Chapter 7: La caja fuerte de los Rossi escondía una verdad capaz de destruir a Isabella
Isabella Rossi llevaba toda su vida creyendo que los secretos de su familia estaban enterrados para siempre, hasta que una fotografía recibida en su teléfono la obligó a regresar al lugar del que había jurado mantenerse alejada.
—Señora, ¿está segura de que quiere ir a esa dirección? —preguntó el conductor al notar que ella había cambiado de opinión por tercera vez.
Isabella miró la fotografía una vez más.
Ricardo Salcedo aparecía entrando en el antiguo edificio donde su padre había instalado las primeras oficinas de sus negocios. El mensaje mencionaba la caja fuerte número diecisiete, un compartimento que Isabella recordaba desde niña, aunque jamás había conocido su contenido.
—Sí. Y no le diga a nadie adónde vamos.
—Por supuesto.
El automóvil avanzó entre el tráfico de la mañana.
Isabella intentó llamar a Ricardo, pero la llamada fue directamente al buzón. Después probó con su abogado, quien tampoco respondió.
Por primera vez, se sintió completamente sola.
Durante meses había convencido a todos de que era una mujer elegante, independiente y segura de sí misma. Había aprendido a sonreír en las cenas de beneficencia, a hablar de inversiones sin titubear y a ocultar cualquier emoción que pudiera hacerla parecer vulnerable.
Pero ahora tenía las manos heladas.
La agresión contra Khloe había sido un error. Un error terrible que podía llevarla ante las autoridades, destruir su reputación y separarla para siempre de Marcus.
Sin embargo, todavía había algo que la aterrorizaba más.
La posibilidad de descubrir que la persona que había dirigido sus movimientos durante años nunca había tenido intención de protegerla.
El antiguo edificio de los Rossi se encontraba en una calle tranquila, lejos de las oficinas modernas que Isabella frecuentaba.
La fachada necesitaba reparaciones. Varias ventanas estaban cubiertas por persianas metálicas y el letrero de la entrada conservaba apenas unas cuantas letras del apellido familiar.
Isabella descendió del automóvil.
—Espéreme aquí.
El conductor asintió.
Ella sacó una llave que había conservado desde la muerte de su padre. La cerradura cedió después de dos intentos.
El olor a papel viejo y madera húmeda la golpeó al entrar.
Durante unos segundos, recordó su infancia: las visitas de los domingos, el sonido de la máquina de escribir de su padre y las tardes en que se escondía debajo de su escritorio para evitar que la obligaran a saludar a los socios de la familia.
Entonces recordó también las últimas semanas de su padre.
Había estado nervioso.
Hablaba por teléfono a escondidas y cerraba su oficina cuando ella se acercaba. Una noche, Isabella lo había escuchado discutir con un hombre cuyo nombre nunca logró identificar.
Su padre había muerto meses después.
La familia atribuyó su deterioro a problemas de salud y estrés financiero. Isabella jamás preguntó demasiado. Había preferido concentrarse en construir su propia vida.
Hasta ahora.
Avanzó por el pasillo y abrió la puerta de la antigua oficina principal.
El escritorio seguía allí, cubierto con una sábana gris. En la pared había un retrato familiar en el que su padre aparecía junto a ella, ambos sonriendo ante una cámara.
Isabella apartó la mirada.
Detrás de una estantería encontró la puerta del archivo privado.
La caja fuerte número diecisiete estaba empotrada en la pared.
Introdujo la llave.
El mecanismo no se movió.
—Vamos… —murmuró.
Probó una segunda vez y escuchó un clic.
La puerta se abrió lentamente.
Dentro había una carpeta de cuero, un sobre amarillo y una pequeña grabadora digital.
Isabella tomó primero la carpeta.
En la portada aparecía el nombre de su padre, seguido por una fecha de tres años atrás.
