Chapter 10: Mi padre sabía más de lo que admitía y su firma aparecía junto a la mía
—¿Mi papá presentó estos documentos?
La pregunta salió de mi boca casi sin voz.
La licenciada Andrea Mendoza mantuvo la carpeta abierta sobre su escritorio. No intentó suavizar lo que estábamos viendo, pero tampoco quiso sacar conclusiones antes de revisar todas las pruebas.
—Su nombre aparece en el registro de recepción —explicó—. Eso demuestra que estuvo involucrado en la entrega de parte de la documentación. Lo que todavía tenemos que establecer es qué sabía, qué declaró y si tenía conocimiento de las irregularidades.
Mauricio me tomó la mano.
Yo apenas podía sentir sus dedos.
Durante las últimas semanas había descubierto que mi madre había ocultado información sobre la casa de mi abuela, que mi hermana había recibido dinero de una cuenta que no le pertenecía y que alguien había intentado utilizar mi firma para formalizar documentos.
Ahora el nombre de mi padre aparecía en aquella misma historia.
—Necesito hablar con él —dije.
La licenciada Andrea no se opuso, aunque nos recomendó hacerlo sin entregar originales ni permitir que nadie se llevara los documentos. También nos sugirió registrar por escrito cualquier información relevante y canalizar las cuestiones legales a través de su despacho.
Mauricio llamó a mi padre.
Roberto contestó después de varios intentos.
—¿Qué pasó, hijo?
Su tono cotidiano me lastimó. Hablaba como si no existiera una carpeta con su nombre, como si aquella mañana todavía pudiera preguntarme por el embarazo y luego marcharse a trabajar sin explicar nada.
Mauricio activó el altavoz.
—Necesitamos que vengas al despacho de la licenciada Andrea. Hay documentos relacionados con el préstamo y la casa de la abuela Elena.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué documentos?
—Los que tú presentaste.
Mi padre soltó un suspiro.
—No sé de qué estás hablando.
Sentí que una mezcla de tristeza y rabia me recorría el cuerpo.
—Papá, tu nombre está en los documentos. No vuelvas a decirme que no sabes de qué hablo.
—Camila, no es una conversación para tener por teléfono.
—Por eso te estamos pidiendo que vengas.
Mi padre tardó varios segundos en responder.
—Está bien. Voy para allá.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono.
—Todavía puede explicarse —dije, aunque no sabía si intentaba convencer a Mauricio o a mí misma.
Él me acarició el cabello.
—Puede explicarse. Pero también tiene que hacerse responsable de lo que haya hecho.
La licenciada Andrea guardó los documentos en la carpeta.
—Recuerde algo, Camila: descubrir una irregularidad no significa que deba resolverla usted sola. No tiene que proteger a su padre ni enfrentarse a su madre para obtener respuestas. Nosotros podemos revisar las pruebas y determinar los pasos correspondientes.
Asentí.
No sabía cómo iba a reaccionar cuando tuviera a mi padre enfrente.
A pesar de todo, seguía siendo el hombre al que había buscado cuando tenía miedo, el que me cargaba dormida hasta mi cama cuando yo era pequeña y el que me enseñó a cambiar una llanta antes de que aprendiera a manejar.
Pero también era el hombre que había permanecido al lado de Renata mientras yo esperaba una ambulancia.
Y ahora tenía que explicar por qué su nombre aparecía en una operación financiera que podía afectar a mi futuro y al de mi hija.
Roberto llegó cuarenta minutos después.
Entró al despacho con la camisa arrugada y el rostro tenso. Al verme, extendió los brazos como si quisiera abrazarme.
Yo no me moví.
Su expresión cambió.
—Camila, hija…
—Siéntate, papá.
Se quedó de pie durante unos segundos. Después tomó la silla frente a nosotros y dejó las manos sobre las rodillas.
La licenciada Andrea colocó una copia del documento frente a él.
—Señor Roberto, ¿reconoce este registro?
Mi padre apenas lo miró.
—Sí.
Una sola palabra.
Sentí que algo dentro de mí se hundía.
—¿Tú entregaste estos documentos? —pregunté.
Mi padre bajó la cabeza.
—Sí.
Mauricio se enderezó en la silla.
—¿Por qué?
Roberto se frotó las manos.
—Tu madre me dijo que necesitaba ayuda para resolver un problema financiero. Me explicó que la casa seguía vinculada a la herencia de tu abuela y que era necesario completar unos trámites.
—¿Qué trámites?
