Calm

Chapter 5: El hombre que esperaba junto al camino

Al amanecer, Silas descubrió que alguien había estado vigilando la cabaña durante la noche.

Las huellas aparecían a unos cincuenta pasos de la puerta, casi borradas por la nieve reciente. No eran las de un venado ni las de un lobo.

Eran botas humanas.

Silas se agachó para examinarlas.

Había al menos dos personas. Una había permanecido cerca de los árboles, mientras la otra se había acercado a la ventana.

Y ninguna de ellas había dejado huellas que condujeran de regreso por el mismo camino.

Eso significaba que podían seguir allí.

—¿Qué encontraste? —preguntó Thomas desde la entrada.

Silas levantó el rifle.

—Vuelva adentro.

Thomas obedeció, aunque su rostro mostró una irritación que no pudo ocultar.

Cora estaba despierta, sentada sobre las mantas con el bebé en brazos. Había pasado una noche terrible y apenas había dormido, pero sus ojos estaban más atentos que antes.

—¿Qué ocurre?

—Alguien estuvo aquí.

La mujer se puso pálida.

—¿Quién?

—No lo sé.

Thomas se acercó a la ventana.

Silas lo sujetó del brazo antes de que pudiera asomarse.

—¿Quiere que nos disparen desde los árboles?

Thomas se soltó.

—No todos los hombres que caminan por la nieve vienen a hacer daño.

—Es cierto. Pero los que dejan huellas alrededor de una cabaña y luego desaparecen sin llamar a la puerta no suelen venir a vender pasteles.

Cora apretó al bebé contra su pecho.

—¿Cree que tienen algo que ver con la carta?

—Es posible.

Silas tomó su abrigo y salió nuevamente.

La nieve le crujió bajo las botas. Caminó hasta el límite de los árboles y examinó las ramas bajas. Una de ellas se había quebrado recientemente.

Alguien había pasado por allí.

Siguió las huellas durante casi cien pasos, hasta encontrar un pequeño claro donde la nieve estaba removida. Había marcas de cascos y un trozo de cuerda cortada.

Silas se agachó.

Junto a una raíz encontró un botón de latón.

Lo recogió y lo limpió con el pulgar.

Era un botón de abrigo, de los que solían utilizar los hombres que trabajaban para compañías mineras o empresas de transporte.

En la superficie tenía grabadas dos letras.

H y W.

Silas lo guardó en el bolsillo.

No sabía qué significaban, pero había aprendido que las cosas pequeñas podían revelar mucho cuando alguien se esforzaba demasiado por ocultar las grandes.

Regresó a la cabaña antes de que el viento cambiara.

Cora lo esperaba junto al fuego.

—Encontró algo.

No era una pregunta.

Silas mostró el botón.

—Alguien estuvo aquí. Y no quería que lo descubriéramos.

Thomas lo observó con demasiada atención.

Silas lo notó.

—¿Reconoce las iniciales?

Thomas negó demasiado rápido.

—No.

—Todavía no le he preguntado qué significan.

El hombre apretó la mandíbula.

—No reconozco el botón.

Silas lo guardó otra vez.

—Entonces no tendrá problemas en decirme quiénes eran los hombres que le enviaron las cartas.

Thomas se quedó inmóvil.

Cora levantó la cabeza.

—¿Qué hombres?

—El que le exigió dinero —respondió Silas—. Y el que estuvo vigilando esta cabaña.

Thomas se pasó una mano por la cara.

—No sé si son los mismos.

—Pero sospecha que podrían serlo.

—Sí.

Cora sintió que el miedo volvía a cerrarle la garganta.

—Thomas, ¿quiénes son?

Él se sentó en una silla, como si de pronto hubiera envejecido diez años.

—Cuando trabajaba para Elias, conocí a un hombre llamado Walter Hargrove. Era encargado de los establos y se ocupaba de transportar mercancías entre Virginia City y los asentamientos mineros.

Silas frunció el ceño.

—Nunca escuché ese nombre.

—No era amigo de su hermano. Trabajaba para su padre.

Aquella distinción hizo que Silas se pusiera rígido.

—¿Qué transportaba?

—Herramientas, alimentos, documentos. Lo que le pidieran.

—¿Y qué tenía que ver con Abigail?

Thomas miró hacia el suelo.

—Fue quien me entregó la carta falsa que llevé a Abigail.

Cora se llevó una mano a la boca.

Silas sintió que la rabia le subía por el cuello.

