Chapter 5: El expediente del cementerio reveló que alguien había enterrado una mentira durante veinte años
A la mañana siguiente, Rocco Santoro salió de su mansión con una determinación que nadie le había visto en meses.
No podía caminar sin ayuda y cada movimiento le provocaba molestias, pero insistió en acudir personalmente al cementerio de San Jerónimo. No quería recibir otra explicación preparada por alguien que decidiera qué podía soportar y qué debía ignorar.
June lo acompañó en el automóvil.
Elena Vargas iba en el vehículo de adelante, llevando copias de los documentos que habían encontrado.
Edwin se quedó en la mansión para proteger los registros médicos y las grabaciones de seguridad.
Antes de salir, Rocco le había dado una instrucción muy clara.
—Si Grant intenta llevarse cualquier documento, no lo enfrentes. Fotografía lo que haga y llama a Elena.
El administrador había aceptado sin discutir.
Ahora, mientras el automóvil avanzaba por la ciudad, Rocco contemplaba los edificios a través de la ventana.
Había recorrido aquella ruta muchas veces con su padre.
Antonio acostumbraba detenerse en una pequeña cafetería cerca del cementerio. Pedía café negro, revisaba el periódico y criticaba las noticias económicas como si el mundo entero estuviera esperando su opinión.
Después de su muerte, Rocco había evitado pasar por aquel lugar.
Nunca quiso que un simple café le recordara cuánto había perdido.
—¿Está pensando en su padre? —preguntó June.
—En él y en Matteo.
Rocco acomodó la manta sobre sus piernas.
—Mi hermano y yo discutíamos constantemente. Éramos demasiado orgullosos para aceptar que ambos queríamos lo mismo: que nuestro padre nos considerara capaces de dirigir la empresa.
—¿Y qué pasó con las acciones?
—Matteo creía que Antonio estaba preparando una operación que perjudicaría a la familia. Yo pensé que exageraba. La noche antes del accidente, recibí una llamada suya, pero no contesté porque estaba en una reunión.
Rocco cerró los ojos.
—Después de su muerte, descubrí que había vendido parte de sus acciones. Pensé que lo había hecho para marcharse sin tener que enfrentarse a mí.
—¿Nunca investigó por qué las vendió?
—No como debía. Lucia me mostró documentos que parecían demostrar que todo se había hecho legalmente. Yo estaba destrozado. Quería creer que mi hermano había tomado sus propias decisiones.
June no lo interrumpió.
Rocco abrió los ojos.
—Ahora me pregunto si la persona que me consolaba durante el funeral era la misma que había preparado los documentos.
El automóvil se detuvo frente al cementerio.
Elena ya los esperaba junto a la entrada.
El lugar estaba tranquilo. Algunos trabajadores limpiaban los senderos, y varias familias caminaban entre las lápidas llevando flores frescas. El aire olía a tierra húmeda y a hojas recién cortadas.
Rocco pidió que lo ayudaran a bajar.
Al entrar, reconoció el camino que conducía al panteón familiar.
Dos placas de piedra llevaban los nombres de Antonio y Matteo Santoro.
Se quedó mirándolas durante largo rato.
No había acudido allí desde el aniversario de la muerte de su padre.
June permaneció a su lado, sin apresurarlo.
Finalmente, Rocco se acercó a la placa de Matteo.
—Perdóname, hermano —murmuró—. Debí hacer más preguntas.
Elena esperó hasta que estuvo listo.
Después los condujo a la oficina administrativa, donde un empleado mayor revisó la referencia del expediente.
—El 18-B no corresponde al registro ordinario de entierros —explicó—. Es un expediente de sustitución documental.
Elena colocó una copia de la hoja sobre el escritorio.
—Necesitamos consultar el original.
El empleado examinó el documento y frunció el ceño.
—El expediente fue trasladado a un archivo externo hace varios años. No podemos abrirlo sin autorización judicial o una solicitud formal de las personas acreditadas.
—¿Quién solicitó el traslado? —preguntó Rocco.
El hombre tecleó varios datos en su computadora.
Después se quedó inmóvil.
—Aquí aparece una solicitud de acceso presentada por la señora Lucia Santoro.
