Chapter 5: La mujer detrás de la puerta no era la única que guardaba secretos
No fui a la dirección indicada.
Todavía no.
Cuando alguien amenazaba a mis hijas, mi primera obligación era asegurarme de que siguieran respirando al día siguiente.
Ordené que Emma y Lily fueran trasladadas a una residencia privada que mi familia utilizaba únicamente en situaciones excepcionales. Tenía acceso controlado, personal médico y un equipo de seguridad independiente.
Las niñas creyeron que se trataba de una aventura.
Lily llevó tres muñecas, dos libros y una bolsa de caramelos.
Emma llevó su oso de peluche.
Antes de subir al automóvil, me tomó de la mano.
—¿Mi mamá va a saber dónde estamos?
Me agaché para mirarla a los ojos.
—Sí, cariño. Cuando la encuentre, le diré que estás a salvo.
—¿Y si ella no quiere regresar?
La pregunta me dejó sin palabras.
Emma había vivido demasiado tiempo creyendo que las personas podían abandonarla en cualquier momento.
No iba a prometerle algo que todavía no podía garantizar.
—Entonces hablaré con ella. Pero nadie volverá a obligarte a separarte de alguien que te quiere.
La niña pareció pensarlo.
Después asintió.
Lily la tomó de la mano y ambas subieron al automóvil.
Esperé hasta que el vehículo desapareció detrás de las puertas de seguridad antes de regresar al mío.
Daniel me esperaba con dos teléfonos y una carpeta.
—La fotografía que recibió fue tomada desde el jardín de su casa —dijo—. El dispositivo que la envió utilizó una conexión temporal. No hemos podido identificar al responsable.
—¿Y el doctor Coleman?
—Aceptó reunirse con nosotros. Dice que tiene información sobre el expediente de Grace.
—¿Sabe que voy para allá?
—Sí.
—Entonces es posible que intente huir.
Daniel abrió la carpeta.
—Por eso envié a un equipo para vigilar su casa. No entrarán ni lo detendrán sin autorización. Solo impedirán que desaparezca antes de que podamos hablar con él.
Me acomodé el saco.
—Vamos.
La casa del doctor Coleman estaba en un vecindario tranquilo, lejos del centro de Chicago.
Era una construcción de dos pisos, con un jardín pequeño y una bandera estadounidense junto a la puerta. Desde fuera parecía el hogar de un hombre que había pasado toda su vida ayudando a otros.
Me abrió después del segundo timbrazo.
Al verme, retrocedió.
—Marcus.
—Doctor.
Su mirada pasó por encima de mi hombro, buscando a alguien.
—¿Viene solo?
—Eso depende de lo que tenga que decirme.
Coleman se hizo a un lado.
Entré.
El interior olía a café recién preparado. Había fotografías familiares sobre una repisa y una bata médica colgada detrás de la puerta del estudio.
El doctor tenía el rostro envejecido y las manos inquietas.
—No debería estar aquí —murmuró.
—Mi esposa está viva. Mi hija tiene seis años y ha pasado la mayor parte de su vida lejos de mí. Alguien falsificó documentos médicos con mi nombre. Usted firmó parte de esos documentos.
Lo miré directamente.
—Así que sí, doctor. Debería estar aquí.
Coleman se sentó lentamente.
—No sabe en lo que se está metiendo.
—Es la segunda persona que me dice eso en menos de veinticuatro horas. Empiezo a cansarme de escucharlo.
El médico se frotó las manos.
—La noche en que Grace dio a luz, hubo complicaciones. La señora Blackwell sufrió una hemorragia y perdió el conocimiento. Las dos niñas nacieron con pocos minutos de diferencia.
—Eso ya lo sé.
—No. No lo sabe todo.
Se levantó y fue hacia un archivador.
Sacó una carpeta amarillenta que parecía haber permanecido escondida durante años.
—Esta es una copia de los registros originales.
La abrió frente a mí.
