Chapter 2: La carta que llevaba quince años escondida
Jack Mercer había regresado a Silverton para encontrar a un asesino, pero al amanecer del día siguiente descubrió que el hombre que buscaba quizá llevaba años viviendo bajo otro nombre.
La carta de Eleanor permanecía sobre la mesa.
Grace no dejaba de mirarla.
—¿Qué significa eso de que el niño Mercer regresó? —preguntó—. Usted dijo que tenía familia aquí.
Jack no contestó de inmediato.
Se acercó a la ventana y apartó apenas el cartón que la cubría. A lo lejos, el pueblo empezaba a despertar. El humo de las chimeneas se elevaba sobre los tejados y un carro cargado de leña avanzaba por la calle principal.
Todo parecía normal.
Pero Jack sabía que Silverton guardaba secretos bajo sus calles nevadas.
—Mi padre era dueño de un rancho llamado Estrella del Norte —dijo finalmente—. Tenía miles de acres, ganado y una casa grande al otro lado del río. Mi madre murió cuando yo era joven. Después, mi hermano desapareció.
Grace se sentó lentamente.
—¿Y usted?
—Me fui.
—¿Por qué?
Jack apretó la mandíbula.
—Porque me dijeron que mi hermano había muerto.
Eleanor se quitó los guantes.
—No le dijeron eso. Le hicieron creer eso.
Jack la miró.
—¿Qué sabe?
La mujer abrió el sobre. Dentro había una hoja doblada, amarillenta por el tiempo, y una fotografía casi deshecha en las esquinas.
—Hace quince años trabajaba como cocinera para una familia que vivía cerca del rancho Mercer. No era una familia cualquiera. El señor Mercer tenía enemigos, pero también amigos que le debían favores. Cuando su esposa murió, la casa se llenó de hombres que decían venir a ayudar.
—¿Qué pasó esa noche? —preguntó Jack.
Eleanor bajó la mirada.
—Hubo un incendio. Dijeron que la señora Mercer había quedado atrapada en su habitación. Dijeron que usted estaba fuera de la propiedad. Dijeron que el niño había desaparecido entre las llamas.
—Yo estaba en Denver —respondió Jack—. Mi padre me envió a estudiar contabilidad. Recibí una carta diciendo que mi madre había muerto y que mi hermano no había sobrevivido.
—¿Quién firmó la carta?
—El abogado de mi padre, Samuel Whitmore.
Eleanor dejó escapar un suspiro.
—Ese hombre fue quien ordenó que todos guardáramos silencio.
Jack tomó la fotografía.
Mostraba a una mujer de cabello oscuro sosteniendo a un niño pequeño. El niño llevaba un medallón de plata alrededor del cuello.
El mismo medallón de la fotografía de Daniel Turner.
—¿Dónde consiguió esto?
—La madre de Daniel me la entregó hace muchos años. Me pidió que la guardara y que no se la mostrara a nadie hasta que llegara el momento.
Grace se levantó de golpe.
—¿La madre de Daniel?
—Sí.
—Mi esposo me dijo que sus padres habían muerto cuando él era pequeño.
Eleanor cerró los ojos.
—Quizá eso fue lo que le hicieron creer.
Grace sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Daniel jamás había hablado de un rancho, de una fortuna ni de una familia importante. Era un hombre tranquilo que arreglaba sillas, reparaba cercas y tarareaba canciones mientras preparaba café.
Cuando se casaron, le dijo que no tenía nada que ofrecerle excepto trabajo honrado.
Y ella le creyó.
Lo amó por eso.
—¿Está diciendo que mi esposo pudo ser el hermano de Jack? —preguntó.
Eleanor no respondió.
Jack volvió a observar la fotografía. El niño tenía los ojos claros y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
La misma cicatriz que Jack tenía.
No.
No era posible.
Él había recibido aquella cicatriz a los doce años, cuando cayó de un caballo. Recordaba perfectamente la sangre corriéndole por la cara y a su hermano llorando mientras su madre le limpiaba la herida.
Pero el niño de la fotografía también tenía una marca sobre la ceja.
Una marca que no parecía una cicatriz.
Parecía una mancha de nacimiento.
Jack sintió un escalofrío.
—¿Quién tomó esta fotografía?
—No lo sé.
—¿Y la madre de Daniel? ¿Cómo se llamaba?
Eleanor vaciló.
—Isabel Mercer.
Jack tuvo que sujetarse del respaldo de una silla.
Su madre se llamaba Isabel.
La mujer de la fotografía tenía el mismo lunar junto al ojo derecho que su madre.
Pero aquello no demostraba nada.
Podía ser una fotografía antigua de otra familia. Podía ser una coincidencia. Podía ser una mentira cuidadosamente construida para hacerlo perder el tiempo.
Entonces Grace habló.
—Daniel tenía una canción.
Jack levantó la cabeza.
—¿Qué canción?
—La cantaba cuando Lily era bebé. Decía que su madre se la enseñó para que nunca olvidara quién era, aunque algún día perdiera todo lo demás.
