Chapter 3: La firma falsa que llevaba el nombre de mi abuela
—Contéstame, Camila. ¿Quién te enseñó ese documento?
La voz de mi madre ya no tenía dulzura.
Mauricio encendió la grabadora de su teléfono y lo dejó sobre la mesa, a la vista de todos. No sabía si aquella grabación sería útil después, pero quería que yo pudiera concentrarme en la conversación sin perder de vista ningún detalle.
—Estoy viendo un documento con mi nombre y mi firma —respondí—. Una autorización para retirar todo el dinero de la cuenta de mi abuela. Yo nunca firmé eso.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícame.
Mi madre soltó un suspiro irritado.
—Ay, Camila, por favor. Estás alterada por lo que pasó hoy. Necesitas descansar. No puedes sacar conclusiones mientras estás en el hospital.
Miré a Mauricio.
Él no dijo nada, pero su mirada me recordó que no tenía que permitir que mi madre cambiara el tema.
—¿Renata retiró ciento ochenta y cinco mil pesos de mi cuenta?
Escuché un ruido al otro lado de la línea. Algo parecido a una silla arrastrándose.
—Ese dinero era de la familia —contestó finalmente Patricia.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Era de mi abuela. Ella lo dejó para mí.
—Tu abuela no quería que fueras egoísta.
—¿Ser egoísta es preguntar dónde está el dinero que me dejó?
—¡No me levantes la voz!
No había levantado la voz.
Ni siquiera estaba hablando fuerte.
Pero mi madre estaba acostumbrada a que yo retrocediera en cuanto mostraba enojo. Cuando era niña, bastaba con que apretara los labios para que yo me disculpara, incluso cuando no había hecho nada malo.
Esta vez no me disculpé.
—Quiero saber quién falsificó mi firma.
—Nadie falsificó nada.
—Entonces dime cuándo firmé esa autorización.
Mi madre no respondió.
Detrás de ella escuché la voz de Renata.
—¿Con quién estás hablando?
Patricia cubrió el micrófono, pero no lo suficiente.
—Con tu hermana.
—¡Dile que deje de meterse en lo que no le importa!
Después se oyó un golpe.
Como si alguien hubiera cerrado una puerta con fuerza.
Mi madre volvió a hablar.
—Camila, te lo voy a decir una sola vez. No hagas nada de lo que después te puedas arrepentir. Renata ha cometido errores, sí, pero es tu hermana.
Y tú tienes una vida hermosa, un marido que te quiere y una bebé en camino. No necesitas destruir a los demás para ser feliz.
Me quedé mirando la pared blanca de la habitación.
—¿Eso crees que estoy haciendo? ¿Destruir a los demás por preguntar por mi dinero?
—No quiero discutir.
—Yo tampoco. Solo quiero que me devuelvan lo que me quitaron.
Mi madre soltó una risa amarga.
—No tienes idea de lo que le debes a esta familia.
Colgó.
Me quedé con el teléfono en la mano, sintiendo que aquella llamada me había envejecido varios años.
Mauricio se acercó a la cama.
—Ya escuchaste lo que necesitabas escuchar.
—No todo.
—No. Pero escuchaste suficiente para saber que no quieren explicar los movimientos de la cuenta.
Karla se secó la cara con la manga de su sudadera.
—Mi mamá va a decir que yo provoqué todo esto.
La miré.
—Tú no provocaste nada.
—Pero yo soy quien tiene el video. Y ahora todos van a saber que lo guardé.
Mauricio se sentó frente a ella.
—Escúchame, Karla. Nadie puede obligarte a borrar una grabación para proteger a alguien que lastimó a otra persona. No tienes que enfrentarte sola a tu familia. Tus papás deben saber que estás segura y que no vamos a dejar que te presionen.
Karla asintió, aunque seguía nerviosa.
Después me miró con una seriedad que no correspondía a su edad.
—Hay algo más que no te he dicho.
Suspiré.
Durante las últimas horas, cada nueva confesión había abierto otra puerta hacia un problema que yo ni siquiera sabía que existía.
—Dime.
Karla sacó un pequeño sobre de su mochila.
Era amarillo, de esos que se utilizan para guardar documentos. Tenía una esquina arrugada y una mancha de tinta azul en el centro.
—Lo encontré hace dos semanas en el cuarto de mi mamá. Estaba en una bolsa que mi tía Patricia dejó en nuestra casa. Pensé que eran papeles del negocio de Renata y no quise revisarlos, pero cuando vi lo de la cuenta, recordé que aparecía tu nombre.
Me entregó el sobre.
Mauricio me ayudó a abrirlo.
Había varias hojas impresas, recibos bancarios y copias de documentos de identidad. Todo parecía relacionado con la cuenta de mi abuela.
En la primera hoja aparecía una lista de movimientos. En la segunda, una autorización para consultar el saldo. En la tercera, una copia de mi identificación.
La última hoja tenía un encabezado que reconocí.
Era el nombre de una notaría.
No sabía por qué mi madre guardaría documentos notariales relacionados con una cuenta bancaria, así que leí el contenido con cuidado.
El documento mencionaba una supuesta cesión de derechos.
Mi nombre aparecía como cedente.
El de Renata, como beneficiaria.
Y había una frase que me hizo releer el párrafo tres veces.
«La compareciente declara actuar de manera libre y voluntaria, sin presión de terceros, y manifiesta su conformidad con la transferencia de los recursos disponibles».
—Yo no firmé esto —dije.
Mauricio examinó la hoja.
—¿Reconoces la firma?
—Se parece a la mía, pero no es igual. Mira la C. Yo siempre la cierro de esta manera.
Señalé el primer trazo de la firma.
Cuando era adolescente, mi abuela me había enseñado a escribir mi nombre en una libreta de cuentas. Me decía que una firma era una forma de prometer algo sin necesidad de decirlo en voz alta.
Desde entonces, mi letra siempre había tenido una inclinación peculiar.
En aquel documento, alguien había intentado imitarla.
No perfectamente.
Pero sí lo suficiente para engañar a quien no conociera mi escritura.
Karla miró la hoja con espanto.
—¿Mi tía Renata iba a quedarse con todo?
—No lo sé todavía —respondí—. Necesito averiguar si ese documento fue presentado oficialmente y cómo consiguieron mis datos.
Mauricio fotografió cada página.
—Vamos a guardar los originales. No los vamos a entregar a nadie sin saber qué son.
La puerta se abrió.
Una enfermera entró para comprobar mis signos vitales y preguntar si el dolor había cambiado. Le respondí que seguía sintiendo molestias, aunque estaban siendo controladas. Me recordó que debía continuar en observación y evitar cualquier esfuerzo.
Cuando salió, Mauricio se acercó otra vez.
—Quiero que pienses en algo. ¿Alguien más tenía acceso a tus documentos?
Cerré los ojos por un instante.
Recordé la última vez que llevé papeles a casa de mis padres.
Había sido cuatro meses atrás, cuando mi mamá me llamó para decir que necesitaba ayuda con un trámite de la cuenta de mi abuela. Yo tenía copias de mi identificación, un comprobante de domicilio y otros documentos personales guardados en una carpeta.
Mi madre me había pedido que se los dejara.
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—Solo quiero ordenar las cosas para que, cuando nazca tu bebé, no tengas pendientes —me dijo entonces.
Yo confiaba
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