Calm

Chapter 4: La orden del juez escondía una verdad que podía destruir a la familia Mercer

Jack Mercer había enfrentado hombres armados, inviernos brutales y enemigos que habrían pagado una fortuna por verlo muerto, pero nunca había sentido un miedo tan feroz como el que experimentó cuando uno de aquellos hombres pronunció el nombre de Lily.

—La menor debe acompañarnos inmediatamente —insistió el hombre de la orden—. No estamos aquí para negociar.

Jack permaneció en el umbral, bloqueando la entrada con su cuerpo.

—Entonces empiece por explicarme por qué un juez ordenaría llevarse a una niña de cinco años sin permitir que su madre esté presente.

—La menor está relacionada con una investigación criminal.

—¿Qué crimen?

El hombre apretó los labios.

—No tengo autorización para discutir los detalles.

—Qué conveniente.

Detrás de Jack, Grace abrazaba a Lily. La pequeña había dejado de llorar, pero sus dedos estaban tan apretados alrededor del vestido de su madre que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Mamá, ¿me van a llevar lejos de ti?

Grace sintió que el corazón se le rompía.

—Nadie va a separarnos, mi amor.

El hombre de la orden carraspeó.

—Señora Turner, si coopera, esto será mucho más sencillo.

Grace levantó el rostro.

—¿Sencillo para quién? ¿Para usted? ¿Para el sheriff que me amenazó? ¿O para el abogado que intentó obligarme a entregar a mi hija?

El hombre endureció la mirada.

—Le aconsejo que tenga cuidado con sus acusaciones.

—Y yo le aconsejo que recuerde que mi hija no es una propiedad que pueda llevarse debajo del brazo.

Jack sintió un orgullo inesperado al escucharla.

La mujer que unas horas antes había pedido disculpas por no tener dinero ahora estaba de pie, protegiendo a su hija frente a cuatro hombres que creían tener todo el poder.

Pero el peligro era real.

Jack volvió a revisar la orden.

El sello parecía legítimo. La firma del juez también. Sin embargo, el documento no especificaba qué pruebas relacionaban a Lily con la muerte de Daniel.

Tampoco mencionaba una audiencia para determinar la custodia.

Había algo más.

En el margen inferior aparecía una anotación que parecía añadida después de la firma.

La menor deberá ser entregada personalmente al señor Samuel Whitmore.

Jack levantó la vista.

—¿Por qué un abogado particular figura como receptor de una niña bajo custodia judicial?

El hombre vaciló.

—El señor Whitmore fue designado representante legal de la parte interesada.

—¿Qué parte interesada?

—No tengo que responder todas sus preguntas.

Jack dobló el documento y se lo devolvió.

—Entonces tampoco voy a permitir que entren.

Uno de los hombres puso la mano sobre el cinturón.

—No nos obligue a utilizar la fuerza.

Jack se movió apenas, lo suficiente para dejar claro que no iba a retroceder.

—Si alguno de ustedes intenta tocar a la niña sin aclarar esta orden, tendrá que explicar sus acciones ante el juez. Y esta vez me aseguraré de que haya testigos.

El hombre que sostenía el documento miró a sus compañeros.

No esperaba resistencia.

Mucho menos de un vaquero cubierto de polvo que acababa de llegar a Silverton.

—Volveremos con el sheriff —dijo finalmente.

—Hágalo.

Los cuatro hombres se alejaron.

Jack cerró la puerta y corrió el pestillo.

Grace se apoyó contra la pared.

—No podemos seguir así. Cada vez que parece que estamos a salvo, alguien aparece para llevarse a Lily.

Jack guardó silencio.

Sabía que la mujer tenía razón.

La primera orden había sido fraudulenta. La segunda podía ser auténtica, aunque claramente estaba siendo utilizada para favorecer a Whitmore.

Y si el abogado había conseguido que el juez Harlan firmara aquel documento, significaba que tenía suficiente influencia para convertir una mentira en una amenaza legal.

—Necesitamos hablar con el juez —dijo Jack.

Grace soltó una risa amarga.

—¿Y cómo vamos a conseguirlo? ¿Caminando hasta Denver? No tenemos dinero para pagar un abogado, Jack. Apenas tenemos comida.

