Chapter 6: La última voluntad de Daniel reveló por qué Lily era la única heredera que Whitmore no podía controlar
Al amanecer, Grace descubrió que la pequeña caja donde guardaba las pertenencias de Daniel había desaparecido de la cabaña.
No contenía joyas ni dinero.
Solo una navaja vieja, dos cartas de amor, el reloj de bolsillo de su esposo y una medalla que Lily había llevado desde bebé.
Sin embargo, cuando Jack llegó a la consulta del doctor Bennett, Grace estaba más pálida que durante la noche anterior.
—Se llevaron la caja —dijo.
Jack dejó el sombrero sobre una silla.
—¿Cuándo?
—No lo sé. Fui a la cabaña antes de que amaneciera para recoger ropa. La puerta estaba abierta y todo estaba revuelto.
—¿Falta algo más?
Grace negó con la cabeza.
—Solo la caja.
Jack sintió que una pieza importante acababa de encajar.
Whitmore no había mandado hombres a la cabaña para buscar dinero. Tampoco quería solamente las cartas que pudieran revelar la identidad de Daniel.
Buscaba un objeto específico.
—¿Qué había en la medalla de Lily? —preguntó.
Grace lo miró con sorpresa.
—Nada. Es una medallita de plata que Daniel le regaló cuando nació.
—¿Tiene alguna inscripción?
—Una estrella en el frente y una letra en el reverso.
—¿Qué letra?
—Una M.
Jack se quedó inmóvil.
La estrella era el símbolo de la familia Mercer.
Y la M podía significar Mercer.
Pero aquello no explicaba por qué Whitmore había arriesgado tanto para recuperarla.
—¿Daniel le dijo de dónde la había sacado?
Grace negó con la cabeza.
—Solo me pidió que nunca se la quitara a Lily. Decía que algún día comprendería por qué era importante.
Jack se pasó una mano por el rostro.
—¿Y dónde está ahora?
Grace bajó la mirada.
—Se la quité anoche para que el médico pudiera examinarle el cuello. La guardé en el bolsillo de mi vestido.
Jack sintió un alivio inmediato.
—¿Todavía la tiene?
Grace buscó dentro del bolsillo y sacó la pequeña medalla.
La sostuvo sobre la palma de la mano.
Era de plata, con los bordes desgastados y una estrella grabada en el centro. En el reverso, la letra M estaba rodeada por una línea casi invisible.
Jack se acercó a la ventana para examinarla bajo la luz.
Entonces descubrió una pequeña ranura en el borde.
—Esto se abre.
Grace frunció el ceño.
—¿Cómo?
Jack presionó suavemente la estrella.
La parte posterior se desprendió con un clic.
Dentro había un papel diminuto, doblado tantas veces que parecía una escama.
Grace se llevó una mano a la boca.
Jack lo extrajo con cuidado y lo extendió sobre la mesa.
Era una lista de números, nombres y cantidades. En la parte inferior aparecía una frase escrita con la letra de Daniel.
La verdad está en el libro original. La llave abre el cajón de la casa grande. Si no regreso, confía en Jack.
Grace comenzó a llorar.
—Él sabía que algo iba a pasar.
Jack leyó la nota otra vez.
—Y sabía que yo podía encontrarla.
—¿Por qué nunca me dijo nada?
—Quizá porque no quería ponerla en peligro.
Grace apretó la medalla contra su pecho.
—Pero me dejó sola.
Jack no intentó defender a su hermano.
Sabía que Grace tenía derecho a sentir rabia. Daniel había guardado secretos que ahora podían costarle a su esposa la custodia de su hija.
—No sé qué sabía su esposo —dijo—. Pero si dejó esto, es porque esperaba que usted pudiera encontrar la verdad.
Grace se secó las lágrimas.
—Entonces la encontraremos.
Jack la miró.
La mujer ya no parecía la viuda que había contado siete centavos en el suelo de una tienda.
Seguía teniendo miedo.
Seguía estando cansada.
Pero había una determinación nueva en sus ojos.
—Primero tenemos que proteger a Lily —dijo él—. Después iremos a la casa grande.
—¿La casa de su familia?
—Sí.
Grace observó la medalla.