Los nombres de Lily y Emma aparecían en dos páginas consecutivas.
También había notas médicas sobre el estado de Grace y una anotación que no había visto antes.
La madre solicita que ambas menores permanezcan juntas. No autoriza la separación de ninguna de las dos.
Debajo había una firma.
Grace Blackwell.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—¿Quién separó a las niñas?
Coleman bajó la mirada.
—Karen.
—¿Y usted lo permitió?
—Me dijo que había una orden judicial.
—¿La vio?
El médico tardó demasiado en responder.
—No.
Me levanté.
—Entonces, ¿por qué lo hizo?
Coleman comenzó a llorar.
—Porque me pagaron.
No aparté la mirada.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil dólares al principio. Después hubo otros pagos.
La cifra no me sorprendió tanto como debería haberlo hecho.
Había descubierto que el dinero era el idioma favorito de las personas que habían destruido mi familia.
—¿Quién le pagó?
—Una compañía intermediaria. Nunca traté directamente con el beneficiario.
—¿Adrian?
—No lo sé.
—¿Karen?
—Sí. Ella vino al hospital personalmente.
—¿Qué quería?
Coleman cerró los ojos.
—Que una de las niñas fuera registrada como fallecida y entregada a un tutor temporal.
—¿Emma?
Asintió.
Sentí que mis manos se cerraban.
—¿Y Grace?
—Grace se despertó después de la intervención. Descubrió que una de sus hijas había desaparecido y exigió verla. Se alteró mucho. Amenazó con denunciarme y llamar a la policía.
—¿Qué pasó después?
El médico respiró hondo.
—Karen regresó esa misma noche. Discutieron en una habitación privada. No escuché toda la conversación, pero recuerdo una frase de Grace.
—¿Cuál?
—Dijo: «Si le haces daño a mis hijas, Marcus te encontrará».
Me quedé inmóvil.
—¿Y Karen qué respondió?
Coleman bajó la cabeza.
—Dijo que usted nunca encontraría a ninguna de las dos.
El silencio llenó la habitación.
—¿Qué ocurrió con Grace después de salir del hospital?
—Me dijeron que había muerto en un accidente.
—¿Quién se lo dijo?
—Karen.
—¿Vio el cuerpo?
El médico negó con la cabeza.
—No.
Sentí que algo encajaba de una forma aterradora.
Nadie había visto el cuerpo de Grace.
Ni Adrian.
Ni Coleman.
Ni yo.
Solo Karen parecía saber qué había ocurrido realmente aquella noche.
—¿Quién emitió el certificado de defunción?
Coleman me entregó otra hoja.
El documento llevaba el sello de un hospital privado y la firma de un médico que había abandonado el país varios años atrás.
Pero lo más importante estaba en la parte inferior.
La fecha de emisión era posterior al supuesto entierro de Grace.
No por horas.
Por tres días.
—Esto es imposible —murmuré.
—Lo sé.
—¿Por qué no habló antes?
Coleman se cubrió el rostro.
—Porque Karen me hizo creer que, si decía algo, mis hijos estarían en peligro. Durante años recibí fotografías de ellos saliendo de la escuela. No sabía quién las enviaba, pero entendí el mensaje.
Lo observé con desprecio.
—Usted tenía la obligación de proteger a sus pacientes.
—Lo sé.
—Y eligió protegerse a usted mismo.
No respondió.
Tomé la carpeta.
—Va a entregar todos los documentos originales a mis abogados. Después hablará con las autoridades. No va a salir del país ni va a destruir nada. ¿Me entiende?
Coleman asintió.
—Sí.
Me dirigí hacia la puerta.
Antes de salir, escuché su voz.
—Marcus, hay algo más.
Me volví.
El médico parecía a punto de desmayarse.
—Grace no sufrió una hemorragia mortal. Cuando salió del hospital, estaba viva.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién se la llevó?
Coleman tragó saliva.
—Karen. Pero había alguien esperándola en el estacionamiento.
