Chapter 3: El hombre que regresó con una mentira
Thomas Whitfield acababa de reconocer en su propio hijo una señal que llevaba diecisiete años intentando mantener enterrada.
Y Silas Hayes comprendió, al ver el terror en el rostro de aquel hombre, que la coincidencia que lo había perseguido durante toda la noche quizá no era una coincidencia.
—Repita lo que acaba de decir —ordenó Silas.
Thomas abrazó al recién nacido con más fuerza.
—No es asunto suyo.
—Acaba de mencionar a mi familia.
—Y usted acaba de apuntarme con un rifle mientras mi esposa está acostada en el suelo. Baje esa maldita arma.
—En cuanto me explique por qué reconoció la marca de mi hermano.
Thomas levantó la mirada.
El reconocimiento fue inmediato.
—¿Usted es Silas Hayes?
Silas sintió que algo se le endurecía en el pecho.
—¿Me conoce?
Thomas no respondió.
Cora, que apenas tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, observó a su esposo con creciente desesperación.
—Thomas, ¿qué está pasando?
Él se volvió hacia ella.
—Nada, cariño. Estás cansada. Has pasado por demasiado.
—No me digas que no pasa nada cuando acabas de mirar a nuestro hijo como si fuera un fantasma.
Thomas abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella.
Silas bajó el rifle unos centímetros, sin dejar de vigilarlo.
—Señor Whitfield, quiero una respuesta. ¿Por qué conoce la marca de los Hayes?
Thomas miró hacia la puerta.
Durante un instante pareció calcular la distancia hasta la salida, el estado de sus piernas y la posibilidad de escapar en medio de la tormenta.
Silas lo notó.
—No se le ocurra.
—No tengo intención de hacer nada.
—Entonces hable.
Thomas acomodó al bebé sobre la manta que Cora había extendido a su lado.
—Hace muchos años trabajé para un hombre que conocía a su hermano.
—¿Qué hombre?
—Elias Hayes.
Silas dio un paso al frente.
—¿Dónde lo conoció?
—En Virginia City.
—Mi hermano vivió en Virginia City antes de morir.
—Lo sé.
—¿Cuánto tiempo trabajó para él?
Thomas apretó la mandíbula.
—Casi un año.
Cora giró la cabeza hacia su esposo.
—Nunca me dijiste que conocías a Elias Hayes.
Thomas la miró.
—No había ninguna razón para hacerlo.
—¿Ninguna razón?
—Cora, por favor.
—¡Mi hijo acaba de nacer y tú entras aquí hablando de marcas familiares y hombres muertos! ¡No me pidas que me calle!
El grito le provocó un acceso de tos. Silas se acercó de inmediato y le acomodó una manta sobre los hombros.
Thomas lo observó con resentimiento.
—No necesita tocarla.
Silas se volvió lentamente.
—Ella estuvo a punto de morir sola mientras usted estaba fuera tres días. Si quiere discutir quién puede acercarse a su esposa, primero tendrá que explicarme por qué no llegó antes.
Thomas palideció.
—Le acabo de decir que mi caballo cayó por un barranco.
—Y yo le dije que quería una explicación. No una historia que puede contar cualquier hombre que regresa tarde a casa.
—¡No sabe lo que tuve que pasar!
—Entonces cuéntelo.
Thomas bajó la cabeza.
Cora conocía aquella postura. La había visto muchas veces durante su matrimonio, generalmente después de que él perdiera dinero jugando a las cartas o regresara de una jornada de trabajo con alguna deuda que había jurado no volver a contraer.
Primero guardaba silencio.
Después se enfadaba.
Finalmente le pedía que confiara en él.
Pero aquella noche había algo diferente.
No parecía avergonzado.
Parecía aterrorizado.
—Thomas —dijo ella—, mírame.
Él levantó la vista.
—¿Qué tiene que ver Elias Hayes con nuestro hijo?
Thomas tragó saliva.
—Nada.
Silas soltó una risa sin humor.
—Acaba de decir que su marca pertenece a mi familia.
—¡Porque la conozco! ¡Eso no significa nada!
—¿Y cómo la conoce?
Thomas apretó los puños.
—Elias tenía esa misma marca.
—Lo sé.
—Entonces ya tiene su respuesta.
—No. Tengo otra pregunta. ¿Qué hacía mi hermano con usted?
Thomas se pasó una mano por la cara.
—Era mi patrón.
—¿Y por qué nunca me habló de usted?
—Porque yo era un empleado más.
Silas lo estudió en silencio.
Elias había tenido docenas de empleados, socios y conocidos. No era imposible que hubiera contratado a Thomas. Sin embargo, había algo en la manera en que aquel hombre pronunciaba su nombre que no parecía propio de una relación laboral ordinaria.
Había miedo.
Y también vergüenza.
—¿Cómo murió Elias? —preguntó Thomas de pronto.
Silas endureció la expresión.
—Usted sabe cómo murió.
—Quiero escucharlo de usted.
