Chapter 8: La trampa de los dos hermanos
Callum Russo había aprendido a reconocer una emboscada antes de que sus enemigos terminaran de prepararla.
Pero aquella noche tenía un problema que nunca había enfrentado.
No sabía cuál de las personas que lo rodeaban estaba intentando salvar a su familia y cuál quería destruirla.
La fotografía de Emma demostraba que Adrian y Dominic estaban trabajando juntos. La grabación de Thomas sugería que Anthony había intentado detenerlos. Y Gabriel, el hermano cuya existencia había permanecido oculta durante quince años, podía ser tanto un aliado como otro jugador en una guerra familiar.
Sadie estaba sentada en el borde de la cama de su antigua habitación, con la carta de Evelyn entre las manos.
—No voy a entregar el libro sin ver a Emma.
Callum asintió.
—No lo haremos.
—Gabriel dijo que tenía que ir sola.
—Y Adrian quiere que entreguemos los documentos antes de medianoche. Eso significa que ninguno de los dos puede controlar completamente la situación.
Sadie levantó la cabeza.
—¿Cómo sabe que no están trabajando juntos?
—No lo sé.
La respuesta fue honesta, pero no tranquilizadora.
Callum sacó el teléfono y llamó a Samuel Bennett.
El abogado contestó después de varios tonos.
—Dime que encontraste el libro.
—Lo encontramos. También encontramos una grabación de Thomas Miller.
Samuel permaneció en silencio.
—¿Qué decía?
—Que Adrian estaba organizando las operaciones y que Anthony intentaba detenerlo.
El abogado dejó escapar una respiración pesada.
—Entonces todo es peor de lo que imaginaba.
—Necesito que me digas quién es el hombre que estaba encargado de investigar el incendio.
Samuel tardó en responder.
—El detective Robert Hayes. Murió hace ocho años.
—¿Y quién recibió su archivo cuando se retiró?
—No lo sé.
—Averígualo.
—Callum, hay algo que debes comprender. Si Adrian está involucrado, no puedes confiar en los archivos de la policía ni en los registros de tu empresa. Él lleva años construyendo una red de favores.
Callum miró a Sadie.
—¿Qué hay de Gabriel?
—Gabriel desapareció después de la muerte de Anthony. Durante años pensé que estaba muerto. Si ha regresado ahora, es porque necesita algo.
—Necesita el libro.
—O necesita que todos crean que lo necesita.
La llamada terminó.
Sadie se levantó con cuidado.
—Tengo una idea.
Callum se volvió hacia ella.
—Te escucho.
—Vamos a entregarles una copia del libro.
—No sabemos si tenemos tiempo para preparar una falsificación convincente.
—No necesitamos falsificarlo. Mi papá llevaba sus registros en dos formatos. El cuaderno contiene las anotaciones originales, pero hay una memoria con copias digitales entre los documentos de la caja.
Callum abrió la carpeta.
Encontró una pequeña unidad de almacenamiento que había pasado por alto.
Sadie la conectó a su computadora portátil.
Había varias hojas de cálculo y archivos escaneados. El contenido coincidía con el cuaderno, salvo por una diferencia: las páginas finales no aparecían en los archivos digitales.
—Podemos entregar la copia y conservar el original —dijo ella—. Pero quiero añadir algo.
—¿Qué?
Sadie abrió una hoja de cálculo nueva.
—Una lista de los pagos que Adrian autorizó durante los últimos seis meses. No son los registros originales, pero son transacciones verificables. Si los entregamos junto con los documentos, tendrá motivos para creer que consiguió lo que buscaba.
Callum la observó trabajar.
Su dolor no había desaparecido. Seguía preocupada por Emma y cada vez que miraba la fotografía de su hermana tenía que contener las lágrimas.
Pero su mente estaba clara.
Durante años, Callum había contratado expertos para analizar problemas que él no podía resolver por sí mismo.
Nunca había comprendido que Sadie no era solamente una tasadora de arte.
Era una mujer capaz de encontrar una irregularidad entre miles de documentos y seguir el rastro hasta descubrir quién había mentido.
—¿Qué necesitas? —preguntó.
Ella levantó la mirada.
—Acceso a los archivos de tu empresa.
