Calm

Chapter 5: La firma falsificada y la mujer que conocía demasiado

A las seis de la mañana, Marcus recibió una llamada que cambió por completo el rumbo de la investigación.

No era Elena.

Era el abogado que había administrado parte de los bienes de su padre.

—Señor Thorne, necesito hablar con usted personalmente —dijo el hombre—. Hay un documento que no debió desaparecer de los archivos.

Marcus se apartó de la cama de Khloe para no despertarla.

—¿De qué documento habla?

—De una declaración firmada por su padre cuatro días antes de su muerte.

Marcus sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Qué decía?

—Que había detectado posibles irregularidades en los pagos de la fundación y que deseaba suspender temporalmente ciertos contratos hasta completar una auditoría independiente.

—¿Qué contratos?

El abogado hizo una pausa.

—Los de Vértice Consultores.

Marcus cerró los ojos.

Otra vez aquel nombre.

—¿Y por qué nunca me habló de esto?

—Porque la declaración desapareció durante la revisión de los archivos posteriores al accidente. Yo supuse que su padre había cambiado de opinión o que el documento se había incorporado a otro expediente.

—¿Y ahora?

—Ayer recibí una llamada de Elena Ruiz. Me preguntó si conservaba alguna copia. Revisé mis archivos personales y encontré un borrador escaneado.

Marcus miró hacia el pasillo.

—¿Puede enviármelo?

—Ya lo hice. Pero hay algo más.

—Dígame.

—Su padre añadió una nota manuscrita al final. Menciona a una persona por su nombre y pide que no se le permita acceder a las cuentas hasta que se verifique la información.

Marcus sintió que el teléfono le pesaba en la mano.

—¿A quién menciona?

El abogado respiró profundamente.

—A Isabella Rossi.

Cuando Marcus abrió el archivo, sintió que estaba mirando una carta escrita desde el pasado para advertirle de algo que había tardado años en comprender.

El documento no demostraba que Isabella hubiera cometido un delito.

Su padre había sido cuidadoso con las palabras. Hablaba de discrepancias, de transferencias que requerían justificación y de una posible relación entre varios proveedores.

Pero la nota manuscrita era más directa.

«No autorizar nuevos pagos hasta determinar quién está utilizando la fundación para beneficiar intereses particulares. Isabella conoce los detalles de los contratos y ha solicitado acceso a documentos que no le corresponden. Si me sucede algo antes de terminar la auditoría, entreguen todo al abogado y no confíen en las explicaciones de nadie que haya tenido acceso a estos archivos».

Marcus leyó la última frase varias veces.

Si me sucede algo.

Su padre había escrito aquellas palabras cuatro días antes del accidente.

Durante años, Marcus había aceptado que la muerte había sido una desgracia inexplicable, una pérdida que ningún dinero podría reparar.

Nunca había considerado seriamente que su padre estuviera preocupado por alguien dentro de su propia organización.

No porque creyera imposible que existiera corrupción.

Sino porque su padre siempre había sido cuidadoso, metódico y desconfiado con sus negocios.

Si había dejado aquella nota, era porque algo lo había inquietado profundamente.

Marcus llamó a Daniel.

—Necesito que vengas a la oficina de la fundación.

—¿Qué encontraste?

—Una declaración de mi padre. Menciona a Isabella y pide que se revisen varios contratos.

Daniel guardó silencio unos segundos.

—Voy para allá. No hables con ella todavía.

—No pensaba hacerlo.

—Y Marcus, escucha bien. Una nota no prueba que tu padre fuera víctima de un delito. Tenemos que reconstruir los hechos y comprobar cada afirmación.

—Lo sé.

Sin embargo, mientras colgaba, Marcus sintió que una parte de su pasado acababa de derrumbarse.

Porque si Isabella había estado involucrada en las irregularidades que su padre investigaba, sus años de amistad no habían sido una simple historia de amor frustrado.

Tal vez ella había permanecido cerca de la familia por razones que nadie quiso ver.

A las siete y media, Daniel llegó a las oficinas de la fundación.

Elena Ruiz los esperaba en una sala de juntas con varias carpetas sobre la mesa.

Había organizado los documentos por fecha y marcado los contratos que presentaban inconsistencias.

—Antes de empezar —dijo—, quiero dejar claro que no he alterado ningún archivo. Las copias digitales conservan sus registros originales y los documentos físicos permanecieron bajo resguardo.

Daniel asintió.

—Gracias, Elena. Eso es importante.

Marcus se sentó y abrió la primera carpeta.

Durante casi una hora, revisaron facturas, autorizaciones y movimientos financieros.