—¿Quién?
El médico cerró los ojos.
—Su padre.
Mi padre llevaba muerto nueve años.
Me quedé mirándolo.
—Eso es imposible.
—No me refiero a su padre biológico. Me refiero al hombre que lo crió.
Mi padre adoptivo, Richard Blackwell, había fallecido después de una larga enfermedad. Durante sus últimos meses, apenas podía salir de su habitación.
Según los registros familiares, nunca había conocido a Karen.
Pero Coleman estaba temblando demasiado para estar inventando una historia con tanta facilidad.
—¿Qué hacía mi padre en el hospital?
—No lo sé. Solo lo vi desde lejos. Karen le entregó una carpeta y él subió a un automóvil con Grace.
Me quedé helado.
Si mi padre había participado en aquella operación, el secreto era mucho más antiguo de lo que había imaginado.
Y si estaba muerto, no podría preguntarle por qué.
Cuando salí de la casa del médico, Daniel me esperaba junto al automóvil.
—¿Qué encontró?
Le entregué una copia de los documentos.
—La segunda niña fue separada de Grace por orden de Karen. Y alguien de nuestra familia ayudó a ocultarlo.
Daniel hojeó las páginas.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
No le conté de inmediato lo relacionado con mi padre.
Necesitaba pruebas antes de involucrar a otras personas en aquella posibilidad.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Karen.
«Veo que has estado haciendo preguntas. Si quieres saber dónde está Grace, ven al almacén de la calle Halsted a las nueve. Esta vez, trae a Emma».
Miré la hora.
Faltaban treinta y cinco minutos.
Daniel leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—No podemos llevar a Emma.
—No lo haremos.
—Entonces Karen no hablará.
—Encontraremos otra forma.
Daniel asintió.
—Puedo enviar a alguien a reconocer el lugar.
—Hazlo. Y quiero que los documentos del doctor Coleman lleguen a nuestros abogados esta misma noche.
Subí al automóvil.
Durante el trayecto, no dejé de pensar en la frase que el médico había pronunciado.
Su padre estaba allí.
Richard Blackwell había sido un hombre severo, reservado y obsesionado con el apellido familiar. Había construido un imperio empresarial y creía que cualquier problema podía resolverse con dinero, influencia o silencio.
También había sido la única persona a la que Adrian temía de verdad.
Cuando yo era niño, mi padre solía decirme que la familia estaba por encima de cualquier individuo.
Grace siempre había odiado esa frase.
Una vez, durante una discusión, le dijo que una familia que exigía sacrificios a los inocentes no merecía llamarse familia.
Ahora comenzaba a comprender por qué.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un número desconocido.
Contesté.
—¿Marcus?
Me quedé inmóvil.
La voz era débil, pero reconocible.
Era Grace.
—¿Grace?
Escuché una respiración entrecortada.
Después, un sollozo.
—No traigas a Emma —susurró—. Por favor, no dejes que Karen se acerque a nuestra hija.
—¿Dónde estás? Voy por ti.
—No puedes venir.
—Grace, te he llorado durante siete años. No voy a dejarte otra vez.
Ella comenzó a llorar.
—No entiendes. Karen no es la única persona que quiere que las niñas permanezcan separadas.
—¿Quién más?
Se hizo un silencio.
Después escuché un ruido al otro lado de la línea, como una puerta que se abría.
La voz de Grace se volvió urgente.
—Marcus, escucha. Hay algo que debes saber sobre el nacimiento de las niñas. Emma no fue la única que estuvo en peligro aquella noche.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué quieres decir?
—Lily…
La llamada se cortó.
Intenté devolverla inmediatamente.
El teléfono estaba apagado.
Me quedé mirando la pantalla, incapaz de moverme.
Durante toda mi vida había creído que mi hija Lily había estado a salvo.
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Pero si Grace había intentado advertirme sobre ella, significaba que el peligro no había terminado con la desaparición de Emma.
Y quizá nunca había terminado.
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