Él sacó la carta de Daniel.

—Su esposo dejó esto por una razón. Si sabía que usted y Lily estarían en peligro, quizá también dejó algo que pueda protegerlas.

Grace miró el papel.

—Daniel nunca me habló de sus secretos.

—Tal vez intentó protegerla.

—¿Protegía a Lily de qué?

Jack no tenía una respuesta.

Y esa incertidumbre le pesaba más que cualquier amenaza.

Se acercó a la mesa y examinó otra vez la carta. En el reverso había una pequeña marca que no había notado antes: una estrella trazada con tinta azul.

La misma estrella del medallón de Daniel.

Debajo, casi borradas, aparecían tres palabras.

Donde duerme Isabel.

Jack levantó la cabeza.

—La caja que encontré estaba enterrada junto a la tumba de mi madre.

Grace se acercó.

—¿Y qué más había dentro?

—Un libro de cuentas, varias cartas y una fotografía de Whitmore con mi padre. También encontré una referencia al traslado de un niño.

—¿Cree que Daniel era ese niño?

—Estoy empezando a creerlo.

Grace se quedó mirando la carta.

—Si Daniel era su hermano, ¿por qué nunca se lo dijo?

Jack bajó la mirada.

—Quizá nunca lo recordó. O quizá alguien le enseñó a temer lo que recordaba.

En ese momento, Lily dejó escapar un pequeño gemido.

Grace se volvió de inmediato.

La niña se había llevado una mano al pecho y respiraba con dificultad.

—Lily, mi amor, mírame.

Jack se acercó.

La pequeña estaba ardiendo de fiebre.

—Tenemos que llevarla con el doctor Bennett.

Grace tomó una manta, pero sus manos temblaban tanto que no conseguía envolver a la niña.

Jack la ayudó sin decir nada.

Después cargó a Lily en brazos y salió con ella hacia el caballo.

El doctor Bennett los recibió con expresión preocupada.

Examinó a Lily, le dio unas gotas para la fiebre y ordenó que permaneciera en una habitación caliente, lejos del viento.

—La desnutrición ha debilitado su cuerpo —explicó—. Necesita descansar. No debería viajar durante varias horas en este clima.

Grace se sentó junto a la cama.

—¿Se va a recuperar?

—Si consigue comer, mantenerse abrigada y descansar, sí. Pero necesito que me prometa que no la dejará sola.

—Nunca la he dejado sola.

El médico le sostuvo la mirada.

—Lo sé, señora Turner. No estaba acusándola.

Jack permaneció junto a la ventana.

En la calle, dos hombres vigilaban la entrada de la consulta.

No llevaban uniformes.

Uno fingía observar los carteles de una tienda. El otro estaba junto a un poste, con las manos metidas en los bolsillos.

Jack los reconoció.

Eran hombres que trabajaban para Whitmore.

El abogado no iba a esperar a que Lily se recuperara.

Quería llevársela cuanto antes.

Jack salió al pasillo y llamó al doctor.

—Necesito que me diga algo con absoluta honestidad. ¿Podría una niña de cinco años ser obligada a declarar contra su padre muerto?

Bennett frunció el ceño.

—¿De qué está hablando?

Jack le mostró la orden.

El médico la leyó lentamente.

—Esto no tiene sentido. Lily no puede aportar un testimonio fiable sobre un asunto que no comprende. Además, no hay ninguna razón médica para trasladarla ahora.

—¿Firmó usted algún informe sobre su estado?

—No.

Jack señaló la copia de la primera orden, que había conseguido conservar.

—Su nombre aparece aquí.

Bennett se puso pálido.

—Esa no es mi firma.

Jack dobló el papel.

—Eso era lo que necesitaba saber.

El médico cerró la puerta del consultorio.

—Jack, ¿qué está pasando?

Jack dudó.

Confiaba en Bennett desde hacía años, pero en Silverton las viejas amistades podían esconder traiciones.

Finalmente, le habló de la caja, del libro de cuentas y de la carta de Isabel.

Cuando terminó, el médico permaneció inmóvil.

—Si eso es cierto, Daniel pudo haber sido el heredero desaparecido del rancho Mercer.

—Y alguien está dispuesto a destruir a una viuda para impedir que lo demuestre.