Grace comenzó a tararear suavemente.
Era una melodía sencilla, apenas cuatro notas repetidas antes de cambiar de ritmo.
Jack dejó de respirar.
Su madre la cantaba todas las noches cuando él y su hermano eran pequeños.
La había escuchado por última vez quince años atrás.
—¿Cómo conocía Daniel esa canción? —preguntó, con la voz ronca.
Grace se cubrió la boca.
—No lo sé.
Jack salió al porche.
El aire helado le golpeó la cara, pero no consiguió despejarle la cabeza.
Si Daniel era su hermano, ¿por qué había vivido como un desconocido? ¿Por qué había ocultado su identidad? ¿Y quién había conseguido convencerlo de que su propia familia estaba muerta?
La puerta se abrió detrás de él.
Grace salió con una manta sobre los hombros.
—Jack, necesito que me diga la verdad.
Él no se volvió.
—No sé toda la verdad.
—Pero sabe algo.
Jack guardó silencio.
—Mi esposo murió hace cuatro meses —continuó ella—. Lo encontré al pie de la mina después de una explosión. Me dijeron que había sido un accidente, pero nunca me dejaron ver el informe completo. Después aparecieron las deudas, los impuestos atrasados y las amenazas del sheriff.
Jack giró lentamente.
—¿Quién le presentó las deudas?
—Samuel Whitmore. Dijo que Daniel había pedido dinero prestado antes de morir.
Jack sintió que la rabia le subía por el pecho.
—Whitmore sigue vivo.
—Es dueño de la mitad de los negocios de Silverton. Tiene amigos en Denver y en la oficina del sheriff. Nadie se atreve a enfrentarlo.
—¿Y usted firmó algo?
Grace negó con la cabeza.
—No sé leer todos los documentos legales. Me dijeron que, si no firmaba, perdería la cabaña y Lily acabaría en un orfanato. Pero yo no firmé nada.
Jack volvió a mirar la carta.
—Entonces alguien está intentando quedarse con su casa sin tener derecho a hacerlo.
—No es una casa. Es una cabaña.
—Es el lugar donde vive una niña. Eso basta.
Grace lo observó con cautela.
—¿Por qué le importa tanto?
Jack tardó en responder.
—Porque hace quince años alguien destruyó mi familia y me convenció de que no había nada que salvar. No pienso permitir que vuelva a suceder delante de mí.
En ese momento, Lily apareció en la puerta.
Llevaba el abrigo azul y sostenía un pedazo de pan entre las manos.
—Mamá, tengo frío.
Grace corrió hacia ella.
Jack se quitó el sombrero.
Por primera vez en muchos años, deseó que el pasado fuera una mentira.
Porque si Daniel había sido su hermano, entonces la muerte de aquel hombre no era solamente una tragedia familiar.
Era el final de una búsqueda.
Y quizá el principio de una guerra.
A media mañana, Jack llevó a Grace y a Lily a Silverton.
No quería dejarlas solas en la cabaña mientras averiguaba quién había enviado el telegrama. Además, Lily necesitaba ver a un médico. Su respiración era débil y tenía una tos que no desaparecía.
La consulta del doctor Bennett quedaba detrás de la iglesia.
El médico examinó a la niña, le escuchó el pecho y le tomó la temperatura.
—Está desnutrida y tiene una infección respiratoria leve —dijo—. Necesita comida caliente, descanso y mantenerse abrigada. Si hubiera pasado otra semana en esas condiciones, la situación podría haber sido mucho más grave.
Grace apretó los labios.
—Lo sé.
El doctor suavizó la voz.
—No la estoy culpando, señora Turner.
Ella bajó la cabeza.
Jack permaneció junto a la puerta, con los brazos cruzados.
Cuando el médico terminó de recetar las medicinas, Jack pagó la consulta y pidió que enviaran una botella de leche a la cabaña cada mañana durante una semana.
Grace intentó protestar.
Él solo la miró.
—No me haga discutir con usted delante del médico.
Por primera vez, ella soltó una risa pequeña.
Duró apenas un segundo.
Pero Jack la escuchó como si hubiera oído algo que llevaba años esperando.
Cuando salieron, encontraron a dos hombres esperando junto al caballo.
Uno llevaba un abrigo negro y guantes de cuero. El otro era joven, con el rostro pálido y una carpeta bajo el brazo.
—Señora Turner —dijo el hombre del abrigo—. Soy Samuel Whitmore.
Grace se quedó inmóvil.
Jack reconoció el nombre antes de que el hombre terminara de presentarse.
El abogado era más viejo de lo que recordaba. Tenía el cabello completamente blanco y una sonrisa educada que no alcanzaba sus ojos.
—He venido a ofrecerle una solución a sus dificultades —continuó Whitmore—. El sheriff me informó de que está teniendo problemas para mantener a la niña.
Jack se colocó entre él y Grace.
—¿Qué quiere?
Whitmore lo examinó de arriba abajo.
