Chapter 8: La verdad sobre la muerte de dos hombres
La voz del teléfono no terminó de pronunciar la última frase cuando Ricardo intentó arrebatarle el dispositivo a Isabella.
Ella se apartó de golpe y chocó contra el escritorio.
—¡No lo toques! —gritó.
Ricardo se detuvo.
Por primera vez, Isabella lo vio como realmente era: no un mentor, ni un socio de confianza, ni el hombre que había prometido ayudarla a recuperar su posición dentro de la familia Thorne.
Era alguien desesperado.
Alguien que sabía que los documentos de aquella caja fuerte podían destruirlo.
—Escúchame —dijo Ricardo, intentando recuperar la calma—. Esa persona está manipulándote. No sabes quién es.
La voz del teléfono volvió a escucharse.
—No necesitas confiar en mí, Isabella. Solo necesitas mirar el documento que está debajo de la grabadora.
Isabella bajó la mirada.
Había una hoja que no había revisado.
La tomó con manos temblorosas.
Era un informe de una aseguradora, fechado semanas después de la muerte de su padre. En la parte superior aparecía el número del expediente del accidente y una anotación que señalaba que ciertos registros habían sido solicitados por la empresa responsable de los vehículos utilizados por la fundación.
Debajo, alguien había escrito a mano:
«Solicitar revisión independiente de las comunicaciones y los movimientos del vehículo. El informe inicial no incluye todas las llamadas realizadas esa noche».
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Ricardo se acercó.
—Dame ese documento.
Ella lo apartó.
—¡Contéstame!
Él apretó la mandíbula.
—Tu padre estaba involucrado en una investigación financiera. Recibía amenazas comerciales. La noche del accidente conducía bajo una tormenta y perdió el control del vehículo. Eso es lo que ocurrió.
—Entonces, ¿por qué alguien pidió revisar las llamadas?
—Porque la gente siempre busca explicaciones cuando alguien muere.
La voz del teléfono interrumpió.
—Isabella, el informe no demuestra que el accidente fuera provocado. Pero hay un registro que nunca se incorporó al expediente original.
Ricardo se volvió hacia el dispositivo.
—¡No sabes nada!
—Sé que una llamada realizada desde la oficina de Vértice Consultores salió siete minutos antes del accidente. Sé que el registro fue solicitado durante la revisión inicial y que desapareció del expediente entregado a la familia.
Isabella sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Quién hizo esa llamada?
Hubo una pausa.
—Todavía no puedo identificar con certeza a la persona que utilizó el teléfono. Pero la línea estaba registrada a nombre de una empresa controlada por Ricardo Salcedo.
Isabella miró al hombre que tenía enfrente.
Ricardo permaneció inmóvil.
No negó la información.
No intentó explicarla.
Solo extendió una mano.
—Dame los documentos.
Ella retrocedió.
—¿Qué hiciste, Ricardo?
—No sabes lo que estás preguntando.
—¡Quiero saber si tuviste algo que ver con la muerte de mi padre!
Ricardo bajó la voz.
—Tu padre iba a destruir todo lo que habíamos construido.
—¿Todo lo que habíamos construido? ¡Tú eras su socio, no su dueño!
—Él iba a entregar los archivos a las autoridades. Iba a señalar a personas que no podían permitirse aparecer en una investigación pública. No entiendes las consecuencias que habría tenido.
Isabella sintió náuseas.
—¿Estás diciendo que sabías que estaba en peligro?
Ricardo no respondió.
El silencio fue suficiente para que ella comprendiera que existían preguntas que aquel hombre llevaba años evitando.
Entonces se escucharon sirenas a lo lejos.
Ricardo miró hacia la ventana.
Su rostro se endureció.
—Tienes que darme la grabadora.
Isabella apretó el dispositivo.
—No.
—¡Isabella, por última vez!
Ella retrocedió hacia la puerta.
—No voy a protegerte.
Ricardo avanzó.
Isabella abrió la puerta de golpe y salió al pasillo, gritando por ayuda.
El conductor, que había permanecido cerca de la entrada, apareció de inmediato.
Ricardo se detuvo al ver que ya no estaban solos.
En cuestión de segundos, dos agentes entraron en el edificio.
—¡Ricardo Salcedo! —ordenó uno—. Necesitamos que se aparte de la caja fuerte y mantenga las manos a la vista.
Ricardo levantó las manos lentamente.
—Esto es un asunto privado. No tienen derecho a entrar aquí.
Uno de los agentes mostró la documentación correspondiente.
—Tenemos autorización para realizar diligencias relacionadas con una investigación en curso. No se mueva.
Isabella se quedó junto a la pared, temblando.
Los agentes no la trataron como una heroína ni como una víctima perfecta. Le pidieron que se identificara, que explicara por qué estaba en el edificio y que entregara la grabadora sin alterar su contenido.
