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Chapter 4: El hombre que todos daban por muerto apareció en una fotografía que podía destruir a los Santoro

Rocco Santoro llevaba veinte años convencido de que su padre había muerto la misma noche en que su hermano Matteo desapareció de sus vidas, pero aquella fotografía acababa de demostrar que alguien le había mentido sobre uno de los acontecimientos más dolorosos de su historia familiar.

Permaneció sentado al borde de la cama, con la imagen entre los dedos y el corazón golpeándole el pecho.

La fecha escrita al reverso coincidía con la noche de la venta de las acciones de Matteo. Al fondo de la fotografía aparecía un hombre con el mismo anillo familiar que, según los documentos oficiales, había sido enterrado junto a su padre.

Rocco acercó la imagen a la lámpara.

El rostro estaba parcialmente oculto por el reflejo de una ventana, pero reconoció la postura, la forma de inclinar la cabeza y una pequeña cicatriz cerca de la oreja izquierda.

Era su padre.

No podía explicarlo de otra manera.

—No puede ser… —susurró.

Volvió a revisar la fotografía, buscando una fecha equivocada, un detalle que demostrara que se trataba de una imagen posterior o de una confusión. Pero la fecha estaba escrita con tinta azul sobre papel fotográfico antiguo.

Alguien había guardado aquella prueba durante años.

Y alguien acababa de dejarla en su habitación.

Rocco llamó a June.

La cuidadora llegó pocos minutos después y encontró al patriarca con la fotografía extendida sobre las rodillas.

—¿Se siente mal, señor?

—Necesito que mires esto.

June se acercó.

Rocco le contó lo que recordaba de aquella noche. Su padre, Antonio Santoro, había salido de la residencia familiar para reunirse con Matteo. Según la versión oficial, el automóvil en el que viajaban había sufrido un accidente en una carretera cercana a las afueras de la ciudad.

El vehículo quedó destruido.

Los restos encontrados permitieron identificar el automóvil, y la familia recibió la noticia de que ambos hombres habían muerto.

Sin embargo, Rocco no había visto los cuerpos.

Estaba fuera del país cuando ocurrió el accidente. Cuando regresó, Lucia ya había organizado el funeral y Grant, que entonces era mucho más joven, permanecía junto a ella durante todas las visitas.

Rocco había aceptado las explicaciones porque el dolor no le permitía pensar con claridad.

Durante años, nunca había querido cuestionar lo sucedido.

—¿Quién le entregó esta fotografía? —preguntó June.

—No lo sé. Estaba dentro de un sobre en el cajón.

June examinó el reverso.

—¿Reconoce la letra?

Rocco tardó en responder.

—Sí.

Tomó la fotografía de nuevo.

—Es la letra de mi padre.

La joven no dijo nada.

Rocco había visto aquella escritura en contratos antiguos, cartas familiares y notas que Antonio dejaba sobre su escritorio. Las letras eran angulosas, y la última letra de cada palabra solía prolongarse ligeramente hacia la derecha.

No había duda.

La nota y la fotografía habían sido preparadas por la misma persona.

—Tenemos que mostrársela a la abogada —dijo June.

—Lo haremos. Pero primero quiero saber quién entró en mi habitación.

June miró la puerta.

—Si alguien dejó esto aquí, quizá todavía tenga acceso a la casa.

Rocco asintió.

Aquella posibilidad lo inquietó más que la fotografía.

Durante los últimos meses había confiado en que las personas que lo rodeaban querían ayudarlo a recuperarse. Ahora no sabía quién entraba en su habitación mientras dormía, quién controlaba sus medicamentos ni quién tenía acceso a sus documentos.

June llamó a Edwin y le pidió que revisara los registros de entrada.

El administrador llegó con una libreta y el rostro tenso.

—No aparece ninguna visita registrada anoche, señor.

—¿Y las cámaras?

—La cámara del pasillo volvió a funcionar a las once cincuenta y nueve. Desde entonces no se ve a nadie entrando en esta habitación.

—¿Quién tiene llaves?

Edwin enumeró al personal autorizado, además de Grant y Lucia.

Rocco lo interrumpió.

—¿Y mi padre?

Edwin se quedó inmóvil.