Al abrirla, encontró copias de contratos, registros de transferencias y varias cartas dirigidas a Ricardo Salcedo.
Pero lo que la dejó sin aliento fue una lista de pagos relacionados con Vértice Consultores.
Su nombre aparecía en varios documentos.
No como beneficiaria directa, sino como representante autorizada.
Había firmado contratos que su padre había preparado y entregado a Ricardo. En aquel entonces, le habían dicho que se trataba de operaciones legítimas destinadas a financiar proyectos de asesoría.
Isabella había aceptado las explicaciones sin hacer preguntas.
Ahora, en el margen de una hoja, encontró una anotación manuscrita de su padre:
«Isabella no conoce el alcance de las operaciones. Ricardo insiste en utilizar su firma como respaldo. Debo detenerlo antes de que la involucren más».
Ella sintió que las piernas le temblaban.
—No… —susurró.
Volvió a leer la frase.
Su padre no había escrito que ella fuera inocente. Había escrito que desconocía el alcance de las operaciones.
Aquella diferencia le pareció aterradora.
Porque significaba que, aunque no hubiera conocido todo lo que estaba ocurriendo, su firma podía haber sido utilizada para respaldar movimientos financieros que ahora estaban siendo investigados.
Sacó la segunda hoja.
Era una carta fechada pocos días antes de la muerte de su padre.
«Ricardo:
He revisado las cuentas y ya no puedo aceptar tus explicaciones. Si continúas utilizando documentos firmados por mi hija para justificar operaciones que no hemos autorizado, entregaré los registros al consejo y a las autoridades correspondientes.
No permitiré que Isabella cargue con las consecuencias de tus decisiones.
Debes devolver los documentos originales y suspender cualquier operación pendiente».
Isabella dejó caer la hoja sobre el escritorio.
Su padre había intentado detener a Ricardo.
Y ella, sin saberlo, había seguido trabajando con el hombre durante años.
Entonces recordó la conversación que había tenido con Ricardo después de la muerte de su padre.
Él le había dicho que necesitaba mantenerse cerca de Marcus.
Que la familia Thorne estaba a punto de reorganizar sus inversiones.
Que, si ella conseguía recuperar la confianza del empresario, podría ayudar a resolver las diferencias pendientes entre ambas familias.
Isabella había creído que se trataba de una oportunidad para recuperar su lugar junto a Marcus.
Ahora comenzaba a comprender que quizá la habían utilizado para acceder a algo mucho más importante.
La grabadora digital seguía dentro de la caja fuerte.
La tomó y presionó el botón de reproducción.
Al principio solo se escuchó un ruido estático.
Después apareció la voz de su padre.
—Ricardo, no voy a permitir que sigas utilizando el nombre de mi hija.
Una segunda voz respondió.
Isabella reconoció a Ricardo de inmediato.
—No tienes que preocuparte. Ella hará lo que le pidas. Siempre ha querido demostrarte que es capaz de manejar los negocios.
—No entiendes lo que te estoy diciendo. Hay transferencias que no puedo justificar y documentos que no recuerdo haber autorizado.
—Entonces no los recuerdes. Los registros ya están hechos.
Se escuchó un golpe sobre una mesa.
Después, la voz de su padre volvió a sonar, esta vez más débil.
—Si algo me sucede, los originales deben llegar a Marcus Thorne. Él tiene derecho a conocer la verdad.
La grabación terminó abruptamente.
Isabella se quedó inmóvil.
La frase de su padre parecía resonar por toda la habitación.
Si algo me sucede.
Se llevó una mano a la boca.
Nunca había escuchado aquella conversación. Nunca había sabido que su padre desconfiaba de Ricardo. Y jamás imaginó que Marcus pudiera estar relacionado con los documentos de la caja fuerte.
Entonces escuchó un ruido detrás de ella.
La puerta de la oficina se había abierto.
—Sabía que tarde o temprano vendrías aquí.
Isabella se volvió bruscamente.
