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Chapter 7: El libro escondido que podía destruir al juez más respetado de Montana

El juez Everett Caldwell llevaba diecisiete años construyendo una reputación intachable, pero aquella mañana recibió una noticia que hizo que sus manos comenzaran a temblar: Cora Whitfield estaba viva, había dado a luz a un niño y Silas Hayes viajaba con ella hacia Virginia City.

—¿Está seguro? —preguntó, mirando al hombre que acababa de entrar en su despacho.

El mensajero se quitó el sombrero.

—Los vi con mis propios ojos, señor. Whitfield iba tirando de un trineo. Hayes llevaba un rifle. También estaba Walter Hargrove.

Caldwell se levantó tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás.

—¿Hargrove?

—Sí, señor.

El juez se acercó a la ventana.

Abajo, la calle principal de Virginia City comenzaba a llenarse de gente. Un comerciante descargaba sacos de harina frente a su tienda. Dos mujeres conversaban junto a una carreta y un grupo de mineros se dirigía hacia la fonda donde acostumbraban desayunar.

La vida continuaba como siempre.

Nadie imaginaba que, en uno de los despachos más respetados del territorio, un hombre estaba contemplando la posibilidad de perder todo lo que había construido.

—¿Sabe si tienen los documentos? —preguntó Caldwell.

—No podría asegurarlo.

El juez cerró los ojos.

Los documentos eran peligrosos.

Pero el libro de cuentas de Nathaniel Hayes era mucho peor.

En sus páginas figuraban pagos a funcionarios, sobornos a testigos, falsificaciones de escrituras y las cantidades entregadas a quienes habían aceptado guardar silencio sobre la muerte de Elias Hayes.

Caldwell había creído que aquel libro estaba perdido para siempre.

Había registrado la propiedad de Nathaniel después de su muerte. Había contratado hombres para buscar en la casa de Margaret Whitfield. Incluso había pagado a Thomas para vigilar discretamente a Cora durante los primeros meses de su matrimonio.

Todo había sido inútil.

Hasta ahora.

—Prepare mi caballo —ordenó.

El mensajero vaciló.

—¿Va a salir con esta nieve?

Caldwell se volvió hacia él.

—¿Acaso le pedí una opinión?

El hombre salió apresuradamente.

El juez permaneció solo unos instantes más. Después abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó una pequeña pistola.

La colocó dentro del bolsillo de su abrigo.

No tenía intención de utilizarla.

Al menos, eso se dijo a sí mismo.

Pero si Silas Hayes había encontrado los documentos originales y Cora conservaba el libro de cuentas, la situación había dejado de ser manejable mediante dinero y amenazas.

Y Caldwell no había llegado tan lejos para terminar sus días frente a un tribunal.

Al otro lado del valle, Silas detuvo el trineo frente a una pequeña posada.

Cora estaba agotada. Tenía el rostro pálido y los labios resecos, y el bebé había pasado buena parte del trayecto durmiendo contra su pecho.

Thomas apenas podía mantenerse en pie.

Hargrove, en cambio, parecía cada vez más nervioso.

—Necesitamos un médico —dijo Silas—. Después iremos por la caja.

Cora negó con la cabeza.

—No quiero que nadie se lleve a mi hijo mientras yo no puedo moverme.

—Nadie se lo llevará.

—No puede saberlo.

Silas aceptó la observación.

—Entonces no dejaré que nadie se acerque a usted sin que yo lo sepa.

La mujer lo miró durante un instante.

Había algo tranquilizador en la forma en que aquel hombre cumplía sus promesas. No ofrecía soluciones imposibles. No intentaba convencerla de que el peligro había desaparecido.

Simplemente se quedaba.

Un médico llamado doctor Bennett acudió a la posada poco después de que Silas enviara a un muchacho a buscarlo. Era un hombre de cabello blanco y manos delgadas, acostumbrado a atender a los habitantes de los pueblos mineros.

Examinó a Cora durante un buen rato.

Después revisó al recién nacido.

—La madre necesita descansar varios días —sentenció—. Ha perdido muchas fuerzas. Y el niño debe mantenerse caliente y alimentarse con frecuencia.

Silas asintió.

—¿Puede viajar?

—No debería hacerlo hoy.

Cora apretó los labios.

—Doctor, necesito regresar a mi casa.

Bennett la miró con seriedad.

—Si se refiere a caminar varias cuadras, no. Si se refiere a salir en una carreta bien protegida dentro de unos días, quizá. Pero no voy a recomendarle que se arriesgue solo porque tiene asuntos pendientes.

Cora bajó la mirada.

El libro podía esperar unas horas.

Su cuerpo, no.

Silas consiguió una habitación en la parte trasera de la posada y pagó por comida caliente, mantas limpias y leña suficiente para mantener encendida la estufa.

Cuando regresó con una taza de caldo, encontró a Cora mirando por la ventana.

—¿Qué está pensando?

—En mi madre.

Silas dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué recuerda de ella?

Cora tardó en responder.