—Un préstamo.
—¿De setecientos mil pesos?
Mi padre cerró los ojos.
—Sí.
La cifra volvió a golpearme.
Setecientos mil pesos.
Una cantidad que yo jamás habría aceptado comprometer sin entender cada condición, aunque me hubieran asegurado que era por el bien de mi familia.
—¿Quién pidió el préstamo? —pregunté.
—Tu madre.
—¿Y quién puso la casa como garantía?
—Ella dijo que estaba autorizado.
Me incliné hacia delante.
—¿Autorizado por quién?
Mi padre no respondió.
La licenciada Andrea intervino con serenidad.
—Señor Roberto, necesitamos que sea preciso. ¿Su hija compareció ante usted o ante algún representante para autorizar el uso de la propiedad?
—No.
La respuesta me hizo cerrar los ojos.
—¿Le consta que firmó esa autorización? —continuó la abogada.
—No la vi firmarla.
—¿Entonces por qué presentó el documento?
Mi padre se llevó una mano a la frente.
—Patricia me dijo que Camila ya había aceptado y que solamente faltaba entregar los papeles.
—¿Usted verificó esa información con su hija?
Roberto no contestó.
Y esa ausencia de respuesta fue peor que cualquier explicación.
—Podías haberme llamado —le dije—. Podías haber venido a mi casa. Podías preguntarme si estaba de acuerdo.
—Lo sé.
—Pero no lo hiciste.
—Lo sé, hija.
Su voz comenzó a quebrarse.
Durante unos segundos quise creer que todo podía arreglarse con aquella confesión. Que mi padre estaba avergonzado, que todavía existía una parte de él capaz de decirme la verdad.
Entonces la licenciada Andrea le mostró otra hoja.
—¿También reconoce esta declaración?
Mi padre la miró.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
Era un documento en el que constaba que yo había expresado mi conformidad con la operación y que mi padre había entregado la documentación correspondiente.
No era una copia de mi firma aislada.
Era una declaración que atribuía a nuestra conversación una autorización que jamás había dado.
—Yo no escribí eso —dijo.
—¿Le consta quién lo hizo?
—No.
—¿Firmó usted esta página?
Mi padre permaneció inmóvil.
Después asintió.
—Sí.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Por qué firmaste una declaración sobre algo que nunca te dije?
Mi padre empezó a llorar.
No lo había visto llorar de aquella manera desde el funeral de mi abuela.
—Porque pensé que no pasaría nada.
Me quedé helada.
—¿Cómo que no pasaría nada?
Roberto se limpió los ojos.
—Tu madre dijo que iba a pagar el préstamo en cuanto resolviera sus asuntos. Me aseguró que el trámite era temporal, que la casa no se vendería y que todo se arreglaría antes de que tú necesitaras intervenir.
—¿Y decidiste mentir por ella?
—No pensé que estuviera mintiendo.
—Pero tampoco preguntaste.
Mi padre bajó la mirada.
—No.
Mauricio se levantó de su silla.
—Camila estaba construyendo su familia. Tenía derecho a decidir qué hacer con su dinero y con cualquier propiedad que le correspondiera. Usted no podía sustituir esa decisión.
Mi padre no protestó.
—Tienes razón —murmuró.
Yo sentía una presión insoportable detrás de los ojos.
—¿Sabías que mi firma era falsa?
Mi padre tardó tanto en responder que comprendí que no quería hacerlo.
—Papá.
Se llevó ambas manos al rostro.
—Vi los documentos sobre la mesa de la cocina. Tu madre estaba copiando tu firma.
Me quedé sin aliento.
Mauricio dio un paso hacia él.
La licenciada Andrea levantó una mano para indicar que debíamos mantener la calma.
—¿Qué hizo usted cuando vio eso? —preguntó.
Mi padre dejó caer las manos.
—Le pregunté por qué lo hacía.
—¿Y qué le respondió?
—Me dijo que tú ya habías aceptado. Que necesitaba que los papeles estuvieran completos para no retrasar el préstamo.
—¿Le creyó?
Roberto me miró.
En sus ojos había vergüenza, pero no suficiente como para borrar lo ocurrido.
—Quise creerle.
Me reí sin querer.
Fue una risa corta, dolorosa, completamente vacía.
—Yo también quería creerles a ustedes. Por eso les di acceso a mis documentos, por eso ayudé a Renata, por eso nunca pregunté qué habían hecho con las cosas de mi abuela. Siempre quise creer que mi familia no podía lastimarme de esa manera.