—¿Y si Whitmore está esperándonos?
Jack se puso el sombrero.
—Entonces tendrá que explicar por qué ha pasado quince años intentando ocultar una verdad que ya no le pertenece.
El doctor Bennett confirmó que Lily podía viajar si descansaba durante el trayecto y permanecía abrigada.
Jack consiguió un carruaje prestado. Eleanor Murphy les preparó pan, huevos cocidos, una botella de leche y una bolsa de manzanas.
Antes de partir, la tendera tomó a Grace de las manos.
—Quiero pedirle perdón.
Grace la miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque aquel día, cuando usted puso los siete centavos sobre mi mostrador, pude haberle regalado el pan. Pero tuve miedo de que Coldwell me cerrara la tienda si lo hacía.
Eleanor bajó la mirada.
—La vi recoger las monedas del suelo y no me moví. No he dejado de pensar en eso.
Grace sintió que una vieja herida se abría de nuevo.
Pero al mirar a la mujer, vio un arrepentimiento sincero.
—No puedo decirle que no me dolió —respondió—. Me dolió mucho. Pero Lily necesita que aprendamos a mirar hacia adelante.
Eleanor asintió con lágrimas en los ojos.
—Si necesitan ayuda, aquí estaré.
Le entregó a Grace una bolsa de tela.
Dentro había unas monedas, una bufanda y una pequeña libreta.
—No es mucho.
Grace intentó devolvérsela.
—No puedo aceptar…
Eleanor le cerró los dedos sobre la bolsa.
—No es caridad. Es una deuda que tengo conmigo misma.
Grace guardó la bolsa.
Después subió al carruaje junto a Lily.
Jack tomó las riendas.
Mientras salían de Silverton, miró hacia la oficina del sheriff.
Coldwell estaba en la ventana.
No hizo ningún gesto.
Pero Jack vio que sostenía un papel doblado entre los dedos.
Era una copia de la orden de traslado de Lily.
El sheriff sabía que se marchaban.
Y no había hecho nada para detenerlos.
Eso significaba que podía estar arrepintiéndose de su papel en la conspiración.
O que estaba esperando el momento adecuado para traicionarlos otra vez.
La casa Mercer se levantaba sobre una colina, a varias horas de Silverton.
Era una construcción enorme de piedra gris, con ventanas altas y una galería que rodeaba el primer piso. Aunque llevaba años parcialmente abandonada, todavía conservaba el aspecto de una propiedad acostumbrada a dar órdenes.
Grace miró el edificio desde el carruaje.
—¿Aquí creció usted?
Jack asintió.
—Aquí viví hasta los diecisiete años.
—¿Y aquí vivía Daniel?
—Sí.
Jack desmontó y ayudó a Grace a bajar a Lily.
La niña observó la casa con curiosidad.
—¿Es un castillo?
Jack sonrió.
—Algo parecido.
—¿Podemos vivir aquí?
La pregunta le dolió.
—Todavía no, pequeña.
Entraron por una puerta lateral.
El vestíbulo olía a madera vieja y polvo. Una escalera amplia conducía al segundo piso, donde las cortinas descoloridas se movían con las corrientes de aire.
Jack conocía cada rincón.
Recordaba a su madre tocando el piano junto a la ventana. Recordaba a Daniel corriendo por el pasillo con una espada de madera. Recordaba a su padre sentado en el despacho, revisando documentos mientras fingía no escuchar las risas de sus hijos.
Pero los recuerdos más felices siempre terminaban en la misma imagen.
Humo.
Gritos.
Y una carta que anunciaba que su hermano estaba muerto.
Grace observó un retrato colgado sobre la chimenea.
Era Isabel Mercer, con un vestido azul oscuro y una mano apoyada sobre el hombro de un niño pequeño.
—Era hermosa —susurró.
Jack se acercó.
—Era la persona más valiente que he conocido.
Grace miró al niño del retrato.
—¿Daniel?
Jack asintió.
Lily se acercó al cuadro.
—¿Quién es esa señora?
—Mi mamá —respondió Jack.
La niña levantó la mirada.
—¿Y ese niño?
Jack sintió que la garganta se le cerraba.
—Tu papá.
Grace se cubrió la boca.
