Calm

Chapter 2: El hombre que sabía demasiado

Callum Russo había escuchado amenazas de políticos, empresarios, policías y hombres que juraban tener suficiente poder para destruirlo.

Ninguna había conseguido que cambiara de expresión.

Pero cuando Sadie pronunció su apellido y le explicó que quienes la habían perseguido también querían llegar hasta él, algo cambió en el reservado del Continental.

No fue miedo.

Fue reconocimiento.

Como si una pieza de un rompecabezas que llevaba meses incompleto acabara de encajar en el lugar equivocado.

—Explícate —ordenó.

Sadie negó con la cabeza.

—No aquí.

—Hace treinta segundos dijiste que no querías que nadie saliera lastimado por tu culpa. Ahora me dices que vienen por mí. No voy a fingir que no escuché ninguna de las dos cosas.

—Por favor, hay cámaras.

Callum levantó la mirada hacia la pequeña cámara instalada en una esquina del techo.

—Las cámaras de este restaurante pertenecen a mi empresa de seguridad.

—Eso no significa que sean seguras.

Aquella respuesta lo hizo callar.

Sadie no parecía una mujer que estuviera improvisando excusas. Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo buscando una salida y acababa de descubrir que todas las puertas conducían al mismo lugar.

Callum se quitó la corbata y la dejó sobre la mesa.

—Voy a hacerte tres preguntas. Quiero respuestas honestas. ¿Entendido?

Ella asintió.

—¿Quién te lastimó?

—No sé sus nombres.

—¿Cuántos eran?

—Tres.

—¿Y por qué te perseguían?

Sadie apretó los ojos.

—Porque encontraron algo que yo tenía.

Callum observó la carpeta de cuero.

—¿Los documentos del dibujo?

—No.

Ella metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo, pero se detuvo cuando sintió el saco de Callum sobre sus hombros.

—Está en mi bolsa. Me la quitaron.

—¿Qué había dentro?

—Mi teléfono, las llaves de mi departamento, mi cartera y una memoria USB.

—¿Qué contenía la memoria?

Sadie lo miró.

—Registros de varias obras de arte que pasaron por sus subastas durante los últimos dos años.

Callum no se movió.

—¿Qué clase de registros?

—Fechas de adquisición. Nombres de compradores. Certificados de procedencia. Pagos que no coinciden con los documentos oficiales.

Él comprendió de inmediato.

Aquella información podía revelar cómo algunas obras robadas habían terminado en colecciones privadas, pero también podía exponer a personas que llevaban años comprando silencio.

—¿Por qué tenías esa información?

—Porque alguien alteró los archivos de mi departamento en el museo. Yo estaba intentando descubrir quién.

—¿Y decidiste investigar por tu cuenta?

—No estaba investigando por usted.

La respuesta salió con una firmeza inesperada.

—Estaba investigando porque una pintura que yo había autenticado apareció en una subasta con documentos que nunca había firmado. Mi nombre estaba en ellos. Si alguien hubiera descubierto el fraude, yo habría perdido mi carrera y probablemente habría terminado enfrentando cargos.

Callum estudió su rostro.

Aquello tenía sentido.

Sadie no era una criminal que buscaba dinero. Era una especialista que había encontrado una irregularidad y había cometido el error de pensar que podía resolverla sin comprender quién se beneficiaba de ella.

—¿Cuándo descubriste los registros?

—Hace tres semanas.

—¿Y cuándo empezaron a seguirte?

Ella miró su muñeca.

—El jueves pasado.

Callum sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Sadie soltó una risa amarga.

—¿Decírselo a usted? ¿Cómo? ¿Llegando a su oficina y diciéndole que encontré documentos que podrían relacionar sus negocios con varias operaciones ilegales?

—Podrías haber empezado por ahí.

—¿Y luego qué? ¿Esperar a que decidiera si yo era un problema que debía resolver?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

Callum no respondió inmediatamente.

Estaba acostumbrado a que la gente le temiera. Había construido su imperio sobre esa reacción y había aprendido a utilizarla como una herramienta.

Pero Sadie acababa de señalar algo que pocas personas se atrevían a decirle en voz alta.

Ella no confiaba en él.

Y quizá tenía razones para no hacerlo.

Antes de que pudiera contestar, un hombre alto apareció junto al reservado.

Llevaba un traje gris oscuro, el cabello cortado al ras y un pequeño auricular transparente.

Era Dominic Hale, jefe de seguridad de Callum desde hacía ocho años.

—Señor —dijo—, las puertas están cerradas. El hombre del abrigo gris salió por la cocina antes de que pudiéramos detenerlo.

Callum lo miró con frialdad.

—¿Cómo logró salir?

—Se identificó como proveedor. El personal lo dejó pasar.

—¿Y nadie pensó que era extraño que un proveedor estuviera observando mis reservados?

Dominic bajó la cabeza.

—Estamos revisando las grabaciones.

Callum señaló a Sadie.

—Necesita atención médica. Que traigan un vehículo a la entrada trasera.

Dominic miró la pierna ensangrentada de la joven.

—¿Debemos llamar a una ambulancia?