—Que nunca permitía que nadie hablara mal de los demás sin conocer la historia completa. Una vez, una mujer del pueblo acusó a una vecina de robar dinero. Mi madre fue la única que se negó a repetir el rumor.

Sonrió con tristeza.

—Me dijo que la verdad podía tardar años en salir, pero que eso no la convertía en una mentira.

Silas se sentó frente a ella.

—Era una mujer sabia.

—Entonces, ¿por qué me ocultó quién era mi padre?

—Quizá creyó que la estaba protegiendo.

Cora negó lentamente.

—Estoy cansada de que todos decidan qué es mejor para mí.

Silas comprendió que no había una respuesta capaz de borrar aquella herida.

—Cuando encontremos el libro, usted decidirá qué hacer con la verdad.

Cora lo miró.

—¿Incluso si destruye el nombre de su familia?

Silas no dudó.

—Especialmente entonces.

A media tarde, Thomas regresó a la posada después de acompañar a Hargrove hasta la entrada del pueblo.

Llevaba una bolsa de pan, leche y una pequeña manta que había comprado para el bebé.

Cora lo observó entrar.

—¿Dónde está Hargrove?

—Dijo que necesitaba encontrar a un hombre que todavía le debía dinero. Volverá antes del anochecer.

Silas frunció el ceño.

—No me gusta que se mueva solo.

—No soy su prisionero —respondió Thomas.

—No. Pero cada vez que desaparece, alguien termina descubriendo otro de sus secretos.

Thomas apretó la bolsa.

Cora intervino antes de que comenzaran a discutir.

—Siéntate.

Él obedeció.

La mujer colocó al bebé en una cuna improvisada junto a la cama y miró a su esposo.

—Necesito que me contestes una pregunta sin cambiar de tema.

Thomas levantó la vista.

—Te escucho.

—Cuando te casaste conmigo, ¿sabías que era hija de Elias Hayes?

Él se quedó inmóvil.

Silas se acercó a la ventana, dejándoles espacio, aunque permaneció lo bastante cerca para escuchar.

Thomas respiró profundamente.

—No lo sabía con certeza.

Cora sintió que las palabras le raspaban por dentro.

—¿Qué significa eso?

—Tu madre nunca me lo dijo directamente. Pero una vez, cuando fui a visitarla, me preguntó si Elias tenía una marca junto a la sien.

Cora palideció.

—¿Y tú qué le respondiste?

—Que sí.

—¿Qué hizo ella?

Thomas bajó la mirada.

—Se puso a llorar.

Cora se llevó una mano a la boca.

—¿Cuándo ocurrió eso?

—Unas semanas antes de que muriéramos… antes de que nos casáramos.

La corrección no pasó inadvertida.

—¿Y después?

—Me pidió que nunca hablara contigo de Elias. Dijo que algún día entendería por qué.

Cora cerró los ojos.

—Entonces sí lo sospechabas.

—Sí.

—¿Y aun así te casaste conmigo sin decirme nada?

Thomas se inclinó hacia delante.

—Te amaba.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Tenía miedo de que, si descubrías la verdad, quisieras buscar a los Hayes. Había escuchado rumores sobre lo que había ocurrido con Elias. No quería que te metieras en algo peligroso.

Cora lo miró con una tristeza profunda.

—Podías haberme contado lo que sabías y dejarme decidir.

—Lo sé.

—Podías haberme protegido sin mentirme.

Thomas se cubrió el rostro.

—Lo sé, Cora.

Por primera vez, no intentó justificarse.

No dijo que era joven, que tenía miedo o que todo había sucedido hacía demasiado tiempo.

Simplemente se quedó sentado, llorando en silencio.

Cora no lo consoló.

Todavía no.

Había pasado años creyendo que su matrimonio se sostenía sobre una confianza que ambos habían construido juntos.

Ahora descubría que Thomas había guardado una parte de su historia bajo llave, y que cada vez que ella intentaba acercarse a la verdad, él había encontrado una razón para apartarla.

—No sé si podré volver a confiar en ti —dijo.

Thomas levantó la cabeza.

—No voy a pedirte que lo hagas ahora.

—Bien.

Cora se volvió hacia la cuna.

—Porque esta vez quiero ver lo que haces, no escuchar lo que prometes.

Al caer la tarde, Silas salió de la posada para buscar noticias de Hargrove.

Encontró su caballo atado frente a una tienda cerrada, pero no había rastro del hombre.

Preguntó en la fonda, en la oficina de correos y en el pequeño establo junto a la calle principal.

Nadie lo había visto desde hacía varias horas.

Silas regresó a la posada con el rostro endurecido.

—Hargrove ha desaparecido.

Thomas se levantó.

—Quizá fue a buscar los documentos.

—No tenía los documentos. Los tengo yo.

—Entonces fue por el libro.

Silas lo miró.

—¿Cómo sabe que el libro sigue en la casa de Cora?

Thomas abrió la boca, pero no respondió.

Cora se incorporó sobre la cama.

—Thomas.

Él bajó la mirada.

—Hace dos meses fui a tu casa mientras tú visitabas a la señora Miller.

Cora sintió un escalofrío.