Ella obedeció.
Sabía que sus propias acciones también serían investigadas.
Y por primera vez no intentó ocultarlo.
—Quiero hablar con un abogado —dijo—. Y quiero que conste que encontré estos documentos hoy.
El agente asintió.
—Puede solicitar asistencia legal. No debe destruir, modificar ni ocultar ningún material relacionado con la investigación.
Ricardo la miró con odio.
—Vas a arrepentirte de esto.
Isabella sintió que las lágrimas comenzaban a caerle por las mejillas.
—Ya me arrepiento de muchas cosas.
En el hospital, Marcus recibió la noticia de la intervención policial mientras Khloe desayunaba bajo la supervisión de una enfermera.
Daniel estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono con el abogado independiente.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Marcus al colgar.
Daniel se volvió.
—Ricardo Salcedo fue localizado en el antiguo edificio de los Rossi. Isabella estaba allí cuando llegaron los agentes. Se encontraron documentos relacionados con los contratos de Vértice y una grabación que podría ser relevante para la investigación sobre la muerte de su padre.
Marcus sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿La grabación es auténtica?
—Todavía debe verificarse. Pero el material ya está bajo resguardo y los investigadores están revisando su contenido.
Khloe dejó la cuchara sobre la bandeja.
—¿Isabella estaba con Ricardo?
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Ella sabía lo que él estaba haciendo?
—Eso es lo que deben determinar las autoridades.
Marcus se acercó a la cama.
—¿Cómo te sientes?
Khloe lo miró con cansancio.
—Mejor que anoche. Todavía tengo miedo, pero ya no siento que estoy esperando a que ocurra otra desgracia.
Marcus le acarició la mano.
—No tienes que preocuparte por la investigación. Yo me encargaré.
Ella negó lentamente.
—No quiero que me ocultes información para protegerme.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces dime la verdad, aunque no te guste.
Marcus respiró profundamente.
—Si la grabación demuestra que alguien manipuló los documentos de mi padre, la investigación podría ampliarse. Y si aparecen indicios de que la muerte estuvo relacionada con las irregularidades financieras, las autoridades tendrán que revisar el accidente.
Khloe lo escuchó sin apartar la mirada.
—¿Crees que tu padre fue asesinado?
Marcus tardó en responder.
—No lo sé. Durante años creí que había sido un accidente. Ahora tengo motivos para hacer preguntas, pero no pruebas para acusar a nadie.
Khloe asintió.
—Esa es la respuesta que necesitaba.
Él se inclinó para besarle la frente.
En ese momento, el teléfono de Daniel vibró.
El abogado independiente acababa de recibir un mensaje del equipo que revisaba los archivos de la fundación.
Daniel leyó la notificación y se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa? —preguntó Marcus.
Daniel le mostró la pantalla.
El mensaje indicaba que los investigadores habían localizado un registro telefónico correspondiente a la noche del accidente del padre de Marcus.
La llamada había sido realizada desde una línea asociada a Vértice Consultores.
Pero lo más importante era el destinatario.
El número pertenecía a un teléfono corporativo registrado a nombre de Esteban Morales.
Marcus sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Esteban recibió una llamada de la oficina de Ricardo siete minutos antes del accidente.
Daniel asintió.
—Eso parece indicar el registro. Pero todavía no sabemos quién hizo la llamada, qué se dijo ni si existe alguna relación con el accidente.
Khloe miró a su esposo.
—¿El mismo Esteban que trajo el documento al hospital?
—Sí.
Marcus se alejó de la cama y comenzó a caminar por la habitación.
Esteban había sido el abogado de su padre.
Había conservado documentos privados.
Había aparecido en el hospital con una disposición patrimonial que nadie conocía.
Y ahora su número estaba relacionado con una llamada realizada minutos antes del accidente.
Todo parecía encajar.
Pero Marcus sabía que la verdad podía ser mucho más complicada.
—No voy a confrontarlo —dijo finalmente—. Voy a entregar el registro a los investigadores.
Daniel asintió con aprobación.
—Bien. No debemos permitir que la rabia nos haga cometer el mismo error que estamos investigando.
Mientras tanto, Isabella permanecía en una sala de entrevistas, acompañada por su abogado.
Había entregado la grabadora y señalado dónde había encontrado cada documento.
No había intentado negar que conocía a Ricardo.
Tampoco había ocultado que había firmado contratos de Vértice Consultores años atrás.
Pero se negó a hacer afirmaciones sobre la muerte de su padre sin conocer los resultados de la investigación.
—Quiero que conste que no sabía que Ricardo estaba utilizando mis documentos para operaciones irregulares —dijo.
Su abogado la miró.
—Es importante que no especules. Limítate a los hechos que recuerdas y a los documentos que entregaste.
Isabella bajó la cabeza.
Por primera vez comprendía que su antigua costumbre de ocultar información podía convertirse en un problema mucho más serio que sus celos.
