Chapter 2: El mensaje que convirtió una sospecha en una amenaza
A las seis de la mañana, Rocco Santoro descubrió que alguien había entrado en su habitación mientras dormía.
No faltaba dinero.
No faltaban relojes.
Tampoco habían tocado el cuadro antiguo que colgaba frente a su cama, una pintura que su padre había comprado décadas atrás y que Rocco consideraba más valiosa que cualquier automóvil de su colección.
Lo que faltaba era la botella.
La había dejado sobre la mesa de noche, junto a un vaso de agua y el teléfono que utilizaba para comunicarse con el personal de la casa. Antes de acostarse, había comprobado dos veces que estuviera allí.
Ahora solo quedaba un círculo de polvo sobre la madera.
Rocco se quedó mirando el espacio vacío.
Después llamó a June.
Ella llegó pocos minutos más tarde, todavía con el cabello recogido a toda prisa.
—¿Qué pasó, señor?
Rocco señaló la mesa.
—La botella.
June comprendió de inmediato.
—¿Está seguro de que la dejó aquí?
Él le dirigió una mirada severa.
—Tengo dificultades para caminar, June. No para recordar lo que hago cuando sospecho que alguien intenta envenenar mi vida.
La joven bajó la mirada.
—Perdón. No quise decir eso.
Rocco suspiró.
—No te disculpes. Aquí todos llevan meses diciéndome que estoy confundido. Empiezo a entender que esa palabra les resulta muy conveniente.
June examinó la habitación sin tocar nada.
La puerta no presentaba señales de haber sido forzada. La ventana estaba cerrada. El vaso de agua permanecía intacto, y las cortinas pesadas ocultaban parte de la luz de la mañana.
—¿Quién tiene acceso a su habitación? —preguntó.
—Lucia. Grant. Edwin.
El personal de limpieza. Tú, desde luego.
—¿Y quién sabía dónde había dejado la botella?
Rocco guardó silencio.
La respuesta era evidente.
Todos los que habían estado presentes durante la discusión del día anterior.
June se acercó a la mesa de noche y observó el círculo de polvo.
—Alguien la retiró con cuidado. No parece que hayan movido nada más.
—Eso significa que sabían exactamente qué buscaban.
—Sí, señor.
Rocco apretó los labios.
No quería que June se involucrara más de lo necesario. Era una mujer joven, recién contratada, y no tenía ninguna obligación de enfrentarse a una familia que podía arruinar su vida profesional con una llamada.
Sin embargo, era la única persona que había reaccionado ante su dolor sin preguntarse primero si estaba exagerando.
—Quiero que hagas algo por mí —dijo.
—Lo que necesite.
—No le cuentes a nadie lo que encontremos. Ni siquiera a Edwin, hasta que sepamos si podemos confiar en él.
June vaciló.
—El señor Edwin lleva muchos años con usted.
—Precisamente por eso quiero estar seguro.
No era una acusación. Rocco conocía la lealtad del administrador, pero también sabía que las personas podían quedar atrapadas entre el afecto, el miedo y la necesidad de conservar su trabajo.
—Voy a llamar al médico —dijo June—. No debe modificar ni suspender ningún tratamiento por su cuenta. Necesitamos que revise lo que está pasando.
Rocco asintió.
—Y quiero que solicites una copia de mis recetas y del registro de las dosis administradas.
June tomó su teléfono.
Antes de que pudiera marcar, la puerta se abrió.
Lucia entró con una bandeja que contenía café, fruta cortada y una pequeña porción de pan tostado.
Su sonrisa parecía cuidadosamente ensayada.
—Buenos días, querido. Pensé que podríamos desayunar juntos.
Rocco miró la bandeja.
—¿Dónde está mi medicamento?
Lucia dejó la bandeja sobre la mesa.
—¿Otra vez con eso?
—Te hice una pregunta.
—La botella estaba vacía.
June sintió un escalofrío.
Rocco no apartó los ojos de su esposa.
—Ayer estaba casi llena.
—La que encontraste no era la misma que utilizamos habitualmente. Seguramente estaba olvidada desde hace tiempo.
—Tenía mi nombre.
—Eso no significa que debieras tomarla.
—¿Entonces por qué la escondiste?
Lucia se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.
—No puedo creer que me hables así después de todo lo que he hecho por ti.
Era una frase que Rocco había escuchado cientos de veces.
Cada vez que preguntaba por una cita médica cancelada.