Bennett miró hacia la habitación donde dormía Lily.

—Entonces no puede dejar que se la lleven.

—No pienso hacerlo.

—Hay algo más que debe saber.

El médico se acercó a su escritorio y abrió un cajón.

Sacó un pequeño registro de pacientes.

—Hace cuatro meses, cuando Daniel murió, examiné su cuerpo antes de que lo trasladaran. Había sufrido un golpe en la parte posterior de la cabeza.

Jack se quedó helado.

—¿Un golpe?

—Sí. El informe oficial decía que había muerto por una explosión en la mina. Pero cuando lo examiné, no encontré lesiones compatibles con haber estado cerca del lugar donde supuestamente ocurrió el accidente.

—¿Por qué no lo denunció?

Bennett bajó la mirada.

—Porque el sheriff me advirtió que no me metiera en el asunto. Me dijo que el informe ya estaba cerrado y que cualquier discrepancia podía costarme la licencia.

Jack apretó los puños.

—¿Está diciendo que Daniel pudo haber sido asesinado antes de la explosión?

—Estoy diciendo que alguien pudo haber colocado su cuerpo allí para hacer parecer que había muerto en un accidente.

Jack sintió que una rabia antigua despertaba dentro de él.

—¿Conserva el registro original?

Bennett asintió.

—Aquí está.

Le entregó el libro.

Jack lo guardó cuidadosamente en su abrigo.

Aquello era una prueba.

Quizá no bastaría para condenar a nadie, pero sí para obligar a las autoridades a investigar la muerte de Daniel.

Y si Whitmore había falsificado el informe médico, sus intentos de conseguir la custodia de Lily podían estar relacionados con algo mucho más grave.

Cuando Jack regresó a la habitación, Grace estaba sentada junto a la cama de su hija, acariciándole el cabello.

—¿Qué descubrió? —preguntó.

Jack se sentó frente a ella.

—El doctor cree que su esposo no murió como dijeron.

Grace dejó de mover la mano.

—¿Qué significa eso?

—Que alguien pudo haberlo asesinado.

La mujer miró a Lily.

Durante unos segundos, pareció que iba a desmayarse.

Después se levantó lentamente.

—Entonces quiero saber quién lo hizo.

Jack no intentó detenerla.

—Lo averiguaremos.

—No. Usted averiguará lo que pueda con sus documentos y sus preguntas. Pero yo voy a descubrir qué le pasó a mi esposo.

Él me dejó una hija, una cabaña y una vida llena de deudas que no entiendo. No voy a permitir que también me roben la verdad.

Jack asintió.

Por primera vez, comprendió que Grace no necesitaba que alguien la salvara.

Necesitaba que alguien dejara de impedirle defenderse.

La puerta se abrió de golpe.

Una enfermera entró con un sobre en las manos.

—Señor Mercer, acaba de llegar esto para usted.

Jack tomó el sobre.

No tenía remitente.

Dentro encontró una sola hoja.

El sheriff Coldwell estará en el cementerio esta noche. Si quiere saber quién ordenó la muerte de Daniel Turner, vaya solo. Lleve la carta de Isabel. No confíe en nadie más.

Al pie había una firma.

*Samuel Whitmore.*

Jack leyó el mensaje dos veces.

Grace se acercó.

—¿Qué dice?

Él dobló la hoja.

—Que alguien quiere verme.

—Es una trampa.

—Probablemente.

—Entonces no vaya.

Jack miró a Lily, que dormía con el rostro todavía enrojecido por la fiebre.

Luego miró a Grace.

—Si no voy, quizá nunca sepamos quién mató a Daniel.

—Y si va, quizá no regrese.

Jack guardó el sobre.

No podía prometerle que estaría a salvo.

Pero sí podía prometerle algo más importante.

—No voy a dejar que le quiten a Lily.

Grace le sostuvo la mirada.

—Entonces no se convierta en otra persona a la que tenga que perder.

Jack no encontró palabras para responder.

May you like

Afuera, las campanas de la iglesia anunciaron el mediodía.

Y en algún lugar de Silverton, un hombre que llevaba quince años escondiendo un crimen acababa de decidir que la viuda Turner sabía demasiado.

Related Stories

Other posts