Calm

Chapter 4: El muerto que seguía controlando a los vivos

La fotografía tembló entre los dedos de Sadie cuando Callum Russo pronunció una frase que jamás imaginó decir en voz alta.

—Mi padre murió hace quince años. Y si alguien está utilizando su nombre para amenazarte, voy a descubrir por qué.

Sadie no apartó los ojos de la imagen.

Anthony Russo aparecía junto a Evelyn Miller con una expresión seria, vestido con un abrigo oscuro y un traje que parecía demasiado elegante para el lugar donde habían tomado la fotografía. Su mano descansaba sobre el hombro de la madre de Sadie con una familiaridad que no podía confundirse con una relación laboral.

Pero lo que más inquietaba a la joven era la expresión de su madre.

Evelyn no parecía una empleada intimidada por un hombre poderoso.

Sonreía.

Y aquella sonrisa le dolía a Sadie porque nunca había visto una fotografía de su madre en la que pareciera tan feliz.

—¿Quién era ella para su padre? —preguntó.

Callum mantuvo la mirada fija en la carretera a través de la ventana.

—No lo sé.

—No me mienta.

—No estoy mintiendo.

—Su padre tenía la mano sobre el hombro de mi mamá como si la conociera desde hacía años. Ella guardó esta fotografía entre documentos que consideraba peligrosos. Y usted acaba de palidecer como si hubiera visto un fantasma.

Callum giró hacia ella.

—Mi padre era un hombre que guardaba secretos incluso de su propia familia.

—¿Eso significa que pudo haber tenido una relación con ella?

La pregunta golpeó un lugar que Callum llevaba años evitando.

—Es posible.

Sadie cerró los ojos.

Durante toda su vida había creído que su madre había trabajado en una oficina contable antes de casarse con su padre. Evelyn nunca hablaba demasiado de aquella etapa, y cuando Sadie insistía, cambiaba de tema con una sonrisa triste.

Después de su muerte, las preguntas se habían convertido en recuerdos.

Ahora los recuerdos parecían mentiras.

—Mi mamá jamás me dijo que conocía a los Russo —murmuró.

—Quizá intentaba protegerte.

—¿De usted?

Callum no contestó.

El automóvil se detuvo frente a un edificio de ladrillo ubicado en una calle tranquila, lejos de los restaurantes elegantes y las avenidas iluminadas del centro de Chicago.

No era una mansión ni un escondite de película.

Era una antigua propiedad comercial con ventanas altas, una entrada discreta y un departamento acondicionado en el segundo piso.

Callum había comprado el edificio años atrás a través de una empresa legítima. Pocas personas conocían su existencia.

—Vamos a entrar —dijo—. Hay un baño, ropa limpia y un médico que puede revisar tu pierna.

Sadie observó el edificio.

—¿Y después?

—Después vamos a descubrir quién está detrás de esto.

—No. Después voy a buscar a Emma.

Callum sostuvo su mirada.

—Primero necesitamos asegurarnos de que no nos estén siguiendo.

Ella bajó del vehículo con dificultad.

Él se acercó para ayudarla, pero no la tocó hasta que Sadie extendió la mano por voluntad propia.

Ese pequeño gesto lo sorprendió.

También lo hizo sentir culpable.

La había contratado porque era brillante. Había confiado en su criterio profesional y le había pagado bien por su trabajo. Pero nunca se había preguntado por qué una mujer tan competente necesitaba tanto aquel empleo ni por qué parecía aterrada cada vez que él levantaba la voz.

Había confundido su silencio con tranquilidad.

Y ahora ella estaba pagando el precio.

Dentro del edificio, una mujer de unos cincuenta años los esperaba con un botiquín médico. Se llamaba Elena y llevaba años atendiendo discretamente a personas cercanas a la familia Russo.

—Siéntate, muchacha —le dijo a Sadie con una ternura que contrastaba con la severidad de su rostro—. Vamos a ver qué te hicieron.

Sadie se sentó en un sillón.

Cuando Elena levantó cuidadosamente la tela rasgada de la media, descubrió una herida superficial cerca del tobillo, además de un hematoma considerable en la rodilla. La mancha de sangre que Callum había visto en su blusa provenía de una cortada en el costado, causada probablemente por un objeto afilado durante el forcejeo.

No parecía profunda, pero necesitaba limpieza y revisión.

—Tuviste suerte —dijo Elena—. Aunque esa suerte no te va a durar si sigues caminando como si nada te doliera.

Sadie intentó sonreír.

—Tengo práctica.

Elena dejó de preparar las gasas.

—¿Práctica de qué, corazón?

Sadie bajó la mirada.

—De fingir que estoy bien.

Callum escuchó aquellas palabras desde la puerta.

No intervino.

Por primera vez en mucho tiempo, entendió que su presencia podía empeorar una situación en lugar de resolverla.

Esperó hasta que Elena terminó de limpiar las heridas y le entregó a Sadie una muda de ropa cómoda. Después, cuando la joven estuvo sola en la pequeña sala, entró con dos tazas de café.

—No sabía cómo lo tomabas —dijo, dejando una sobre la mesa—. Así que está negro.

Sadie miró la taza.

—Siempre lo tomo negro.

—Lo sé.

Ella levantó la cabeza.

Callum se encogió ligeramente de hombros.

—Has venido a mi oficina más de cien veces. Nunca le pones azúcar.

Por primera vez desde que se conocían, Sadie lo miró con una curiosidad que no estaba relacionada con su trabajo.

—Entonces sí se fija en las cosas.

—En las que importan.

—¿Y nunca se preguntó por qué siempre llegaba quince minutos antes?

Callum se sentó frente a ella.

—Pensé que eras puntual.

Sadie soltó una risa sin humor.