Rocco sintió que la mandíbula se le tensaba.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
June miró a Elena.
Tres semanas atrás, Rocco todavía creía que sus espasmos eran una consecuencia normal de su recuperación. Todavía confiaba en que Lucia administraba correctamente sus medicamentos.
—¿Cuál fue el motivo declarado? —preguntó Elena.
El empleado leyó la anotación.
—Corrección de información familiar para un procedimiento patrimonial.
Rocco apoyó ambas manos sobre los descansabrazos.
—¿Qué procedimiento patrimonial?
—No tengo acceso a esa información, señor. Solo puedo confirmar que el expediente fue consultado y que después se solicitó mantener restringida su documentación.
Elena pidió una copia certificada del registro de acceso.
El empleado explicó que necesitarían completar algunos formularios, pero, tras verificar la identidad de Rocco, aceptó iniciar el trámite.
Mientras esperaban, June observó una fotografía antigua que colgaba en la pared de la oficina. Mostraba la inauguración de una ampliación del cementerio, con varios funcionarios y representantes de familias locales.
En la segunda fila aparecía Antonio Santoro.
Y a su lado estaba un hombre que June reconoció por la fotografía de la noche de la venta de acciones.
—Señor Santoro —dijo suavemente—. ¿Ese hombre es su padre?
Rocco levantó la cabeza.
Elena se acercó.
La imagen estaba fechada varios meses después del accidente que supuestamente había matado a Antonio.
No podía tratarse de una fotografía tomada antes del siniestro.
El empleado miró la fecha y se puso pálido.
—Esa imagen pertenece a una colección donada al cementerio hace años.
—¿Quién la donó? —preguntó Elena.
—No lo sé. La documentación debe estar en el archivo.
Elena anotó el número de la fotografía y solicitó que la preservaran.
Rocco no apartaba los ojos del rostro de su padre.
—Está vivo en esta imagen —murmuró.
—La fotografía necesita autenticación —dijo Elena—. Pero la fecha nos da una razón sólida para investigar.
El empleado regresó con una carpeta delgada.
Dentro había un registro de consultas relacionadas con el expediente 18-B.
La primera solicitud estaba fechada veinte años atrás.
La segunda, tres semanas antes.
Y la tercera llevaba una fecha de hacía apenas dos días.
El nombre de la persona que había solicitado el acceso más reciente hizo que Rocco sintiera un vacío en el estómago.
Grant Santoro.
Su hijo había consultado el mismo expediente antes de que desapareciera la botella de medicamentos.
—Necesito una copia de todo —dijo Rocco.
El empleado vaciló.
—Señor, hay información restringida.
Elena sacó sus credenciales profesionales y explicó que estaban documentando una posible irregularidad. Solicitó que se conservaran los registros originales y que cualquier petición posterior quedara registrada.
El empleado aceptó iniciar el procedimiento.
Sin embargo, antes de que pudieran salir, un hombre de traje oscuro apareció en la puerta.
—Señor Santoro.
Rocco lo reconoció como uno de los abogados externos que representaban a la empresa familiar en operaciones inmobiliarias.
Se llamaba Mauricio Beltrán.
Y había estado presente en la firma de la venta de acciones de Matteo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Rocco.
Mauricio dirigió una mirada rápida a Elena.
—Me informaron que estaba solicitando documentos antiguos. Vine para evitar un malentendido.
—¿Quién te informó?
El abogado acomodó su corbata.
—Tengo contactos en la administración del cementerio.
—Eso no responde mi pregunta.
Mauricio sonrió con incomodidad.
—La señora Lucia me pidió que verificara si había alguna gestión pendiente relacionada con el patrimonio familiar.
Rocco sintió que la sangre le hervía.
—¿Desde cuándo trabaja mi esposa contigo?
—Desde hace años, señor.
—¿Y por qué nunca me lo informó?
—Porque eran asuntos administrativos que no requerían su intervención.
Elena dio un paso al frente.
—¿Puede indicar por escrito qué documentos está autorizado a consultar y quién le concedió esa autorización?
Mauricio perdió parte de su seguridad.
—No creo que sea necesario llegar a ese extremo.
—Entonces no debería tener problema en responder.
