda, una advertencia.

Y la tercera hizo que Harrison Cole comprendiera que la caída de su hermana quizá había sido solo el comienzo de algo mucho más oscuro.

—La bebé está viva —anunció el médico.

Harrison se quedó inmóvil.

Había escuchado esas palabras en su mente cientos de veces durante las últimas horas, pero ninguna de sus imaginaciones se acercaba al alivio que sintió al oírlas de verdad.

—¿Está fuera de peligro?

El médico no quiso darle falsas esperanzas.

—Por ahora está respondiendo al tratamiento, pero nació antes de tiempo y necesita atención especializada. Las próximas horas serán importantes. Su hermana también necesita vigilancia estrecha.

Harrison asintió, incapaz de pronunciar una frase completa.

—¿Puedo verla?

—Primero debe descansar. Cuando el equipo neonatal lo autorice, podrá conocer a la niña.

Harrison se llevó una mano a la boca.

La bebé estaba viva.

Khloe seguía viva.

Por primera vez desde la caída, sintió que podía respirar sin que el aire le lastimara el pecho.

—Gracias, doctor.

El médico inclinó la cabeza y se alejó.

Harrison se quedó unos segundos junto a la ventana del pasillo, mirando la lluvia que comenzaba a cubrir los cristales.

Luego regresó a la habitación de Khloe.

Ella estaba despierta.

—Harry —susurró apenas lo vio—. ¿Qué pasó?

Él se acercó a la cama y tomó su mano.

—La bebé está viva, pequeña.

Khloe abrió mucho los ojos.

—¿De verdad?

—Sí. Está recibiendo atención especializada. Es muy pequeña y todavía necesita cuidados, pero está luchando.

Khloe rompió a llorar.

No eran los sollozos desesperados de antes. Eran lágrimas de alivio, de miedo y de un amor tan grande que parecía no caberle en el cuerpo.

—Quiero verla.

—Lo sé. Los médicos te llevarán cuando sea seguro.

—¿Le pusieron una pulserita? ¿Saben que soy su mamá?

Harrison sonrió con tristeza.

—Khloe, estoy seguro de que saben perfectamente quién es su mamá.

Ella apretó su mano contra el pecho.

—Quería tenerla conmigo. Quería que naciera en casa, con su cunita lista y las mantitas que escogimos.

—Todavía tendrás muchas cosas que compartir con ella.

Khloe lo miró.

—¿Y si no me dejan tenerla?

—¿Quién no te va a dejar?

—Richard.

Harrison guardó silencio.

Su hermana tragó saliva.

—Vanessa me dijo que él ya había hablado con abogados. Que, en cuanto naciera la niña, yo no tendría dinero para pelear por ella.

—Vanessa no decide lo que ocurre con tu hija.

—Pero Richard es su papá.

—Y tú eres su mamá. Eso no le da derecho a nadie a amenazarte ni a quitarte nada mediante engaños.

Khloe cerró los ojos.

—Tengo miedo, Harry.

Él acercó una silla a la cama y se sentó.

—Entonces vamos a tener miedo juntos. Pero no vas a enfrentar esto sola.

Durante unos minutos, no hablaron.

Harrison le acomodó la manta y comprobó que tuviera agua al alcance. Esos pequeños gestos le resultaban más naturales que cualquier discurso.

Khloe finalmente volvió a mirarlo.

—¿La policía sabe lo que pasó?

—Sí. Hay testigos y se están preservando las grabaciones del juzgado. Tú no tienes que preocuparte por eso ahora.

—Vanessa va a mentir.

—Es posible.

—Richard también.

—También es posible.

Ella soltó una risa amarga que terminó en una mueca de dolor.

—Siempre pensé que, si alguna vez tenía problemas, Richard sería la persona que se pondría delante de mí.

Harrison le sostuvo la mirada.

—No puedes cambiar lo que él decidió hacer. Pero sí puedes decidir qué permites a partir de ahora.

Khloe respiró profundamente.

—Quiero que nuestra hija tenga una familia. No quiero que crezca en medio de una guerra.

—Una familia no se construye obligándote a soportar una traición. Y la tranquilidad de tu hija no depende de que finjas que nada ocurrió.

Khloe se quedó pensando.

—No quiero vengarme.

—No necesitas hacerlo.

—Quiero que se haga justicia.

Harrison inclinó la cabeza.

—Eso sí puedo ayudarte a buscar.

Un rato después, una enfermera entró para revisar los monitores. Le explicó a Khloe que todavía no podía levantarse sin ayuda y que necesitaría descansar.

Antes de salir, le anunció que el equipo neonatal permitiría a Harrison visitar a la bebé brevemente cuando terminaran unos procedimientos.

