Chapter 7: El hombre que había estado observando a Maddie
La fotografía tenía una fecha de esa misma mañana, y eso significaba que Thomas Holloway no solo estaba vivo: estaba cerca de ellos.
Rachel volvió a mirar la imagen.
El rostro del hombre mayor aparecía parcialmente iluminado por el sol de una ventana.
No parecía un hombre que quisiera esconderse.
Parecía un hombre que había esperado demasiado tiempo.
—¿Dónde fue tomada? —preguntó Grant.
—No lo sé.
—Mira el fondo.
Rachel acercó la fotografía.
Detrás de Thomas había un cuadro con una pintura antigua de la propiedad Bennett.
—Esa casa pertenecía a tu abuelo.
Grant asintió.
—Y hay otra cosa.
Rachel señaló una taza sobre la mesa.
En ella aparecía una pequeña marca azul.
—¿Qué?
—Maddie tiene una igual.
Grant la miró.
—¿Qué estás diciendo?
—La compramos hace meses en el tianguis. Ella la usa para tomar leche.
Grant observó la imagen.
—Podría ser cualquier taza.
—Sí.
Rachel volvió a mirar la fotografía.
—Pero no creo que sea cualquier cosa.
El teléfono vibró.
Otro mensaje.
*“No vengan solos.””*
Grant levantó la cabeza.
—¿Qué?
Rachel le mostró la pantalla.
Después llegó otro.
*“Y no confíen en Evelyn.””*
Grant cerró los ojos.
—Eso ya lo sabíamos.
Rachel no respondió.
El último mensaje llegó diez segundos después.
*“La verdad sobre Maddie está en la antigua casa Bennett.””*
Grant se puso de pie.
—Vamos.
—No.
—Rachel…
—Si Thomas quiere que vayamos ahí, seguramente sabe que alguien nos está siguiendo.
Grant se quedó callado.
—Entonces no iremos directamente.
Rachel tomó su bolso.
—Primero quiero saber quién más está involucrado.
La antigua propiedad Bennett llevaba años vacía.
La familia había dejado de utilizarla después de la muerte del padre de Grant.
Estaba a las afueras de la ciudad, detrás de una fila de árboles viejos.
Rachel nunca había entendido por qué Evelyn conservaba las llaves.
Ahora sí.
Cuando llegaron, la reja estaba entreabierta.
Grant apagó el motor.
—Eso no estaba así la última vez.
Rachel miró alrededor.
—¿Cuándo fue la última vez?
—Hace tres años.
—Entonces no sabes cómo está ahora.
Grant salió.
Rachel lo siguió.
El aire olía a tierra húmeda.
La casa tenía las ventanas cubiertas de polvo, pero una de ellas estaba abierta.
—Alguien estuvo aquí —dijo Rachel.
Entraron.
La sala estaba casi vacía.
Solo quedaban algunos muebles viejos.
Grant caminó hacia una pared.
—Aquí estaba el retrato de mi abuelo.
Rachel lo miró.
—¿Y ahora?
—Desapareció.
—¿Quién lo quitó?
Grant negó.
—No sé.
Rachel revisó los cajones.
Nada.
Entonces escuchó un ruido arriba.
Se quedó inmóvil.
—Grant.
Él también lo oyó.
Un paso.
Después otro.
—Quédate aquí.
—Ni lo sueñes.
Subieron juntos.
El ruido había venido del dormitorio principal.
La puerta estaba abierta.
Dentro había una caja sobre la cama.
Grant la abrió.
Había documentos.
Rachel tomó el primero.
Era un acta de nacimiento.
Pero no era la de Grant.
Era la de otro niño.
Un niño registrado como hijo de Thomas Holloway y Evelyn Bennett.
Rachel levantó la mirada.
—¿Qué es esto?
Grant tomó el documento.
—No puede ser.
—Lee el nombre.
Él lo hizo.
*Michael Holloway Bennett.*
Rachel frunció el ceño.
—¿Quién es Michael?
Grant negó lentamente.
—No conozco a ningún Michael.
—¿Tu familia nunca mencionó ese nombre?
—Nunca.
Dentro de la caja había más papeles.
Una fotografía de Evelyn embarazada.
Otra de Thomas sosteniendo a un recién nacido.
Y una carta.
Rachel la abrió.
Era de Adrian Vale.
*“Evelyn, no puedes seguir ocultando al niño.””*
Rachel sintió un escalofrío.
Continuó.
*“Thomas tiene derecho a saber que el bebé no murió.””*
Grant le arrebató la carta.
—¿Qué bebé?
Rachel encontró otra hoja.
La respuesta estaba escrita en una sola línea.
*“El niño que todos creyeron perdido fue entregado a otra familia.””*
Grant se quedó sin aire.
—¿Quién?
Antes de que pudieran seguir leyendo, escucharon un golpe abajo.
Después, una puerta cerrándose.
Grant salió corriendo.
Rachel detrás de él.
Cuando llegaron a la sala, no había nadie.
Solo una ventana abierta.
Y sobre la mesa había una fotografía.
Rachel la tomó.
Era Maddie.
La niña estaba en el parque.
La fotografía había sido tomada desde lejos.
—Dios mío…
Grant se acercó.
—¿Cuándo fue esto?
Rachel miró la ropa de Maddie.
—Hace tres meses.
Grant tomó otra fotografía que estaba debajo.
Era otra imagen de Maddie.
En una fonda.
Otra, frente a la escuela.
Otra, caminando junto a Rachel.
