Chapter 2: El mensaje que llegó demasiado tarde
Rachel leyó el mensaje una y otra vez hasta que las letras comenzaron a parecerle borrosas.
*“Creemos que pudo haber ocurrido un error con la identidad del donante.””*
No tenía sentido.
Ella recordaba cada paso.
La clínica.
Las consultas.
Los análisis.
Las firmas.
La espera.
El procedimiento.
Y, sobre todo, la carpeta que les entregaron después.
Grant había leído los documentos con cuidado.
Incluso había preguntado varias veces si la identidad del donante estaba completamente protegida.
El médico les había asegurado que todo estaba bajo control.
Entonces, ¿qué demonios había pasado?
Rachel tomó el teléfono.
Llamó al número.
Una mujer contestó después del tercer tono.
—¿Señora Bennett?
—Sí.
—Soy Laura Méndez, coordinadora administrativa de la clínica.
—¿Qué significa ese mensaje?
Hubo silencio.
—Prefiero explicárselo en persona.
—No puedo esperar.
—Entiendo.
—Tengo una hija de cinco años.
—Lo sé.
Rachel se quedó helada.
—¿Cómo sabe que tengo una hija?
—Porque su expediente está frente a mí.
Rachel se levantó de golpe.
—¿Qué expediente?
—El de la transferencia embrionaria realizada hace cinco años.
—¿Y qué hay de él?
La mujer bajó la voz.
—Hay una inconsistencia en la información genética del donante.
Rachel sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué tipo de inconsistencia?
—No puedo explicárselo por teléfono.
—¡Entonces dígame si mi hija corre algún peligro!
—No tenemos ninguna indicación de que Maddie esté en peligro.
Rachel cerró los ojos.
Al menos eso.
—¿Entonces qué quieren de mí?
—Necesitamos que usted y su hija regresen para realizar nuevas pruebas.
Rachel apretó el teléfono.
—¿Por qué?
—Porque encontramos una conexión genética que no debería existir.
La llamada terminó diez minutos después.
Rachel permaneció de pie en medio de la cocina.
La cafetera todavía estaba encendida.
Sobre la mesa había un plato con dos tortillas que Maddie había dejado a medias.
Todo parecía normal.
Pero nada lo era.
A las seis de la tarde, Grant llegó.
Rachel no le abrió la puerta.
Él tenía llave.
Entró.
—Rachel.
Ella estaba sentada en la sala.
Maddie dormía en el sofá, abrazada a su muñeca.
Grant la miró.
Su expresión cambió.
—¿Está bien?
—Está dormida.
—¿Qué pasó?
Rachel levantó el teléfono.
—La clínica me contactó.
Grant se quedó quieto.
—¿Qué clínica?
—La de fertilidad.
Su rostro perdió color.
—¿Por qué?
—Dicen que podría haber un error con el donante.
Grant soltó una risa seca.
—Eso es imposible.
—Eso mismo pensé.
—¿Qué error?
—No lo sé.
Rachel lo observó.
—Quieren hacerle pruebas a Maddie.
Grant pasó una mano por su cabello.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Rachel lo miró fijamente.
—¿No quieres saberlo?
—Claro que sí.
—Entonces mañana vienes conmigo.
Grant guardó silencio.
Rachel esperaba que aceptara.
En cambio, él preguntó:
—¿Qué dijiste exactamente sobre mí frente a mi familia?
Rachel se quedó mirándolo.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Rachel…
—No. Dímelo tú.
Grant respiró profundamente.
—Mi mamá está destrozada.
—Tu mamá no estaba destrozada cuando insinuó que yo engañé a su hijo.
—No entiendes la presión.
Rachel soltó una risa amarga.
—¿La presión?
Señaló a Maddie.
—Ella es la que recibió la presión. Ella fue la que te abrazó y te llamó papá mientras tú decidías si te convenía reconocerla.
Grant miró hacia el sofá.
—Yo estaba enojado.
—Lo sé.
—No quise decirlo así.
—Pero lo dijiste.
Él bajó la cabeza.
—Lo siento.
Rachel no respondió.
—Rachel…
—Nuestro matrimonio terminó.
Grant levantó la mirada.
—¿Qué?
—Lo escuchaste.
—No puedes decidir eso así.
—Sí puedo.
—Tenemos una hija.
—Precisamente por ella.
Grant se acercó.
—No me puedes quitar a Maddie.
Rachel se levantó.
—Yo no te la estoy quitando. Tú la negaste.
Grant abrió la boca.
No pudo responder.
Rachel tomó una carpeta.
—Aquí están los documentos que firmaste.
Se los entregó.
Grant los miró.
—¿Guardaste todo esto?
—Porque sabía que algún día podrías fingir que no ocurrió.
Él pasó las páginas.
Había una firma.
La suya.
Otra firma.
La de Rachel.
Y una declaración donde ambos aceptaban utilizar material genético de un donante y reconocían que el niño nacido del procedimiento sería considerado hijo de ambos.
Grant dejó caer la carpeta.
—Yo estaba desesperado.
—Y yo también.
—Tenía miedo.
—Yo también.
Rachel se acercó.
—La diferencia es que yo no convertí mi miedo en vergüenza para nuestra hija.
Grant salió de la casa sin decir nada.
A la mañana siguiente, Rachel llegó a la clínica.
La recibió la coordinadora.