—Supongo que usted es el vaquero que ha estado haciendo preguntas.
—Supone bien.
—Me temo que no está familiarizado con los asuntos legales de Silverton.
—Me temo que usted no está familiarizado con la palabra no.
La sonrisa del abogado desapareció.
Sacó unos documentos de la carpeta.
—La señora Turner debe impuestos atrasados y mantiene una deuda considerable sobre la propiedad donde vive. Si firma aquí, podremos liquidar la deuda a cambio de que abandone la cabaña y entregue la custodia temporal de la niña a las autoridades.
Grace sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Entregar a Lily?
—Temporalmente. Hasta que usted consiga una vivienda adecuada.
—Pero usted dijo que podía pagar la deuda —murmuró ella.
—Puedo hacerlo, siempre que firme.
Jack tomó los documentos.
Leyó las primeras líneas y sintió una furia fría.
—Esto no es un acuerdo de pago.
Whitmore alzó las cejas.
—¿Perdón?
—Es una cesión de propiedad. Y aquí está autorizando la transferencia de la custodia a una institución elegida por usted.
Grace se llevó una mano a la boca.
—Me dijo que solo tenía que firmar para detener el embargo.
—Le expliqué las consecuencias —respondió Whitmore.
—¡No! ¡Usted nunca me dijo que iba a quitarme a mi hija!
El abogado la miró con desprecio.
—Una mujer en sus circunstancias debería agradecer que alguien se ocupe del problema.
Jack dobló los documentos con cuidado.
—Lárguese.
Whitmore soltó una risa.
—No tiene autoridad para echarme.
—No necesito autoridad para decirle que no vuelva a acercarse a esta mujer sin un testigo y una copia de cada documento.
El abogado recuperó los papeles.
—No sabe con quién se está metiendo, Mercer.
—Empiece por decírmelo.
Whitmore palideció apenas.
Fue un cambio mínimo, pero Jack lo vio.
El abogado se acomodó los guantes.
—Nos veremos pronto.
Se alejó con su acompañante.
Grace permaneció inmóvil, mirando cómo desaparecían entre la gente.
—¿Cómo sabía que tenía una deuda? —preguntó—. ¿Cómo sabía lo que había pasado con Daniel?
Jack observó el camino por donde se habían marchado.
—Porque alguien le contó la historia antes de que usted pudiera defenderse.
—¿Y qué quiere de nosotros?
Jack no respondió enseguida.
Miró hacia la iglesia, después hacia la oficina del sheriff.
Finalmente, tomó la mano de Grace y la sostuvo con firmeza.
—Creo que su esposo descubrió algo que no debía descubrir.
Grace sintió un escalofrío.
—¿Algo sobre su familia?
—Tal vez.
Jack volvió a mirar la calle.
Al otro lado, detrás de la ventana de la oficina del sheriff, Coldwell los observaba.
Y cuando Jack lo miró directamente, el sheriff levantó dos dedos hacia el sombrero, como si estuviera saludando a un viejo conocido.
Entonces Jack comprendió algo todavía peor.
Coldwell no estaba sorprendido de verlo en Silverton.
Lo estaba esperando.
Esa tarde, mientras Grace preparaba un caldo para Lily en la cabaña, Jack regresó a la tienda de Eleanor.
La encontró cerrando las ventanas.
—Necesito que me diga dónde está el libro de registros de la familia Mercer —dijo.
Eleanor dejó caer el pestillo.
—No existe.
—Mi padre llevaba un libro de cuentas donde anotaba cada propiedad, cada préstamo y cada transferencia de dinero.
—Lo quemaron después del incendio.
—¿Quién lo quemó?
La tendera miró hacia la calle.
—Samuel Whitmore.
Jack sintió que todas las piezas empezaban a encajar.
—¿Y dónde está la copia?
Eleanor se quedó blanca.
Jack dio un paso hacia ella.
—Usted sabe dónde está.
La mujer tardó varios segundos en responder.
Luego caminó hasta el fondo de la tienda, apartó dos cajas de harina y sacó una pequeña llave de hierro de debajo de una tabla suelta.
—Daniel me pidió que la guardara —susurró—. Dijo que, si algún día un hombre con una cicatriz sobre la ceja venía a buscarla, debía entregársela.
Jack sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Qué abre?
Eleanor le puso la llave en la palma.
—Una caja que su padre escondió antes de morir.
—¿Dónde está?
La mujer lo miró con los ojos llenos de miedo.
—En el cementerio de Silverton. Debajo de la tumba de su madre.
Jack cerró los dedos alrededor de la llave.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, la campanilla de la tienda sonó.
Un muchacho entró corriendo, cubierto de nieve.
—¡Señora Murphy! ¡Señor Mercer!
Jack se volvió.
—¿Qué pasó?
El muchacho apenas podía respirar.
—La cabaña de la señora Turner…
Jack sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué tiene?
El niño tragó saliva.
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—Hay hombres alrededor. Dicen que tienen una orden para llevarse a la niña.
Y uno de ellos está entrando por la puerta.
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