Chapter 10: La niña que desapareció de su propia casa
Rachel sintió que el teléfono se le resbalaba de las manos.
—Maddie desapareció.
Grant se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—El mensaje dice que ya no está en casa.
—¡Tenemos que ir!
Thomas se interpuso.
—No.
Grant lo miró con furia.
—¡Es mi hija!
—Precisamente por eso no puedes correr sin pensar.
—¡No me digas qué hacer!
—Si Richard la tiene, está esperando que hagas exactamente eso.
Grant apretó los puños.
Rachel intentó llamar a la casa.
Nadie contestó.
Volvió a marcar.
Nada.
—Tenemos que saber quién estuvo ahí —dijo Thomas.
—Mi vecina —respondió Rachel—. La señora Carmen vive enfrente.
La llamó.
Contestó después del segundo tono.
—¿Rachel?
—Carmen, ¿viste algo raro en mi casa?
Hubo silencio.
—¿Pasó algo?
—¿Viste a Maddie?
Carmen respiró profundamente.
—Sí.
Rachel sintió que el corazón se le detenía.
—¿Cuándo?
—Hace como cuarenta minutos.
—¿Con quién estaba?
—Con una mujer.
—¿Qué mujer?
—No la conocía.
Rachel cerró los ojos.
—¿Cómo era?
—Cabello oscuro, abrigo beige. Parecía tranquila. Maddie caminaba junto a ella.
—¿Maddie estaba llorando?
—No.
Rachel sintió un extraño alivio.
—¿Parecía asustada?
—No, mija. Parecía que conocía a la mujer.
Grant se acercó.
—¿A dónde fueron?
Carmen dudó.
—A un automóvil.
—¿Qué automóvil?
—Uno gris.
Rachel apretó el teléfono.
—¿Viste la placa?
—No completa.
—Dime lo que recuerdes.
Carmen dio cuatro números.
Thomas reaccionó.
—Esa placa pertenece a una empresa.
Rachel lo miró.
—¿Cuál?
—Una empresa de seguridad privada.
Grant se quedó helado.
—Richard.
Thomas negó.
—Todavía no lo sabemos.
Rachel ya estaba caminando hacia la salida.
—Vamos.
La policía fue contactada de inmediato.
Rachel entregó fotografías recientes de Maddie, su información médica y todos los mensajes recibidos.
Pero había un problema.
No existían señales evidentes de que alguien hubiera forzado la entrada.
La puerta estaba cerrada.
Las ventanas intactas.
Las cosas de Maddie seguían en su habitación.
Su mochila estaba sobre la silla.
Su muñeca favorita, en la cama.
Su dibujo de la familia seguía debajo de la almohada.
Rachel se quedó mirando la habitación.
—Ella nunca se iría sin su muñeca.
Grant tragó saliva.
—Entonces alguien la llevó.
Thomas examinó el suelo.
—¿Qué es esto?
Señaló una pequeña mancha de tierra junto a la puerta.
Rachel se acercó.
—No estaba ahí esta mañana.
Un oficial tomó una fotografía.
—Podría ser cualquier cosa.
Thomas negó.
—No.
Tomó un poco de tierra entre los dedos.
—Es del jardín de la antigua propiedad Bennett.
Grant lo miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco ese lugar.
Rachel sintió un escalofrío.
—¿Crees que la llevaron allá?
—Es posible.
Grant ya estaba tomando las llaves.
—Voy.
Rachel lo detuvo.
—No solo.
—No pienso esperar.
—No vas a encontrarla solo.
Thomas asintió.
—Tiene razón.
El oficial intervino.
—No podemos permitir que entren a una propiedad privada sin autorización.
Rachel lo miró.
—Mi hija está desaparecida.
—Lo entiendo.
—Entonces ayúdenme a encontrarla.
El oficial tomó el teléfono.
—Vamos a solicitar apoyo.
Mientras esperaban, Rachel recibió otro mensaje.
Esta vez no había texto.
Solo una fotografía.
Maddie aparecía sentada en una silla.
