Chapter 8: La mujer que yo había amado llevaba una identidad que nunca me contó
A la mañana siguiente, llamé a mi abogado antes de que saliera el sol.
Necesitaba un laboratorio independiente, acceso a los archivos originales y una investigación que no dependiera de nadie relacionado con mi familia.
También necesitaba respuestas sobre la mujer que había compartido conmigo siete años de matrimonio.
Grace.
O quienquiera que fuera.
—Quiero que revises cada documento de identidad que utilizó mi esposa antes de casarnos —le dije—. Pasaportes, certificados, registros escolares, todo.
Mi abogado, Thomas Reed, guardó silencio.
—Marcus, ¿estás seguro de que quieres hacer esto?
—No.
Respiré profundamente.
—Pero necesito hacerlo.
Thomas aceptó y me pidió que le enviara copias de los documentos de la caja fuerte.
Después llamé a Daniel.
—¿Conseguiste localizar el laboratorio que realizó la prueba genética?
—Sí. El laboratorio cerró hace cinco años, pero encontramos a una antigua directora médica. Vive en Wisconsin.
—Quiero hablar con ella hoy.
—Ya estoy organizando una reunión.
—Y necesito que encuentres el registro original del nacimiento de Grace. Mi padre dejó una nota que dice que alguien estuvo presente cuando nací.
Daniel tardó unos segundos en responder.
—¿Cree que eso tiene relación con la desaparición de su esposa?
—Creo que mi padre dejó esa frase por una razón.
Colgué.
Cuando bajé a desayunar, encontré a Lily y Emma sentadas juntas en la cocina.
La señora Bennett les había preparado pan tostado, huevos y fruta. Emma estaba aprendiendo a untar mantequilla sin romper el pan, mientras Lily le explicaba que la mejor parte era espolvorear un poco de azúcar sobre las fresas.
Al verme, ambas levantaron la cabeza.
—¡Papá! —gritó Lily.
Emma sonrió con timidez.
—Buenos días.
Me senté con ellas.
Durante unos minutos, intenté disfrutar de aquella escena sin pensar en los secretos que amenazaban con destruirla.
Lily me contó que quería organizar una fiesta para cuando su mamá regresara.
Emma propuso preparar un pastel de chocolate.
—A mi mamá le gustaba el chocolate —dijo.
Me quedé mirándola.
—¿Te lo dijo ella?
Emma asintió.
—Decía que, cuando estuviera triste, debía recordar que siempre había algo dulce esperándome.
Sentí una punzada en el pecho.
Grace solía decirme lo mismo cuando yo tenía un mal día.
Era una frase demasiado específica para ser una coincidencia.
—Emma, ¿recuerdas alguna canción que tu mamá te cantara?
La niña dejó la cuchara sobre el plato.
—Sí.
Comenzó a tararear una melodía suave.
La reconocí de inmediato.
Era una canción que Grace había aprendido de su abuela. Nunca la había escuchado en la radio ni en ninguna grabación. Solo la cantaba en casa, cuando Lily era bebé y no podía dormir.
Me llevé una mano a la boca.
Emma terminó la melodía y me miró.
—¿La conoce?
No pude responder de inmediato.
—Sí, cariño. La conozco.
Lily se acercó a su hermana.
—¿Nos la puedes cantar otra vez?
Emma sonrió.
Y, por unos segundos, la cocina se llenó de la misma melodía que había acompañado los primeros meses de vida de Lily.
La misma canción que yo había creído perdida para siempre.
No necesitaba una prueba genética para comprender que Emma había crecido escuchando a Grace.
Pero necesitaba saber por qué mi padre había permitido que las niñas fueran separadas.
Y quién había falsificado los documentos.
A las once de la mañana, Daniel me llevó a una clínica privada en Wisconsin.
La antigua directora del laboratorio se llamaba doctora Elaine Foster.
Era una mujer de cabello blanco, gafas delgadas y manos firmes. Cuando le mostré el informe encontrado en la caja fuerte, su expresión cambió.
—¿Dónde consiguió esto?
—En los archivos de mi padre.
La doctora leyó cada página.
Después se quitó las gafas.
