Chapter 13: Mariana contestó la llamada y dijo una verdad que nadie estaba preparado para escuchar
El teléfono seguía vibrando sobre la cama.
Nadie se atrevía a contestar.
El nombre de Mariana iluminaba la pantalla.
Ryan finalmente extendió la mano.
—Soy yo.
Presionó el botón.
—¿Mariana?
Al principio solo escuchamos respiración.
Después, una voz temblorosa.
—¿Estás con Emily?
—Sí.
—¿Y con tu padre?
Samuel respondió:
—Sí.
Hubo un silencio.
—Entonces escucha con atención —dijo Mariana—. No regresen a la casa.
Papá frunció el ceño.
—Ya estamos ahí.
Mariana soltó un suspiro.
—Entonces ya es demasiado tarde.
Sentí un escalofrío.
—Mariana —dije—, necesito saber qué pasó con mi mamá.
—Lo sé.
—¿Tú estuviste ahí?
—Sí.
—¿Viste lo que pasó?
—Vi suficiente.
Ryan apretó el teléfono.
—Dime la verdad.
—No puedo explicarlo por teléfono.
—Entonces ven.
—No.
—Por favor.
Mariana guardó silencio.
—Toda mi vida pensé que no querías conocerme —dijo Ryan.
—Yo también pensé que tú no querías conocerme.
—Era mentira.
—Lo sé ahora.
Ryan cerró los ojos.
—Diane te dijo que yo no quería saber de ti.
—Sí.
—Nunca fue verdad.
—Ya lo sé.
—Entonces déjame verte.
Mariana respiró profundamente.
—Te voy a mandar una dirección.
El mensaje llegó unos segundos después.
Papá revisó el teléfono.
—Es un café en el centro de Puebla.
—¿Cuándo? —preguntó Ryan.
—Ahora.
—Vamos.
Yo lo detuve.
—No tan rápido.
Ryan me miró.
—¿Qué pasa?
—El mensaje amenazante.
Papá asintió.
—Tiene razón.
Samuel dijo:
—No podemos saber quién controla ese teléfono.
Mariana escuchó.
—Yo sí sé.
Todos nos quedamos callados.
—¿Quién? —preguntó Samuel.
—Alguien que ustedes conocen.
—¿Diane?
—No.
—¿Quién?
Mariana respondió:
—La persona que estuvo manejando el dinero durante todos estos años.
Papá frunció el ceño.
—¿Quién?
Mariana no respondió.
—Mariana.
—Cuando lleguen, lo sabrán.
La llamada terminó.
Ryan dejó el teléfono sobre la cama.
—No me gusta esto.
—A mí tampoco —dijo papá.
Yo miré la caja azul.
—Tenemos que llevar los documentos.
Samuel negó.
—No todos.
—¿Por qué?
—Porque si alguien está vigilando esta casa, no quiero que sepan exactamente qué encontramos.
Papá guardó la memoria USB.
—Esto viene conmigo.
Yo tomé la carta de mi mamá.
—Y esto.
Ryan me miró.
—¿Estás segura de ir?
—Quiero respuestas.
—Podrías quedarte aquí.
—No.
Me acerqué a él.
—He pasado años viviendo dentro de una mentira. Ya no voy a esconderme de ella.
Ryan asintió.
—Entonces voy contigo.
Salimos.
El viaje a Puebla fue tenso.
Nadie hablaba demasiado.
Papá conducía.
Samuel iba en el asiento trasero.
Ryan estaba a mi lado.
Después de casi una hora, rompió el silencio.
—Emily.
—¿Sí?
—Quiero pedirte perdón.
—Ya lo hiciste.
—No lo suficiente.
Lo miré.
—No sé si algún día pueda perdonarte.
—Lo entiendo.
—Pero necesito que sepas algo.
—¿Qué?
—Si descubro que tú sabías más de lo que dijiste…
—No lo sabía.
—Déjame terminar.
Ryan guardó silencio.
—Si descubro que me ocultaste algo importante, se acabó.
Él asintió.
—No habrá otra mentira.
Llegamos al café poco después.
Mariana estaba sentada en una mesa del fondo.
La reconocí inmediatamente.
Tenía los mismos ojos de Samuel.
Pero había algo en su expresión que me recordó a mi mamá.
Ryan se quedó inmóvil.
Mariana levantó la mirada.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Después ella se puso de pie.
—Hola.
Ryan tragó saliva.
—Hola.
Mariana sonrió con tristeza.
—Te pareces mucho a nuestro papá.
Ryan soltó una risa nerviosa.
—Tú también.
Ella negó.
—Yo me parezco a nuestra mamá.
Samuel bajó la cabeza.
—Mariana…
Ella lo miró.
—No estoy lista para perdonarte.
—Lo sé.
Después se acercó a Ryan.
—Pero tampoco estoy enojada contigo.
Ryan tenía lágrimas en los ojos.
—Yo ni siquiera sabía que existías.
—Yo sí sabía que existías.
—¿Quién te habló de mí?
—Tu mamá.
Ryan apretó la mandíbula.
—¿Qué te dijo?
—Que eras egoísta. Que no querías compartir nada. Que odiabas tener una hermana.
—Eso es mentira.
—Ahora lo sé.
Mariana miró hacia mí.
—Tú eres Emily.
Asentí.
—Sí.
—Tu mamá hablaba de ti todo el tiempo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿La conociste?
—Sí.
—¿Cómo?
—Era amiga de mi mamá.
Papá preguntó:
—¿Tu mamá?
Mariana asintió.
—La mujer que Diane hizo desaparecer de nuestras vidas.
Samuel cerró los ojos.
