Chapter 9: Mi esposa seguía viva, pero la niña que aparecía junto a ella podía cambiarlo todo
No dormí aquella noche.
La fotografía permanecía sobre mi escritorio, iluminada por la lámpara que Grace había elegido cuando nos mudamos a nuestra primera casa.
La niña que aparecía junto a ella tenía unos ocho años.
Llevaba el cabello oscuro recogido en dos trenzas y un vestido azul. Su rostro era delgado, pero sus ojos verdes brillaban con una intensidad que me resultaba familiar.
En el cuello llevaba un colgante de oro con el emblema de los Blackwell.
Era el mismo símbolo que mi padre había utilizado durante décadas en sus documentos privados.
—¿Quién eres? —murmuré.
No podía dejar de pensar en las palabras de Eleanor.
Grace había estado protegiendo a alguien que Richard mantuvo oculto durante años.
Pero ¿a quién?
¿Y por qué la niña llevaba nuestro emblema familiar?
A las seis de la mañana, Daniel entró en el despacho.
—Conseguimos localizar la casa donde fue tomada la fotografía.
Levanté la cabeza.
—¿Dónde está?
—En una propiedad rural al norte de Milwaukee. Está registrada a nombre de una fundación que Richard creó hace treinta años.
—¿Quién vive allí?
—Los registros oficiales indican que la propiedad está vacía. Pero hemos detectado movimientos recientes. Alguien recibe alimentos y suministros cada semana.
Tomé la fotografía.
—¿Y Grace?
—No podemos confirmarlo todavía.
Me puse de pie.
—Vamos.
Daniel dudó.
—Marcus, tenemos que considerar la posibilidad de que sea una trampa.
—Lo sé.
—Si la niña está allí, puede que haya más personas involucradas.
—Lo sé.
—Entonces deberíamos esperar hasta tener un equipo completo.
Miré el retrato de Grace que descansaba junto a la computadora.
—He esperado siete años, Daniel. No voy a esperar otro día.
La propiedad estaba rodeada de árboles y caminos estrechos.
Era una casa antigua, con paredes de piedra y ventanas altas. El jardín parecía abandonado, pero las huellas recientes de neumáticos en la entrada demostraban que alguien había estado allí.
Daniel ordenó a su equipo que vigilara los accesos.
Yo avancé hacia la puerta principal.
No había cerradura.
La puerta estaba entreabierta.
—¿Grace? —llamé.
Nadie respondió.
Entré.
La sala estaba limpia, aunque casi no había muebles. Sobre una mesa encontré una taza de café todavía tibia y un plato con restos de pan.
En la pared había varias fotografías.
Grace aparecía en todas.
En una estaba sentada en un jardín. En otra, caminaba junto a un lago. En una tercera, sostenía a la niña del vestido azul.
Debajo de aquella fotografía había una fecha escrita a mano.
Tres años atrás.
Me acerqué a la imagen.
Grace parecía más delgada, pero sonreía.
Había sobrevivido.
Había vivido.
Y durante todo aquel tiempo yo había creído que estaba muerta.
—Marcus.
La voz de Daniel me hizo girar.
Había encontrado una puerta al final del pasillo.
La abrí.
Detrás había una habitación pequeña con una cama, un escritorio y varios estantes llenos de libros infantiles.
Sobre la cama descansaba una manta amarilla.
La misma manta que Grace había utilizado para envolver a Lily cuando nació.
Me arrodillé y la tomé entre mis manos.
Entonces escuché un ruido en el piso superior.
Pasos.
Lentos.
Me levanté.
—¿Grace?
Una sombra apareció al final de la escalera.
Era una mujer.
Su cabello castaño caía sobre sus hombros. Tenía el rostro más delgado y algunas líneas nuevas alrededor de los ojos.
Pero cuando levantó la mirada, reconocí aquellos ojos verdes que había amado desde el primer día.
Grace.
Mi esposa.
La mujer que había llorado durante siete años.
Por un instante, ninguno de los dos se movió.
Después ella llevó una mano a la boca.
—Marcus…
Corrí hacia la escalera.
Grace bajó dos peldaños y se detuvo, como si tuviera miedo de que yo desapareciera.
La abracé.
No recuerdo cuánto tiempo permanecimos así.
Solo recuerdo el olor de su cabello, el temblor de sus manos y el sonido de su respiración contra mi cuello.
—Estás viva —susurré—. Dios mío, estás viva.
Grace comenzó a llorar.
—Perdóname.
Me aparté lo suficiente para mirarla.
—¿Perdonarte?
Su rostro se contrajo.
—No sabía cómo volver.
Sentí una mezcla de amor y rabia tan intensa que apenas podía respirar.
—¿Cómo pudiste dejarme creer que habías muerto? ¿Cómo pudiste dejar que Lily creciera sin ti?
Grace cerró los ojos.
—Intenté regresar.
—¿Cuándo?
—Muchas veces.
—¿Y qué te lo impidió?
Ella miró hacia la puerta.
—Richard. Después Adrian. Después Karen. Todos tenían algo que perder si yo hablaba.
—Richard está muerto.
—Lo sé.
—Adrian está vivo. Y Karen está bajo vigilancia.
Grace palideció.
—¿Encontraste a Emma?
Asentí.
Ella se cubrió el rostro y comenzó a sollozar.
—Mi niña…
La abracé otra vez.
—Está conmigo. Está a salvo. También Lily.
Grace levantó la cabeza.
—¿Las dos están juntas?
—Sí.
Sus rodillas parecieron fallarle.
La ayudé a sentarse.
Durante unos minutos, solo lloró.
No intenté hacer preguntas. No intenté exigirle explicaciones.
La mujer que tenía delante no era una fotografía ni una voz grabada en una memoria digital.