—Señor, su padre murió hace muchos años.

—Eso es lo que me dijeron. Ahora quiero saber si alguien ha utilizado una llave antigua.

El administrador bajó la mirada hacia la fotografía.

Cuando reconoció el rostro parcialmente visible, dejó de respirar durante un instante.

—¿De dónde sacó eso?

Rocco lo observó con atención.

—Así que lo reconoces.

Edwin se sentó lentamente.

—No sé qué significa, señor. Pero esa noche… yo estaba trabajando aquí.

Rocco sintió que algo se abría dentro de su memoria.

—¿Qué recuerdas?

Edwin se frotó las manos.

—Recuerdo que el señor Antonio vino a la casa la noche anterior al accidente. Llegó después de las diez. Estaba muy molesto y pidió hablar con usted, pero usted todavía no había regresado.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque la señora Lucia me ordenó que no hablara de aquella visita. Dijo que su padre estaba alterado y que no quería preocuparlo.

—¿Y después del accidente?

—La señora Lucia me dijo que el señor Antonio nunca había regresado a la casa.

Rocco miró de nuevo la fotografía.

—Pero tú lo viste.

—Sí, señor.

—¿Estás seguro?

Edwin tragó saliva.

—Le serví café. Recuerdo que no lo bebió. Se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia la entrada. Antes de irse, me preguntó si usted había dejado algún documento en la caja fuerte del despacho.

Rocco sintió un escalofrío.

—¿Qué documento?

—No lo sé. Le dije que no tenía autorización para abrir la caja fuerte. Entonces me pidió que le entregara un sobre que había dejado allí unos días antes.

—¿Se lo diste?

Edwin negó con la cabeza.

—No. Cuando regresé al despacho, el sobre ya no estaba.

La habitación quedó en silencio.

Rocco sabía que su padre había mantenido una relación complicada con Matteo durante los últimos años de su vida. Discutían por los negocios, por el futuro de la empresa y por una participación accionaria que ambos consideraban fundamental.

Pero nunca había imaginado que Antonio pudiera haber seguido vivo después del supuesto accidente.

—Edwin, necesito que me digas todo lo que recuerdes. No importa si parece insignificante.

El administrador asintió.

Antes de que pudiera continuar, escucharon pasos rápidos en el pasillo.

Lucia apareció en la puerta.

—¿Qué están haciendo aquí?

Su mirada pasó de Rocco a Edwin y terminó clavándose en la fotografía.

El cambio en su rostro fue inmediato.

No preguntó de dónde había salido.

No preguntó quién aparecía en ella.

Simplemente extendió la mano.

—Dámela.

Rocco cerró los dedos sobre la imagen.

—¿Por qué?

—Porque esa fotografía no debería estar aquí.

—¿La reconoces?

Lucia recuperó la compostura y adoptó una expresión de indignación.

—Es una imagen vieja. No significa nada.

—Entonces explícame por qué te asusta tanto.

—No me asusta.

—Acabas de entrar en mi habitación exigiendo que te entregue algo que ni siquiera has examinado.

Lucia miró a Edwin.

—Sal de aquí.

El administrador permaneció inmóvil.

—El señor Santoro me pidió que me quedara.

—Yo soy la responsable de esta casa.

—Y yo soy el dueño —intervino Rocco.

La frase hizo que Lucia apretara los labios.

Durante años, había controlado cada detalle de la vida cotidiana de la mansión. Había decidido quién visitaba a Rocco, qué empleados podían hablar con él y qué asuntos familiares debían mantenerse en privado.

Pero nunca había tenido que enfrentarse a un Rocco que cuestionara sus decisiones.

—Estás enfermo y agotado —dijo ella—. Esta clase de descubrimientos te altera. No necesitas seguir buscando problemas.

—Necesito respuestas.

—No puedes soportar la verdad.

Rocco sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

—¿Qué verdad, Lucia?

Ella guardó silencio.

Después miró a June.

—Quiero hablar con mi esposo a solas.

—La señorita June se queda —respondió Rocco.

Lucia soltó una risa breve.

—¿Ahora confías más en una empleada que en mí?

—Ahora confío en quien no intenta quitarme las pruebas de las manos.

La mujer palideció.