—Este informe no es auténtico.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Está segura?
—Completamente. El formato corresponde a nuestro laboratorio, pero la firma del especialista no coincide. Además, los resultados están organizados de una manera que nunca utilizábamos.
—¿Puede demostrarlo?
—Sí. Conservamos registros de varios análisis realizados durante aquella época. Si me proporciona los datos de las muestras, puedo comprobar si este informe corresponde a un estudio real.
Le entregué las copias de los registros de las gemelas.
La doctora revisó los números durante varios minutos.
Finalmente, levantó la cabeza.
—Las muestras originales no están aquí. Pero hay un registro de una prueba de parentesco realizada una semana después del nacimiento.
—¿Qué dice?
La mujer giró la pantalla hacia mí.
Los resultados indicaban que tanto Lily como Emma eran hijas biológicas mías y de Grace.
Me quedé inmóvil.
—¿Las dos?
—Las dos.
Sentí una mezcla de alivio y rabia tan intensa que tuve que apoyar las manos sobre el escritorio.
—¿Entonces quién falsificó el otro informe?
La doctora Foster respiró profundamente.
—No puedo identificar al responsable con estos datos. Pero sí puedo decirle que el documento que encontró fue alterado después de salir del laboratorio.
—¿Quién recibió el informe original?
La doctora consultó otra pantalla.
—La solicitud fue presentada por Richard Blackwell. El resultado se entregó personalmente a una mujer identificada como Eleanor Vale.
El nombre me resultaba familiar.
La mujer de la fotografía.
La que sostenía a un bebé junto a mi padre.
—¿Puede darme una copia del registro?
—Sí. Pero antes necesito que entienda algo. Alguien tuvo acceso a información genética de sus hijas y la utilizó para fabricar una historia falsa.
La miré fijamente.
—¿Por qué?
—Eso tendrá que descubrirlo usted.
Salí de la clínica con el documento original y una certeza.
Emma era mi hija.
Lily era mi hija.
Adrian no era el padre biológico de ninguna de las dos.
Alguien había inventado aquella historia para enfrentarme con mi hermano.
Pero la nota de mi padre seguía sin explicación.
Pregunta quién estuvo presente cuando nació Marcus Blackwell.
Regresamos a Chicago poco después de las tres de la tarde.
En el camino, Daniel recibió una llamada.
Escuchó en silencio y después me miró.
—Encontramos a Eleanor Vale.
Me incorporé en el asiento.
—¿Está viva?
—Sí. Tiene setenta y dos años y vive en una residencia para adultos mayores en las afueras de Milwaukee.
—¿Sabe algo sobre mi padre?
—Según los registros, trabajó para él durante casi veinte años. También aparece como testigo en el registro original de su nacimiento.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—Llévame con ella.
Daniel asintió.
—Ya pedí una cita.
Eleanor nos recibió en una pequeña sala con ventanales que daban a un jardín.
Era una mujer delgada, de cabello blanco recogido en un moño. Tenía las manos llenas de pequeñas manchas propias de la edad, pero sus ojos conservaban una claridad impresionante.
Cuando entré, me observó durante varios segundos.
Después se llevó una mano a la boca.
—Dios mío —susurró—. Tienes la misma mirada que Richard.
Me senté frente a ella.
—¿Conoció a mi padre?
Eleanor asintió.
—Lo conocí durante casi toda mi vida adulta.
—¿Y a Grace?
Su rostro cambió.
—También.
Saqué la fotografía de la caja fuerte.
La mujer la tomó con cuidado.
—Esta imagen fue tomada en 1989 —dijo—. El bebé que tengo en brazos era muy pequeño. Richard insistió en que guardara la fotografía.
—¿Quién era ese bebé?
Eleanor levantó la mirada.
—Tú.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo?
—Sí, Marcus. Yo estuve presente cuando naciste.
—Mi madre murió al darme a luz.
Eleanor cerró los ojos.
—Eso fue lo que te dijeron.
Me incliné hacia ella.
—¿Qué significa?
La mujer respiró profundamente.