Cada vez que quería consultar una segunda opinión.
Cada vez que se quejaba de que alguien había cambiado sus horarios o sus dosis.
Lucia convertía cualquier duda en una ofensa personal. Y, al final, él terminaba disculpándose.
Esta vez no lo hizo.
—No estamos hablando de tus sacrificios. Estamos hablando de mi tratamiento.
La expresión de Lucia se endureció.
—Tu tratamiento está bajo control.
—Entonces no tendrás problema en que un médico independiente revise mi expediente.
El silencio que siguió fue breve, pero revelador.
—¿Un médico independiente? —repitió ella—. ¿Ahora vas a permitir que una empleada te llene la cabeza de ideas absurdas?
June mantuvo la espalda recta.
—Yo solo quiero que el señor Santoro esté seguro.
Lucia se volvió hacia ella.
—Tú no sabes nada de esta familia.
—Es cierto. Pero sé que una botella de medicamento no debería desaparecer después de que alguien la encuentre escondida.
La bandeja tembló ligeramente cuando Lucia apoyó una mano sobre ella.
Por primera vez, no encontró una respuesta inmediata.
Entonces cambió de estrategia.
—Rocco, cariño, estás cansado. Ayer tuviste un episodio difícil y todos nos alteramos. ¿Por qué no desayunas y después hablamos con calma?
—¿Dónde está la botella?
—No sé.
—¿Quién entró a mi habitación durante la noche?
Lucia miró a June.
Fue una mirada rápida, casi imperceptible.
Pero Rocco la vio.
—¿Crees que fui yo? —preguntó ella, llevándose la mano a la boca—. ¿Después de todo lo que he hecho por ti?
Rocco apartó la bandeja.
—Quiero que salgas de mi habitación.
La mujer se quedó inmóvil.
No estaba acostumbrada a que él la despidiera de una conversación. Mucho menos delante de una empleada.
—Te vas a arrepentir de esto —murmuró.
—Tal vez. Pero será mi arrepentimiento.
Lucia salió cerrando la puerta con una delicadeza que resultó más inquietante que un portazo.
June esperó unos segundos antes de hablar.
—Señor, necesito decirle algo.
—Adelante.
—Cuando encontré la botella ayer, la señora Lucia intentó quitármela antes de mirar la etiqueta. No parecía preocupada por si era el medicamento correcto. Parecía preocupada por que usted la viera.
Rocco observó sus manos.
Habían empezado a temblar otra vez.
No por el espasmo.
Por la rabia.
—Tienes razón.
—También creo que deberíamos revisar los registros de administración antes de sacar conclusiones. Si alguien ha cometido un error, necesitamos saberlo. Y si no fue un error…
June dejó la frase sin terminar.
Rocco sabía cómo concluirla.
Si no había sido un error, entonces alguien había tomado decisiones deliberadas sobre su cuerpo mientras le decía que todo estaba bajo control.
Y él había permitido que sucediera porque confiaba en las personas equivocadas.
Una hora después, Edwin apareció con una carpeta azul.
—Señor Santoro, conseguí los registros de medicamentos de los últimos tres meses.
Rocco lo miró con cautela.
—¿Quién te los entregó?
—Estaban archivados en la oficina de administración. Los solicité sin decir que usted había encontrado la botella.
June abrió la carpeta sobre la mesa.
Había hojas con fechas, nombres y horarios. Varias contenían anotaciones de dosis administradas, acompañadas por las iniciales de quien supuestamente las había entregado.
Al principio, todo parecía normal.
Luego June encontró una discrepancia.
—Señor, mire esto.
Señaló una entrada del martes anterior.
El registro afirmaba que Rocco había recibido su medicamento a las ocho de la mañana.
Pero a esa hora, según la agenda que Edwin había preparado, Rocco estaba en una consulta médica fuera de la casa.
—¿Quién firmó? —preguntó Rocco.
Edwin acercó la hoja.
Las iniciales eran de Lucia.
—Puede haber sido un error de horario —dijo el administrador, aunque su voz ya no transmitía seguridad.
June revisó otras páginas.
Encontró una segunda discrepancia.
Y después una tercera.
En varios días, el registro indicaba que Rocco había recibido sus dosis mientras estaba fuera de la mansión, dormido o acompañado por personal que afirmaba no haber visto ninguna medicina.