—Mi papá solía decirme que llegar tarde era una forma de demostrar que no respetabas a los demás. Después de que murió, me aferré a esa idea. Era una de las pocas cosas que todavía podía hacer para sentir que él seguía orgulloso de mí.

Callum permaneció en silencio.

—Mi mamá murió dos años después —continuó ella—. Emma todavía era una niña. Yo tuve que trabajar y estudiar al mismo tiempo. No podía darme el lujo de equivocarme.

Apretó la taza entre las manos.

—Por eso nunca llego tarde. Por eso nunca entrego un informe incompleto. Y por eso, cuando alguien me amenaza, mi primer instinto es arreglarlo sola. No porque sea valiente, sino porque no sé qué hacer cuando necesito ayuda.

Callum sintió un peso desagradable en el pecho.

—No tienes que demostrarme nada.

—Eso es fácil de decir cuando usted puede contratar a veinte hombres para resolver cualquier problema.

—No cualquier problema.

Sadie lo observó.

—¿Qué problema no puede resolver, señor Russo?

Callum bajó la mirada hacia el café.

—Los que yo mismo provoqué.

La respuesta pareció sorprenderla.

Antes de que pudiera preguntar algo más, el teléfono de Callum vibró.

Era el hombre al que había llamado para encontrar a Emma.

Respondió de inmediato.

—Habla.

La voz al otro lado sonaba agitada.

—Señor, encontramos el departamento de la hermana. La puerta está abierta y hay señales de que alguien entró.

Sadie se puso de pie tan rápido que tuvo que apoyarse en el brazo del sillón.

—¿Emma está ahí?

Callum levantó una mano para pedirle que esperara.

—¿Encontraron a alguien?

—No. Pero hay una taza de café sobre la mesa, todavía tibia. Y el teléfono de la joven está en el suelo, con la pantalla rota.

Sadie sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—No…

Callum la sujetó antes de que cayera.

—¿Hay sangre? —preguntó al teléfono.

—No, señor.

—¿Alguna nota?

Se escucharon pasos y voces al fondo.

Después, el hombre respondió:

—Sí. Hay un sobre blanco sobre la cama.

—Ábrelo.

Un silencio.

Luego:

—Contiene una fotografía de la joven y un mensaje.

Callum cerró los ojos un instante.

—Léelo.

La voz se volvió más baja.

—«La primera hermana encontró la verdad. La segunda pagará por ella».

Sadie se cubrió la boca.

Callum terminó la llamada y guardó el teléfono.

—Voy a encontrarla.

—Quiero ir con usted.

—No puedes caminar bien.

—¡Es mi hermana!

—Y si alguien te está esperando, no voy a llevarte directamente hasta ellos.

Sadie lo miró con lágrimas en los ojos.

—No me pida que me quede aquí mientras usted decide qué hacer con mi familia.

Callum se quedó inmóvil.

Tenía razón otra vez.

No podía pedirle confianza mientras tomaba todas las decisiones por ella.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero vas a permanecer a mi lado y, si encontramos peligro, no vas a correr hacia él sin pensar.

—No soy una niña.

—Lo sé.

—Entonces deje de hablarme como si no pudiera decidir nada.

Callum inclinó la cabeza.

—Tienes razón.

La admisión la desconcertó más que cualquier orden.

Diez minutos después, salieron del edificio.

El automóvil avanzó por las calles mojadas de Chicago mientras las luces de los semáforos se reflejaban sobre el asfalto. Sadie miraba por la ventana, apretando contra el pecho la fotografía de su madre.

Callum recibió otro mensaje.

Era una imagen del sobre encontrado en el departamento de Emma.

Lo que le llamó la atención no fue el mensaje amenazante.

Fue el sello.

Un pequeño círculo negro con una línea plateada en el centro.

Callum conocía aquel símbolo.

Su padre lo utilizaba para identificar documentos privados que no debían entrar en los registros oficiales de la familia.

Pero había algo imposible.

El sello llevaba quince años sin utilizarse.

Desde la noche en que Anthony Russo había sido declarado muerto.

—¿Qué pasa? —preguntó Sadie.

Callum le mostró la imagen.

Ella observó el sello durante unos segundos y luego sacó la carta de Evelyn.

En la esquina inferior había un símbolo idéntico.

—Mi mamá lo dibujó en varios documentos —dijo—. Pensé que era una marca suya.

Callum acercó ambas imágenes.

Eran iguales.

Entonces el teléfono de Sadie vibró.

Un número desconocido.

Había un mensaje de voz.

Ella no quería escucharlo, pero Callum esperó a que decidiera por sí misma.

Finalmente, pulsó el botón.

La voz de una mujer llenó el automóvil.

—Sadie, si estás escuchando esto, significa que encontraron la fotografía. No confíes en Adrian. No confíes en Dominic. Y, por encima de todo, no permitas que Callum abra la caja que su padre escondió antes de morir.

Sadie palideció.

La voz continuó, temblorosa y urgente.

—Tu hermana está viva, por ahora. Para mantenerla así, tendrás que descubrir qué contiene la caja. Pero recuerda algo, hija mía: el hombre que te está ayudando también es parte de la razón por la que tu padre murió.

El mensaje terminó.

Sadie giró lentamente hacia Callum.

Él no intentó justificarse.

No había una explicación que pudiera ofrecerle sin conocer la verdad.

El automóvil se detuvo frente al edificio donde vivía Emma.

Callum miró hacia la entrada y después a la joven que tenía sentada a su lado.

—Sadie, hay algo que debes saber sobre la muerte de tu padre.

Ella sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué cosa?

Callum sostuvo su mirada.

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—La noche en que murió, mi padre estaba con él.

Y ninguno de los dos salió vivo de aquel lugar.

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