Ricardo Salcedo estaba en el umbral.
Su traje gris estaba arrugado, tenía ojeras profundas y sostenía un teléfono en la mano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
Ricardo miró la caja fuerte abierta.
Su expresión cambió.
—¿Qué encontraste?
Isabella retrocedió, apretando la grabadora contra el pecho.
—Mi padre sabía lo que estabas haciendo.
Ricardo cerró la puerta.
—No entiendes esos documentos.
—Mi padre te pidió que dejaras de utilizar mi firma.
—Tu padre era un hombre enfermo que confundía sus sospechas con hechos.
—¡Hay una grabación!
Ricardo se quedó inmóvil.
Isabella comprendió que acababa de revelar demasiado.
Él extendió la mano.
—Dámela.
—No.
—Isabella, escucha con atención. Si entregas esos documentos, no solo me destruirás a mí. También te destruirás tú.
Ella apretó la grabadora.
—¿Qué hiciste con el dinero?
Ricardo soltó un suspiro.
—El dinero se movió entre varias empresas. Algunas operaciones eran legítimas. Otras no se documentaron correctamente. Tu padre quería detenerlo todo antes de que termináramos de reorganizar las cuentas.
—¿Y qué ocurrió con él?
Ricardo no respondió.
Isabella sintió que la habitación se volvía más pequeña.
—¿Qué ocurrió la noche del accidente?
Él la miró fijamente.
—No hagas preguntas cuya respuesta no estás preparada para escuchar.
Isabella retrocedió otro paso.
—Tú me dijiste que Marcus tenía que perder la confianza en Khloe. Me dijiste que, si el matrimonio se rompía, todo sería más fácil.
—Porque era necesario recuperar los documentos que tu padre había dejado.
—¡No me dijiste eso!
—No necesitabas saberlo.
Las palabras le dolieron más que una bofetada.
Isabella lo miró con incredulidad.
—¿Me utilizaste?
Ricardo se acercó.
—Te di oportunidades. Te ayudé cuando tu familia perdió influencia. Te mantuve cerca de personas que podían abrirte puertas.
—Me dijiste que Marcus todavía podía amarme.
—Te dije lo que necesitabas escuchar para que hicieras lo que te pedía.
Isabella sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
Durante años había culpado a Khloe por ocupar un lugar que, en su imaginación, siempre le había pertenecido.
Había convertido sus celos en una obsesión.
Había atacado a una mujer embarazada porque creyó que así recuperaría el control de su vida.
Y ahora descubría que un hombre había utilizado sus sentimientos como una herramienta.
Ricardo extendió nuevamente la mano.
—Dame la grabadora.
Isabella miró el dispositivo.
Después lo miró a él.
—No.
Ricardo dejó de fingir paciencia.
—Entonces no me dejas otra opción.
Se abalanzó hacia la caja fuerte.
Isabella retrocedió, abrazando la grabadora contra el pecho.
En ese instante, su teléfono comenzó a sonar.
La pantalla mostraba un número desconocido.
Ricardo miró el dispositivo y se quedó pálido.
—No contestes.
Isabella comprendió que aquel hombre temía a alguien más.
Y por primera vez en su vida, decidió no obedecerlo.
Contestó la llamada y activó el altavoz.
Una voz masculina llenó la habitación.
—Isabella, aléjate de Ricardo. La policía ya recibió una copia de los registros financieros.
Ricardo se lanzó hacia el teléfono.
Pero antes de que pudiera alcanzarlo, la voz añadió una última frase:
—Y hay algo que debes saber sobre la muerte de tu padre.
Isabella dejó de respirar.
Porque comprendió que la verdad que había buscado durante años estaba a punto de salir de aquella caja fuerte.
May you like
Y que, si Ricardo intentaba impedirlo, quizá no era para protegerla.
Quizá era porque su padre había descubierto algo que podía enviarlo a prisión.