Pero esta vez había otra persona esperando.
Un hombre de traje oscuro.
—Soy el abogado de la clínica.
Rachel se puso tensa.
—¿Por qué hay un abogado?
—Porque descubrimos algo delicado.
Entraron a una sala privada.
La doctora revisó varios documentos.
—Hace cinco años, el donante asignado al procedimiento de ustedes tenía un perfil genético determinado.
—Sí.
—El perfil de Maddie no coincide completamente con ese registro.
Rachel sintió que le faltaba el aire.
—¿Qué quiere decir “no coincide”?
—Que no podemos confirmar que el material utilizado perteneciera al donante registrado.
Rachel miró a la doctora.
—¿Entonces de quién era?
La doctora tragó saliva.
—Eso es precisamente lo que estamos investigando.
—¿Y cómo lo descubrieron?
—Una paciente reciente presentó un patrón genético muy parecido al de su hija.
Rachel frunció el ceño.
—¿Una paciente?
—Sí.
—¿Y qué tiene que ver con Maddie?
La doctora colocó una hoja sobre la mesa.
—La prueba reveló que ambas podrían compartir al mismo padre biológico.
Rachel sintió que el mundo se detenía.
—¿Cuántas personas tienen ese mismo patrón?
La doctora la miró.
—Más de veinte.
Rachel se quedó muda.
Más de veinte.
La doctora continuó.
—Eso nos hizo revisar registros antiguos.
—¿Y?
—Encontramos algo todavía más extraño.
—¿Qué?
La doctora señaló un nombre.
*Dr. Adrian Vale.*
Rachel reconoció el nombre.
—Ese era uno de los médicos que trabajaba aquí.
—Correcto.
—¿Sigue trabajando?
—No.
—¿Dónde está?
—No lo sabemos con certeza.
Rachel miró el documento.
—¿Qué hizo?
La doctora dudó.
—No podemos acusarlo de nada todavía.
—No le estoy pidiendo una acusación. Le estoy preguntando qué descubrieron.
La mujer respiró hondo.
—Durante una auditoría interna encontramos inconsistencias en varios registros de donación que estuvieron bajo supervisión del doctor Vale.
Rachel sintió un escalofrío.
—¿Cuántos?
—Estamos revisando más de treinta expedientes.
Rachel miró a su hija, que estaba sentada afuera con una asistente.
Maddie estaba coloreando.
Completamente ajena a que los adultos acababan de abrir una puerta hacia su pasado.
—Quiero una prueba completa de ADN.
—La haremos.
—Y quiero todos los registros de mi procedimiento.
—Necesitamos autorización legal para algunos documentos.
Rachel miró al abogado.
—Entonces consígala.
Cuando salió de la clínica, llamó a Grant.
Él no contestó.
Volvió a llamar.
Nada.
Entonces recibió un mensaje.
*“No puedo hablar ahora.””*
Rachel apretó el teléfono.
Cinco minutos después llegó otro.
*“Mamá está aquí conmigo.””*
Rachel sintió que algo no estaba bien.
Le escribió:
*“Grant, la clínica encontró una posible irregularidad con el donante.””*
Pasaron dos minutos.
Después tres.
Finalmente apareció la respuesta.
*“No le digas nada a mi mamá.””*
Rachel frunció el ceño.
¿Por qué Evelyn?
Antes de poder contestar, llegó otro mensaje.
*“Y no hagas ninguna prueba más sin hablar conmigo.””*
Rachel miró la pantalla.
Ya no sintió miedo.
Sintió sospecha.
Porque si Grant no tenía nada que ocultar…
¿Por qué estaba tan desesperado por impedir una prueba de ADN?
Esa noche, mientras Maddie dormía, Rachel sacó del cajón la vieja fotografía que había guardado durante años.
La fotografía de la clínica.
Grant aparecía a su lado, sonriendo.
Pero ahora Rachel vio algo que nunca había notado.
Al fondo, junto a una puerta, aparecía un hombre.
Llevaba bata blanca.
Tenía una mano sobre el hombro de alguien.
Rachel acercó la fotografía a la lámpara.
Reconoció al hombre.
Era el doctor Adrian Vale.
Pero no estaba solo.
La mujer que aparecía junto a él era mucho más joven.
Y aun así Rachel la reconoció.
Era Evelyn Bennett.
Rachel dejó caer la fotografía sobre la mesa.
—No puede ser…
Tomó el teléfono.
Buscó el nombre de Adrian Vale.
No encontró casi nada.
Pero al reverso de la fotografía había una fecha.
Y debajo, escrita a mano, una frase que no había visto antes.
*“Los Bennett me deben más de lo que imaginan.””*
Rachel sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
Entonces escuchó un ruido detrás de ella.
Se dio la vuelta.
Maddie estaba parada en el pasillo.
—Mamá…
Rachel guardó rápidamente la fotografía.
—¿Qué pasa, mija?
La niña señaló la ventana.
—Hay un señor afuera.
Rachel se acercó.
Las cortinas estaban ligeramente abiertas.
En la calle había un automóvil oscuro.
Y dentro, alguien estaba observando la casa.
Cuando Rachel dio un paso hacia la ventana, el automóvil arrancó.
Pero antes de desaparecer en la esquina, las luces se encendieron.
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Y Rachel alcanzó a ver al conductor.
Era Grant.