Estaba despierta.
Tenía su muñeca en las manos.
Y detrás de ella había una pared de ladrillo.
Rachel acercó la imagen.
—Está bien.
Grant soltó el aire.
—¿Dónde está?
Thomas observó el fondo.
—Mira arriba.
Había un pequeño cuadro.
Una pintura de una Virgen de Guadalupe.
Rachel frunció el ceño.
—Eso puede estar en cualquier casa.
Thomas negó.
—No.
Señaló un detalle.
—Ese cuadro estaba en la antigua casa Bennett.
Grant sintió un escalofrío.
—Vamos.
La policía tardó demasiado para ellos.
Cuando llegaron a la propiedad, encontraron la puerta principal abierta.
Grant entró primero.
—¡Maddie!
Nada.
Rachel corrió detrás.
—¡Mija!
Silencio.
Las habitaciones estaban vacías.
Pero en el segundo piso había una puerta que antes no habían visto.
Estaba cerrada con llave.
Thomas la señaló.
—Esa habitación no existía cuando yo venía aquí.
Grant encontró una llave sobre una mesa.
Abrió.
Dentro había fotografías.
Decenas.
Todas de niños.
Rachel entró lentamente.
Había fotografías de Grant cuando era pequeño.
De Michael.
De otros niños.
Y finalmente de Maddie.
Rachel sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Por qué tienen todo esto?
Thomas tomó una fotografía.
—Porque Richard llevaba años construyendo un archivo.
Grant encontró una carpeta.
—Aquí hay nombres.
La abrió.
Había expedientes de diferentes familias.
Algunos tenían fotografías.
Otros, resultados de ADN.
Y muchos tenían una palabra escrita en rojo.
*“Compatible.””*
Rachel encontró el expediente de Maddie.
Lo abrió.
Había una fotografía de su hija.
Debajo decía:
*“Objetivo confirmado.””*
Rachel se llevó una mano a la boca.
—No.
Grant tomó la carpeta.
—¿Qué significa “objetivo”?
Thomas encontró otra hoja.
—Hay instrucciones.
Rachel la leyó.
*“Trasladar a la menor a la ubicación segura. Evitar contacto con la madre. Esperar confirmación.””*
Grant apretó la carpeta.
—¿Ubicación segura?
Thomas señaló un número de teléfono.
—Hay que llamarlo.
Rachel marcó.
Contestó un hombre.
—¿Sí?
Rachel habló inmediatamente.
—¿Dónde está mi hija?
Silencio.
—¿Quién es?
—La madre de Maddie.
El hombre colgó.
Grant se enfureció.
—¡Llámalo otra vez!
Rachel volvió a marcar.
Esta vez no contestaron.
Entonces escucharon un ruido detrás.
Todos se giraron.
Una mujer estaba en la puerta.
Cabello oscuro.
Abrigo beige.
La misma mujer que Carmen había visto.
Grant avanzó.
—¿Dónde está Maddie?
La mujer levantó las manos.
—No la tengo.
Rachel se acercó.
—Tú la sacaste de mi casa.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien iba a llevársela.
Grant frunció el ceño.
—¿Quién?
La mujer miró a Thomas.
—Richard.
Thomas se tensó.
—¿Quién eres?
—Me llamo Elena.
Rachel sintió desconfianza.
—¿Cómo conoces a Richard?
Elena negó.
—No trabajo para él.
—Entonces ¿para quién?
Elena miró hacia el pasillo.
—Para Thomas.
Todos quedaron en silencio.
Thomas abrió los ojos.
—Yo no te conozco.
Elena sacó un teléfono.
—No personalmente.
Mostró una serie de mensajes.
Eran de Thomas.
Rachel miró a Thomas.
—¿Son tuyos?
Él negó.
—No.
Elena frunció el ceño.
—Entonces alguien está usando tu identidad.
Grant tomó el teléfono.
Los mensajes indicaban que alguien había ordenado proteger a Maddie.