Mi padre comenzó a sollozar.
—Perdóname, hija.
Lo observé durante varios segundos.
—¿Para qué necesitaba mamá setecientos mil pesos?
Roberto se secó el rostro y miró hacia la puerta.
—Su negocio de banquetes estaba hundido. Había pedido dinero prestado para mantenerlo funcionando. Después, cuando las deudas crecieron, intentó cubrir unas con otras.
—¿Por eso utilizó la casa?
—Dijo que sería la única manera de conseguir una cantidad suficiente.
—¿Y el dinero de mi abuela?
Mi padre apretó la mandíbula.
—Parte se utilizó para ayudar a Renata. Otra parte se entregó para cubrir pagos relacionados con las deudas de Patricia.
—¿Entonces Renata no sabía toda la verdad?
—Sabía que había dinero. Sabía que tu madre lo estaba usando. No sé si conocía todos los detalles.
No lo defendí ni lo condené.
Necesitaba separar lo que sabía de lo que imaginaba.
La licenciada Andrea anotó las respuestas y le explicó a mi padre que tendría que proporcionar información adicional a través del procedimiento correspondiente. No podía garantizarle qué consecuencias tendría su participación, pero sí le dejó claro que su declaración no lo eximía automáticamente de responsabilidad.
Roberto asintió.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Hija, sé que no merezco que me escuches, pero hay algo más. Tu madre no solo pidió el préstamo para salvar su negocio.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué más hizo?
Mi padre tragó saliva.
—El dinero que recibió no alcanzó para cubrir todo. Hay otra deuda que nunca le contó a nadie.
—¿De cuánto?
—No lo sé exactamente.
—Papá, basta de medias verdades.
Mi padre se levantó lentamente.
—El acreedor le está exigiendo una cantidad antes de que termine el mes. Por eso estaba tan desesperada por conseguir tu firma. Quería vender la casa y pagar todo de una vez.
La licenciada Andrea intervino.
—¿Tiene alguna documentación de esa otra deuda?
Roberto negó con la cabeza.
—No. Pero sé que existe porque escuché a Patricia hablando por teléfono.
—¿Con quién?
Mi padre me miró.
—Con Isabel.
El nombre de mi tía desconocida volvió a aparecer en la conversación.
—¿Isabel Herrera? —pregunté.
Él asintió.
—Tu madre le pidió que no interfiriera. Le dijo que, si tú encontrabas los documentos originales, todo saldría a la luz.
Sentí un escalofrío.
Mi padre sacó del bolsillo una pequeña hoja doblada.
—Encontré esto en el automóvil de tu madre. Lo guardé porque pensé que podría necesitarlo.
La dejó sobre el escritorio.
Era una nota con un número telefónico, una cantidad escrita a mano y una frase breve:
«Último plazo: treinta y un de octubre».
La cantidad anotada era de cuatrocientos veinte mil pesos.
Miré a la licenciada Andrea.
—¿Qué significa?
Ella estudió la nota con cuidado.
—No podemos saberlo solo por este papel. Pero el monto y la fecha podrían estar relacionados con la deuda adicional de la que habla su padre.
Mauricio miró el calendario de su teléfono.
Faltaban dieciséis días para el treinta y uno de octubre.
Mi madre tenía una deuda de cuatrocientos veinte mil pesos que nadie me había mencionado.
Y había intentado utilizar la casa de mi abuela y mi firma para resolverla.
La licenciada guardó una copia de la nota.
Mi padre se quedó junto a la puerta, esperando que yo dijera algo.
No le pedí que se fuera.
Tampoco lo abracé.
Solo le hice una pregunta.
—Si hubieras sabido que esto podía poner en peligro mi futuro y el de mi hija, ¿habrías hecho lo mismo?
Mi padre rompió a llorar otra vez.
—No.
Yo quería creerle.
Pero, en aquel momento, su respuesta ya no era suficiente.
Cuando salió del despacho, me quedé mirando la puerta cerrada.
Mauricio me rodeó los hombros.
—Ahora sabemos por qué quería la firma.
Negué lentamente.
—Sabemos para qué quería utilizarla. Pero todavía no sabemos qué más está ocultando.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
«Soy Isabel Fuentes. Tu abuela me dejó algo que Patricia lleva años buscando. Necesito verte antes de que sea demasiado tarde».
Debajo aparecía una dirección.
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Y una última frase.
«Tu madre acaba de enterarse de que ya no estoy dispuesta a guardar silencio».
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