Lily contempló la pintura durante varios segundos.
Después se volvió hacia Jack.
—¿Entonces tú eres mi tío?
Jack se arrodilló frente a ella.
—Sí, pequeña.
La niña lo estudió con seriedad.
—¿Y por qué nunca viniste a vernos?
Jack sintió que algo dentro de él se rompía.
No podía explicarle a una niña de cinco años que había pasado quince años creyendo que su hermano estaba muerto. No podía decirle que el mundo había sido construido sobre una mentira.
Así que le respondió con la única verdad que podía ofrecerle.
—Porque no sabía dónde encontrarte.
Lily pareció considerar la respuesta.
Luego le puso una mano sobre la mejilla.
—Pero ya me encontraste.
Jack cerró los ojos.
—Sí, pequeña. Ya te encontré.
Grace apartó la mirada para que ninguno de los dos viera sus lágrimas.
El despacho de la casa estaba cerrado con llave.
Jack probó la llave de hierro que Eleanor le había entregado.
Encajó.
La puerta se abrió con un crujido.
Dentro había un escritorio de nogal, una biblioteca y un armario con cajones pequeños. El polvo cubría las superficies, pero los documentos estaban ordenados con demasiado cuidado para una habitación abandonada.
Jack encontró el cajón marcado con una estrella.
La medalla de Lily encajaba en una ranura del mecanismo.
Al presionarla, se abrió un compartimento secreto.
Dentro había un sobre sellado, una escritura de propiedad y un documento firmado por su padre.
Jack tomó primero la escritura.
Leyó el nombre de su madre y después el de Daniel.
La propiedad principal del rancho Estrella del Norte había sido puesta a nombre del hijo menor en un fideicomiso que debía mantenerse hasta que cumpliera veinticinco años.
Si Daniel moría sin descendencia, la propiedad pasaría a Jack.
Pero si tenía hijos, ellos serían los herederos legítimos.
Jack levantó la mirada hacia Grace.
—Lily es la heredera del rancho.
Grace se quedó sin palabras.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Whitmore no puede quedarse legalmente con estas tierras si el fideicomiso sigue vigente.
Jack abrió el sobre sellado.
Dentro encontró una carta escrita por su padre.
Jack, si estás leyendo esto, significa que no pude reparar el daño que hice. Samuel Whitmore me convenció de que Daniel corría peligro y firmé documentos que nunca debí firmar. Después descubrí que me había engañado. Intenté recuperar a mi hijo, pero ya era demasiado tarde.
Jack tuvo que sentarse.
La carta continuaba.
Tu madre descubrió que Samuel había desviado dinero del rancho y que planeaba apropiarse de las tierras. Cuando ella amenazó con denunciarlo, él utilizó mis firmas para justificar el traslado de Daniel. La noche del incendio, yo estaba fuera de casa. Cuando regresé, Isabel había muerto y mi hijo había desaparecido.
Jack sintió una rabia profunda contra su padre.
Había permitido que un hombre corrupto destruyera su familia.
Y después había dejado que todos creyeran que Daniel estaba muerto.
Pero la última parte de la carta lo hizo detenerse.
No sé si Daniel sigue vivo. Si alguna vez regresa, dile que intenté encontrarlo. Y si tiene una hija, protégela. La niña tendrá derecho a las tierras y a todo el dinero que Samuel nos robó.
Jack dejó la carta sobre el escritorio.
Grace se acercó lentamente.
—¿Su padre sabía que Daniel podía estar vivo?
—Sí.
—¿Y nunca lo encontró?
Jack negó con la cabeza.
—O no pudo encontrarlo. O alguien se aseguró de que no lo hiciera.
Grace miró la escritura.
—Entonces Whitmore quiere a Lily porque es la heredera.
—Y porque la medalla contiene una referencia al libro original que puede demostrar el fraude.
Jack examinó la lista de números que habían encontrado dentro del medallón.
Algunos correspondían a cuentas bancarias. Otros parecían números de páginas del libro de registros.
En el margen aparecía una dirección.
Una oficina en Denver.
Debajo, una anotación:
Depósito de documentos: caja 47. Acceso autorizado a nombre de Isabel Mercer.
Jack se puso de pie.