Callum se quedó quieto.
Era la primera vez que Sadie lo tuteaba.
No porque hubiera decidido perdonarlo, sino porque la urgencia había eliminado la distancia formal entre ambos.
—Te daré todo lo que necesites.
—Y otra cosa.
—Dime.
—No vuelvas a ocultarme información para protegerme. Si vamos a hacer esto juntos, necesito saber la verdad, incluso cuando te haga quedar mal.
Callum sostuvo su mirada.
—De acuerdo.
Sadie regresó a la computadora.
Durante la siguiente media hora, comparó los registros con los documentos de la caja y preparó una copia que incluía suficiente información auténtica para resultar convincente.
Cuando terminó, imprimió un conjunto de páginas y guardó el archivo en una memoria nueva.
Callum llamó a un conductor de confianza y le indicó que los esperara en una calle lateral.
No usarían los vehículos de la empresa ni informarían a Dominic sobre sus movimientos.
Antes de salir, Sadie guardó la carta de Evelyn y el libro original dentro de una bolsa impermeable.
—¿Qué haremos si Adrian tiene a Emma y a Gabriel al mismo tiempo? —preguntó.
Callum ajustó el abrigo.
—Separaremos a quienes estén controlando el lugar. No vamos a entrar a ciegas.
—¿Y si no podemos salvarlos a todos?
Callum se quedó en silencio.
Después respondió:
—Entonces no tomaremos decisiones hasta saber qué opciones tenemos.
Sadie lo miró durante unos segundos.
—Mi mamá habría dicho que eso es lo mínimo que debería hacer un hombre decente.
—Tu madre era más sabia que la mayoría de las personas que he conocido.
La dirección enviada por Gabriel correspondía a una antigua fábrica de muebles a las afueras de la ciudad.
El edificio estaba rodeado por una cerca metálica y varios almacenes vacíos. Una sola lámpara iluminaba la entrada principal.
Callum y Sadie llegaron poco antes de las once y media.
Dejaron el automóvil a dos calles de distancia y se acercaron a pie.
La pierna de Sadie seguía doliéndole, pero la venda que Elena le había colocado le permitía caminar sin apoyarse constantemente en otra persona.
Al llegar a la entrada, encontraron una puerta abierta.
En el interior había mesas cubiertas de polvo, herramientas abandonadas y una escalera metálica que conducía a una oficina en el segundo piso.
Gabriel los esperaba junto a una ventana.
Era más joven que Callum por unos años, de cabello oscuro y ojos grises. Tenía el mismo perfil de Anthony, pero una expresión mucho más dura.
Sadie fue la primera en hablar.
—¿Dónde está Emma?
Gabriel señaló una habitación al otro lado del pasillo.
—Está ahí.
—Quiero verla.
—Primero el libro.
Sadie sacó la copia de la bolsa.
—Aquí tienes los registros.
Gabriel la observó sin tomarla.
—No es el original.
—Es todo lo que voy a entregarte hasta que vea a mi hermana.
Gabriel soltó una risa breve.
—Evelyn te enseñó a negociar mejor de lo que imaginaba.
—Mi mamá me enseñó a no entregar algo importante a un hombre que amenaza a mi familia.
La expresión de Gabriel se endureció.
—No fui yo quien amenazó a Emma.
—Pero eres tú quien la tiene encerrada.
—La estoy protegiendo de Adrian.
Callum dio un paso al frente.
—Entonces abre la puerta.
Gabriel lo miró.
—¿Todavía crees que puedes entrar en cualquier habitación y ordenar que todos obedezcan?
—No. Por eso te estoy pidiendo que la abras.
Aquella respuesta pareció sorprenderlo.
Gabriel estudió a su hermano durante varios segundos y después hizo una señal a uno de los hombres que vigilaban el pasillo.
La puerta se abrió.
Emma estaba sentada en una silla, con una manta sobre los hombros. No tenía heridas visibles, pero su rostro estaba pálido y sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio a Sadie.
—¡Sadie!
La joven corrió hacia ella y la abrazó con cuidado.
—Estoy aquí, mija. Estoy aquí.
Emma comenzó a llorar.
—Me dijeron que no te volvería a ver.
—No voy a dejar que te pase nada.