El abogado miró a Rocco.
—Su familia está pasando por un momento delicado. Mi consejo es que no saque conclusiones precipitadas. Hay documentos que pueden parecer extraños fuera de contexto.
—¿Como una autorización médica con una firma falsa?
Mauricio se quedó inmóvil.
Rocco comprendió que había dicho demasiado.
El abogado no había preguntado qué autorización médica. No había mostrado sorpresa por la acusación.
Simplemente había reaccionado como alguien que conocía el problema.
—¿Quién te habló de mi expediente médico? —preguntó Rocco.
Mauricio recuperó el maletín que había dejado junto a la puerta.
—No tengo nada que añadir.
Salió apresuradamente.
Elena lo observó hasta que desapareció.
—Ese hombre sabe más de lo que admite.
—¿Crees que está involucrado?
—Creo que debemos averiguarlo antes de acusarlo.
Rocco volvió a mirar la fotografía del cementerio.
Su padre había aparecido en un lugar público meses después de su supuesto fallecimiento. Grant y Lucia habían consultado el expediente que debía aclarar la muerte de Antonio y Matteo. Y un abogado que había participado en la venta de acciones intentaba impedir que revisaran los documentos.
La coincidencia ya era demasiado grande.
Cuando regresaron a la mansión, Edwin los esperaba en el despacho.
Tenía varias hojas impresas y el rostro desencajado.
—Señor Santoro, ocurrió algo mientras estaba fuera.
Rocco se incorporó en la silla.
—¿Qué pasó?
—El señor Grant vino a buscar los registros médicos. Dijo que usted había autorizado que se los entregara.
—¿Se los diste?
—No. Le pedí que mostrara la autorización. Se enfureció y dijo que yo estaba poniendo en riesgo el futuro de la empresa.
—¿Qué más?
Edwin respiró profundamente.
—La señora Lucia llegó poco después. Los dos discutieron en el pasillo. No me vieron porque yo estaba en el despacho contiguo.
—¿Escuchaste algo importante?
El administrador miró a June y luego a Elena.
—Sí, señor.
Sacó una hoja de su bolsillo.
Era una copia de un correo electrónico que había encontrado abierto en la computadora de la oficina.
El mensaje estaba dirigido a Grant y llevaba la firma de Mauricio Beltrán.
El asunto decía: «Activación del protocolo de administración provisional».
Elena comenzó a leer.
El correo indicaba que, si la evaluación médica del viernes concluía que Rocco no podía administrar sus asuntos, se presentaría una solicitud para que Grant asumiera temporalmente el control de determinadas decisiones patrimoniales.
Pero había una condición adicional.
La solicitud debía incluir evidencia de que Rocco había sido informado del procedimiento y había rechazado colaborar.
Rocco miró a June.
—Quieren hacerme parecer un hombre que se niega a recibir ayuda.
—Y podrían utilizar cualquier discusión para respaldar esa versión —dijo Elena.
Edwin señaló el final del mensaje.
—Hay una última línea.
Elena la leyó en voz alta.
—«Una vez activada la administración, podrá completarse la transferencia de las acciones pendientes sin requerir nuevas instrucciones del señor Santoro».
Rocco cerró los ojos.
No estaban hablando únicamente de su salud.
Querían aprovechar su enfermedad para conseguir el control de su patrimonio.
Y quizá llevaban años preparando el terreno.
Elena guardó la copia.
—Necesitamos actuar antes del viernes. Solicitaré medidas legales para impedir cualquier transferencia mientras se investigan las irregularidades.
Rocco asintió.
—Hazlo.
Entonces June vio algo que la hizo acercarse de nuevo a la hoja.
En el encabezado del correo aparecía una dirección de envío que pertenecía a una empresa de servicios médicos.
No era la clínica de Rocco.
Era una compañía que administraba expedientes y evaluaciones para distintas instituciones privadas.
Y la persona que figuraba como contacto principal era Lucia Santoro.
June señaló el nombre.
—Señor, creo que esto va más allá de una autorización falsificada.
Rocco miró la pantalla.
Elena abrió el archivo adjunto que acompañaba al correo.
Era una lista de evaluaciones realizadas durante los últimos dos años.