—Tenemos que ir a Denver.
Grace lo miró.
—¿Ahora?
—No podemos esperar. Si Whitmore sabe que encontramos la escritura, intentará destruir cualquier otra prueba que lo relacione con el fraude.
En ese momento, se escuchó un ruido en el pasillo.
Jack se volvió.
La puerta del despacho se cerró lentamente.
Después oyeron pasos subiendo la escalera.
Jack hizo una seña a Grace para que permaneciera detrás de él.
Sacó el revólver, pero mantuvo el cañón apuntando al suelo.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
Jack avanzó hasta la puerta y la abrió de golpe.
El pasillo estaba vacío.
Pero al regresar al escritorio, descubrió que el sobre con la escritura de propiedad había desaparecido.
Grace palideció.
—¡Estaba aquí!
Jack miró hacia la ventana.
Estaba abierta.
Alguien había entrado por el balcón, había robado el documento y había escapado sin hacer ruido.
Jack corrió hacia afuera.
Solo encontró huellas en la nieve que conducían hacia los establos.
Y junto a la última huella había un botón de metal con una pequeña estrella grabada.
El mismo símbolo que aparecía en la medalla de Lily.
Jack lo recogió.
Entonces escuchó un grito desde el interior de la casa.
—¡Jack!
Era Grace.
Regresó corriendo al despacho.
Ella estaba junto al escritorio, sosteniendo una hoja que había quedado escondida debajo de la madera.
—Encontré esto.
Jack tomó el papel.
Era una copia de una carta de Samuel Whitmore.
El heredero debe desaparecer antes de que cumpla veinticinco años. La niña no puede llegar a conocer la verdad. Si la madre se interpone, se utilizará la orden judicial.
Al pie había una fecha.
La carta había sido escrita cuatro meses antes de la muerte de Daniel.
Jack sintió que el mundo se le volvía oscuro.
Whitmore no había improvisado las amenazas después de la muerte de su hermano.
Había planeado todo con anticipación.
La explosión en la mina.
La deuda de Grace.
La orden para quitarle a Lily.
Todo formaba parte del mismo plan.
Grace levantó la mirada.
—¿Qué significa que el heredero debe desaparecer?
Jack dobló la carta con cuidado.
—Significa que Daniel sabía que estaba en peligro.
—¿Y Lily?
Jack miró hacia la puerta, donde la niña esperaba con la manta entre las manos.
—Significa que ahora quieren terminar lo que empezaron con su padre.
Grace abrazó a su hija.
Jack guardó la carta dentro de su abrigo y miró hacia la ventana abierta.
Alguien había estado en la casa.
Alguien sabía que habían encontrado el fideicomiso.
Y alguien acababa de robar la única prueba que podía garantizar el futuro de Lily.
Pero antes de que pudieran abandonar la habitación, se escuchó el ruido de varios caballos acercándose por el camino.
Jack apagó la lámpara.
A través de la ventana vio a cinco hombres rodeando la casa.
Al frente cabalgaba Samuel Whitmore.
El abogado levantó la mano y gritó:
—¡Jack Mercer! ¡Entregue a la niña y salga con las manos vacías!
Jack miró a Grace.
Ella abrazó a Lily con tanta fuerza que la pequeña escondió el rostro contra su pecho.
Entonces Grace hizo algo que Jack nunca olvidaría.
Se adelantó hacia la puerta, levantó la barbilla y respondió con una voz que atravesó la casa entera.
—¡Si quiere llevarse a mi hija, tendrá que demostrar ante un juez que tiene más derecho sobre ella que yo!
Whitmore soltó una carcajada desde el patio.
—Con mucho gusto, señora Turner.
Sacó un documento del bolsillo y lo levantó para que todos pudieran verlo.
—Porque esta vez no vengo con una orden de traslado.
Jack sintió que el estómago se le encogía.
Whitmore sonrió.
—Vengo con una orden de arresto contra usted por el asesinato de su esposo.
Grace se quedó inmóvil.
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Y cuando el abogado pronunció el nombre del supuesto testigo que la había acusado, Jack comprendió que la conspiración era mucho más profunda de lo que había imaginado.
El testigo era el doctor Bennett.
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