—Esto no demuestra por sí solo que alguien haya retenido el medicamento —aclaró June—, pero sí que los registros no son confiables. Tenemos que conservarlos y pedir que el médico los revise.
Rocco pasó una mano por su rostro.
—¿Cuánto tiempo llevas encargándote de estos archivos, Edwin?
El administrador tardó en responder.
—Seis años, señor.
—¿Alguna vez habías visto algo parecido?
Edwin miró la carpeta.
—No con usted.
—¿Y con alguien más?
El hombre tragó saliva.
—La señora Lucia siempre ha insistido en que los registros médicos de la casa se manejen de manera privada. Al principio pensé que era por discreción. Después me pidieron que dejara de cuestionar algunas modificaciones en los horarios.
Rocco sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Edwin bajó la cabeza.
—Porque pensé que estaba ayudando a mantener la casa en orden. Y porque el señor Grant me dejó muy claro que no debía interferir en asuntos familiares.
—¿Qué te dijo exactamente?
El administrador apretó la carpeta contra el pecho.
—Que si quería conservar mi puesto, debía dejar de hacer preguntas.
La habitación quedó en silencio.
Rocco no gritó. No golpeó la mesa. No lanzó amenazas.
Aquella calma preocupó más a Edwin que cualquier arrebato.
—Quiero que hagas una copia de cada página —ordenó Rocco—. Guarda los originales donde nadie pueda modificarlos. Y no vuelvas a entregar ningún documento médico sin dejar constancia de quién lo solicita.
—Sí, señor.
—También quiero que averigües quién entró en mi habitación anoche.
Edwin asintió y salió.
June cerró la carpeta.
—No debería quedarse solo hasta que sepamos qué está pasando.
Rocco soltó una risa amarga.
—Llevo meses rodeado de gente y nunca me había sentido tan solo.
June no supo qué contestar.
Se limitó a acercar una silla y sentarse frente a él.
Durante unos minutos, el silencio no fue incómodo.
Después, el teléfono de Rocco vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
No tenía saludo ni explicación. Solo una fotografía.
Rocco la abrió.
La imagen mostraba una carpeta médica sobre un escritorio. Junto a ella había una hoja con su nombre completo y una fecha escrita en la parte superior.
La fecha era la del viernes siguiente.
Debajo aparecía una firma que él reconoció de inmediato.
La de su propio médico.
Rocco amplió la fotografía.
En el margen inferior se alcanzaba a leer una frase: «Evaluación final para determinar incapacidad permanente».
June se acercó.
—¿Qué significa eso?
Rocco no contestó.
Había solicitado una revisión de su tratamiento semanas atrás, pero nadie le había hablado de una evaluación final. Mucho menos de una decisión que pudiera arrebatarle el control de sus asuntos personales y empresariales.
El teléfono vibró de nuevo.
Esta vez llegó un mensaje de texto.
«Si quieres saber por qué no mejoras, pregunta qué pasará con tus acciones cuando ya no puedas tomar decisiones».
Rocco sintió que la sangre se le enfriaba.
Durante meses había pensado que su enfermedad estaba destruyendo su cuerpo.
Ahora empezaba a sospechar que alguien necesitaba que también destruyera su autoridad.
Y si aquella evaluación se realizaba el viernes, apenas tenían unos días para descubrir quién estaba moviendo los hilos.
June tomó una fotografía del mensaje y guardó una copia en un lugar seguro.
—No vamos a enfrentarlos sin pruebas —dijo—. Primero necesitamos proteger los documentos y conseguir una valoración médica independiente.
Rocco la observó.
Por primera vez desde que ella había entrado en su casa, no la vio como una empleada que cumplía órdenes.
La vio como una aliada.
—June, quiero que me prometas algo.
—Dígame.
—Si descubres que mi hijo está involucrado, no me ocultes la verdad para protegerme.
Ella sostuvo su mirada.
—Se lo prometo.
Rocco bajó los ojos hacia la fotografía.
Había una última cosa que le inquietaba.
La carpeta del escritorio tenía una etiqueta roja con el sello de la clínica donde recibía tratamiento.
Pero la firma del médico no era lo único que reconocía.
En la esquina inferior aparecía el nombre de Grant.
No como familiar.
No como acompañante.
Sino como la persona autorizada para recibir los resultados y tomar decisiones administrativas sobre su expediente.
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Rocco nunca había firmado ese permiso.
Y estaba a punto de descubrir que alguien había firmado por él.
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