Junto al nombre de Rocco aparecía una anotación en rojo:
«Caso prioritario. Historial de deterioro progresivo. Revisión de medicación pendiente».
Rocco sintió que el cuerpo se le enfriaba.
La fecha de la primera anotación era anterior a sus espasmos más intensos.
Anterior incluso a la primera vez que Lucia le dijo que su recuperación estaba empeorando.
Elena amplió el documento.
Debajo de la anotación aparecía una referencia interna.
«Protocolo M-17. Autorización familiar: L. Santoro».
Rocco miró a June.
—¿Qué significa eso?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Todavía no lo sabemos. No deberíamos asumir que se refiere a una manipulación del tratamiento sin revisar el expediente completo.
Elena guardó el archivo y cerró el maletín.
—Mañana solicitaré la información a través de los canales legales. Hasta entonces, nadie debe modificar su tratamiento ni tomar decisiones médicas sin la supervisión del profesional responsable.
Rocco permaneció en silencio.
Había salido de la casa buscando respuestas sobre una fotografía.
Regresaba con pruebas de que su esposa y su hijo estaban preparando un procedimiento que podía arrebatarle el control de su empresa.
Y ahora existía un registro que relacionaba a Lucia con un protocolo médico anterior al deterioro que todos le habían presentado como inevitable.
Pero aún faltaba saber quién había creado ese protocolo.
Esa misma noche, mientras June revisaba los documentos para preparar una lista cronológica de los hechos, recibió una llamada desde un número desconocido.
Contestó sin apartarse del escritorio.
—¿Bueno?
Una voz masculina, baja y apresurada, respondió al otro lado.
—¿Usted es la cuidadora de Rocco Santoro?
June miró hacia el pasillo.
—¿Quién habla?
—No importa. Necesito que escuche con atención. El señor Santoro no debe acudir a la evaluación del viernes sin conocer la verdad sobre el protocolo M-17.
June se puso de pie.
—¿Quién es usted?
—Alguien que trabajó en la clínica donde lo atendieron.
—Necesito que me diga su nombre.
La voz guardó silencio unos segundos.
Después pronunció una frase que hizo que June apretara el teléfono.
—Yo vi lo que hicieron con sus medicamentos.
La llamada se cortó.
June volvió a marcar, pero el número ya no estaba disponible.
Cuando regresó al despacho, encontró a Rocco revisando la lista de documentos.
Le contó lo sucedido sin omitir una sola palabra.
Él escuchó con el rostro endurecido.
—¿Crees que sea verdad?
—No podemos saberlo todavía. Pero la llamada coincide con la información que encontramos. Necesitamos verificar la identidad de esa persona y conseguir pruebas documentales.
Rocco asintió.
Entonces el teléfono fijo de la mansión comenzó a sonar.
Edwin contestó.
Escuchó durante unos segundos y después cubrió el auricular con la mano.
—Señor Santoro, es para usted. Dicen que llaman de la clínica.
Rocco tomó el teléfono.
—Habla Rocco Santoro.
La mujer al otro lado se identificó como la directora administrativa de la institución.
Su tono era formal, casi frío.
—Señor Santoro, necesitamos informarle de una irregularidad detectada en su expediente. Una persona no autorizada ha solicitado la modificación de sus registros de medicación.
Rocco apretó el auricular.
—¿Quién?
—No puedo proporcionar esa información por teléfono. Necesitamos que acuda personalmente con su representante legal.
—¿Cuándo se realizó la solicitud?
La mujer vaciló.
—Hace aproximadamente dos años.
Rocco miró a Elena, que acababa de regresar para recoger unos documentos.
Dos años.
El mismo periodo en que sus espasmos habían empezado a empeorar.
—¿Qué intentaron modificar? —preguntó.
—Los registros de administración, las observaciones clínicas y una autorización relacionada con el protocolo M-17.
Elena levantó la cabeza.
La directora añadió una última frase.
—Señor Santoro, hay algo más. La solicitud original no fue presentada por su esposa ni por su hijo.
Rocco sintió que el corazón se le detenía por un instante.
—¿Quién la presentó?
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La respuesta llegó en voz baja.
—Su hermano, el señor Matteo Santoro.
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