—Cayó por un risco durante una tormenta. Lo encontraron dos días después.
Thomas cerró los ojos.
—Eso fue lo que dijeron.
El silencio se volvió absoluto.
Cora miró a uno y otro.
—¿Qué significa eso?
Silas apuntó el rifle hacia el suelo, pero sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la madera.
—Significa que, al parecer, su esposo sabe algo sobre la muerte de mi hermano.
Thomas retrocedió.
—No dije eso.
—Acaba de decir que la versión oficial no era toda la verdad.
—¡Yo no lo maté!
La acusación salió de su boca tan rápidamente que nadie tuvo que formularla.
Cora dejó de respirar por un instante.
Silas levantó el rifle otra vez.
—¿Quién dijo que lo había matado?
Thomas abrió los ojos.
El arrepentimiento apareció en su rostro, pero demasiado tarde.
—Yo…
—¿Quién lo acusó?
—Nadie.
—Entonces, ¿por qué acaba de defenderse de un asesinato que nadie le atribuyó?
Thomas se quedó inmóvil.
La respiración del bebé era el único sonido dentro de la cabaña.
Cora empezó a llorar en silencio.
Había pasado más de un año construyendo una vida con aquel hombre. Había soportado los inviernos, las dificultades económicas, las noches en las que él no regresaba a casa y las promesas que siempre parecían necesitar una oportunidad más.
Nunca había imaginado que podía estar casada con alguien que guardaba un secreto relacionado con una muerte.
—Thomas —susurró—, dime que esto es una locura.
Él se arrodilló junto a ella.
—Cariño, tienes que escucharme.
—Te estoy escuchando.
—No sabes cómo era Elias. No sabes las cosas que hacía.
—Entonces explícamelas.
Thomas miró a Silas.
—No delante de él.
—No —respondió Cora—. No vas a volver a decidir qué puedo escuchar y qué no.
La firmeza de su voz sorprendió incluso a Silas.
Cora estaba agotada, pálida y apenas podía mantenerse sentada. Sin embargo, algo había cambiado en su expresión.
El miedo seguía ahí.
Pero debajo del miedo había una mujer que llevaba demasiado tiempo aceptando respuestas incompletas.
Thomas intentó tomarle la mano.
Ella la retiró.
—¿Conociste a mi hijo antes de que naciera? —preguntó.
—¿Qué?
—¿Sabías que tenía esa marca?
Thomas miró al bebé.
—No.
—¿Sabías que podía parecerse a Elias?
—¡No!
—Entonces, ¿por qué te asustaste cuando lo viste?
Thomas abrió la boca, pero Cora no le permitió escapar de la pregunta.
—¿Por qué, Thomas?
Él se incorporó lentamente.
—Porque no entiendes lo que significa.
—Pues explícamelo.
Thomas caminó hasta la estufa y se quedó mirando las llamas.
Durante varios segundos pareció debatirse entre confesarlo todo y seguir mintiendo.
Finalmente, habló.
—Elias tenía una hija.
Silas frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—Mi hermano nunca tuvo hijos.
—Eso fue lo que le hicieron creer.
Silas sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Quién?
Thomas se volvió hacia él.
—Su padre.
El nombre golpeó a Silas con más fuerza que una bala.
Su padre, Nathaniel Hayes, había muerto cuando Silas todavía era joven. Había sido un hombre severo, dueño de una pequeña propiedad ganadera y de una reputación impecable entre los habitantes del valle.
Elias siempre había tenido una relación difícil con él.
Nathaniel quería que sus hijos trabajaran la tierra, respetaran los acuerdos familiares y se casaran con mujeres de buena posición. Elias, en cambio, había elegido sus propios caminos.
Las discusiones entre ambos habían terminado en amenazas.
Pero Silas jamás había oído hablar de una nieta.
—¿Qué hija? —preguntó.
Thomas se humedeció los labios.
—Una niña llamada Abigail.
Silas sintió un escalofrío.
Abigail Mercer.
La mujer que su hermano había amado.
La mujer que había desaparecido de Virginia City poco antes de la muerte de Elias.
—¿Qué pasó con ella? —preguntó.
Thomas negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¡Miente!
—Sé que tuvo una hija. Sé que Elias quería casarse con ella. Sé que su padre ofreció dinero para que se marchara.
Silas lo sujetó del abrigo.
—¿Y usted aceptó ayudarlo?
Thomas intentó soltarse.
—¡Yo era un muchacho! ¡No sabía lo que estaba haciendo!
—¿Qué hizo?
—Llevé una carta.
Silas lo soltó lentamente.
—¿A quién?
Thomas miró a Cora.
Por primera vez desde que había entrado en la cabaña, pareció comprender que ya no podía protegerla de la verdad sin destruir lo poco que quedaba de su matrimonio.
—A Abigail.
Cora sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué decía la carta?
Thomas cerró los ojos.
—Que Elias no quería volver a verla.
—¿Y era verdad?
—No.
La respuesta salió tan baja que Silas casi no la escuchó.
