Chapter 7: Las transferencias secretas de los Santoro revelaron que alguien llevaba dieciocho meses robándole mientras lo mantenía enfermo
Rocco Santoro reconoció el nombre de la empresa que aparecía en el mensaje, y por primera vez desde que había encontrado la botella escondida, sintió un miedo que no tenía nada que ver con sus espasmos.
Era una compañía que él mismo había creado para administrar inversiones familiares.
Se llamaba Inversiones del Valle y, durante años, había funcionado bajo su supervisión directa. Sus cuentas servían para distribuir dividendos, financiar proyectos inmobiliarios y mantener las participaciones de los Santoro fuera de las operaciones cotidianas de la empresa principal.
Rocco conocía cada movimiento importante de aquella compañía.
O, al menos, eso había creído.
—Elena, necesito que revisemos las transferencias de los últimos dieciocho meses —dijo, entregándole el teléfono—. Todas. No quiero que filtremos nada por parecer insignificante.
La abogada abrió su computadora y llamó al contador independiente que había trabajado con Rocco antes de que sus problemas de movilidad empeoraran.
Mientras esperaban que respondiera, June organizó los documentos sobre el escritorio.
La fotografía de Antonio.
Los registros médicos.
La autorización cuestionada.
El correo sobre la administración provisional.
Y ahora, el mensaje que relacionaba el deterioro de Rocco con una serie de transferencias.
Cada pieza parecía apuntar hacia un secreto distinto, pero todas terminaban en las mismas personas.
Lucia.
Grant.
Y Matteo.
—No sabemos si el mensaje es auténtico —advirtió June—. Debemos verificar las transferencias antes de relacionarlas con lo que está pasando con su salud.
Rocco asintió.
—No voy a acusar a nadie sin pruebas. Pero tampoco voy a permitir que vuelvan a decidir por mí.
El contador devolvió la llamada pocos minutos después.
Elena le explicó que necesitaban revisar los movimientos de Inversiones del Valle y solicitó que conservara una copia íntegra de los registros bancarios y contables.
El hombre se mostró sorprendido.
—Señor Santoro, hay algo que debo comentarle antes de enviar los archivos.
Rocco se acercó al teléfono.
—Dígame.
—Hace aproximadamente dieciocho meses recibí instrucciones para modificar la forma en que se presentaban algunas transferencias. No se alteraron los movimientos bancarios, pero varias operaciones comenzaron a aparecer agrupadas bajo conceptos administrativos generales.
—¿Quién dio esas instrucciones?
Hubo una pausa.
—El señor Grant.
Rocco cerró los ojos.
—¿Y por qué no me informaste?
—Me dijeron que usted había autorizado el cambio y que prefería recibir únicamente informes trimestrales. Como las cantidades no superaban los límites establecidos para cada operación, pensé que se trataba de una decisión de la dirección.
—¿Pensaste o te convenía no preguntar?
El contador no respondió inmediatamente.
—Debí verificarlo, señor.
Rocco respiró hondo.
No necesitaba que todos los que habían fallado fueran cómplices de una conspiración. A veces bastaba con que alguien eligiera no hacer preguntas para que una mentira pudiera crecer durante años.
—Quiero los documentos originales —dijo—. Y quiero que confirmes si existe alguna autorización firmada por mí.
—Voy a prepararlo todo.
Elena intervino.
—No modifique los archivos ni contacte al señor Grant sobre esta revisión. Necesitamos conservar la información tal como está y seguir los procedimientos correspondientes.
El contador aceptó.
Cuando terminó la llamada, Elena se volvió hacia Rocco.
—Si encontramos irregularidades, no debemos intentar recuperar el dinero mediante movimientos improvisados. Primero tenemos que identificar las cuentas, verificar las autorizaciones y establecer quién se benefició.
Rocco asintió.
—Haz lo necesario.
Una hora después, los archivos llegaron en formato digital.
Elena los revisó con atención.
Al principio, los movimientos parecían normales: pagos a proveedores, honorarios profesionales, gastos administrativos y transferencias entre cuentas de la empresa.
Pero, al comparar los registros originales con los informes que Rocco había recibido durante los últimos meses, aparecieron diferencias.
Varias transferencias habían sido agrupadas bajo una categoría llamada «Servicios de reorganización patrimonial».
Otras figuraban como pagos por asesoría estratégica.
Sin embargo, los beneficiarios finales no eran las empresas que aparecían en los informes resumidos.
Eran dos sociedades recién creadas.
Una tenía como representante a Mauricio Beltrán, el abogado que había aparecido en el cementerio.
La otra estaba vinculada a una persona cuyo nombre Rocco reconoció inmediatamente.
Lucia Santoro.
June se inclinó sobre la pantalla.
—¿Cuánto dinero se transfirió?
Elena sumó las operaciones identificadas hasta ese momento.
La cifra superaba los diecisiete millones de pesos.
Rocco no apartó la mirada del monitor.
—¿En cuánto tiempo?
