Chapter 5: La notaría confirmó quién llevó mis papeles y por qué mi hermana necesitaba mi dinero
A la mañana siguiente, antes de que me permitieran salir del hospital, recibí una llamada que terminó de destruir la poca confianza que todavía conservaba en mi madre.
Era una mujer de la notaría.
Se identificó como la licenciada Fernanda Ríos y me explicó que había recibido nuestra solicitud para verificar la documentación relacionada con mi nombre.
—Señora Herrera, no puedo darle todos los detalles por teléfono, pero sí puedo confirmarle que encontramos un expediente con sus datos. Para proteger su información, necesitamos verificar su identidad antes de mostrarle el contenido.
—¿Aparece mi firma?
La licenciada hizo una pausa.
—El expediente contiene un documento firmado que se atribuye a usted. No puedo confirmar por teléfono si esa firma es auténtica.
—Yo no lo firmé.
—Comprendo. Cuando acuda, podemos revisar qué documento se integró al expediente, qué trámite se solicitó y qué información quedó registrada sobre la persona que lo presentó.
Mauricio anotó cada indicación.
La cita quedó programada para el día siguiente, siempre que la doctora autorizara mi salida.
Cuando terminó la llamada, sentí un cansancio que parecía venir desde los huesos.
No había dormido bien. Cada ruido del pasillo me despertaba y cada vez que una enfermera se acercaba, me preparaba para escuchar una mala noticia sobre mi bebé.
La doctora Salgado revisó mis resultados y me explicó que, aunque la evolución era alentadora, debía seguir observando cualquier cambio y cumplir todas las indicaciones médicas. No quiso prometerme que ya no existía ningún riesgo.
Antes de darme el alta, nos entregó instrucciones detalladas para el cuidado en casa y nos dijo que regresáramos de inmediato ante cualquier síntoma de alarma.
Mauricio escuchó todo con atención, hizo preguntas y guardó los documentos en una carpeta.
No dejó que yo cargara absolutamente nada.
Cuando salimos, me llevó directamente a nuestro departamento.
El lugar olía a café recién preparado. Sobre la mesa del comedor estaban los diminutos zapatos amarillos que habíamos comprado para nuestra hija.
Me quedé mirándolos durante un largo rato.
—Quiero que el próximo domingo sigamos preparando su habitación —dije.
Mauricio dejó las llaves junto al florero.
—Claro que sí.
—Quiero terminar de pintar la pared.
—Podemos hacerlo cuando la doctora diga que es seguro. No necesitas apresurarte.
—No quiero que Renata se adueñe también de este momento.
Él se acercó y me besó la frente.
—No va a hacerlo.
Esa tarde, por primera vez desde la agresión, conseguí dormir unas horas.
Al despertar, encontré tres llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de mi padre.
«Mañana iremos a la notaría contigo. Necesitamos aclarar esto sin personas ajenas a la familia».
Lo leí en voz alta.
Mauricio negó con la cabeza.
—No tienen que acompañarte.
—Lo sé.
—Y no tienes que hablar con ellos si no quieres.
Miré la pantalla.
Durante años había sentido que necesitaba permiso para poner límites a mi familia. Si mi madre se enojaba, yo trataba de reconciliarla con todos. Si mi padre se encerraba en su silencio, yo buscaba la manera de hacerlo hablar. Si Renata armaba un escándalo, yo terminaba ofreciendo dinero o disculpas para que la paz regresara.
Pero aquella paz siempre tenía el mismo precio.
Yo debía renunciar a algo.
Esta vez no lo haría.
Respondí a mi padre.
«Iremos Mauricio y yo. Si quieren explicar algo, podrán hacerlo cuando tengamos los documentos delante».
No contestó.
A la mañana siguiente llegamos a la notaría a la hora acordada.
La licenciada Fernanda nos recibió en una oficina pequeña con un escritorio de madera, dos sillas y un archivero metálico. Después de verificar mi identidad, sacó una carpeta gruesa y la colocó frente a nosotros.
Lo primero que vi fue una copia de mi identificación.
La segunda hoja era una autorización.
La tercera, una solicitud para ceder derechos sobre los recursos de la cuenta de mi abuela Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién trajo estos documentos? —pregunté.
La licenciada revisó el expediente.
—La persona que presentó la solicitud fue la señora Patricia Herrera, según consta en el registro de recepción.
Mi madre.
No se trataba de una suposición de Karla ni de una interpretación de Mauricio. Su nombre estaba anotado en el expediente.
—¿Ella dijo que yo había firmado personalmente?
—La documentación fue entregada como parte de una solicitud en su nombre. Precisamente por eso necesitamos revisar con cuidado lo que ocurrió.
