Calm

Chapter 8: La niña que llevaba una estrella en el cuello descubrió quién había mentido durante quince años

Grace no había dormido cuando Eleanor Murphy entró en la tienda con una noticia que podía cambiarlo todo.

—Encontré a Martha Bell —dijo la tendera—. Está escondida en una habitación detrás de la lavandería.

Grace se levantó de inmediato.

—¿La mujer que firmó la declaración contra mí?

Eleanor asintió.

—Y dice que quiere hablar contigo.

Grace miró a Lily, que dormía bajo dos mantas junto a la estufa.

—¿Por qué cambiaría de opinión ahora?

—Porque Whitmore dejó de pagarle.

Grace sintió una mezcla de rabia y esperanza.

Si Martha había mentido para ayudar al abogado, quizá también sabía algo sobre el asesinato de Daniel.

Pero no podía abandonar a Lily.

Eleanor le ofreció quedarse con la niña mientras ella iba a hablar con la testigo.

Grace dudó unos segundos.

Después se inclinó sobre su hija y le besó la frente.

—Regresaré pronto, mi amor.

Lily abrió los ojos.

—¿Vas a buscar a Jack?

—Voy a buscar la verdad.

La niña le apretó la mano.

—Entonces dile que no tengo miedo.

Grace sonrió con tristeza.

—Se lo diré.

Martha Bell vivía en una habitación estrecha detrás de una lavandería, entre sacos de ropa y cajas de jabón.

Cuando Grace entró, encontró a una mujer de unos cincuenta años, con el rostro cansado y las manos enrojecidas por el trabajo.

Martha se puso de pie.

—No espero que me perdone.

Grace permaneció junto a la puerta.

—Entonces no me pida eso. Dígame por qué mintió.

Martha se sentó lentamente.

—Whitmore me ofreció dinero. Dijo que necesitaba una declaración para demostrar que usted no era capaz de cuidar a Lily. Me prometió que, cuando la niña estuviera en Denver, podría visitarla y recibiría una recompensa.

—¿Y usted creyó que era verdad?

Martha bajó la cabeza.

—Mi hijo está enfermo. Necesita tratamiento y yo no tenía dinero. Me convencí de que nadie saldría perjudicado.

Grace sintió que la indignación le subía por el pecho.

—¿Nadie? ¿Pensó en lo que le pasaría a mi hija cuando la separaran de mí?

Martha comenzó a llorar.

—Lo siento.

Grace apretó los puños.

—No me basta con que lo sienta. Necesito saber qué más hizo.

La mujer se secó las lágrimas.

—La noche en que murió Daniel, yo estaba trabajando en la casa del encargado de la mina. Escuché a Whitmore discutir con su ayudante. Hablaban de un documento que Daniel había encontrado.

Grace se inclinó hacia ella.

—¿Qué documento?

—No lo sé. Pero Whitmore dijo que Daniel no podía llegar vivo a la mañana siguiente.

Grace sintió que se le aflojaban las piernas.

—¿Lo escuchó decir eso?

Martha asintió.

—También dijo que la explosión sería una buena excusa para cerrar el asunto.

Grace se cubrió la boca.

Durante cuatro meses había llorado a su esposo creyendo que la mina se lo había arrebatado.

Ahora descubría que alguien había decidido matarlo.

—¿Por qué no habló antes?

Martha se retorció las manos.

—Porque Whitmore me amenazó. Dijo que, si abría la boca, haría que mi hijo perdiera el tratamiento. Después me ofreció dinero para firmar la declaración contra usted.

Grace respiró hondo.

—¿Está dispuesta a repetir todo esto ante un juez?

Martha la miró con miedo.

—Si lo hago, Whitmore puede destruirnos.

—Si no lo hace, puede destruir a mi hija.

La mujer bajó la mirada.

Grace se acercó y dejó sobre la mesa una copia del recibo que Eleanor había encontrado.

—Este documento demuestra que alguien pagó al encargado de la mina antes de la muerte de Daniel. Usted puede ayudarnos a descubrir quién lo recibió.

Martha leyó el papel.

Después comenzó a temblar.

—Reconozco esa firma.

Grace se inclinó.

—¿De quién es?

Martha señaló el nombre.

*Richard Turner.*

Grace sintió que el corazón se le detenía.

—No. Eso es imposible.

Richard Turner era el hermano mayor de Daniel, un hombre al que Grace solo había visto una vez, durante su boda. Según Daniel, Richard había abandonado a la familia cuando ambos eran jóvenes.

Martha levantó la mirada.

—El hombre que firmó ese recibo se presentó en la mina la semana anterior a la explosión. Whitmore lo llamó señor Turner.

Grace sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Si Richard había participado en la muerte de Daniel, entonces la conspiración podía incluir a alguien de su propia familia.

