Calm

Chapter 1: La noche en que Isabella cometió el peor error de su vida

El golpe resonó en la suite privada del hospital justo cuando Khloe Thorne comprendió que la mujer frente a ella era capaz de cualquier cosa con tal de quedarse con su esposo.

Khloe tenía siete meses de embarazo.

Minutos antes, había sonreído frente a decenas de cámaras durante la gala benéfica organizada por la familia Thorne. Había aceptado felicitaciones, soportado preguntas indiscretas sobre su embarazo y escuchado comentarios disfrazados de cumplidos sobre su matrimonio con Marcus, uno de los empresarios más ricos del país.

Estaba agotada.

Le dolían los pies, la espalda y hasta las mejillas de tanto sonreír. Su médico le había recomendado descansar, así que Marcus había insistido en que subiera a la suite privada del hospital donde se celebraba el evento, mientras él terminaba de atender a unos inversionistas.

Khloe creyó que por fin tendría unos minutos de tranquilidad.

Entonces apareció Isabella Rossi.

Llevaba un vestido rojo oscuro que parecía brillar bajo la luz dorada de la habitación. Su cabello estaba perfectamente recogido, sus labios pintados de carmín y su expresión tenía esa seguridad irritante de quien siempre había conseguido lo que quería.

Durante meses, Isabella había sido una presencia constante en la vida de los Thorne.

Era amiga de la familia desde hacía años, había colaborado en varios proyectos de la fundación y conocía a Marcus desde mucho antes de que Khloe entrara en su vida.

Al principio, Khloe había intentado tratarla con amabilidad.

Incluso había defendido a Isabella cuando una amiga le advirtió que aquella mujer parecía demasiado interesada en su esposo.

Pero después llegaron los comentarios.

Las miradas prolongadas.

Las manos de Isabella descansando sobre el brazo de Marcus durante las fotografías.

Las invitaciones que siempre parecían olvidar incluir a Khloe.

Y, sobre todo, aquellas frases que Isabella pronunciaba con una sonrisa inocente.

«Marcus y yo tenemos tantos recuerdos juntos. A veces me sorprende que todavía recuerde cómo era su vida antes de conocerte».

Khloe había soportado cada una de esas provocaciones porque confiaba en su esposo.

Sin embargo, esa noche Isabella había decidido abandonar cualquier apariencia de cortesía.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Khloe, intentando mantener la voz firme.

Isabella cerró la puerta detrás de ella.

—Vine a felicitarte.

—Ya lo hiciste abajo.

—No me refiero a la gala.

La sonrisa de Isabella desapareció.

Khloe sintió un escalofrío.

—No estoy de humor para tus juegos. Si necesitas algo, habla con Marcus.

—Siempre Marcus —murmuró Isabella—. Todo tiene que girar alrededor de Marcus, ¿verdad?

Khloe respiró lentamente.

No quería discutir. No quería alterarse. Lo único que deseaba era sentarse, tomar agua y sentir los movimientos de su bebé.

—Por favor, vete.

Isabella soltó una risa breve.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta de ti?

Khloe no respondió.

—Que ni siquiera tuviste que luchar por nada. Llegaste, te enamoraste de él y, de repente, eras la señora Thorne. La mujer que aparece en las revistas.

La futura madre de su heredero. La esposa perfecta.

—No voy a discutir contigo.

—Claro que no. Tú nunca discutes. Solo pones esa cara de mujer sufrida y esperas a que Marcus corra a rescatarte.

Khloe se puso de pie con cuidado.

—Se acabó. Sal de mi habitación.

Por primera vez, Isabella dejó de fingir que aquello era una conversación civilizada.

Sus ojos descendieron hacia el vientre de Khloe.

—¿De verdad crees que ese bebé va a arreglarlo todo?

Khloe sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—No vuelvas a hablar de mi hijo.

—¿Tu hijo? —Isabella ladeó la cabeza—. Qué curioso.

Hace unos años, Marcus me decía que quería construir una vida conmigo. Hablábamos de una casa, de una familia, de todo lo que haríamos cuando tuviéramos dinero suficiente para dejar de preocuparnos por el futuro.

—Eso fue antes de que yo lo conociera.

—Exactamente. Antes de que llegaras tú.

Khloe apretó los labios.

Había escuchado versiones de aquella historia, pero Marcus siempre le había explicado que su relación con Isabella había sido una amistad confusa durante su juventud. Nunca habían estado comprometidos. Nunca habían construido una vida juntos.

Y, sobre todo, Marcus había sido claro al elegir a Khloe.

—No sé qué crees que pasó entre ustedes —dijo ella—, pero Marcus tomó sus propias decisiones. No puedes culparme por eso.

El rostro de Isabella se endureció.

—Tú nunca debiste estar a su lado.

—Eso no lo decides tú.

El silencio que siguió fue tan incómodo que Khloe escuchó el zumbido del aire acondicionado.

Isabella dio un paso hacia ella.

—Se suponía que debías sonreír para las cámaras, darle al hombre que amo el hijo que siempre quiso y desaparecer de su vida.

Khloe sintió que la sangre se le helaba.

—Estás enferma.

—¿Qué dijiste?

—Que estás enferma. Y que necesitas ayuda.

El golpe llegó sin advertencia.

Isabella empujó a Khloe con ambas manos.