—Dieciocho meses, de acuerdo con estos registros. Pero necesitamos verificar cada movimiento y determinar cuáles estaban autorizados.
—¿Y las firmas?
Elena abrió las carpetas digitales asociadas a varias operaciones.
En algunos documentos aparecía la firma de Grant.
En otros, la de Lucia.
Y en cuatro autorizaciones aparecía la firma de Rocco.
Él reconoció inmediatamente que no había firmado ninguna.
—Quiero que esos documentos se preserven —dijo Elena—. No los compartiremos con los sospechosos hasta que nuestro perito pueda examinarlos.
Rocco se pasó una mano por el rostro.
—Mientras yo creía que estaba perdiendo el control de mi cuerpo, ellos estaban perdiendo el control de mi dinero.
June colocó una mano sobre el escritorio, cerca de la suya.
—Todavía no sabemos qué responsabilidad tiene cada persona. Pero ahora hay registros que podemos investigar.
Rocco agradeció en silencio aquella prudencia.
Había pasado demasiadas horas imaginando la peor explicación posible. Necesitaba pruebas, no solamente rabia.
Elena abrió el registro de una de las transferencias más grandes.
El pago había sido autorizado tres días después de una consulta médica en la que Rocco había sufrido un espasmo particularmente intenso.
El concepto era «Reestructuración de activos familiares».
El beneficiario era una sociedad registrada fuera de la empresa principal.
Y la autorización adjunta llevaba una firma que parecía auténtica a primera vista.
Pero había algo más.
En el apartado de instrucciones aparecía una nota:
«Operación pendiente de validación del protocolo M-17».
Elena dejó de teclear.
—Esta es la primera conexión documental directa entre las transferencias y el protocolo médico.
Rocco se incorporó en la silla.
—¿Qué significa?
—No podemos determinarlo todavía. Podría referirse a un código interno utilizado para identificar una operación. Pero, dado lo que hemos encontrado en tu expediente médico, necesitamos averiguar quién utilizaba esa denominación y con qué propósito.
June recordó la llamada de la persona que había trabajado en la clínica.
La voz había advertido que Rocco no debía llegar al viernes sin conocer la verdad sobre el protocolo.
Ahora la referencia aparecía también en los documentos financieros.
—¿Podemos contactar con la persona que llamó? —preguntó.
—El número está oculto —respondió Rocco—. No tenemos forma de identificarla todavía.
Elena revisó el correo electrónico original.
—Podemos pedir a la clínica que preserve los registros de contacto y que investigue quién tuvo acceso al expediente. Pero necesitamos hacerlo formalmente.
En ese momento, el teléfono de Rocco vibró.
Era un mensaje de Lucia.
«Necesitamos hablar. Es importante para tu futuro».
Rocco mostró la pantalla a Elena.
—¿Qué le contesto?
—Nada que pueda interpretarse como una acusación ni como una autorización. Si quiere hablar contigo, podemos organizar una reunión con testigos y dejar constancia de lo que se diga.
Rocco escribió una respuesta breve.
«Puedes venir al despacho a las cinco. Elena estará presente».
La contestación de Lucia llegó casi inmediatamente.
«No hace falta involucrar abogados en asuntos de familia».
Rocco dejó el teléfono sobre la mesa.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que quiere mantener algo fuera de los documentos.
June no respondió.
A las cinco, Lucia llegó al despacho vestida de negro, con un bolso elegante y una expresión de cansancio cuidadosamente preparada.
Al ver a Elena, se detuvo.
—Me dijiste que querías hablar conmigo.
—Y quiero hacerlo —respondió Rocco—. Pero esta vez no voy a aceptar que me digas que estoy confundido cada vez que te pregunte algo.
Lucia tomó asiento sin esperar invitación.
—No sé qué te han contado, pero estás destruyendo esta familia.
Rocco colocó sobre la mesa una copia de una de las transferencias.
No reveló todos los documentos.
Solo mostró una operación cuyo beneficiario estaba vinculado a la sociedad de Lucia.
—¿Puedes explicarme esto?
Ella miró la hoja.
Su rostro perdió color durante un instante.
Después levantó la barbilla.
—Son movimientos patrimoniales perfectamente legales.
—Entonces dime por qué nunca aparecieron en los informes que recibí.
—Porque son asuntos administrativos.
—¿Y por qué hay una firma mía que no reconozco?
Lucia cruzó las piernas.
—Quizá firmaste cuando estabas tomando medicamentos. No recuerdas todo lo que haces.
June sintió que aquella respuesta era una forma de convertir la enfermedad de Rocco en una excusa universal.
Elena intervino.
—La autenticidad de esa firma será examinada por un especialista. Hasta entonces, no es apropiado atribuirla al señor Santoro.
Lucia la miró con desprecio.
—No necesito que me explique cómo funcionan los documentos.
—Entonces sabrá que las autorizaciones deben verificarse.
Rocco señaló la nota que mencionaba el protocolo M-17.
—¿Qué significa esto?