Khloe lo miró con ojos brillantes.

—Quiero que le hables.

—¿A quién?

—A tu sobrina. Dile que tiene un tío que va a enseñarle a andar en bicicleta. Y que, si algún día alguien le rompe el corazón, yo voy a estar ahí para abrazarla y tú vas a estar ahí para interrogar al culpable.

Harrison soltó una carcajada breve, la primera desde el accidente.

—Eso suena a una excelente distribución de responsabilidades.

—Promételo.

—Te lo prometo.

Khloe cerró los ojos con una sonrisa pequeña.

—Gracias, Harry.

Él esperó hasta estar seguro de que descansaba antes de salir.

En la unidad neonatal, una enfermera lo acompañó hasta una incubadora.

La niña era diminuta.

Tenía las manos cerradas junto al rostro y el pecho subía y bajaba bajo la vigilancia de los equipos médicos. Una pulsera identificativa rodeaba su muñeca.

Harrison se inclinó para leer el nombre.

*Bebé Harrington.*

Khloe y Richard todavía no habían elegido oficialmente un nombre definitivo.

Harrison observó a la pequeña durante largo rato.

—Hola, campeona —susurró—. Soy tu tío Harry.

La niña movió ligeramente los dedos.

Él sonrió.

—Tu mamá es la mujer más valiente que conozco. Y tú acabas de demostrar que heredaste algo de ella.

Una enfermera le explicó que no debía tocar los dispositivos y que cualquier contacto tendría que seguir las indicaciones del equipo neonatal.

Harrison asintió y se quedó a una distancia prudente.

—No sé si puedes escucharme —murmuró—, pero quiero que sepas una cosa. Nadie tiene derecho a decidir tu valor por el dinero, el apellido o el poder de tu familia.

Se enderezó despacio.

—Y nunca vas a tener que ganarte el amor de tu mamá.

Al salir de la unidad, encontró tres llamadas perdidas de Eleanor.

La llamó de inmediato.

—¿Qué encontraste?

—La policía ya tiene la declaración preliminar del guardia que presenció la caída. Confirmó que Vanessa empujó a Khloe y que Richard estaba presente.

Harrison cerró los ojos un instante.

—¿Richard hizo alguna declaración?

—Su abogado dice que todavía no. Pero hay algo más. Revisé los registros corporativos públicos que me pediste.

—Adelante.

—La empresa de Richard está intentando reorganizar ciertas participaciones. La solicitud que te mostré no es el único documento. Hay otros movimientos recientes y varios parecen depender de la firma de Khloe.

Harrison se apoyó contra la pared.

—¿Qué clase de movimientos?

—Transferencias de participación, cambios de beneficiarios y una solicitud de autorización relacionada con una propiedad. No puedo asegurar que sean fraudulentos. Necesitamos copias certificadas y una revisión independiente.

—Entonces eso es lo que vamos a conseguir.

Eleanor vaciló.

—Hay un detalle que no te va a gustar.

—Dímelo.

—La propiedad que aparece en uno de los documentos es la casa donde vive Khloe.

Harrison apretó el teléfono.

La casa de Khloe era una vivienda de dos pisos en un vecindario tranquilo, con una cocina amplia, un pequeño jardín y un cuarto que ella había pintado de amarillo para la bebé.

Había comprado aquella propiedad con una parte de la herencia de sus padres y dinero que había ahorrado durante años.

Richard vivía allí con ella, pero la casa no era simplemente un regalo de matrimonio.

Era el lugar donde Khloe había construido su vida.

—¿Qué pretenden hacer con ella? —preguntó Harrison.

—No lo sabemos todavía. El documento parece vinculado a una operación financiera de la empresa de Richard. No significa necesariamente que la casa vaya a perderse, pero necesitamos averiguar por qué aparece.

Harrison se quedó mirando el suelo.

—No hagas nada que pueda perjudicar la investigación. Consigue los registros oficiales y deja que un abogado independiente revise las implicaciones civiles.

—Entendido.

—Y Eleanor…

—¿Sí?

—Quiero que compruebes si hay alguna relación documentada entre los trámites del juzgado de hoy y los documentos corporativos. Sin invadir comunicaciones privadas ni acceder a nada que no esté autorizado.

—Lo haré.

Harrison terminó la llamada.

Al otro lado del pasillo, una mujer con un abrigo color vino lo observaba desde hacía varios minutos.

Cuando sus miradas se encontraron, ella se acercó.

—¿Usted es Harrison Cole?

—Sí.

—Me llamo Patricia Wells. Soy la madre de Vanessa.

Harrison no respondió.

La mujer apretó su bolso contra el pecho.