Era mi esposa.
Estaba viva.
Y había pasado siete años escondida mientras nuestras hijas crecían separadas.
Cuando finalmente pudo hablar, me tomó las manos.
—Marcus, necesito que me escuches. Hay cosas que todavía no sabes sobre mi familia.
—Ya no me importa quién eras antes de conocerme. Quiero saber por qué no regresaste.
Grace respiró profundamente.
—Porque la primera vez que intenté hacerlo, alguien me mostró una fotografía de Lily saliendo de la escuela. Me dijeron que, si volvía a acercarme a ti, la niña desaparecería.
Sentí una rabia helada.
—¿Quién te amenazó?
—Victor Hale.
El hombre del almacén.
—¿Trabajaba para Richard?
—Sí. Pero no era su empleado más importante. Richard confiaba en él porque había trabajado con nuestra familia durante décadas.
—¿Y la niña de la fotografía?
Grace bajó la mirada.
—Se llama Olivia.
El nombre no me decía nada.
—¿Es hija tuya?
Ella asintió.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Grace comenzó a llorar otra vez.
—Antes de conocerte, tuve una hija. Era muy joven. Mi familia me obligó a entregarla porque decían que no podía criarla. Me dijeron que había sido adoptada por una familia que podía darle una vida mejor.
Miré la fotografía que había encontrado en casa de Eleanor.
La niña tenía ocho años.
La edad que habría tenido la hija de Grace si hubiera nacido antes de nuestro matrimonio.
—¿Y Richard sabía que existía?
—Sí. Él ayudó a organizar la adopción. Años después descubrí que nunca había sido una adopción normal. La familia que supuestamente debía cuidarla había recibido dinero de una empresa vinculada a Richard.
Sentí que las piezas comenzaban a encajar.
—¿Dónde está Olivia ahora?
Grace miró hacia la escalera.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Estaba aquí hace dos días. Victor vino y dijo que necesitaba trasladarla a un lugar seguro. Prometió traerla de regreso, pero nunca volvió.
Me puse de pie.
—¿Por qué no me llamaste?
Grace me miró con desesperación.
—Porque me quitaron el teléfono. Solo pude enviarte aquellos mensajes cuando conseguí usar un dispositivo de la casa. Después cambiaron las cerraduras y me dejaron sin acceso a internet.
Daniel se acercó.
—Señor, tenemos que movernos. Hay un vehículo aproximándose por el camino principal.
Grace palideció.
—Es Victor.
Me giré hacia ella.
—¿Estás segura?
Asintió.
—Siempre llega a esta hora cuando quiere comprobar que sigo aquí.
Escuché el motor de un automóvil.
Después, el sonido de una puerta cerrándose.
Daniel habló por el auricular.
—Tenemos un vehículo negro en la entrada. Dos ocupantes. Uno está bajando.
Grace me agarró del brazo.
—Marcus, no puedes enfrentarte a él aquí. Sabe dónde están las niñas.
La miré.
—No va a volver a acercarse a ellas.
Ella negó con la cabeza.
—No entiendes. Victor no es el verdadero peligro.
—¿Quién lo es?
Grace tragó saliva.
—La persona que le da las órdenes.
Antes de que pudiera preguntarle más, la puerta principal se abrió.
Escuché una voz conocida.
—Grace, sé que estás ahí.
Era Adrian.
Mi hermano entró en la sala con las manos levantadas.
Parecía agotado. Tenía la camisa arrugada y el rostro pálido.
Cuando vio a Grace, se quedó inmóvil.
—Dios mío —susurró.
Ella retrocedió.
—No te acerques.
Adrian bajó las manos.
—Grace, necesito explicarte algo.
—Ya tuviste siete años para explicarlo.
Mi hermano comenzó a llorar.
—Yo no sabía que seguías viva.
Grace lo miró con desprecio.
—Pero sí sabías que Emma existía. Y dejaste que me la quitaran.
Adrian se arrodilló.
—Lo siento.
—¿Por qué ayudaste a Richard?
Él levantó la cabeza.
—Porque me dijo que, si no colaboraba, revelaría lo que ocurrió antes de tu boda con Marcus.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Qué ocurrió antes de nuestra boda?
Grace se volvió hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Marcus, hay algo que debí contarte desde el principio.
Se tomó unos segundos para reunir valor.
Después pronunció una frase que me dejó sin aliento.
—La primera vez que conocí a Richard Blackwell, él ya sabía quién era yo. Y sabía que, si me casaba contigo, podía perder algo que llevaba años intentando controlar.
—¿Qué cosa?
Grace miró a Adrian.
Mi hermano cerró los ojos.
—El verdadero testamento de tu padre —susurró—. El documento que demuestra que Richard nunca fue el dueño legítimo de toda la fortuna Blackwell.
En ese instante, se escuchó un disparo en el exterior.
Daniel gritó una orden.
Grace me agarró de la mano.
Y Adrian, todavía arrodillado, levantó la mirada con terror.
—¡No dejes que Victor se lleve a Olivia! —gritó—. ¡Ella es la única que puede demostrar quién ordenó todo esto!
Corrí hacia la puerta.
Pero cuando llegué al jardín, el automóvil negro ya había desaparecido.
Sobre el suelo había una pequeña pulsera infantil.
En el interior estaba grabado un nombre.
Olivia Blackwell.
Y debajo, una fecha que reconocí de inmediato.
Era el mismo día en que había nacido Emma.
Mi esposa seguía viva.
Mis dos hijas estaban juntas.
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Pero la mujer que había desaparecido siete años atrás no había sido la única víctima de mi familia.
Y ahora alguien se había llevado a una niña que podía demostrar que todo el imperio Blackwell se había construido sobre una mentira.