Chapter 8: La mujer que todos creían muerta
Silas abrió la puerta trasera justo cuando Abigail Mercer apareció entre las sombras.
Había envejecido. Su cabello, antes castaño y abundante, estaba recogido bajo un pañuelo oscuro, y las arrugas alrededor de sus ojos revelaban años de preocupación. Llevaba un abrigo gastado y sostenía una pequeña maleta.
Pero no había ninguna duda.
Era ella.
—Abigail —susurró Silas.
La mujer lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No tenemos tiempo.
Silas quiso hacerle decenas de preguntas. Quiso saber dónde había estado, por qué había desaparecido y qué había ocurrido con la hija que llevaba en el vientre cuando Elias murió.
Pero Abigail miró hacia la calle.
—Caldwell está ahí fuera. Si me ve, todo habrá terminado.
Silas la hizo entrar y cerró la puerta.
Thomas permaneció junto al escritorio, inmóvil.
Cuando Abigail lo vio, su expresión cambió.
—Tú.
Thomas bajó la cabeza.
—Abigail.
—No tienes derecho a pronunciar mi nombre.
Silas se interpuso entre ambos.
—Necesito que me expliquen qué está pasando.
Abigail dejó la maleta sobre una silla.
—Primero debemos salir de aquí. Caldwell no vino solo.
Como si quisiera confirmar sus palabras, un silbido resonó desde la calle. Después se escucharon pasos alrededor de la casa.
Silas miró por una rendija de la cortina.
Había dos hombres junto al porche y un tercero cerca del establo.
No eran agentes de la ley.
Llevaban abrigos de trabajo y armas ocultas bajo la ropa.
—¿Quiénes son? —preguntó.
—Hombres que cobran por obedecer —respondió Abigail—. Y esta noche les han pagado para que nadie salga de aquí con vida si encuentran el libro.
Thomas se puso blanco.
—¿Cómo sabes lo del libro?
Abigail lo miró con desprecio.
—Porque fui yo quien lo escondió.
Silas volvió la cabeza.
—¿Tú escondiste el libro de Nathaniel?
Abigail asintió.
—Lo saqué del despacho después de su muerte. Sabía que Caldwell lo buscaría. También sabía que, si lo encontraba, todas las personas que aparecían en aquellas páginas correrían peligro.
—¿Por qué no lo entregaste a las autoridades?
Abigail soltó una risa amarga.
—¿A cuáles? ¿A los hombres que Nathaniel había pagado? ¿Al juez que se encargó de cerrar la investigación sobre la muerte de Elias?
Silas no encontró respuesta.
Abigail se sentó lentamente.
—Intenté entregarlo a un abogado de Helena. Me prometió que haría lo correcto. Tres días después, su oficina fue incendiada y él desapareció.
Thomas se cubrió el rostro.
—Dios mío.
—No invoques a Dios ahora —le espetó ella—. Tuviste diecisiete años para arrepentirte.
Silas se acercó a Abigail.
—¿Dónde está el libro?
La mujer lo miró.
—Ya no lo tengo.
Silas sintió que la desesperación le subía por el pecho.
—¿Quién lo tomó?
—Caldwell.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me encontró hace dos semanas. Me dijo que estaba dispuesto a pagarme una última vez para que desapareciera. Le respondí que no necesitaba su dinero.
Abigail apretó los labios.
—Entonces amenazó con hacerle daño a mi hija.
Silas se quedó inmóvil.
—¿Tu hija?
La mujer asintió.
—La niña que tuve con Elias.
—¿Dónde está?
Abigail miró hacia la ventana.
—Está más cerca de lo que imaginas.
Thomas levantó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Abigail se volvió hacia él.
—La hija de Elias está viva. Creció creyendo que su padre la había abandonado y que su madre había muerto poco después de su nacimiento.
Silas sintió un escalofrío.
La carta de Margaret había hablado de una niña llamada Cora.
Pero Abigail estaba diciendo que ella también había tenido una hija con Elias.
—No entiendo —dijo Silas—. Si Cora es hija de Elias, ¿cómo puedes tener otra hija?
Abigail respiró profundamente.
—Porque Cora no fue la única niña que nació de aquella historia.
Thomas retrocedió.
Silas la miró con incredulidad.
—¿Tuviste gemelas?
Abigail asintió lentamente.
—Dos niñas. Nacieron con pocos minutos de diferencia. Una tenía una pequeña marca junto a la sien. La otra también.
Silas recordó la carta de Margaret.
«La niña nació sana. Tiene tus ojos y la pequeña marca que llevas junto a la sien. La he llamado Cora».
De pronto comprendió por qué había encontrado dos versiones contradictorias de la historia.
No se trataba de un error.
Se trataba de dos niñas.
—¿Dónde está la otra? —preguntó.
Abigail cerró los ojos.
—Margaret se la llevó.
Silas se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque yo estaba enferma después del parto y Nathaniel había descubierto dónde me escondía. Margaret creyó que podía salvar al menos a una de las niñas si las separaba.
Abigail comenzó a llorar.
—Me dijo que regresaría por la otra cuando todo se calmara. Pero Nathaniel envió hombres a buscarme. Tuve que huir. Cuando pude volver, Margaret ya se había marchado.
Thomas bajó la cabeza.
—Yo no sabía que eran dos.
Abigail lo miró con frialdad.
—Nunca supiste nada que no te conviniera saber.
Silas caminó hasta la mesa y apoyó ambas manos sobre ella.
La revelación era abrumadora.
Cora era hija de Elias, sí.
Pero no era la única hija que había tenido.