—Elias me pidió que le entregara otra carta —continuó Thomas—. Pero su padre me ofreció dinero para que le llevara una diferente. Me dijo que, si Abigail desaparecía, Elias terminaría olvidándola.
—¿Y usted aceptó?
Thomas no pudo mirarlo.
—Sí.
Silas lo empujó contra la pared.
—¡Por su culpa mi hermano perdió a su familia!
—¡Yo no sabía que ella estaba embarazada!
El silencio que siguió fue tan profundo que hasta el viento pareció alejarse de la cabaña.
Cora miró a su esposo.
—¿Abigail estaba embarazada?
Thomas asintió.
—Cuando me enteré, ya se había marchado.
Silas retrocedió un paso.
Todo encajaba de una manera que no quería aceptar.
Abigail había desaparecido. Elias había pasado meses buscándola. Su padre había negado saber dónde estaba. Y, finalmente, su hermano había muerto en un accidente que nadie había conseguido explicar por completo.
—¿Dónde está Abigail? —preguntó Silas.
Thomas negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Dónde está su hija?
—Tampoco lo sé.
—¿Y qué tiene que ver eso con el bebé de Cora?
Thomas no respondió.
Cora sintió que el miedo regresaba con una fuerza nueva.
—Thomas, mírame.
Él obedeció lentamente.
—¿Nuestro hijo es de Elias?
Thomas se quedó blanco.
Silas dio un paso hacia él, pero esta vez Cora levantó una mano.
—No lo toque. Quiero escuchar su respuesta.
Thomas parecía incapaz de hablar.
—¡Contéstame!
—No —dijo él finalmente—. No. Nuestro hijo es tuyo y mío.
Cora lo observó, buscando en sus ojos una señal de verdad.
No encontró ninguna que pudiera comprender.
—Entonces, ¿por qué dijiste que la marca pertenecía a los Hayes?
Thomas se pasó ambas manos por el cabello.
—Porque hay algo que nunca te conté.
—Eso ya lo sé.
—Antes de conocerte, Elias me pidió que hiciera algo por él.
Silas apretó los dientes.
—¿Qué cosa?
Thomas miró hacia la puerta, luego al bebé y finalmente a Cora.
—Que encontrara a su hija si algún día desaparecía.
—¿Y la encontró? —preguntó Silas.
—No.
—¿La buscó?
Thomas bajó la cabeza.
—No como debía.
Cora sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Su esposo había regresado después de tres días de ausencia. Ella había imaginado cientos de razones para su demora, desde un accidente hasta la muerte.
Nunca había imaginado que volvería cargando secretos que podían destruir todo lo que sabía de él.
—Necesito descansar —susurró.
Silas se acercó y acomodó una manta sobre ella.
—Descanse. Yo me encargo de él.
Thomas levantó la cabeza.
—Es mi hijo.
—Entonces deje de comportarse como si el único motivo por el que está aquí fuera proteger sus mentiras.
Thomas se quedó inmóvil.
Cora cerró los ojos, abrazando al bebé.
Pero justo cuando el silencio comenzaba a imponerse, Thomas se llevó una mano al bolsillo interior de su abrigo.
Sacó un sobre amarillento, húmedo por la nieve, y lo sostuvo con dedos temblorosos.
—Hay otra cosa —dijo.
Silas lo miró con desconfianza.
—¿Qué es eso?
—Una carta que encontré hace tres días, antes de salir a buscar ayuda.
Cora abrió los ojos.
—¿De quién?
Thomas miró al recién nacido.
—De Abigail Mercer.
Silas sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—¿Dónde la encontró?
—En nuestra casa. Estaba escondida debajo de una tabla del piso.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
Thomas dejó escapar una risa amarga.
—Porque la carta está dirigida a Elias Hayes.
Silas extendió la mano.
Thomas se negó a entregársela.
—Antes tiene que saber algo.
—Ya he escuchado suficientes secretos para una noche.
—Este es diferente.
Thomas miró a Cora, y en su rostro apareció una expresión de culpa tan profunda que ella comprendió que la siguiente confesión no tendría que ver únicamente con un hombre muerto.
Tendría que ver con su propia familia.
—La carta dice que Abigail tuvo una hija —susurró Thomas—. Y que esa niña creció creyendo que su padre la había abandonado.
Silas apretó los puños.
—¿Dónde está esa niña?
Thomas miró a Cora.
—No lo sé.
—¡Deje de repetir que no sabe nada!
Thomas tragó saliva.
—Porque nunca tuve el valor de averiguarlo.
Entonces extendió el sobre.
En el frente, bajo el nombre de Elias Hayes, había una segunda línea escrita con tinta descolorida.
Una línea que hizo que Cora dejara de respirar.
Porque no llevaba el nombre de una desconocida.
Llevaba el nombre de su propia madre.
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Y, debajo de él, una frase escrita con letra temblorosa:
«Si algún día recibes esta carta, sabrás que la niña que creíste perdida ha vivido toda su vida sin conocer la verdad sobre su nacimiento».
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