—¿Dónde está ahora? —preguntó.

Martha negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero escuché que se alojaba en una casa cerca de la estación del tren.

Grace guardó el documento.

No sabía si podía confiar en Martha.

Pero tenía que intentarlo.

Antes de salir, se volvió hacia ella.

—Mañana va a declarar ante el juez.

Martha palideció.

—¿Y si me niego?

Grace la miró con una tristeza que no tenía nada que ver con el miedo.

—Entonces habrá elegido proteger al hombre que mató a mi esposo.

Y salió de la habitación.

En el juzgado, Jack seguía encerrado.

Whitmore había conseguido que el juez Harlan programara una audiencia de urgencia para la mañana siguiente. La acusación contra Jack era grave y el abogado insistía en que existían pruebas suficientes para mantenerlo detenido.

Coldwell permanecía junto a la puerta, sin mirar a Jack.

—¿Qué va a hacer? —preguntó el vaquero.

El sheriff tardó en responder.

—He cometido demasiados errores.

—Eso no responde a mi pregunta.

Coldwell levantó la mirada.

—Voy a declarar lo que vi la noche del incendio.

Jack se acercó a los barrotes.

—¿Y por qué debería creerle?

—Porque ya no tengo nada que ganar mintiendo.

—¿Y qué hay de su familia?

El sheriff bajó la cabeza.

—Mi esposa me dijo anoche que no podía seguir viviendo con un hombre que permitía que una niña fuera utilizada como moneda de cambio. Mis hijos me escucharon discutir con ella. El mayor me preguntó si algún día también vendería su silencio por dinero.

Coldwell respiró hondo.

—No quiero que mis hijos aprendan a ser como yo.

Jack guardó silencio.

No podía perdonarlo.

Todavía no.

Pero podía reconocer que el sheriff estaba intentando hacer algo que llevaba quince años evitando.

—Necesito que encuentre al doctor Bennett —dijo Jack—. Si Whitmore lo está utilizando para fabricar una acusación, tiene que decir la verdad.

Coldwell asintió.

—Lo buscaré.

—Y necesito que envíe un mensaje a Eleanor Murphy. Dígale que Grace no debe llevar a Lily a la audiencia sin protección.

—¿Cree que Whitmore intentará llevarse a la niña?

Jack miró hacia la ventana enrejada.

—No lo creo. Lo sé.

Al amanecer, Grace regresó a la tienda con la declaración de Martha y el recibo firmado por Richard Turner.

Eleanor la esperaba junto a la estufa.

—Llegó un telegrama de Denver —dijo—. El juez de distrito recibió tu mensaje. Ha enviado a un representante para revisar las pruebas.

Grace sintió un alivio que apenas se atrevió a creer.

—¿Cuándo llegará?

—Antes del mediodía, si el tren no se retrasa.

Grace dejó los documentos sobre la mesa.

—Necesitamos llegar al juzgado antes que Whitmore.

Eleanor miró hacia la ventana.

—Hay un problema.

En la calle, un carruaje se detuvo frente a la tienda.

De él bajó un hombre alto, vestido con un abrigo marrón y un sombrero de ala estrecha.

Grace lo reconoció de inmediato.

Richard Turner.

El hermano de Daniel.

El hombre se quitó el sombrero y entró sin pedir permiso.

—Grace.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué hace aquí?

Richard miró los documentos sobre la mesa.

—Veo que has estado haciendo preguntas.

—¿Usted mandó matar a mi esposo?

El hombre apretó la mandíbula.

—No sabes de qué estás hablando.

—Su firma aparece en un recibo relacionado con la mina. Martha Bell lo vio reunirse con Whitmore.

Richard palideció.

Eleanor se colocó junto a Grace.

—Será mejor que explique por qué está aquí.

Richard ignoró a la tendera.

—Grace, tienes que escucharme. Daniel se metió en algo que no comprendía. Quiso destruir a Whitmore y terminó poniendo a todos en peligro.

—¿Qué descubrió?

Richard miró hacia la puerta.

—El libro original de las tierras. Daniel encontró pruebas de que Samuel había falsificado documentos para quedarse con el rancho.

Grace sintió que se le cerraba la garganta.

—¿Y por eso lo mataron?

Richard negó lentamente con la cabeza.

—Yo no lo maté.

—Entonces, ¿por qué aparece su nombre en el recibo?

El hombre se pasó una mano por el rostro.

—Porque Whitmore me pagó para que convenciera a Daniel de abandonar Silverton. Yo debía entregarle una carta y decirle que su familia había muerto.

Grace lo miró con incredulidad.

—¿Usted sabía que Daniel era un Mercer?

Richard cerró los ojos.

—Sí.

—¿Y lo dejó vivir creyendo que no tenía familia?