—¿Me está diciendo que un hombre al servicio de mi padre organizó la separación entre mi hermano y la mujer que amaba?

—Sí.

—¿Y que usted colaboró?

Thomas levantó la cabeza.

—Ya le dije que sí.

Silas se acercó hasta quedar frente a él.

—Mi hermano pasó años creyendo que Abigail lo había rechazado. La buscó por pueblos enteros. Dejó de trabajar, se peleó con mi padre y terminó viviendo como un hombre que no tenía nada que perder.

Su voz se endureció.

—Y usted sabía que todo era mentira.

Thomas se puso de pie.

—¡No sabía que acabaría así!

—Pero sí sabía que estaba mintiendo.

—¡Tenía diecinueve años! Mi familia debía dinero. Hargrove me ofreció una cantidad que podía salvarnos de perder nuestra casa. Me dijo que era una simple carta, que Elias terminaría olvidándose de Abigail.

Silas lo miró con desprecio.

—Y usted le creyó porque era lo que más le convenía.

Thomas bajó la cabeza.

Cora observó a su esposo y sintió que cada recuerdo compartido adquiría un significado distinto.

La primera vez que Thomas le había hablado de sus dificultades económicas.

La ocasión en que había llegado a casa con dinero que no quiso explicar.

La noche en que su madre le pidió que nunca confiara ciegamente en un hombre solo porque dijera amarla.

Todo parecía formar parte de una historia que ella nunca había conocido.

—¿Walter Hargrove sigue vivo? —preguntó Silas.

Thomas tardó en responder.

—No lo sé. La última vez que escuché su nombre, trabajaba para una compañía de transporte en el valle.

—¿Cuál?

—Hargrove y Asociados.

Silas soltó una risa seca.

—Así que construyó un negocio con el mismo nombre.

—No sé si sigue siendo dueño.

Silas se acercó a la mesa y extendió un mapa de la región.

Marcó el camino que descendía hacia Virginia City y luego señaló un pequeño asentamiento donde sabía que podía conseguir una carreta.

—Saldremos por aquí. Hay un camino protegido por los pinos y podremos evitar la parte más alta de la montaña.

Cora miró el mapa.

—¿Cuánto tardaremos?

—Si el clima aguanta, llegaremos al primer asentamiento antes del anochecer.

—¿Y después?

—Buscaremos un médico y un lugar seguro donde pueda descansar.

Thomas cruzó los brazos.

—Voy con ustedes.

Silas ni siquiera levantó la vista.

—No recuerdo haberlo invitado.

—Soy el esposo de Cora.

—Y parece tener más secretos que respuestas.

Thomas dio un paso hacia él.

—No tiene derecho a separarme de mi familia.

Cora habló antes de que Silas pudiera contestar.

—Nadie te está separando de nosotros. Eres tú quien ha pasado años alejándose de la verdad.

Thomas la miró, herido.

—Todo lo que hice fue para protegerte.

—¿De quién?

—De personas que podían hacerte daño.

—¿Y quién me protegió de tus mentiras?

Thomas no supo qué responder.

Cora se acomodó al bebé en los brazos.

—No te estoy pidiendo que te quedes aquí. Si quieres acompañarnos, puedes hacerlo. Pero no voy a fingir que confío en ti solo porque llevemos el mismo apellido en un documento.

La decisión estaba tomada.

Silas preparó las provisiones mientras Thomas buscaba mantas secas. Cora intentó ponerse de pie, pero las piernas le temblaron.

Silas se acercó para ayudarla.

—No tiene que demostrar nada. Si necesita descansar, descansaremos.

—No quiero que mi hijo muera aquí.

—No va a morir aquí si puedo evitarlo.

Ella lo miró.

—¿Por qué está haciendo todo esto por mí?

Silas guardó silencio durante un instante.

—Porque mi hermano pasó años buscando a una mujer y yo nunca lo ayudé como debí. No voy a cometer el mismo error con usted.

Cora bajó los ojos hacia el bebé.

—¿Y si la carta está equivocada?

—Entonces lo descubriremos.

—¿Y si dice la verdad?

Silas miró al niño.

—Entonces usted es parte de mi familia.

Cora sintió que aquellas palabras le provocaban una tristeza inesperada.

Toda su vida había creído que la familia era algo que se heredaba y se protegía, incluso cuando dolía.

Ahora estaba descubriendo que también podía ser una pregunta sin respuesta.

A media mañana, los tres abandonaron la cabaña.

Silas había improvisado un trineo pequeño utilizando tablas de una pared derrumbada y una lona gruesa. Colocó varias mantas en el fondo y acomodó a Cora con el bebé en brazos.