Al principio, las cantidades parecían normales.

Pagos a consultores.

Servicios de auditoría.

Gastos administrativos.

Pero, cuando Elena comparó los contratos con los comprobantes de entrega, comenzaron a aparecer discrepancias.

Vértice Consultores había cobrado por evaluaciones que no figuraban en los informes de la fundación.

Había facturado servicios de asesoría durante meses en los que no existían reuniones registradas.

Y varias transferencias habían terminado en empresas con nombres diferentes, pero con datos de contacto similares.

—¿Quién aprobó estos pagos? —preguntó Marcus.

Elena señaló una columna.

—La mayoría aparecen autorizados por Ricardo Salcedo. En otros casos hay una segunda aprobación atribuida a su padre.

—¿Atribuida?

—La firma digital es válida, pero el dispositivo utilizado no coincide con el equipo habitual de su padre. Eso no demuestra por sí solo una falsificación. Necesitamos una revisión técnica.

Daniel observó los documentos.

—¿Y qué papel desempeñaba Isabella?

Elena abrió otra carpeta.

—En varios contratos aparece como representante de Vértice. En otros, como intermediaria para coordinar reuniones con la fundación.

Marcus sintió que una rabia fría le recorría el cuerpo.

—¿Ella cobraba directamente?

—No hemos encontrado pruebas suficientes para afirmarlo. Pero una de las empresas que recibió transferencias compartía domicilio fiscal con una sociedad donde ella figuraba como apoderada.

Daniel levantó la mirada.

—Eso sí necesita una investigación formal.

Marcus se pasó una mano por el rostro.

—¿Cuánto dinero estamos hablando?

Elena revisó una hoja.

—Las operaciones que he podido identificar suman varios millones de pesos, aunque todavía no sabemos cuánto corresponde a servicios legítimos y cuánto podría ser irregular.

Marcus se quedó en silencio.

No era solamente dinero.

Era la confianza de su padre.

La reputación de la fundación.

Los proyectos financiados con donaciones destinadas a pacientes y familias que necesitaban ayuda.

Y, en medio de todo, Isabella había seguido apareciendo en eventos familiares, sonriendo ante las cámaras como si nada hubiera sucedido.

—Quiero una auditoría independiente —dijo finalmente—. Sin empleados de la empresa involucrados en estos contratos. Que se preserve todo y se informe a las autoridades si los especialistas detectan indicios de delito.

Daniel asintió.

—Esa es la decisión correcta.

Elena recogió una hoja.

—Hay un último documento que no he podido verificar.

Lo colocó frente a Marcus.

Era una solicitud de acceso a la bóveda documental.

La firma digital parecía pertenecer a Marcus, pero el número de autorización había sido generado desde una cuenta secundaria.

—¿Cuándo se creó esta cuenta? —preguntó él.

—Hace cuatro años.

—¿Quién la utilizaba?

Elena dudó.

—Oficialmente, era una cuenta de respaldo para la oficina ejecutiva. La administraba una asistente externa que coordinaba reuniones y documentos para su familia.

Marcus sintió que el estómago se le encogía.

—¿Quién?

Elena bajó la voz.

—Camila Vega.

Marcus conocía ese nombre.

Camila había sido asistente personal de su padre durante años. Después del accidente, trabajó brevemente para Marcus y dejó la empresa tras aceptar una oferta en otra ciudad.

Era discreta, eficiente y, según todos, completamente confiable.

—¿Sigue trabajando para Isabella? —preguntó Daniel.

Elena negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero en los registros aparece un correo electrónico alternativo asociado a esa cuenta.

Marcus leyó la dirección.

El dominio pertenecía a una firma de consultoría que trabajaba con clientes privados.

Y uno de sus socios era Ricardo Salcedo.

A media mañana, Marcus regresó al hospital.

Khloe estaba sentada en la cama, tomando pequeños sorbos de agua. La doctora había autorizado que comenzara a moverse con ayuda, aunque todavía debía permanecer bajo observación.

Al verlo entrar, sonrió débilmente.

—¿Descubriste algo?

Marcus se sentó junto a ella.

—Mi padre estaba investigando irregularidades en la fundación antes de morir. Isabella aparece relacionada con algunos de los contratos.

Khloe dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Crees que ella tuvo algo que ver con su muerte?

Marcus negó lentamente.

—No puedo afirmarlo. La nota de mi padre demuestra que estaba preocupado, pero no prueba que hubiera un delito ni que el accidente estuviera relacionado con las cuentas.

—¿Y las cámaras del hospital?

—Registraron el ataque. Seguridad está preservando los archivos para la investigación. También están intentando identificar a la persona que dejó el sobre.