—¿Qué hiciste?

—Busqué la caja.

—¿Por qué?

Thomas respiró profundamente.

—Porque Caldwell me había dicho que el libro podía estar allí. Quería encontrarlo antes que él.

Silas se acercó.

—¿Y lo encontró?

Thomas negó con la cabeza.

—No. Revisé la caja, pero no supe cómo abrir el doble fondo. No quise romperla porque pensé que podría necesitarla para devolvértela.

Cora lo miró con incredulidad.

—Entraste en mi casa a escondidas para buscar documentos que me pertenecían.

Thomas asintió.

—Sí.

—¿Y después volviste a dormir a mi lado como si nada hubiera ocurrido?

Él no respondió.

Cora se recostó lentamente, sintiendo que el cansancio le pesaba más que antes.

Silas recogió su abrigo.

—Voy a la casa.

—No puede ir solo —dijo Thomas.

—Puedo.

—Caldwell sabe que tiene los documentos. Si ha enviado a alguien a buscar el libro, la casa podría estar vigilada.

Silas miró a Cora.

Ella se puso rígida.

—Mi hijo no se quedará aquí sin mí si hay peligro.

El doctor Bennett, que había regresado para revisar su estado, intervino desde la puerta.

—Señora Whitfield, usted no está en condiciones de salir esta noche. Y su hijo tampoco debería pasar frío en una casa vacía.

Cora apretó los labios.

Odiaba que los demás tuvieran razón cuando aquello significaba que debía esperar.

Silas se acercó a ella.

—Me llevaré a Thomas. Volveremos en cuanto encontremos la caja.

Cora lo miró fijamente.

—No deje que se quede solo con el libro.

—No lo haré.

Thomas no protestó.

Los dos hombres salieron cuando la oscuridad comenzaba a cubrir Virginia City.

El camino hasta la casa de Cora estaba casi desierto. Las huellas de las carretas habían quedado cubiertas por una nueva capa de nieve, y el viento arrastraba pequeños remolinos entre las construcciones.

Al llegar, Silas observó algo extraño.

La puerta estaba cerrada, pero una de las ventanas tenía una grieta reciente.

Se acercó con el rifle preparado.

Thomas permaneció unos pasos detrás.

—¿Qué ocurre?

Silas señaló la ventana.

—Alguien entró.

Rodearon la casa y descubrieron huellas junto al porche trasero. La cerradura no había sido forzada. Alguien había utilizado una llave.

Silas abrió la puerta con cuidado.

Dentro, todo parecía estar en su lugar.

La mesa seguía junto a la ventana. Las sillas estaban acomodadas y las cortinas permanecían cerradas.

Pero cuando Silas avanzó hacia el dormitorio, encontró cajones abiertos, ropa esparcida y el colchón levantado.

Alguien había registrado la casa.

Thomas comenzó a respirar agitadamente.

—Tenemos que irnos.

Silas lo sujetó del brazo.

—No nos vamos sin saber qué buscaban.

—¡Caldwell sabe dónde está el libro!

—Entonces debería estar contento de encontrarlo.

Silas revisó el armario y después se acercó al pequeño escritorio donde Cora guardaba las cartas de su madre.

El cajón estaba vacío.

Faltaban las fotografías, las cintas y los sobres antiguos.

Pero la caja de madera seguía allí, debajo de una manta.

Silas la levantó.

El doble fondo estaba abierto.

Y el libro de cuentas había desaparecido.

Thomas retrocedió hasta chocar contra la pared.

—No puede ser.

Silas examinó la caja.

En el interior había una hoja doblada, que alguien había dejado deliberadamente en el lugar del libro.

La abrió.

Solo contenía una frase:

«Si quieren conocer la verdad sobre Elias Hayes, vengan mañana al juzgado. Pero vengan preparados para descubrir lo que su propia familia hizo».

Silas leyó la nota dos veces.

Después miró a Thomas.

—¿Quién tiene la llave de esta casa?

Thomas estaba pálido.

—Cora. Yo. Y…

Se interrumpió.

Silas lo agarró del abrigo.

—¿Quién más?

Thomas cerró los ojos.

—Everett Caldwell.

En ese instante, un golpe resonó en la puerta principal.

Los dos hombres giraron al mismo tiempo.

Una voz conocida llegó desde el otro lado.

—Señor Hayes, sé que está ahí dentro.

Era el juez.

—Tenemos mucho de qué hablar —continuó Caldwell—. Y le aseguro que mañana será demasiado tarde para arrepentirse de haber empezado esta búsqueda.

Silas levantó el rifle.

Pero antes de que pudiera responder, escuchó una segunda voz desde la calle.

Una voz femenina.

Una voz que no había oído en diecisiete años.

—¡Silas! ¡No abra esa puerta!

Silas sintió que el corazón se le detenía.

Porque aquella voz pertenecía a Abigail Mercer.

La mujer que su hermano había amado.

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La mujer que todos creían desaparecida.

Y la mujer que, según los documentos, podía ser la única persona viva capaz de explicar por qué Elias Hayes había muerto.

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