—¿Cómo se llamaba?
Mariana respondió:
—Lucía.
Ese nombre golpeó a Samuel.
—Lucía…
—Sí.
Yo sentí que me faltaba el aire.
—¿Mi mamá conocía a Lucía?
—Mucho.
—¿Y tú?
—Yo era niña.
Mariana sacó un sobre.
—Pero recuerdo aquella noche.
Lo puso sobre la mesa.
—Aquí están las pruebas.
Papá abrió el sobre.
Había fotografías.
Una de mi mamá.
Otra de Diane.
Otra de Samuel.
Y una cuarta fotografía que nos dejó paralizados.
Era Ryan.
Mucho más joven.
Estaba parado frente a la casa de mi mamá.
Ryan la tomó.
—Yo no recuerdo esto.
Mariana dijo:
—Porque Diane te convenció de que nunca habías estado allí.
—¿Por qué estaba aquí?
—Porque tu mamá te pidió que fueras.
Ryan miró la fotografía.
—¿Qué tenía que hacer?
—Ayudarla a sacar los documentos.
—¿Y después?
Mariana bajó la voz.
—Diane llegó.
Papá preguntó:
—¿Qué pasó?
—Hubo una discusión.
—¿Entre quiénes?
—Tu mamá de Emily y Diane.
—¿Y Ryan?
—Estaba ahí.
Ryan cerró los ojos.
—Recuerdo una parte.
Todos lo miramos.
—¿Qué recuerdas?
—Mi mamá gritándome.
—¿Qué decía?
Ryan se llevó una mano a la cabeza.
—Que me fuera.
Mariana asintió.
—Eso pasó.
—¿Y luego?
—Tu mamá de Emily me pidió que escondiera una caja.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Dónde?
Mariana sacó otra fotografía.
Era una pared de la casa.
—Ahí.
Papá entendió.
—El compartimento.
—Sí.
—Entonces tú escondiste la caja azul.
—Sí.
—¿Y por qué apareció ahí tantos años después?
Mariana miró a Samuel.
—Porque alguien la movió.
Samuel frunció el ceño.
—¿Quién?
Mariana sacó un documento.
—La persona que tenía acceso al fideicomiso.
Papá lo tomó.
Leyó el nombre.
Su rostro cambió.
—No.
Ryan preguntó:
—¿Quién es?
Papá levantó lentamente la mirada.
—El abogado de la familia.
Samuel asintió.
—El mismo hombre que manejaba las cuentas de Diane.
Yo sentí un escalofrío.
—¿Él trabajaba para mi mamá?
—Para todos —respondió Mariana.
—¿Y robó el dinero?
—No exactamente.
—Entonces ¿qué hizo?
Mariana señaló una firma.
—Movió fondos siguiendo instrucciones de alguien.
—¿De quién?
Mariana me miró.
—De Diane.
Diane había manipulado a todos.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Y la noche de mi mamá?
Mariana respiró profundamente.
—Yo vi a Diane discutir con ella.
—¿Y luego?
—Tu mamá cayó.
Ryan cerró los ojos.
—¿Fue un accidente?
Mariana negó.
—No exactamente.
Mi corazón se detuvo.
—Explícame.
—Diane la empujó.
Papá cerró los ojos.
Ryan se quedó pálido.
—Pero ella dijo que tropezó.
—Mentía.
—¿Mi mamá murió ahí?
—No.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué?
Mariana me miró.
—Ella todavía estaba viva.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Entonces qué pasó?
—Diane se fue.
—¿Y mi mamá?
—Yo quise ayudarla.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
Mariana comenzó a llorar.
—Corrí a buscar ayuda.
—¿Y?
—Cuando regresé, ella ya no estaba.
Papá se puso de pie.
—¿Quién se la llevó?
Mariana negó.
—No lo sé.
Samuel levantó la cabeza.
—Yo sí.
Todos lo miramos.
—¿Qué?
Samuel respiró profundamente.
—Yo.
Ryan se quedó inmóvil.
—¿Tú te llevaste a la mamá de Emily?
—Sí.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
Samuel me miró.
—Porque estaba viva.
—¿Y qué hiciste?
—La llevé al hospital.
—¿Entonces por qué murió?
Samuel bajó la mirada.
—Porque alguien llegó antes que yo.
Papá preguntó:
—¿Quién?
Samuel respondió:
—El abogado.
Mariana negó.
—No.
Samuel la miró.
—Sí.
—No fue él.
—Entonces ¿quién?
Mariana abrió la boca.
Pero no habló.
Finalmente me miró.
—Emily, hay una cosa que nunca te dije.
—¿Qué?
—Tu mamá sobrevivió aquella noche.
Mi cuerpo entero se quedó frío.
—¿Qué?
—Sobrevivió.
—Pero murió.
—Eso fue lo que nos hicieron creer.
Ryan se puso de pie.
—¿Dónde está?
Mariana tomó mi mano.
—No lo sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Porque alguien la sacó del hospital.
Papá palideció.
—¿Quién?
Mariana respondió:
—Una mujer.
—¿Qué mujer?
Mariana miró hacia la entrada del café.
Su rostro perdió el color.
—Ella.
Todos volteamos.
Una mujer mayor acababa de entrar.
Llevaba un rebozo oscuro.
Se quedó junto a la puerta.
Me miró directamente.
Y dijo:
—Emily, tu mamá me pidió que te buscara cuando tuvieras treinta años.
Yo sentí que las piernas me fallaban.
—¿Quién eres?
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La mujer caminó lentamente hacia nosotros.
—La persona que cuidó a tu madre durante los últimos quince años.