Calm

Chapter 11: La hermana que mi madre borró de la familia conocía el verdadero testamento

Isabel Fuentes vivía en una casa pequeña, rodeada de árboles, a unos veinte minutos del centro de Querétaro.

Llegamos a la dirección poco antes de las cuatro de la tarde.

Mauricio insistió en acompañarme desde que le mostré el mensaje. Después de todo lo ocurrido, no estaba dispuesto a dejar que enfrentara sola a otra persona que podía tener información relacionada con mi madre y los documentos de mi abuela.

La casa tenía una fachada color amarillo pálido y una puerta de madera oscura. En el porche había macetas con geranios y una silla de mimbre junto a una ventana.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo para el lugar al que me habían conducido tantos secretos.

Toqué el timbre.

Una mujer abrió la puerta.

Tenía el cabello entrecano, los ojos oscuros y una expresión que cambió apenas me vio.

No necesitó preguntarme quién era.

Se llevó una mano a la boca.

—Camila…

Su voz se quebró al pronunciar mi nombre.

Yo la observé sin saber qué hacer.

La fotografía que había visto en el sobre de mi padre mostraba a una mujer mucho más joven. Sin embargo, todavía podía reconocer sus ojos y la forma en que inclinaba la cabeza cuando estaba nerviosa.

Era la mujer a la que mi abuela había considerado su verdadera heredera.

La hermana de mi madre.

Mi tía Isabel.

—¿Eres tú? —pregunté.

Ella asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí, mija. Soy Isabel.

No me acerqué para abrazarla.

Todavía no.

Había pasado treinta años sin saber que existía y, de pronto, tenía frente a mí a una mujer que aseguraba conocer la verdad sobre mi abuela.

—Necesito saber por qué mi familia me ocultó tu existencia.

Isabel bajó la mirada.

—Porque yo era la única persona que podía demostrar lo que Patricia estaba haciendo.

Mauricio se colocó a mi lado.

—Será mejor que hablemos adentro.

Isabel se hizo a un lado para dejarnos pasar.

La casa olía a canela y a café recién preparado. Sobre una mesa había una jarra de agua fresca y varios platos pequeños con galletas. Al fondo, una estantería guardaba fotografías y libros, muchos de ellos antiguos.

Isabel nos llevó hasta una sala iluminada por la luz de la tarde.

Se sentó frente a nosotros y permaneció unos segundos mirando sus manos.

—No sé por dónde empezar.

—Por el principio —le respondí—. Quiero saber quién eres, por qué mi abuela te consideraba su verdadera heredera y qué tiene que ver todo esto con la casa.

Isabel respiró hondo.

—Soy la hermana mayor de Patricia. Tu abuela Elena tuvo dos hijas. Patricia era la menor y yo la mayor. Cuando naciste, yo todavía vivía en la casa de tu abuela, pero unos años después me fui porque descubrí que tu madre estaba tomando decisiones con el dinero de Elena sin consultarla.

—¿Qué decisiones?

—Al principio eran cantidades pequeñas. Patricia decía que necesitaba pagar unas cuentas, que después devolvería el dinero. Tu abuela la ayudaba porque no quería verla pasar dificultades. Pero las cantidades empezaron a crecer.

Me quedé escuchando.

Isabel continuó.

—Una vez, Elena me pidió que revisara su libreta azul. Había movimientos que no coincidían con los recibos. Cuando le pregunté a Patricia, se enojó. Dijo que yo estaba intentando dividir a la familia y que no tenía derecho a revisar los asuntos de su madre.

—¿Y qué hizo mi abuela?

—Intentó hablar con ella. Le pidió que dejara de manejar sus cuentas sin autorización. Durante un tiempo pareció que las cosas se habían calmado.

Isabel se frotó las manos.

—Pero Patricia nunca dejó de resentirme por haber cuestionado sus decisiones. Después empezó a decir que yo quería quedarme con la casa y controlar la herencia.

—¿Y tú querías hacerlo?

—No. Yo quería que Elena estuviera protegida. Tenía derecho a disfrutar de lo que había trabajado durante toda su vida sin tener miedo de que alguien utilizara su confianza en su contra.

Sentí que la garganta se me cerraba.

Era exactamente lo que estaba ocurriendo conmigo.

—¿Por qué nunca viniste a verme?

Isabel bajó los ojos.

—Lo intenté.

Abrió un cajón de la mesa auxiliar y sacó una fotografía vieja.

En ella aparecía una mujer joven sosteniendo a una niña de cabello oscuro.

La niña era yo.

Mi abuela estaba a nuestro lado.

—Esta fotografía se tomó cuando cumpliste seis años. Ese día fui a tu fiesta, pero tu madre me pidió que me marchara antes de que llegaras de la escuela. Dijo que no quería confundirte con discusiones familiares.

Yo no recordaba aquella escena.

Pero sí recordaba una fiesta de cumpleaños en el patio de mi abuela, un pastel de chocolate y una mujer que me había regalado una muñeca de vestido rojo.

Durante años pensé que aquella mujer era una amiga lejana de la familia.

Nunca volví a verla.

—¿Eras tú?

Isabel asintió.

—Tu madre te dijo que yo me había ido del país. Después contó que había muerto.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Mi mamá dijo que estabas muerta?

—Sí.

Mauricio apretó mi mano.

Isabel tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No quería que crecieras pensando mal de ella. Tu abuela me pidió que no te involucrara mientras fueras pequeña. Creía que algún día Patricia recapacitaría y podríamos arreglar las cosas. Pero Elena enfermó y, cuando murió, tu madre se encargó de todos los trámites.

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—¿Qué pasó con el testamento?

Isabel se levantó y camin

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