Lucia se quedó inmóvil.
Por primera vez desde que había entrado, pareció perder el control de la conversación.
—No sé de qué estás hablando.
—El mismo código aparece en mi expediente médico y en una transferencia financiera.
—Eso no tiene sentido.
—Por eso te lo estoy preguntando.
Lucia se levantó.
—No voy a participar en este interrogatorio.
—No te estoy interrogando. Te estoy dando la oportunidad de explicar por qué una sociedad vinculada a ti recibió dinero de mi empresa y por qué ese movimiento aparece relacionado con un código que también figura en mis registros médicos.
La mujer apretó el bolso contra su costado.
—Grant te explicará todo.
Rocco sintió que la habitación se enfriaba.
—¿Grant? ¿Él conoce el protocolo?
Lucia se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió y pronunció unas palabras que parecían una amenaza.
—Ten cuidado con lo que deseas descubrir, Rocco. Hay verdades que pueden destruir lo poco que te queda.
La puerta se cerró.
June miró a Elena.
—¿Eso significa que sabe algo?
—Significa que debemos conservar la declaración y verificar cada dato. No podemos convertir una amenaza ambigua en una conclusión.
Rocco contempló la transferencia.
Ya no sentía únicamente dolor.
Sentía una furia fría, ordenada, que empezaba a reemplazar la desesperación.
—Quiero que mañana se solicite una revisión formal de mis cuentas y de mi expediente médico —dijo—. Y quiero que se impida cualquier movimiento patrimonial que dependa de una autorización cuestionada.
Elena asintió.
—Lo prepararé.
Pero antes de que pudiera cerrar su computadora, Edwin apareció en el despacho.
—Señor, acaba de llegar un paquete dirigido a usted. No tiene remitente.
Rocco miró el reloj.
Eran las seis y cuarto.
El paquete era pequeño, envuelto en papel marrón y cerrado con cinta adhesiva. Edwin lo dejó sobre una mesa y esperó instrucciones.
Elena pidió que nadie lo manipulara más de lo necesario y documentó cómo había llegado.
Dentro había una memoria digital, una hoja con varias fechas y una fotografía de dos hombres entrando a un edificio.
Uno era Antonio Santoro.
El otro era Matteo.
La fecha impresa correspondía a ocho meses atrás.
Rocco sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
Su hermano no solo podía haber sobrevivido al accidente.
La fotografía sugería que había estado vivo hasta hacía relativamente poco tiempo.
Elena examinó el reverso.
Había una frase escrita con tinta roja.
«La próxima transferencia se realizará el viernes, después de la evaluación».
June miró a Rocco.
—Tenemos que averiguar qué contiene la memoria antes de sacar conclusiones.
Elena acordó entregar una copia a un especialista para que la examinara sin alterar el contenido original.
Mientras guardaban la fotografía, el teléfono de Rocco comenzó a sonar.
Era Grant.
Rocco contestó.
—¿Qué quieres?
La voz de su hijo sonó extrañamente tranquila.
—Papá, tenemos que hablar sobre la evaluación del viernes.
—¿Qué pasa con ella?
—He conseguido que todo sea más sencillo. Solo necesitas firmar unos documentos y dejar que los profesionales hagan su trabajo.
Rocco miró la carpeta financiera.
—¿Qué documentos?
—Una autorización para que yo me encargue temporalmente de algunos asuntos de la empresa mientras te recuperas.
—No voy a firmar nada sin que Elena lo revise.
Grant guardó silencio.
Después su voz se volvió más fría.
—No entiendes lo difícil que estás haciendo esto.
—Entonces explícame por qué hay transferencias de mi empresa que no reconozco.
La respiración de Grant cambió.
—¿Quién te mostró esos documentos?
—No importa.
—Claro que importa. Porque estás escuchando a personas que no entienden cómo funciona nuestra familia.
Rocco apretó el teléfono.
—Mi familia no necesita que falsifiquen mi firma.
Grant soltó una risa breve.
—No tienes idea de lo que se hizo para protegerte.
—Entonces dime qué es el protocolo M-17.
El silencio al otro lado fue tan largo que Rocco pensó que la llamada se había cortado.
Finalmente, Grant respondió.
—Si sigues haciendo preguntas, vas a descubrir cosas sobre Matteo que no podrás soportar.
—¿Mi hermano está vivo?
Grant no contestó.
Pero tampoco negó la acusación.
Rocco sintió que el pulso se le aceleraba.
—Grant, contéstame.
—El viernes tendrás todas las respuestas que necesitas.
La llamada terminó.
June se acercó a Rocco, que había quedado con el teléfono en la mano.
—¿Qué quiso decir?
Él miró la fotografía de su padre y su hermano.
—Que el viernes no solo quieren controlar mi empresa.
Rocco respiró profundamente.
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—Quieren que yo esté demasiado débil para defenderme cuando la verdad salga a la luz.
Y, por primera vez, estaba dispuesto a enfrentarse a esa verdad sin importar cuánto doliera.
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