Y la otra niña había crecido separada de su hermana, probablemente sin conocer la identidad de su padre.
—¿Quién es ella? —preguntó Silas.
Abigail se secó las lágrimas.
—No puedo decírtelo todavía.
Silas golpeó la mesa con el puño.
—¡Acabas de aparecer después de diecisiete años y me dices que tengo otra sobrina, pero te niegas a decirme quién es!
—Porque no sé si puedo confiar en ti.
Silas se quedó helado.
Abigail lo miró directamente.
—Elias confiaba en su familia. Creía que su padre terminaría aceptándonos. Creía que tú estarías de su lado si alguna vez necesitaba ayuda.
La mujer bajó la voz.
—Y cuando más te necesitó, no estabas allí.
Silas sintió que aquellas palabras lo golpeaban en un lugar que ninguna herida física podía alcanzar.
—Yo no sabía lo que estaba ocurriendo.
—Lo sé.
Abigail suspiró.
—Pero yo tampoco sabía cuánto tiempo tendría que pasar escondida. No podía arriesgarme a confiar en alguien que pudiera entregarme a Caldwell sin querer.
Silas bajó la mirada.
No podía defenderse.
Había abandonado Virginia City porque estaba cansado de las discusiones familiares, del orgullo de su padre y de la sensación de que todo lo que amaba terminaba convertido en una batalla.
Ahora comprendía que, mientras él construía una vida solitaria en las montañas, dos niñas habían crecido sin conocer a su padre.
Una de ellas era Cora.
La otra seguía desaparecida.
—Tenemos que encontrar a mi sobrina —dijo.
Abigail asintió.
—Y debemos recuperar el libro.
Un golpe violento sacudió la puerta principal.
La voz del juez resonó desde el exterior.
—¡Señor Hayes! ¡Sé que Abigail está con usted!
Silas levantó el rifle.
Abigail se puso de pie.
—Hay una salida por el sótano. Si llegamos al establo, podemos escapar por el camino del río.
Thomas se acercó.
—¿Y después?
—Después buscaremos a Cora y a su hijo.
Silas negó con la cabeza.
—Cora está en la posada. No podemos dejarla allí si Caldwell sabe dónde estamos.
Abigail palideció.
—¿La dejaste en la posada?
—Con un médico.
La mujer se llevó una mano al pecho.
—Entonces tenemos que ir ahora mismo.
La puerta volvió a estremecerse.
Esta vez, alguien golpeó con una herramienta de hierro.
Silas condujo a los otros hacia el sótano. Encontraron una trampilla oculta bajo una alfombra y descendieron por una escalera estrecha hasta un pasadizo que conducía al patio trasero.
Pero antes de que pudieran llegar al final, escucharon un disparo.
El ruido resonó en la casa.
Thomas tropezó y cayó de rodillas.
—¡Sigan! —gritó Silas.
Abigail se volvió para ayudarlo, pero él le apartó la mano.
—¡Vete!
Silas lo levantó del brazo y lo obligó a avanzar.
Al llegar al establo, encontraron el caballo de Silas ensillado y una carreta pequeña preparada para el viaje.
Alguien había dejado allí provisiones, mantas y una nota.
Silas la abrió.
«Si quiere recuperar el libro, lleve a Cora Whitfield al juzgado mañana a las diez. Venga sin armas y sin testigos».
No había firma.
Pero la letra era la misma que aparecía en la nota encontrada dentro de la caja.
Caldwell sabía exactamente dónde estaban.
Abigail miró el papel.
—No pueden ir.
Silas dobló la nota.
—No pienso obedecer sus condiciones.
—Si no vas, hará daño a Cora.
—Si voy, podría matarnos a todos.
Abigail se acercó a él.
—Entonces tendremos que encontrar una manera de obligarlo a hablar antes de que pueda hacerlo.
Silas la miró.
—¿Tienes pruebas contra él?
Abigail asintió.
—No solo el libro. También una carta que Elias me escribió la noche antes de morir.
Silas sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué decía?
Abigail sacó un sobre pequeño de la maleta.
—Que había descubierto quién había falsificado los documentos y que pensaba denunciarlo al día siguiente.
Silas tomó la carta.
La firma de su hermano estaba al final.
Pero antes de que pudiera leerla, Abigail le sujetó la muñeca.
—Hay algo más.
Silas levantó la mirada.
La mujer parecía aterrorizada.
—La carta menciona a una persona que estuvo con Elias cuando murió. Una persona que todos creíamos inocente.
—¿Quién?
Abigail abrió la boca.
En ese momento, una voz llegó desde el patio.
—¡Abigail!
Los tres se volvieron.
Una mujer estaba de pie junto a la entrada del establo, envuelta en un abrigo oscuro. Tenía el cabello recogido y sostenía una pequeña pistola.
Su rostro era pálido.
Sus ojos, idénticos a los de Cora.
Y junto a la sien izquierda llevaba una marca rojiza en forma de media luna.
Abigail soltó un sollozo.
—Mi niña…
La mujer no se movió.
Miró a Silas, luego a Thomas y finalmente a Abigail.
—No me llames así —dijo con voz temblorosa—. Me dijiste que mi madre había muerto.
Abigail comenzó a llorar.
—Puedo explicártelo.
La mujer levantó la pistola.
—Entonces empieza por decirme por qué mi nombre aparece en el libro de cuentas de Nathaniel Hayes.
Silas sintió que el mundo volvía a detenerse.
La segunda hija de Elias estaba frente a ellos.
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Y no había llegado para reunirse con su familia.
Había llegado para acusarlos.