Había mentido sobre el ataque a Khloe.
Había intentado convencer a Marcus de que su esposa era responsable.
Y ahora los investigadores podían descubrir que había firmado documentos utilizados en operaciones financieras sospechosas.
Aunque no hubiera conocido todos los detalles, tendría que explicar cada decisión que había tomado.
La puerta se abrió.
Un agente entró con una carpeta.
—Señorita Rossi, necesitamos hacerle una pregunta sobre una llamada telefónica realizada la noche de la muerte de su padre.
Isabella levantó la mirada.
—¿Qué llamada?
El agente colocó una copia del registro sobre la mesa.
—Una comunicación entre una línea de Vértice Consultores y un teléfono corporativo de Esteban Morales.
Isabella sintió un frío repentino.
—No sé nada de eso.
—¿Esteban Morales mantenía contacto con Ricardo Salcedo?
Ella abrió la boca.
Podía proteger al abogado.
Podía intentar mantener intacta la versión de los hechos que había sostenido durante años.
Pero entonces recordó la voz de Ricardo en la oficina.
Tu padre iba a destruir todo lo que habíamos construido.
Isabella respiró profundamente.
—Sí. Esteban conocía a Ricardo. Los dos trabajaban con documentos de la fundación Thorne.
—¿Sabe si estaban relacionados con la muerte de su padre?
—No puedo afirmarlo.
El agente cerró la carpeta.
—De acuerdo. Tendremos que verificarlo.
Antes de salir, dejó una copia de otro documento sobre la mesa.
Era una transferencia realizada tres semanas antes del accidente.
El dinero había salido de una cuenta de Vértice y había llegado a una sociedad relacionada con un antiguo empleado de la familia Rossi.
Isabella leyó el nombre.
Y sintió que el mundo volvía a detenerse.
Era el nombre de su hermano mayor, Alessandro.
Su hermano había abandonado el país después de una disputa familiar y ella llevaba años sin tener contacto con él.
—¿Por qué aparece su nombre? —preguntó, con la voz rota.
El agente no respondió de inmediato.
—Eso es precisamente lo que estamos intentando averiguar.
Isabella levantó la mirada.
Por primera vez, comprendió que la investigación no solo podía destruir su reputación.
Podía revelar que su propia familia había estado involucrada en algo que ella nunca había conocido.
Y si Alessandro había recibido dinero relacionado con los contratos de Vértice, quizá Ricardo no era el único hombre que le había mentido.
Quizá su padre había intentado protegerla de una verdad mucho más dolorosa.
Esa misma tarde, Marcus recibió una llamada del abogado independiente.
—Señor Thorne, necesitamos que revise un documento adicional.
—¿Qué encontraron?
—Una copia de una carta enviada por su padre a Esteban Morales. La carta menciona la transferencia realizada a una sociedad relacionada con Alessandro Rossi.
Marcus se quedó inmóvil.
—¿El hermano de Isabella?
—Sí.
—¿Qué decía la carta?
El abogado respiró profundamente.
—Su padre solicitaba que se investigara el origen de los fondos y que se suspendiera cualquier pago pendiente hasta aclarar la operación.
Marcus miró a Khloe.
Ella observaba su rostro, consciente de que algo importante acababa de ocurrir.
—¿Y Esteban respondió? —preguntó Marcus.
—No hemos encontrado una respuesta escrita. Pero hay una anotación posterior en el expediente que indica que el abogado consideró el asunto resuelto.
Marcus sintió una rabia fría.
—¿Resuelto por quién?
—Todavía no lo sabemos.
Colgó lentamente.
Khloe extendió la mano.
Marcus regresó a su lado.
—¿Qué pasó?
Él le explicó lo que acababa de descubrir.
Khloe cerró los ojos un momento.
—Entonces no solo debemos averiguar qué hizo Ricardo. También necesitamos saber qué papel desempeñó Esteban y por qué el nombre del hermano de Isabella aparece en los registros.
Marcus asintió.
—Y tenemos que hacerlo sin asumir que todos son culpables.
Khloe le apretó la mano.
—Exactamente.
Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio.
Después, el teléfono de Marcus recibió una nueva notificación.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Tu padre no murió por casualidad. Si quieres saber quién dio la orden, deja de buscar en los archivos de la fundación. Busca el expediente médico original».
Marcus leyó el mensaje dos veces.
Daniel se acercó inmediatamente.
—¿Qué dice?
Marcus levantó la mirada.
Por primera vez desde que comenzó la investigación, sintió un miedo que no estaba relacionado con el dinero ni con la reputación de su familia.
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Porque si alguien había manipulado el expediente médico de su padre, la verdad podía estar escondida en un lugar que nadie había considerado revisar.
Y quien había enviado aquel mensaje conocía algo que todavía no figuraba en ningún documento oficial.