La mujer embarazada perdió el equilibrio y chocó contra el borde de mármol de una mesa auxiliar. El dolor le atravesó la espalda. Un vaso de cristal cayó al suelo y se hizo pedazos.

Khloe intentó sujetarse.

—¡¿Qué te pasa?! —exclamó, llevándose una mano al vientre.

Isabella avanzó hacia ella.

—¡Me quitaste todo!

—¡Aléjate de mí!

Khloe trató de alcanzar el teléfono que estaba sobre el sillón, pero Isabella se interpuso. Su rostro ya no tenía nada de elegante. La rabia le había torcido la boca y sus manos temblaban de furia.

—¿Creíste que ibas a ganar para siempre?

—¡No te acerques!

Isabella volvió a empujarla.

Khloe chocó nuevamente contra la mesa. Un dolor intenso se extendió por su abdomen y las lágrimas aparecieron de inmediato.

—¡Mi bebé! —gimió.

Por un instante, Isabella pareció detenerse.

Pero la vacilación duró apenas un segundo.

Cuando Khloe intentó incorporarse, Isabella levantó el pie y la golpeó en un costado con el tacón.

Khloe cayó al suelo.

El aire abandonó sus pulmones. Se encogió sobre sí misma, rodeando su vientre con los brazos, mientras el miedo la paralizaba.

No pensó en las joyas que llevaba puestas.

No pensó en la fortuna de su esposo.

Ni siquiera pensó en la humillación que Isabella había intentado infligirle durante meses.

Solo pensó en una cosa.

Por favor, mi amor. Quédate conmigo.

—No, no, no… —susurró, acariciándose el abdomen—. Mi bebé, por favor…

Intentó respirar profundamente, pero el dolor no se lo permitía.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

—¡Khloe!

Marcus Thorne apareció en el umbral con su esmoquin negro todavía impecable. Había subido para sorprender a su esposa con la noticia de que había conseguido una donación extraordinaria para el hospital.

Lo que encontró lo dejó inmóvil.

Su esposa estaba en el suelo, llorando y protegiéndose el vientre.

A pocos pasos, Isabella sostenía las manos contra el pecho.

Los fragmentos del vaso brillaban bajo la lámpara.

Durante un segundo, nadie habló.

Después Marcus corrió hacia Khloe.

—¡Amor! Mírame. ¿Puedes escucharme?

Se arrodilló y le sostuvo delicadamente la cabeza.

Khloe se aferró a su solapa.

—Marcus… nuestro bebé…

La expresión del empresario cambió.

—¡Necesito un médico aquí! ¡Ahora!

Elaine Parker, la coordinadora del evento, apareció detrás de él y sacó su teléfono con manos temblorosas.

Marcus volvió la mirada hacia Isabella.

—¿Qué hiciste?

Ella abrió la boca, pero no consiguió responder de inmediato.

Y entonces ocurrió algo extraordinario.

La mujer que segundos antes había atacado a una embarazada se llevó las manos a la cara y comenzó a llorar.

—¡Marcus, tienes que escucharme! ¡Ella me atacó primero!

Marcus la miró como si no reconociera a la mujer que tenía enfrente.

—¿Qué acabas de decir?

—Yo solo intentaba hablar con ella. Se puso histérica y me empujó. ¡Tuve que defenderme!

Elaine bajó lentamente el teléfono.

Había escuchado suficiente para comprender que aquello no era una simple discusión.

—Señor Thorne —dijo con voz temblorosa—, yo no vi cómo empezó, pero cuando entré…

—¡No te metas! —gritó Isabella.

El tono autoritario de su voz hizo que Elaine retrocediera.

Marcus se levantó despacio.

Tenía los puños apretados, pero cuando volvió a mirar a su esposa, toda su atención se concentró en ella.

Khloe estaba pálida.

—No dejes que se acerque a mí —susurró.

—No lo haré. Te lo prometo.

Él se quitó el saco y lo colocó cuidadosamente sobre ella para cubrirla mientras llegaba el personal médico.

En ese momento, varios médicos y enfermeros entraron en la suite con una camilla.

—Necesitamos espacio —ordenó una doctora—. Señor, por favor, hágase a un lado.

Marcus obedeció, aunque no soltó la mano de Khloe hasta que fue indispensable.

—Voy contigo —le aseguró.

Khloe apenas pudo asentir.

Mientras el equipo médico la trasladaba, Isabella retrocedió hacia la pared.

Pensó que, si mantenía su versión, podría convencer a Marcus de que todo había sido un accidente provocado por la supuesta inestabilidad emocional de su esposa.

Después de todo, ella tenía contactos.

Tenía dinero.

Tenía una reputación cuidadosamente construida durante años.

Y sabía cómo conseguir que la gente creyera lo que le convenía.

Lo que Isabella ignoraba era que, sobre la puerta de la suite, una pequeña cámara de seguridad había registrado cada segundo del ataque.

También ignoraba que, al otro lado del pasillo, un hombre acababa de escuchar la alarma médica y reconoció de inmediato el nombre de Khloe.

Era un hombre que conocía secretos de la familia Thorne que ni siquiera Marcus había descubierto.

Y cuando vio a Isabella salir de la habitación acomodándose el vestido, tomó una decisión.

Aquella noche, la mujer de rojo descubriría que había cometido el error más costoso de su vida.

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Porque acababa de atacar a la persona equivocada.

Y alguien estaba a punto de mostrarle al mundo exactamente lo que había hecho.

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