—Tu madre biológica no murió durante el parto. Richard la envió lejos después de que nacieras. Yo era joven y dependía de ese trabajo. No tuve el valor de enfrentarme a él.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Quién era mi madre?
Eleanor me sostuvo la mirada.
—Se llamaba Eleanor Vale.
Miré la fotografía.
La mujer que sostenía al bebé era la misma que estaba sentada frente a mí.
—Entonces, ¿por qué me crió Richard?
—Porque quería un heredero que llevara su apellido. Tu madre no tenía dinero ni una familia poderosa. Richard te reconoció legalmente y se aseguró de que nadie cuestionara tu origen.
Me levanté lentamente.
Toda mi vida había creído que Richard Blackwell era mi padre biológico.
Había pasado décadas intentando ganarme su aprobación, construyendo una empresa que pudiera superar la suya y demostrando que merecía llevar su apellido.
Y ahora una desconocida me decía que aquel hombre había separado a un bebé de su madre para convertirlo en el heredero de su imperio.
—¿Por qué me lo cuenta ahora?
Eleanor comenzó a llorar.
—Porque Grace vino a verme antes de desaparecer. Había encontrado los registros de tu nacimiento y quería contarte la verdad.
—¿Y usted se negó?
—Sí.
Su voz se quebró.
—Le dije que Richard había muerto y que no tenía sentido destruir tu vida. Pero Grace me respondió que no se trataba de destruirla. Se trataba de darte la oportunidad de conocerla.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué más sabía Grace?
Eleanor se secó las lágrimas.
—Sabía que Richard había utilizado tu identidad para ocultar dinero y propiedades. También descubrió que Karen estaba involucrada en algunos de esos movimientos.
—¿Y la prueba genética de mis hijas?
—Richard quería que creyeras que una de las niñas no era tuya. Pensó que, si dudabas de tu paternidad, aceptarías separarte de ella sin hacer preguntas.
Sentí una rabia profunda.
Mi padre había estado dispuesto a destruir el vínculo entre dos hermanas para mantener el control de su imperio.
—¿Dónde está Grace?
Eleanor bajó la mirada.
—No lo sé. Pero sé quién la ayudó a escapar del hospital.
—¿Quién?
La mujer tomó mi mano.
—Yo.
Me quedé sin aliento.
—¿Usted sacó a mi esposa del hospital?
—Sí. Grace estaba herida, pero viva. La llevé a una casa segura y después la trasladé a otra ciudad. Quería ganar tiempo para que pudiera recuperarse.
—¿Por qué no me llamó?
Eleanor comenzó a llorar.
—Porque Richard había amenazado con destruirte. Me dijo que, si intentaba comunicarme contigo, haría que te acusaran de delitos que no habías cometido. Yo creí que estaba protegiendo a Grace y a ti.
—¿Y después?
—Karen la encontró.
Sentí un frío profundo.
—¿Qué le hizo?
Eleanor negó con la cabeza.
—No lo sé. La última vez que vi a Grace, me entregó una carta. Me pidió que la guardara hasta que sus hijas estuvieran juntas otra vez.
La mujer se levantó con dificultad y fue hacia un pequeño armario.
Sacó una caja de madera.
La misma clase de caja que la señora Bennett había mencionado.
Dentro había un sobre y una fotografía reciente.
En la imagen, Grace aparecía sentada junto a una ventana, con el cabello más corto y una manta sobre las piernas.
Pero no estaba sola.
A su lado había una niña de unos ocho años.
Una niña que no era Lily ni Emma.
Eleanor colocó la fotografía sobre la mesa.
—Hay algo más que debes saber, Marcus.
La miré.
—¿Qué?
La mujer respiró profundamente.
—Cuando Grace desapareció, no estaba intentando proteger solamente a tus hijas.
Señaló a la niña de la fotografía.
—Estaba intentando proteger a alguien que Richard había mantenido oculto durante décadas.
Miré el rostro de la pequeña.
Tenía los mismos ojos verdes de Grace.
Y llevaba un colgante con el emblema de la familia Blackwell.
En el reverso de la fotografía había una fecha.
Era de hacía apenas dos semanas.
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Grace seguía viva.
Y alguien había estado con ella.