Sadie le acarició el cabello, intentando contener su propio llanto.
Callum permaneció junto a la puerta, vigilando el pasillo.
Gabriel no había mentido sobre la ubicación de Emma.
Pero aquello no significaba que pudieran confiar en él.
Cuando las hermanas se separaron, Emma tomó las manos de Sadie.
—Hay algo que tienes que saber.
Sadie se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Antes de que me trajeran aquí, vi a Adrian hablando por teléfono. Dijo que el hombre que estaba esperando no era Gabriel.
Callum se acercó.
—¿Qué hombre?
Emma tragó saliva.
—No sé su nombre. Pero Adrian dijo que, cuando llegara, todos tendrían que obedecerlo. Dijo que él era el único que sabía dónde estaba el verdadero registro.
Gabriel se puso rígido.
—¿Escuchaste algo más?
Emma asintió.
—Dijo que Anthony había cometido el error de creer que podía volver a controlar a la familia. Después mencionó una bóveda y un nombre.
—¿Qué nombre? —preguntó Callum.
Emma cerró los ojos, intentando recordar.
—Marcus.
Gabriel perdió el color del rostro.
Callum lo notó inmediatamente.
—¿Quién es Marcus?
Gabriel no respondió.
Sadie se puso de pie.
—Ya basta de secretos. Mi hermana acaba de arriesgarse para darnos información. Quiero saber quién es ese hombre.
Gabriel miró hacia la ventana.
—Marcus Vale era el socio de mi padre.
—¿Era? —preguntó Callum.
—Todo el mundo cree que murió hace quince años.
Callum sintió que un nuevo escalofrío le recorría la espalda.
Otra persona que había sido declarada muerta.
Otra mentira que había sobrevivido durante años.
Gabriel continuó.
—Marcus manejaba las cuentas externas de la familia. Conocía los compradores, las rutas de las obras y los nombres de las personas que recibían los pagos. Si el libro original sigue existiendo, él es el único que puede explicar todos los registros.
—¿Y por qué Adrian lo está buscando? —preguntó Sadie.
—Porque Marcus tiene algo que Adrian necesita para controlar la familia.
Callum miró la copia de los documentos sobre la mesa.
—¿Qué cosa?
Gabriel respondió sin apartar los ojos de la ventana.
—Una declaración que demuestra quién ordenó el incendio.
De pronto, las luces de la fábrica se apagaron.
Emma soltó un grito.
Se escucharon pasos en la planta baja y el ruido de varias puertas cerrándose.
Callum sacó su teléfono.
Sin señal.
Gabriel maldijo en voz baja.
—No deberían haber llegado tan pronto.
Sadie se colocó delante de su hermana.
—¿Quiénes?
Gabriel no contestó.
Una voz amplificada resonó desde el pasillo.
—Buenas noches, familia.
La puerta de la oficina se abrió lentamente.
Adrian Russo entró acompañado por Dominic Hale y dos hombres armados.
No parecía sorprendido de encontrarlos allí.
Sonrió al ver a Callum.
—Sabía que vendrías.
Después miró a Sadie.
—Y tú hiciste exactamente lo que esperaba. Encontraste el libro, reuniste a los hermanos y trajiste a Emma hasta nosotros.
Callum se interpuso entre Adrian y las hermanas.
—Se acabó.
Adrian soltó una carcajada.
—Todavía no has entendido nada, primo.
Sacó un teléfono y mostró una fotografía.
En ella aparecía Anthony Russo, sentado en una silla, con las manos sujetas y una expresión de rabia.
Debajo de la imagen había una dirección.
Y una hora.
Medianoche.
—Tu padre está vivo —dijo Adrian—. Y si quieres volver a verlo, tendrás que entregarme el libro original.
Callum lo miró con frialdad.
—¿Dónde está Marcus Vale?
Adrian dejó de sonreír.
Por primera vez aquella noche, pareció verdaderamente enfadado.
—No deberías haber mencionado ese nombre.
Dominic dio un paso al frente y cerró la puerta detrás de él.
Sadie comprendió que la fábrica no había sido un refugio.
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Había sido el lugar donde Adrian esperaba reunir a todos los que podían descubrir la verdad.
Y ahora estaban encerrados con él.