—No sabía que había perdido la memoria. Pensé que recordaría su nombre cuando leyera la carta.

Grace sintió que la rabia le quemaba el pecho.

—¿Y cuando no lo hizo?

Richard bajó la mirada.

—Whitmore me dijo que ya no había nada que hacer.

—¿Cuánto dinero recibió?

El hombre no respondió.

Grace se acercó a él.

—Mi esposo trabajó hasta destrozarse las manos para mantenernos. Murió creyendo que su vida no valía más que una cabaña y unas deudas. ¿Cuánto le pagaron por ayudar a destruirlo?

Richard levantó la cabeza.

—Tres mil dólares.

Eleanor soltó una exclamación ahogada.

Grace sintió que el mundo se le volvía oscuro.

Tres mil dólares.

Eso era lo que había costado el silencio de un hombre que compartía la sangre de Daniel.

—Váyase —dijo ella.

Richard no se movió.

—Puedo ayudarte a recuperar a Lily.

—¡Váyase!

—Sé dónde está el documento original.

Grace se detuvo.

Richard sacó un papel de su abrigo.

—Whitmore no ha conseguido abrir la caja de seguridad en Denver. La llave está en poder de una mujer que trabajó para tu suegra. Se llama Margaret Ellis.

Eleanor frunció el ceño.

—Margaret murió hace años.

Richard negó con la cabeza.

—Eso es lo que Whitmore hizo creer a todos.

Grace sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Dónde está?

Richard miró hacia la ventana.

—En la estación del tren. Tiene previsto abandonar Colorado esta mañana.

Grace tomó el abrigo de Lily y se volvió hacia Eleanor.

—Cuide a mi hija.

La tendera asintió.

—Ve.

Grace salió corriendo.

Richard la siguió.

Pero cuando llegaron a la estación, el tren ya estaba empezando a moverse.

Una mujer de cabello blanco observaba desde una ventana del último vagón.

Al ver a Grace, levantó una mano y abrió la palma.

Entre sus dedos brilló una pequeña llave de plata.

Después, sus labios formaron dos palabras.

*Llegas tarde.*

El tren aceleró.

Grace corrió junto a las vías, desesperada, hasta que el último vagón desapareció entre la nieve.

Richard se detuvo a su lado.

—Ahora lo entiendes —dijo—. Whitmore siempre va un paso adelante.

Grace se volvió hacia él.

—No. Ahora entiendo que todos ustedes llevan quince años corriendo para que nadie descubra la verdad.

Richard no respondió.

A lo lejos, las campanas de la iglesia anunciaron las nueve.

La audiencia de Jack estaba a punto de comenzar.

Y Grace todavía no tenía la llave que podía salvarlo.

Cuando llegó al juzgado, encontró a una multitud reunida frente a la entrada.

Whitmore estaba en los escalones, hablando con dos hombres de traje oscuro.

Jack apareció detrás de una ventana, acompañado por un guardia.

Al ver a Grace, se acercó a los barrotes.

Ella levantó los documentos.

—¡Jack! ¡Encontré a un testigo!

Él sonrió por primera vez en horas.

Pero entonces Whitmore se volvió.

Su mirada cayó sobre Richard.

Después sobre los papeles que Grace sostenía.

La sonrisa del abogado desapareció.

—Detengan a esa mujer —ordenó.

Dos hombres avanzaron hacia Grace.

Antes de que pudieran alcanzarla, una voz firme resonó desde el carruaje que acababa de detenerse frente al juzgado.

—Nadie va a tocar a la señora Turner.

Un hombre de cabello plateado descendió del vehículo y mostró una credencial judicial.

—Soy el representante del juez de distrito de Denver. He recibido una solicitud de revisión por posible fraude, falsificación de documentos y obstrucción de la justicia.

Whitmore palideció.

El representante extendió la mano.

—Señor Whitmore, entrégueme todas las órdenes relacionadas con la custodia de Lily Turner.

El abogado apretó los documentos contra su pecho.

—Esto es un asunto local.

—Ya no.

El hombre se volvió hacia el alguacil.

—Suspenda la audiencia hasta que revisemos las pruebas.

Por primera vez, Whitmore pareció perder el control.

Pero mientras todos miraban al representante judicial, Richard se acercó a Grace y le susurró algo que la hizo quedarse helada.

—Hay una última cosa que no te he dicho sobre Daniel.

Grace lo miró.

—¿Qué?

Richard tragó saliva.

—La noche de su muerte, no fue Whitmore quien dio la orden final.

—¿Quién fue?

Richard bajó la voz.

—El propio Jack Mercer.

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Grace sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Al otro lado de la ventana, Jack observaba la escena sin comprender por qué la mujer que había arriesgado todo para salvarlo acababa de mirarlo como si fuera un extraño.

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