—Sé que lo que ocurrió hoy es grave. Mi hija está muy alterada. Nunca había visto algo así.

—¿Vio usted la caída?

—No. Me enteré hace poco.

—Entonces no puede saber qué ocurrió antes ni durante el incidente.

Patricia bajó la mirada.

—Mi hija dice que su hermana la atacó primero.

Harrison la observó con atención.

—Mi hermana está hospitalizada después de caer por una escalera. Hay testigos presenciales. La policía está investigando.

—Lo entiendo.

—¿Entonces por qué está aquí?

Patricia respiró profundamente.

—Porque quiero evitar que esto destruya a nuestras familias.

Harrison sintió que una ira fría le subía por el pecho.

—Mi hermana casi pierde la vida. Mi sobrina nació antes de tiempo. Si quiere evitar que algo se destruya, debería empezar por pedirle a su hija que diga la verdad.

Patricia palideció.

—No sabe todo lo que está pasando.

—Tiene razón. No lo sé.

Harrison se apartó de la pared.

—Por eso voy a escuchar las pruebas.

La mujer pareció debatirse entre marcharse y decir algo más.

Finalmente, se inclinó hacia él.

—Pregúntele a Richard por el dinero que le prestó mi esposo.

Harrison se quedó inmóvil.

—¿Qué dinero?

Patricia miró a ambos lados del pasillo.

—No puedo hablar aquí.

—Entonces no diga nada hasta que esté preparada para explicar lo que sabe ante las autoridades.

—No entiende. Mi esposo confió en Richard. Le dio una suma importante para mantener su empresa a flote. Richard prometió devolverla.

—¿Y qué tiene que ver eso con mi hermana?

Patricia negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero hace dos semanas, mi esposo descubrió algo en los documentos de la operación. Desde entonces, Richard dejó de contestarle las llamadas.

Harrison sacó una tarjeta de su bolsillo y se la entregó.

—Si tiene información verificable, comuníquese con las autoridades o con su propio abogado. No intente obtener pruebas ilegalmente ni presione a nadie.

Patricia tomó la tarjeta con manos temblorosas.

—Vanessa cree que Richard va a casarse con ella.

Harrison no mostró ninguna reacción.

—Eso es un asunto personal.

—No cuando hay dinero de por medio —susurró Patricia—. Richard le prometió que, cuando Khloe dejara de ser un obstáculo, todo sería más fácil.

El silencio cayó entre ambos.

Harrison se acercó un poco.

—¿Qué significa exactamente que Khloe dejara de ser un obstáculo?

Patricia abrió la boca, pero no llegó a responder.

Su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla y su rostro cambió por completo.

—Tengo que irme.

—Señora Wells…

Ella retrocedió.

—No me llame. No me busque. Necesito pensar.

Se alejó por el pasillo casi corriendo.

Harrison observó cómo desaparecía detrás de las puertas del ascensor.

Luego miró la tarjeta que faltaba de su bolsillo y volvió a llamar a Eleanor.

—Necesito que documentes una nueva línea de investigación.

—¿Cuál?

—La relación financiera entre Richard Harrington y la familia Kensington. Por ahora, solo con información obtenida legalmente y sin dar nada por probado.

Eleanor guardó silencio un instante.

—¿Crees que Vanessa empujó a Khloe por algo relacionado con los documentos?

Harrison miró hacia la unidad neonatal.

—Creo que mi hermana merece respuestas. Y que una investigación seria debe seguir todas las pruebas, aunque nos lleven a lugares que no esperábamos.

En ese momento, su teléfono recibió una notificación de un número desconocido.

Era una fotografía tomada desde el interior de la sala de espera del hospital.

En ella aparecía Harrison, de pie frente a la incubadora de su sobrina.

Debajo de la imagen había una sola frase:

*«Deja de investigar a Richard si quieres que Khloe y la niña sigan a salvo».*

Harrison leyó el mensaje dos veces.

Después tomó una captura de pantalla y se la envió al investigador encargado del caso, sin responder al remitente.

Su expresión se volvió completamente serena.

Aquella amenaza no demostraba quién la había enviado ni si existía un peligro inmediato, pero sí constituía una nueva pieza que debía preservarse e investigarse.

Harrison guardó el teléfono.

Y mientras las luces del hospital iluminaban el rostro de su sobrina a través del cristal, comprendió que la batalla apenas comenzaba.

No sabía todavía quién había enviado el mensaje.

No sabía qué ocultaban los documentos de Richard.

Pero sí sabía una cosa.

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Khloe ya había pagado demasiado por confiar en las personas equivocadas.

Y él no permitiría que nadie utilizara el miedo para obligarla a guardar silencio.

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