Sadie se puso rígida.

—No.

Callum giró hacia ella.

—Estás herida.

—Si voy a un hospital, van a encontrarme.

—¿Quiénes?

Ella abrió la boca, pero Dominic intervino.

—Señor, hay otra cosa.

Callum no apartó los ojos de Sadie.

—Habla.

Dominic sacó una tableta y se la entregó.

—Recibimos una alerta del sistema de vigilancia hace unos minutos. Alguien intentó acceder a los archivos de seguridad de su residencia.

La expresión de Callum se endureció.

—¿Desde dónde?

—Desde una terminal interna.

—¿Qué terminal?

Dominic vaciló.

Fue apenas un instante.

Callum lo notó.

—Te hice una pregunta.

—La oficina de administración.

Sadie se llevó una mano a la boca.

Callum lo vio.

—¿Qué pasa?

Ella comenzó a negar con la cabeza.

—No puede ser.

—Sadie.

—La oficina de administración es donde se guardan las copias de los registros que encontré.

Dominic intervino con rapidez.

—Eso no significa que haya una conexión.

Sadie lo miró de una manera extraña.

No era la mirada de alguien que acababa de escuchar una posibilidad desagradable.

Era la mirada de alguien que reconocía una voz que había esperado no volver a escuchar.

Callum giró lentamente hacia su jefe de seguridad.

—¿La conoces?

Dominic sostuvo su mirada.

—He visto su nombre en los informes.

—No te pregunté eso.

El silencio se volvió incómodo.

Sadie intentó ponerse de pie.

—Necesito salir de aquí.

Callum la ayudó a levantarse, pero ella se apartó en cuanto consiguió mantener el equilibrio.

—No voy a ir a su casa —dijo—. No voy a subir a su automóvil y tampoco voy a entregarles lo que queda de mis documentos.

—No tienes que decidir nada ahora.

—Sí tengo. Porque todos ustedes siguen hablando como si mi vida fuera un asunto que pueden organizar alrededor de una mesa.

Su voz se quebró al final.

—Alguien me siguió desde el museo. Me esperó cerca de la estación. Me arrancó la bolsa, me golpeó cuando intenté recuperarla y me dijo que la próxima vez no tendría tanta suerte. Después me preguntó si ya había hablado con usted.

Callum sintió una furia tan intensa que tuvo que mantener las manos inmóviles.

—¿Te golpearon después de preguntarte por mí?

—Sí.

—¿Y no les dijiste nada?

Sadie lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Les dije que no sabía dónde encontrarlo.

Callum bajó la voz.

—Pero sabías que esta noche estarías conmigo.

Ella asintió lentamente.

—Uno de ellos me enseñó una fotografía suya. Me dijo que viniera a esta cita como si nada hubiera pasado. Que le entregara los documentos y me fuera a casa.

—¿Por qué obedeciste?

Sadie respiró hondo.

—Porque amenazaron a mi hermana.

La respuesta hizo que Callum dejara de pensar en el hombre del abrigo gris.

—¿Tienes una hermana?

—Se llama Emma. Tiene veintidós años. Estudia enfermería y trabaja por las tardes en una cafetería para pagar parte de sus gastos.

Sadie se limpió una lágrima con el dorso de la mano.

—No tiene nada que ver con esto. Ni siquiera sabe en qué estoy trabajando.

—¿Dónde está ahora?

—En mi departamento. O debería estarlo.

—¿Debería?

Ella sacó del bolsillo del pantalón un pequeño papel doblado, húmedo por la lluvia.

—Me lo dieron antes de dejarme ir.

Callum lo tomó.

Solo había una dirección y una hora escrita con tinta negra.

Debajo, una frase:

*Si Russo quiere volver a ver a las dos hermanas con vida, que lleve el registro original antes de medianoche.*

Callum leyó la nota dos veces.

Después miró el reloj.

Faltaban treinta y siete minutos para las doce.

—Dominic, prepara el vehículo.

El jefe de seguridad asintió.

—¿A dónde vamos?

Callum dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de su saco.

—A buscar a Emma.

Sadie le sujetó la manga.

—No. Ellos quieren que vaya usted.

—Lo sé.

—¡No entiende! Si esto es una trampa, van a matarlo.

Callum la miró.

—Llevo años viviendo entre trampas.

—Pero esto es diferente.

—¿Por qué?

Sadie tragó saliva.

—Porque el hombre que me entregó la nota sabía algo que nadie fuera de mi familia debería saber.

Callum esperó.

Ella apretó los dedos contra la tela de su camisa.

—Sabía el nombre de nuestra madre.

La joven bajó la mirada.

—Mi mamá murió hace nueve años. Antes de morir, me pidió que nunca confiara en un hombre llamado Russo.

Por primera vez en toda la noche, Callum perdió el control de su expresión.

Porque él jamás había escuchado el nombre de Sadie Miller antes de contratarla.

May you like

Pero sí conocía el apellido de soltera de su madre.

Y sabía exactamente por qué una mujer muerta habría querido mantener a sus hijas lejos de su familia.

Related Stories

Other posts