Thomas se encargó de tirar del trineo durante los primeros cientos de pasos, mientras Silas avanzaba delante con el rifle preparado.

El bosque estaba silencioso.

Demasiado silencioso.

Al llegar a un estrecho paso entre dos formaciones rocosas, Silas levantó una mano.

Thomas se detuvo.

—¿Qué ocurre?

Silas señaló el suelo.

Había huellas recientes junto a un árbol caído.

Las mismas botas que había encontrado cerca de la cabaña.

—Nos siguen —murmuró.

Cora sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué quieren de nosotros?

Silas examinó las rocas.

—Todavía no lo sé.

Entonces escuchó un silbido.

Una figura apareció al otro lado del sendero.

Era un hombre de mediana edad, vestido con un abrigo oscuro y un sombrero de ala ancha. Tenía una barba gris cuidadosamente recortada y llevaba una escopeta colgada del brazo.

No parecía sorprendido de encontrarlos.

Al contrario.

Sonrió como si llevara horas esperándolos.

—Thomas Whitfield —dijo—. Me alegra ver que sobrevivió a la tormenta.

Thomas soltó la cuerda del trineo.

Su rostro perdió el color.

—Hargrove.

Silas levantó el rifle.

—Un paso más y tendrá que explicar sus intenciones desde el suelo.

El hombre de barba gris alzó una mano.

—Tranquilo, Hayes. No he venido a pelear.

—Entonces quite la mano del arma.

Hargrove obedeció despacio.

Después miró a Cora y al bebé.

Su sonrisa desapareció.

—Así que es verdad.

Cora apretó al niño contra su pecho.

—¿Quién es usted?

El hombre se quitó el sombrero.

—Walter Hargrove, señora. Durante muchos años trabajé para Nathaniel Hayes.

Silas mantuvo el rifle apuntándole al pecho.

—¿Qué quiere?

Hargrove lo miró sin miedo.

—Entregarles una advertencia.

—Hable.

El hombre volvió a mirar al recién nacido.

—Si esa criatura llega a Virginia City, habrá personas dispuestas a hacer cualquier cosa para impedir que se conozca su verdadera historia.

Cora sintió que el frío se le metía hasta los huesos.

—¿Qué historia?

Hargrove tragó saliva.

Por primera vez, su rostro pareció mostrar algo parecido a la culpa.

—La de quién ordenó que Elias Hayes muriera.

Silas sintió que el rifle se volvía más pesado entre sus manos.

—Mi hermano murió en una caída.

—Eso fue lo que le dijeron.

—¿Está afirmando que lo asesinaron?

Hargrove miró a Thomas.

—Su esposo sabe que hubo algo más.

Thomas retrocedió.

—No.

Hargrove dejó escapar una risa amarga.

—Todavía no se lo ha contado, ¿verdad?

Cora miró a su esposo.

Thomas parecía a punto de desplomarse.

—¿Qué no me ha contado?

Hargrove se acercó un paso.

Silas levantó el rifle, obligándolo a detenerse.

—Desde aquí puede hablar.

El hombre asintió.

—Hace diecisiete años, Elias descubrió que su padre había falsificado unos documentos para quedarse con unas tierras que no le pertenecían. Pensaba denunciarlo. Pero antes de hacerlo, desapareció.

Silas apretó la mandíbula.

—¿Y usted qué tiene que ver?

—Yo transportaba los documentos.

—¿Los originales?

Hargrove asintió.

—Y sé quién se los llevó la noche en que Elias murió.

Silas miró a Thomas.

Su esposo no levantó la cabeza.

Hargrove continuó:

—Fue Thomas Whitfield.

Cora dejó escapar un grito ahogado.

Thomas dio un paso atrás.

—¡Eso no es cierto!

—Entonces explíquenos por qué tenía los documentos cuando regresó al pueblo.

Silas apuntó directamente al pecho de Thomas.

—Tiene diez segundos para empezar a decir la verdad.

Thomas levantó ambas manos.

—¡Yo no maté a Elias!

—Nadie ha dicho que lo matara —respondió Silas—. Pero parece que usted estuvo allí.

Thomas miró a Cora.

Y aquella vez no intentó fingir inocencia.

—Yo estaba en la montaña la noche en que murió Elias —confesó—. Y vi quién lo empujó.

Cora sintió que el mundo se detenía.

—¿Quién?

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Thomas cerró los ojos.

—Nathaniel Hayes.

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