Khloe respiró profundamente.

—Entonces hay dos cosas diferentes: lo que me hizo y lo que pudo haber pasado con tu papá.

—Exactamente.

—No dejes que una cosa te haga asumir la otra.

Marcus la miró con sorpresa.

Khloe estaba herida, asustada y cansada, pero seguía siendo la persona más sensata en aquella habitación.

—No lo haré.

Ella tomó su mano.

—Y no te olvides de que alguien quiso utilizarme para llegar a ti.

Marcus se quedó inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

—El sobre estaba dirigido a mí. La nota intentaba sembrar dudas sobre nuestro matrimonio. Y después apareció Isabella, que me atacó y me dijo que yo debía desaparecer de tu vida.

Khloe hizo una pausa.

—Tal vez quería destruir nuestro matrimonio. Tal vez quería evitar que encontráramos algo. Pero alguien pensó que yo era una pieza de su plan.

Marcus apretó sus dedos.

—No volverán a utilizarte.

—No puedes controlar lo que intenten hacer. Lo que sí puedes controlar es cómo respondes.

Él inclinó la cabeza.

—Tienes razón.

Khloe le acarició el dorso de la mano.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Voy a descubrir quién falsificó las autorizaciones, quién utilizó los archivos de mi padre y quién organizó el acceso al hospital.

—Bien.

—Y voy a asegurarme de que Isabella responda por lo que te hizo.

Khloe miró hacia la ventana.

—Quiero que responda ante la ley, Marcus. No quiero que te conviertas en alguien que toma decisiones por rabia.

Él la abrazó con cuidado.

—Te lo prometo.

Pero la promesa apenas había salido de sus labios cuando Daniel apareció en la puerta.

Su expresión era grave.

—Marcus, tenemos una novedad.

El empresario se levantó.

—¿Qué pasó?

Daniel cerró la puerta antes de responder.

—La firma de consultoría asociada a Ricardo Salcedo recibió una transferencia importante hace dos semanas. El dinero provino de una sociedad relacionada con Vértice Consultores.

Marcus sintió un escalofrío.

—¿Cuánto?

—Tres millones de pesos.

Khloe se llevó una mano al pecho.

Daniel continuó:

—La transferencia fue autorizada por una persona que utilizó una cuenta vinculada a los documentos antiguos de tu padre. Y el destinatario final era una cuenta de servicios jurídicos cuyo titular aparece en otro expediente.

Marcus lo miró fijamente.

—¿Quién?

Daniel sacó una hoja.

El nombre impreso hizo que el empresario sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

No era Isabella.

No era Ricardo.

Era una persona a quien Marcus había confiado la defensa legal de su familia después de la muerte de su padre.

*El licenciado Esteban Morales, abogado personal de los Thorne.*

Khloe apretó la mano de Marcus.

—¿Él sabía todo esto?

Daniel negó con la cabeza.

—Todavía no podemos asegurarlo. La cuenta podría haber sido utilizada sin su conocimiento. Pero necesitamos investigarlo.

Marcus miró el documento una vez más.

Durante años, Esteban había sido quien le explicaba los cambios del testamento, quien organizaba las reuniones familiares y quien le aseguraba que no había nada sospechoso en los archivos de su padre.

Si el abogado había participado en aquella red de pagos, habría tenido acceso a casi todos los secretos de la familia.

Y si no había participado, alguien había conseguido utilizar su nombre para ocultar dinero.

En ambos casos, la investigación acababa de entrar en terreno peligroso.

Entonces Daniel recibió otra llamada.

Escuchó durante unos segundos y su expresión se endureció.

—¿Está seguro? —preguntó.

Hubo una pausa.

—No, no lo confronten. Esperen a las autoridades y documenten todo.

Colgó lentamente.

Marcus se acercó.

—¿Qué ocurrió?

Daniel lo miró a los ojos.

—Esteban Morales acaba de presentarse en la administración del hospital. Dice que viene en nombre de tu familia y que necesita hablar con Khloe.

Marcus sintió que la sangre se le helaba.

—¿Por qué querría hablar con ella?

Daniel guardó silencio un instante.

—Porque, según el personal de seguridad, asegura que necesita entregarle personalmente un documento relacionado con el testamento de tu padre.

Khloe palideció.

Marcus se volvió hacia ella.

Ninguno de los dos dijo nada.

Porque acababan de comprender que alguien estaba intentando acercarse a Khloe justo cuando comenzaban a descubrir la verdad.

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Y esta vez, el visitante no era una mujer celosa vestida de rojo.

Era el hombre que había ayudado a administrar los secretos de la familia durante años.

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