Había al menos una docena.
Grant palideció.
—Alguien la estuvo siguiendo.
Rachel apretó las fotografías.
—Sí.
—¿Thomas?
—No lo sé.
—Pero él nos avisó.
—Eso no significa que sea él.
Grant miró las imágenes.
—¿Quién más sabría dónde está?
Rachel pensó en Evelyn.
Pensó en la clínica.
Pensó en Adrian.
Y entonces vio algo.
En una de las fotografías, reflejado en la ventana de una tienda, aparecía un hombre.
Rachel amplió la imagen.
—Espera.
Grant se acercó.
El hombre estaba de espaldas.
Pero llevaba un reloj.
Un reloj plateado con una pequeña marca negra.
Rachel lo reconoció.
—Ese reloj…
—¿Qué?
—Lo vi en casa de tu madre.
Grant frunció el ceño.
—Mi mamá tiene muchos relojes.
—No. Ese se lo vi a tu tío.
Grant la miró.
—¿A cuál?
Rachel tragó saliva.
—Al hombre que supuestamente murió cuando tú tenías un año.
La puerta principal se abrió.
Ambos voltearon.
Evelyn estaba ahí.
—No debieron venir.
Grant se puso frente a Rachel.
—¿Sabías que este lugar estaba abierto?
—Sí.
—¿Sabías que Thomas está vivo?
Evelyn cerró la puerta.
—Sí.
Grant se quedó inmóvil.
Rachel sintió una mezcla de rabia y alivio.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace ocho meses.
—¿Ocho meses?
—Sí.
Grant se acercó.
—¿Lo viste?
—Sí.
—¿Dónde?
Evelyn bajó la mirada.
—Aquí.
Rachel sintió un escalofrío.
—¿Y por qué no nos lo dijiste?
—Porque Thomas no quería que lo supieran.
—¡Es mi padre! —gritó Grant.
—También es el hombre que estuvo a punto de destruir esta familia.
—¡No puedes seguir usando esa excusa!
Evelyn comenzó a llorar.
—No entiendes lo que pasó.
—Entonces explícame.
Evelyn miró las fotografías de Maddie.
Su rostro cambió.
—¿Dónde encontraron eso?
Rachel levantó las imágenes.
—Aquí.
Evelyn se llevó una mano a la boca.
—Él no debió dejarlas.
—¿Quién?
Evelyn no respondió.
—¿Thomas estaba vigilando a Maddie?
—No.
—¿Entonces quién?
Evelyn respiró profundamente.
—Mi hermano.
Grant se quedó helado.
—Mi tío.
—Sí.
Rachel sintió que todo volvía a complicarse.
—Pero tu hermano murió.
Evelyn la miró.
—Eso fue lo que dijimos.
La verdad era peor de lo que Rachel había imaginado.
El hermano de Evelyn, Richard Bennett, no había muerto.
Había desaparecido.
Y Thomas había pasado décadas intentando encontrarlo.
Richard había sido quien ayudó a Adrian Vale a manipular algunos registros.
Pero no lo había hecho por dinero.
Lo había hecho para proteger un secreto todavía mayor.
Un secreto relacionado con el nacimiento de Grant.
Rachel miró a Evelyn.
—¿Dónde está Richard?
Evelyn negó.
—No lo sé.
—Mientes.
—No lo sé.
Grant señaló las fotografías.
—Entonces ¿por qué alguien que trabaja para él estaba siguiendo a Maddie?
Evelyn se quedó callada.
Rachel sintió que acababa de encontrar la pieza que faltaba.
—Richard sabe quién es el verdadero padre de Maddie.
Evelyn no respondió.
—Y sabe por qué Adrian cambió la muestra.
Finalmente Evelyn susurró:
—Sí.
Grant apretó los puños.
—¿Quién es el verdadero padre?
Evelyn lo miró.
—Adrian.
Rachel negó.
—No.
—La prueba genética dice que Adrian es el padre.
—Sí. Pero ¿por qué Richard estaría interesado?
Evelyn cerró los ojos.
—Porque Adrian no era el único hombre que tenía acceso a las muestras.
Rachel sintió un escalofrío.
—¿Entonces quién?
Evelyn abrió la boca.
Pero un golpe fuerte sacudió la puerta.
Todos se quedaron quietos.
Otro golpe.
Grant caminó hacia la entrada.
—¿Quién está ahí?
Una voz masculina respondió desde afuera.
—Grant.
Evelyn se quedó completamente blanca.
Grant abrió lentamente.
Un hombre mayor estaba parado frente a ellos.
Cabello gris.
Rostro cansado.
Ojos idénticos a los de Grant.
Thomas.
El verdadero padre que Grant había creído muerto toda su vida.
Thomas miró a Rachel.
Después a Maddie, cuya fotografía estaba sobre la mesa.
Y finalmente a Grant.
—Hijo.
Grant no pudo moverse.
Thomas dio un paso.
—Perdóname.
Grant tenía lágrimas en los ojos.
—¿Por qué?
Thomas bajó la mirada.
—Porque tardé treinta años en encontrarte.
Y entonces miró a Evelyn.
—Pero no fui yo quien escondió a tu hijo.
Rachel sintió que el corazón se detenía.
—¿Mi hijo?
Thomas levantó la mirada.
—No.
Se corrigió.
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—El hijo que Evelyn tuvo antes de Grant.
Y Rachel comprendió que el misterio de Michael Holloway acababa de abrir una herida mucho más antigua.