La licenciada explicó que el expediente incluía copias de documentos personales y una hoja en la que mi firma aparecía como autorización. Sin embargo, el trámite no demostraba por sí mismo que yo hubiera comparecido ni que hubiera consentido la operación.
—¿Existe un registro de una cita conmigo? —pregunté.
Fernanda revisó varias páginas.
—No encuentro constancia de que usted se haya presentado personalmente en esta oficina para firmar ante nosotros. Debemos verificar si el documento corresponde a un instrumento formal, a una solicitud preparatoria o a documentación que se recibió sin completar el trámite.
Mauricio se inclinó hacia el escritorio.
—¿Y el dinero que aparece en la cuenta? ¿Pudo retirarse con este documento?
—Eso debe confirmarlo la institución bancaria. Nuestra oficina no ejecuta las transferencias. Lo que puedo decirles es que los documentos de este expediente no bastan, por sí solos, para demostrar que la señora Camila autorizó personalmente esos movimientos.
Respiré hondo.
No era todavía la prueba definitiva que necesitábamos.
Pero sí una diferencia importante.
El banco tendría que explicar por qué se habían realizado aquellas transferencias. La notaría tendría que aclarar cómo se integró el expediente. Y alguien tendría que responder por la firma que aparecía en una hoja que yo nunca había tocado.
La licenciada pasó a la siguiente página.
Entonces vi otro nombre.
Roberto Herrera.
Mi padre.
—¿Por qué aparece mi papá aquí?
La mujer revisó el documento.
—Se le menciona como persona de contacto para una diligencia relacionada con la solicitud.
Mauricio me miró.
Yo sentí que el estómago se me encogía, aunque intenté mantener la calma.
—¿Mi padre también estuvo aquí?
—El expediente contiene una anotación que indica que acudió posteriormente para preguntar por el estado del trámite. No puedo asegurarle más sin verificar el registro completo.
Me quedé inmóvil.
Mi madre había llevado los documentos.
Mi padre había preguntado por el procedimiento.
Y Renata había recibido el dinero.
No sabía si los tres habían participado de la misma manera, pero ya no podía creer que mi padre fuera un simple espectador.
—Quiero una copia de todo lo que legalmente puedan proporcionarme —dije—. Y quiero que quede registrado que desconozco esa firma y esa autorización.
La licenciada asintió.
Nos explicó qué solicitudes podíamos presentar para obtener copias y cómo preservar el expediente. También nos recomendó acudir con asesoría jurídica independiente para determinar los pasos posteriores.
Agradecimos su ayuda y guardamos nuestras notas.
Cuando salimos al pasillo, mi teléfono vibró.
Era mi padre.
«Estoy afuera. No te vayas. Tenemos que hablar».
Mauricio se asomó por la ventana.
Mi padre estaba junto a su camioneta.
Mi madre permanecía en el asiento del copiloto.
Y Renata estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados.
—No quiero verlos —dije.
—No tienes que hacerlo.
Pero antes de que pudiéramos alejarnos, mi padre entró al edificio y caminó directamente hacia nosotros.
—Camila, por favor. Necesito explicarte.
—¿Qué hacías preguntando por el trámite de mi cuenta?
Mi padre bajó la mirada.
—Tu madre me dijo que tú estabas de acuerdo.
—¿Y por qué no me preguntaste?
—Porque creí que querías ayudar a tu hermana.
—¿Ayudarla a qué? ¿A quedarse con el dinero de mi abuela?
—No fue así.
Mauricio cruzó los brazos.
—Entonces explíquelo.
Mi padre miró a su yerno con evidente molestia.
—Esto es entre mi hija y yo.
—Era entre ustedes antes de que falsificaran su firma y retiraran su dinero. Ahora hay una investigación.
Mi padre apretó los labios.
Por un instante pareció que iba a gritar, pero se contuvo.
—Renata estaba en problemas —dijo finalmente—. Su negocio iba a cerrar y tenía deudas. Tu madre pensó que podíamos ayudarla utilizando parte del dinero.
—¿Podíamos? —pregunté—. ¿Estás hablando como si ese dinero fuera tuyo?
—No quise decir eso.
—¿Entonces qué quisiste decir?
Se pasó una mano por el rostro.
—Pensamos que podrías prestárselo. Cuando tu madre habló contigo, creyó que habías aceptado.
—Yo nunca acepté.
Mi padre abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
—¿Sabías que había una autorización con mi firma?
Su silencio fue suficiente para que sintiera una punzada de dolor mucho más profunda que el golpe del día anterior.
—Papá, mírame.
Finalmente levantó la cabeza.
