Calm

Chapter 2: La pregunta que podía destruir a una madre

Cora Whitfield sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho con más fuerza que cualquier contracción.

Durante unos segundos, el dolor del parto desapareció detrás de una indignación tan profunda que logró incorporarse sobre los codos.

—¿Qué acaba de decirme?

Silas no apartó la mirada.

—Le pregunté si está segura de quién es el padre.

—¡Mi esposo es el padre!

Su voz retumbó en la cabaña.

El bebé lloró débilmente entre las mantas, y Cora extendió los brazos hacia él.

—Démelo.

Silas se lo entregó con el mayor cuidado que pudo.

El niño estaba vivo. Respiraba, se movía y protestaba con pequeños sonidos que parecían demasiado frágiles para enfrentarse al mundo que lo esperaba.

Cora lo apretó contra su pecho y comenzó a llorar.

—Mi niño… mi pobre niño…

Silas se apartó un poco, avergonzado por haber pronunciado una pregunta tan brutal en el peor momento posible.

Pero había visto algo que no podía ignorar.

El cabello del recién nacido era oscuro, casi negro, y en su sien izquierda tenía una pequeña marca rojiza con forma de media luna.

Silas conocía aquella marca.

No porque hubiera visto a muchos bebés en su vida, sino porque la había visto antes en una persona que llevaba años intentando olvidar.

Una persona que había muerto hacía mucho tiempo.

—No debí preguntarlo así —dijo.

Cora lo miró con rabia.

—No debió preguntarlo de ninguna manera.

—Tiene razón.

—Usted no me conoce. No sabe nada de mi matrimonio. No sabe nada de Thomas. ¿Y se atreve a insinuar que soy una mujerzuela mientras estoy acostada sobre la paja, después de pasar tres días pensando que iba a morir?

Silas bajó la cabeza.

—No la estoy llamando nada de eso.

—¡Acaba de acusarme de engañar a mi esposo!

—Estoy tratando de entender algo.

—Pues trate de entenderlo en silencio.

Cora se volvió hacia la pared, protegiendo al niño con ambos brazos.

Silas habría preferido que le gritara un poco más. El silencio de aquella mujer, agotada y herida, le resultó mucho más difícil de soportar.

Se acercó a la estufa y añadió un tronco al fuego.

Durante varios minutos no dijo nada.

Después escuchó la voz de Cora.

—¿Qué vio?

Silas giró lentamente.

—¿Qué?

—Dijo que había algo que no entendía. ¿Qué vio en mi hijo?

El hombre miró al bebé.

—La marca de su sien.

Cora apartó la manta apenas lo necesario para observar la cara del pequeño.

La marca era pequeña, rojiza, apenas visible bajo la luz temblorosa del fuego.

—Muchos bebés tienen marcas.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué la mira así?

Silas se pasó una mano por la barba.

—Porque conocí a un hombre que tenía una marca igual.

—¿Y eso qué tiene que ver con mi hijo?

—No lo sé todavía.

Cora dejó escapar una risa amarga.

—Qué conveniente. Primero me acusa y después me dice que no sabe nada.

Silas aceptó el reproche.

No había una forma sencilla de explicarle lo que estaba pensando, especialmente cuando ni siquiera él conseguía ordenar sus propias ideas.

El hombre al que recordaba se llamaba Elias Hayes.

Había sido su hermano mayor.

Y había muerto diecisiete años atrás, durante un invierno particularmente duro, después de una disputa que había terminado con una caída desde un risco.

Silas tenía entonces veintiséis años. Elias, treinta y cuatro.

Su hermano había sido un hombre orgulloso, impulsivo y carismático. Podía convencer a un desconocido de entregarle hasta el último centavo y, cinco minutos después, ofrecerle su propia camisa si lo veía temblar de frío.

Pero también guardaba secretos.

Muchos secretos.

Antes de morir, Elias había tenido una relación con una mujer llamada Abigail Mercer. Silas nunca supo todos los detalles. Solo recordaba las discusiones, las visitas nocturnas y una promesa que su hermano le había hecho poco antes de su muerte.