Durante unos segundos, pareció que iba a decir algo más. Sin embargo, se dio la vuelta y salió de la habitación.

Rocco esperó hasta que sus pasos desaparecieron.

—Tenemos que reunirnos con Elena esta misma noche —dijo.

June tomó la fotografía y la guardó en un sobre.

Pero, cuando lo cerró, notó algo extraño.

El papel tenía una pequeña marca en la esquina inferior, como si alguien hubiera escrito sobre una superficie blanda. Al inclinarlo hacia la luz, distinguió unas palabras apenas visibles.

«Archivo San Jerónimo. Expediente 18-B».

Rocco reconoció el nombre.

San Jerónimo era el cementerio donde supuestamente descansaban Antonio y Matteo.

Y el número 18-B no parecía una fecha ni una referencia médica.

Parecía una ubicación.

Edwin se acercó.

—Señor, si ese expediente corresponde al cementerio, quizá podamos averiguar quién autorizó el entierro.

Rocco apretó el sobre.

—Quiero una copia de todos los documentos relacionados con el accidente. El informe policial, el registro del hospital, el certificado de defunción y los papeles del funeral.

—Lo buscaré.

—Y Edwin…

—¿Sí, señor?

—No le digas a nadie que encontramos esa referencia.

El administrador asintió.

Aquella noche, Elena Vargas llegó a la mansión con un maletín y una expresión que cambió en cuanto vio la fotografía.

La examinó bajo la lámpara, comparó la firma de la nota con un documento antiguo que Rocco conservaba y pidió que nadie manipulara más la imagen.

—No puedo certificar quién aparece aquí solo por una fotografía —advirtió—. Pero sí puedo ayudarte a comprobar si los documentos de la muerte de tu padre son auténticos.

—¿Y si no lo son?

Elena cerró el sobre.

—Entonces alguien construyó una versión oficial de lo sucedido y consiguió que todos la aceptaran.

Rocco miró hacia la puerta.

—Lucia sabía algo.

—Puede ser. Pero no vamos a acusarla hasta tener pruebas.

Elena abrió su maletín y sacó una carpeta.

—También revisé las condiciones del fideicomiso. Si la evaluación médica del viernes se utiliza para activar una administración provisional, Grant podría intentar controlar tus acciones. No significa que lo consiga automáticamente, pero debemos actuar antes de que presente una solicitud formal.

—¿Qué necesitas?

—Tus documentos originales, un informe médico independiente y evidencia de que estás en condiciones de comprender tus decisiones. También debemos verificar si alguien falsificó autorizaciones en tu nombre.

Rocco asintió.

Por primera vez, tenía una ruta clara para defenderse.

Pero entonces Edwin regresó con una hoja impresa.

—Encontré el registro del entierro —anunció.

La dejó frente a Elena.

En el documento figuraban los nombres de Antonio y Matteo Santoro, pero había una anotación añadida años después.

Elena la leyó dos veces.

—Esto es extraño.

—¿Qué dice? —preguntó Rocco.

La abogada giró el documento hacia él.

Una línea señalaba que el expediente original había sido retirado del archivo y sustituido por una copia autorizada.

La solicitud de sustitución llevaba la firma de Lucia.

Y debajo aparecía una segunda firma.

La de Grant.

Rocco se quedó mirando los nombres.

Elena cerró la carpeta con cuidado.

—Si esta documentación es auténtica, tu esposa y tu hijo participaron en la modificación de un expediente relacionado con la muerte de tu padre y tu hermano.

Rocco sintió que el mundo se inclinaba a su alrededor.

Durante veinte años había llorado a dos hombres creyendo que la tragedia había destruido a su familia.

Ahora empezaba a sospechar que la tragedia había sido utilizada para cambiar el destino de los Santoro.

Y, si alguien había falsificado documentos entonces, quizá también estaba dispuesto a hacerlo ahora.

Elena guardó las pruebas.

—Mañana iremos personalmente al cementerio. Necesitamos ver el expediente 18-B.

Rocco miró la fotografía una última vez.

En el reverso, junto a la fecha, descubrió una pequeña anotación que no había visto antes.

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Solo contenía cuatro palabras.

«Matteo nunca murió aquí».

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