Pero el último mensaje decía:
*“Llévala a Santa Elena.””*
Rachel recordó la residencia.
—Michael.
Elena asintió.
—Está con él.
Rachel sintió un alivio enorme.
—¿Maddie está con Michael?
—Sí.
Grant respiró profundamente.
—Entonces vamos.
Pero Elena lo detuvo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Richard sabe que Michael está ahí.
Thomas palideció.
—¿Cómo?
Elena respondió:
—Porque yo trabajaba para él.
Rachel sintió un escalofrío.
—¿Qué?
—Hasta esta mañana.
Elena les contó que durante meses había trabajado para Richard creyendo que simplemente protegía documentos familiares.
Después descubrió que vigilaba a Maddie.
—Cuando entendí lo que quería hacer, decidí ayudarla.
Rachel la miró.
—¿Por qué?
Elena bajó la voz.
—Porque tengo una hija de la misma edad.
Rachel comprendió.
—¿Qué hizo Richard cuando se enteró?
—Me amenazó.
—¿Y ahora?
—Ahora sabe que traicioné su confianza.
Grant miró a Thomas.
—Tenemos que ir por Michael y Maddie.
Thomas asintió.
—Sí.
Pero antes de que pudieran salir, el teléfono de Elena sonó.
Ella contestó.
Su rostro cambió.
—¿Qué pasa? —preguntó Rachel.
Elena colgó.
—La residencia Santa Elena está evacuando a todos.
Grant se quedó helado.
—¿Por qué?
Elena miró a Thomas.
—Porque alguien llamó diciendo que había una amenaza de incendio.
Rachel sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Maddie está ahí?
—Sí.
—Entonces vamos.
Cuando llegaron a Santa Elena, había humo saliendo de una de las ventanas.
No había fuego visible en el exterior.
Las personas estaban siendo evacuadas.
Rachel corrió hacia la entrada.
—¡Mi hija está adentro!
Un empleado intentó detenerla.
—Señora, no puede entrar.
—¡Mi hija está ahí!
Grant entró detrás de ella.
Thomas gritó:
—¡Michael!
No hubo respuesta.
Rachel subió las escaleras.
—¡Maddie!
Entonces escuchó una voz.
—¡Mamá!
Rachel corrió.
Maddie apareció al final del pasillo.
Michael la llevaba en brazos.
—¡Mija!
Rachel corrió hacia ellos.
Maddie saltó a sus brazos.
—¡Mamá!
Rachel la abrazó con todas sus fuerzas.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Te hicieron algo?
—No.
—¿Quién te trajo?
Maddie señaló a Elena.
—La señora dijo que teníamos que ir con el tío Michael.
Rachel miró a Michael.
—¿Tío?
Michael sonrió débilmente.
—Supongo que ya sabe quién soy.
Rachel abrazó a su hija.
Entonces una puerta se cerró de golpe al final del pasillo.
Thomas miró hacia atrás.
—Tenemos que salir.
—¿Por qué?
—Porque ese humo no es un accidente.
Corrieron hacia las escaleras.
Pero antes de llegar abajo, Michael se detuvo.
—Esperen.
—¿Qué? —preguntó Grant.
Michael miró una puerta.
—Ahí está la habitación donde guardé los documentos.
Grant negó.
—No podemos volver.
—Hay algo que necesitamos.
Rachel apretó a Maddie.
—¿Qué?
Michael respondió:
—El archivo de tu padre.
Grant se quedó inmóvil.
—¿Qué archivo?
—El que demuestra quién ordenó cambiar la muestra de Maddie.
Entonces una voz sonó desde el fondo del pasillo.
—No necesitan encontrarlo.
Todos se giraron.
Richard Bennett estaba parado entre el humo.
Rachel lo reconoció de las fotografías.
Elegante.
Calmado.
Sin una pizca de miedo.
—Richard —susurró Thomas.
Richard sonrió.
—Hermano.
Thomas dio un paso.
—¿Dónde está el archivo?
Richard negó.
May you like
—Ya no existe.
Y levantó un pequeño encendedor.