«Si alguna vez aparece alguien preguntando por mí, no dejes que lo echen de tu casa».

Silas había considerado aquellas palabras una de las muchas excentricidades de Elias.

Después lo enterraron.

Y nunca volvió a pensar en ellas.

Hasta aquella noche.

—¿Cómo se llamaba el hombre? —preguntó Cora.

Silas vaciló.

—Elias.

Ella frunció el ceño.

—¿Elias qué?

—Hayes. Mi hermano.

El nombre no provocó ninguna reacción inmediata.

Cora acomodó la manta sobre su hijo y volvió a mirar a Silas con desconfianza.

—¿Su hermano está muerto?

—Desde hace diecisiete años.

—Entonces no entiendo por qué me habla de él.

—Yo tampoco.

La respuesta pareció enfurecerla todavía más.

—Quiero que se vaya.

Silas miró hacia la puerta.

La tormenta continuaba azotando la cabaña. No había señales de que el viento fuera a disminuir antes del amanecer.

—No voy a dejarla aquí sola con el bebé.

—Prefiero estar sola a escuchar más acusaciones.

—Puedo guardar silencio.

Cora abrió la boca para discutir, pero una punzada en el vientre le arrancó un quejido.

Silas se acercó de inmediato.

—¿Qué siente?

—Dolor.

—¿Más dolor?

Ella asintió.

El nacimiento había terminado, pero el parto todavía estaba pasando factura a su cuerpo. Silas no sabía distinguir todos los peligros que podían presentarse después. Solo sabía que Cora estaba pálida, agotada y demasiado débil para enfrentarse a otra emergencia sin ayuda.

—Voy a revisar el agua y preparar algo caliente.

—No necesito que me cuide.

—Entonces considérelo un favor que me hago a mí mismo. No quiero pasar el resto de mi vida preguntándome si pude haber hecho algo más.

Aquella respuesta la hizo callar.

Silas puso agua a calentar y buscó entre sus provisiones una pequeña bolsa de avena. La mezcló con agua y la dejó cerca de las brasas.

Cora observó sus movimientos.

Aquel hombre tenía manos ásperas, una voz poco amable y una manera de mirar que parecía atravesar cualquier mentira. Sin embargo, había permanecido junto a ella cuando incluso su esposo la había dejado sola.

Eso no significaba que confiara en él.

Pero tampoco podía fingir que no le debía la vida.

—Thomas me quiere —murmuró.

Silas dejó la cuchara sobre la olla.

—No dije que no.

—Cuando me pidió matrimonio, trabajaba en una herrería. Yo era hija de un comerciante de telas de Virginia City. Mi padre decía que Thomas no tenía futuro.

Cora sonrió débilmente.

—Thomas se presentó en mi casa con un ramo de flores silvestres y un anillo que había comprado vendiendo su caballo. Mi padre lo echó de la propiedad. Yo salí detrás de él y me casé con Thomas dos semanas después.

—Parece que estaba decidida.

—Lo estaba.

Su sonrisa desapareció.

—No me arrepiento de haberlo elegido. Ni siquiera ahora.

Silas se sentó junto a la puerta.

—No tiene que convencerme.

—Quizá sí. Tal vez necesita oírlo porque está pensando cosas horribles de mí.

—No pienso que sea una mala mujer, Cora.

Ella lo miró durante un largo momento.

—Entonces, ¿qué piensa?

Silas no contestó de inmediato.

Pensaba en la marca del bebé.

En su hermano muerto.

En las palabras que Elias había pronunciado antes de morir.

Y en un detalle que todavía no había compartido con Cora.

La marca no era lo único que le resultaba familiar.

Cuando el niño había llorado por primera vez, Silas había observado su pequeño puño cerrado. Entre los dedos diminutos había aparecido una mancha oscura, casi imperceptible, sobre la piel.

Una señal que su hermano también había tenido al nacer.