—¿Sabías que estaban usando mi nombre?
—Sabía que estaban preparando unos documentos. No sabía que tu firma fuera falsa.
—¿Y qué hiciste cuando supiste que el dinero había salido de la cuenta?
Mi padre no respondió.
Mauricio dio un paso hacia él.
—No puede seguir protegiéndolas con silencios.
—¡No estoy protegiendo a nadie!
La voz de mi padre resonó en el pasillo.
Varias personas volvieron la cabeza.
Él bajó el tono.
—Solo quiero evitar que esto destruya a nuestra familia.
Lo miré con una tristeza que ya no podía ocultar.
—¿Y quién estaba tratando de evitar que me destruyeran a mí?
Mi padre se quedó inmóvil.
En ese momento se abrió la puerta de la calle y apareció Renata.
Mi hermana caminó hacia nosotros, con el maquillaje cuidadosamente retocado y un bolso nuevo colgado del brazo. Parecía dispuesta a entrar en una discusión que ya había ensayado de camino a la notaría.
—¡Qué bueno que sigues aquí! —me dijo—. Tenemos que terminar con esta tontería.
Mauricio se interpuso cuando intentó acercarse demasiado.
—Mantén tu distancia.
Renata soltó una risa despectiva.
—¿Ahora tú vas a decirme cómo hablar con mi hermana?
—Te digo que no te acerques a ella.
Mi hermana me miró por encima del hombro de Mauricio.
—Camila, deja de hacerte la víctima. Yo no quería que te pasara nada. Estabas gritando y me puse nerviosa.
—Me pateaste.
—Fue un impulso.
—Me miraste a los ojos antes de hacerlo.
Por primera vez, Renata no tuvo una respuesta inmediata.
Después volvió a levantar la barbilla.
—Bueno, ¿y qué quieres que haga? ¿Que me arrodille? ¿Que te pida perdón delante de todo el mundo?
Ya entendí que estás embarazada. No necesitas recordármelo a cada rato.
Sentí que Mauricio se tensaba a mi lado.
—No voy a pedirte que hagas nada —contesté—. Ya presenté la denuncia. El video existe. Y ahora sabemos que tú recibiste dinero de una cuenta que no te pertenece.
La expresión de mi hermana cambió.
—¿Qué dinero?
—Ciento ochenta y cinco mil pesos.
Renata se quedó pálida por un instante.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
—Ese dinero me lo dio mamá —dijo enseguida—. Pregúntale a ella.
—Lo haré. Pero también voy a investigar por qué aparece una firma falsa a mi nombre.
Mi hermana apretó con fuerza la correa de su bolso.
—Tú no sabes nada.
—Entonces explícame.
Renata miró a mi padre.
Él apartó los ojos.
Ese gesto fue suficiente para revelar que ninguno estaba preparado para sostener la mentira frente a los documentos.
Mi hermana retrocedió.
—Esto no se va a quedar así.
Se dio media vuelta y salió del edificio.
Mi madre, que había permanecido cerca de la puerta, se acercó entonces.
Tenía los ojos enrojecidos, pero no parecía arrepentida. Parecía furiosa porque el plan ya no estaba bajo su control.
—Camila, no te reconozco —dijo—. Estás dispuesta a meter a tu propia hermana en problemas por dinero.
La miré de frente.
—No, mamá. Estoy dispuesta a dejar de resolver sus problemas a costa de mi vida.
Patricia abrió la boca.
Pero no alcanzó a responder.
Mi teléfono vibró otra vez.
Era un mensaje de Karla.
«Prima, acabo de encontrar algo en una conversación vieja de mi mamá. Hay una foto de Renata sosteniendo un documento frente a la cuenta de mi abuela. Y mi tía escribió que, cuando consiguieran tu firma, por fin podrían recuperar la casa».
La casa.
Miré a Mauricio.
Después volví a leer el mensaje.
¿Qué casa?
Mi abuela Elena había vivido durante años en una pequeña propiedad a las afueras de Querétaro. Después de su muerte, mi madre había dicho que la casa se había vendido para cubrir gastos pendientes. Yo nunca recibí dinero de esa supuesta venta, pero tampoco hice preguntas porque confiaba en ella.
Ahora comprendía que el asunto podía ser mucho más grande que los ciento ochenta y cinco mil pesos.
Le pedí a Karla que me enviara la fotografía y la conversación completas.
Cuando llegó la imagen, amplié la pantalla.
Renata aparecía sentada frente a una mesa, sosteniendo un documento.
Mi madre estaba a su lado.
May you like
Y en la esquina inferior se distinguía una dirección que reconocí de inmediato.
Era la dirección de la casa de mi abuela.
Related Stories