La misma señal que aparecía en un retrato familiar guardado en el fondo de su baúl.

Silas había pasado años intentando convencerse de que aquellas coincidencias no significaban nada.

Pero ahora tenía delante a un recién nacido que parecía llevar dos recuerdos de Elias en el rostro y las manos.

—Pienso que hay una historia que usted no conoce —dijo al fin.

Cora se puso rígida.

—¿Qué historia?

—La de mi hermano.

Antes de que ella pudiera contestar, algo golpeó la puerta.

Ambos se sobresaltaron.

Silas tomó el rifle y se colocó delante de Cora.

Otro golpe resonó contra la madera.

Después se escuchó una voz masculina, débil y ahogada por el viento.

—¡Abran! ¡Por el amor de Dios, abran!

Cora soltó un grito.

—¡Thomas!

Silas no se movió.

Había pasado toda la noche preparándose para proteger a una mujer de una tormenta, de una posible hemorragia y de los peligros de un parto sin asistencia.

Ahora tenía que decidir si abriría la puerta a un hombre que podía ser el esposo desesperado de Cora o una amenaza para ambos.

—¡Cora! —gritó la voz desde afuera—. ¡Soy yo! ¡Thomas!

La mujer intentó levantarse, pero apenas consiguió apoyarse en un codo.

—¡Es mi esposo! ¡Déjelo entrar!

Silas se acercó a la puerta sin bajar el rifle.

—¿Cómo sé que es usted?

Hubo un silencio breve.

—¿Qué demonios está diciendo? ¡Soy Thomas Whitfield!

—Eso no responde a mi pregunta.

—¡Cora está ahí dentro! ¡Sé que está ahí! ¡Déjeme entrar!

Silas miró a la mujer.

Cora tenía lágrimas en los ojos y apretaba al bebé contra su pecho.

—Por favor —susurró.

Silas descorrió el cerrojo.

La puerta se abrió apenas unos centímetros antes de que un hombre cubierto de nieve se desplomara contra el marco.

Era joven, de rostro anguloso y cabello castaño. Tenía una herida sobre la ceja y la ropa desgarrada. Aun así, sus ojos se dirigieron de inmediato hacia Cora.

—¡Dios mío!

Intentó levantarse, pero las piernas le fallaron.

Cora comenzó a llorar.

—Thomas…

Él se arrastró hasta ella y le besó la frente una y otra vez.

—Creí que te había perdido. Te juro que creí que te había perdido.

Cora le tocó la cara.

—¿Dónde estabas?

Thomas cerró los ojos.

—El caballo cayó en un barranco. Tuve que caminar. Perdí el camino dos veces.

Encontré un puesto de tramperos, pero estaba abandonado. Seguí buscando hasta que vi el humo.

Se interrumpió al escuchar el llanto del niño.

Su rostro cambió.

—¿El bebé?

Cora le mostró al pequeño.

—Es un niño.

Thomas soltó una carcajada rota, seguida de un sollozo.

—Un hijo…

Estiró los brazos, pero Cora vaciló apenas un segundo.

Fue suficiente para que él lo notara.

—¿Qué pasa?

—Nada. Estoy agotada.

Thomas tomó al niño con cuidado y lo miró bajo la luz del fuego.

Su expresión se congeló.

La alegría desapareció de sus ojos.

Y, cuando descubrió la pequeña marca rojiza en la sien del bebé, miró a Cora como si acabara de verla por primera vez.

—No —susurró.

Cora sintió que el estómago se le hundía.

—¿Qué ocurre?

Thomas retrocedió con el niño entre los brazos.

—¿Quién más sabe?

Silas levantó el rifle.

—Será mejor que explique de qué está hablando.

Thomas no le prestó atención.

Seguía mirando a su esposa.

—Cora, dime que no lo sabe.

Ella empezó a temblar.

—¿Que no sé qué?

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Thomas apretó al bebé contra su pecho y pronunció unas palabras que dejaron a los tres atrapados en un silencio insoportable.

—Esa marca pertenece a la familia Hayes.

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